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Full text of "Historia de la religión de Israel según la Biblia, la ortodoxia y la ciencia; obra escrita expresamente para la juventud española e hispano-americana .."

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Historia  de  la  Religión  de  Israel 

según  la  Biblia,  la  ortodoxia 
y  la  cifDcia 


TOMO  IV 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


Historli  de  la  blíiiún  le  Israel 

SEGUN  LA  BIBLIA.  LA  ORTODOXIA 
Y  LA  CIENCIA 

* 

Tomo  I  —  Moisés  y  su  dios  (volumen  de  480 
páginas  con  25  grabados  y  2  mapas). 

Tomo  II  —  Los  Jueces  y  el  comienzo  de  la  Mo- 
narquía Israelita  (volumen  de  445  pá- 
ginas, con  8  grabados). 

Tomo  III  —  El  rey  David  (volumen  de  500  pági- 
nas con  7  grabados). 

Tomo  IV  —  Salomón  y  su  pretendida  obra  lite- 
raria. —  1.a  parte:  El  Cantar  de  los 
Cantares  (con  6  grabados). 

Tomo  V  —  «Salomón  y  su  pretendida  obra  lite- 
raria. —  2.a  parte:  Proverbios,  Ecle- 
siastés  y  Sabiduría  de  Salomón  (En 
prensa). 

(En  preparación  los  tomos  siguientes) 


v 

CELEDONIO  NI 


Historia  de  la  Religión  de  Israel 


SEGUN  L.A  BIBLIA,  l_ A? O RTO DOXI A  V  LA  CIENCIA 

Obra  escrita  expresamente  para  la 
juventud  española  e  hispanoamericana 

T  O  M  O    i  V 

SALOMON 

Y  SU  PRETENDIDA  OBRA 
LITERARIA 

(l.a  parte.  EL  CANTAR  DE  LOS  CANTARES) 


Dejóos  instruir  por  mis  palabra» 
y  os  aprovechará.  (La  Sabidtnía  de 
Salomón,  o,  25  o  27), 


EDITORIAL  LIBERTAD 

RIO  BRANCO.  1478 
MONTEVIDEO 
1938 


ES  PROPIEDAD  DE  SU  AUTOR 
Dilección; 
Dr.  Pablo  de  María,  1382 
MONTEVIDEO 
(Rep.  del  Uruguay) 


INTRODUCCION  (1) 


Fué  nuestro  propósito  al  planear  esta  obra,  ceñirnos 
al  orden  cronológico  de  los  sucesos  (t^  I  p.  44,  N"  2"),  de 
modo  que  habíamos  dejado  para  el  final,  el  estudio  de  los 
libros  bíblicos  titulados:  Proverbios,  Cantar  de  los  Can- 
tares, Eclesiastés  y  la  Sabiduría  de  Salomón.  Pero  al  abor- 
dar el  estudio  de  este  monarca  israelita,  hemos  tenido  que 
modificar  nuestro  plan,  —  como  igualmente  tuvimos  que 
hacerlo  al  tratar,  en  el  tomo  anterior,  los  salmos  de  Da- 
vid, —  para  ajustamos  al  título  de  nuestro  libro :  "Histo- 
ria de  la  Religión  de  Israel,  según  la  Biblia,  la  ortodoxia 
y  la  ciencia".  Ahora  bien,  como  según  la  Biblia  y  la  mayor 
parte  de  la  ortodoxia,  los  cuatro  escritos  citados,  son 
obra  del  hijo  y  sucesor  de  David,  por  ello  es  que  nos  he- 
mos visto  obligados  a  examinarlos  ahora,  antes  de  haber 
iniciado  el  estudio  del  Génesis. 

Teniendo  en  cuenta  que  nuestra  obra  está  destinada- 
especialmente  a  la  juventud,  y  como  tendremos  que  refe- 
rirnos a  hechos  muy  posteriores  de  la  historia  de  Israel, 
que  aún  no  entran  en  el  cuadro  del  estudio  que  vamos 
realizando,  trazaremos  brevemente  los  grandes  lineamien- 

(1)  Recuerde  el  lector,  las  observaciones  previas  que  for- 
mulamos en  el  tomo  I,  págs.  44-50,  y  especialmente  estas  dos: 
que  al  mencionarse  años  o  siglos,  si  no  van  acompañados  Por 
lae  letras  n-  e.  debe  entenderse  que  son  anteriores  a  nuestra 
era;  y  que  para  conocer  la  obra  citada,  ya  se  nombre  sólo  al 
autor  o  se  expresen  las  primeras  letras  del  título  de  la  rnisma 
debe  recurriree  a  la  Bibliografía,  que  va  al  fin  del  tomo  III 
o  a  la  que  figurará  en  el  tomo  V.  il»a  numeración  de  los  párrafos 
continúa  la  de  Ipe  tomos  anteriores,  para  facilitar  las  citíi§. 


6 


INTRODUOOION 


tos  del  desarrollo  de  esa  historia,  desde  el  comienzo  de  la 
monarquía  hasta  el  advenimiento  del  cristianismo,  indi- 
cando a  la  vez  la  concomitancia  de  la  fecha  de  la  apari- 
ción de  ciertos  personajes  importantes,  que  alguna  rela- 
ción tuvieron  con  la  evolución  de  las  ideas  religiosas. 

SIGLO  XI.  —  En  la  segunda  mitad  del  siglo  XI  se  es- 
tablece la  monarquía  con  Saúl,  cuyo  reinado  no  sabemos 
con  certeza  cuanto  duró.  De  su  sucesor  David  se  afirma 
que  reinó  40  años  (I  Rey,  2,  11). 

SIGLO  X.  —  Salomón  reinó  igualmente  40  años  como 
su  padre  (I  Rey,  11,  42),  o  sea,  del  año  973  al  933.  A  la 
muerte  de  Salomón  se  produce  el  cisma:  Israel  se  divide 
en  dos  reinos:  el  del  Norte,  llamado  también  de  Efraim  o 
de  las  diez  Tribus,  conservó  el  nombre  de  reino  de  Israel, 
cuyo  primer  rey  fué  Jeroboam  I;  el  del  Sur,  formado  por 
las  tribus  de  Judá  y  Benjamín,  y  teniendo  por  capital  a 
Jerusalem,  se  llamó  reino  de  Judá,  siendo  su  primer  rey, 
Roboam,  el  hijo  y  sucesor  de  Salomón.  Estos  dos  reinos 
no  sólo  se  debilitaron  mutuamente  con  continuas  y  recí- 
procas guerras,  sino  que  conspiraron  contra  su  propia  in- 
dependencia, llamando  en  su  auxilio  ya  a  los  árameos  o 
sirios  de  Damasco,  ya  a  los  asirlos  de  Nínive.  El  reino  de 
Israel,  carente  de  tradición  dinástica  estuvo  sujeto  a  cons- 
tantes revoluciones,  y  fué  el  primero  que  sucumbió.  A 
fines  de  ese  siglo  aparece  el  primer  esbozo  de  legislación 
hebrea  conocido  con  el  nombre  de  "El  libro  de  la  Alianza". 

SIGLO  IX.  —  Este  siglo  puede  llamarse  el  período  si- 
río  o  arameo,  pues  durante  todo  él  tuvieron  los  hebreos 
que  luchar  contra  dichos  enemigos  del  Noreste.  En  el 
primer  cuarto  de  ese  siglo,  un  notable  rey  de  Israel,  Omrí, 
fundó  a  la  ciudad  de  Samaría,  a  la  que  transformó  en 
capital  del  reino.  Son  de  este  siglo  los  célebres  profetas 
Elias  y  Elíseo,  que  combatieron  ardorosamente  el  culto 
de  Baal.  De  esta  época  es  el  libro  que  hoy  forma  parte 
del  Pentateuco,  y  que  la  ciencia  denomina  documento 
yahvista  (§  62  n). 

SIGLO  VIII.  —  Los  siglos  VHI  y  '  VII  son  los  de  la 
supremacía  de  la  Asiría.  El  rey  asírio  Sargón  tomó  a  Sa- 
maría el  año  722  y  deportó  a  los  habitantes  del  reino  de 


INÍRODTTOCION 


7 


Israel,  que  desapareció  para  siempre  del  escenario  de  la 
historia.  Ese  reino  duró  211  años,  es  decir,  135  menos 
que  el  de  Judá.  El  siglo  VIII  es  el  de  los  grandes  profetas : 
Amos,  Oseas,  Miqueas  e  Isaías;  los  dos  primeros  actua- 
ron en  el  reino  del  Norte  y  los  dos  últimos  en  el  del  Sur, 
A,  principios  de  ese  siglo  fué  escrito  en  el  reino  del  Norte, 
el  documento  elohista,  que  contribuyó  a  formar  el  Penta- 
teuco. 

SIGLO  VIL  —  La  primera  mitad  de  ese  siglo  fué 
ocupada  por  el  largo  reinado  de  Manasés.  Durante  él  se 
reunieron  en  un  solo  libro  las  historias  yahvista  y  elohista 
citadas,  y  algo  más  tarde,  si  no  en  su  reinado,  quizás  en 
el  de  Josias,  nieto  de  aquél,  se  escribió  el  Deuteronomio. 
El  poder  de  los  asirlos  terminó  con  la  destrucción  de  su 
capital  Nínive,  por  los  caldeos,  en  606.  Son  de  ese  siglo 
los  profetas  Nahum,  Habacuc,  Sofonías  y  Jeremías.  En 
605  toma  por  primera  vez  a  Jerusalem,  el  rey  de  Babilo- 
nia Nebucadnetsar  o  Nabucodonosor. 

SIGLO  VI.  —  En  597,  Nabucodonosor  tomó  por  se- 
gunda vez  a  Jerusalem  y  deportó  parte  de  sus  habitantes, 
y  en  586  la  tomó  por  tercera  y  última  vez  destruyendo 
la  ciudad  y  el  templo  de  Salomón,  y  desterrando  sus  ha- 
bitantes a  Babilonia.  Esa  deportación  duró  hasta  el  año 
537,  en  que  parte  de  los  desterrados  volvieron  a  su  patria 
en  virtud  del  edicto  libertador  del  rey  persa  Ciro,  quien 
había  vencido  a  los  caldeos  y  tomado  a  Babilonia  en  538. 
Al  comienzo  de  la  deportación  se  destaca  el  profeta  Eze- 
quiel,  y  al  fin  de  la  misma,  el  profeta  anónimo  conocido 
por  el  nombre  de  "el  segundo  Isaías".  Los  judíos  que,  al 
mando  de  Zorobabel,  retornaron  a  su  patria,  reedificaron 
a  Jerusalem,  y  construyeron  el  segundo  templo  en  535, 
obra  a  la  que  coadyuvaron  con  su  prédica,  los  profetas 
Aggeo  y  Zacarías.  El  período  de  la  deportación  conocido 
también  por  el  de  la  cautividad  de  Babilonia  fué  de  gran 
actividad  literaria.  Durante  él  se  incubó  el  movimiento 
religioso  que  habría  de  dar  un  carácter  más  ritualista 
al  yahvismo,  de  donde  surgió  el  judaismo  actual.  Pro- 
ducto de  esa  ebullición  de  ideas  es  la  llamada  "ley  de 
santidad",  que  ocupa  parte  del  Levítico  (17-26).  —  Sincro- 


8 


iNlRODUOdON 


nismos:  Egipto  es  conquistado  por  los  persas  en  525,  y 
no  volvió  a  recuperar  su  independencia.  En  el  siglo  \l 
despierta  la  razón  en  Grecia,  y  aparecen  los  primeros  fi- 
lósofos: Tales  de  Mileto,  Anaximandro,  Anaximenes,  Pi- 
tjágoras  (580-520)  y  Jenófanes  de  Colofón  (570-460). 
"Hacia  el  año  600  a.  C,  escribe  S.  Reinach,  hubo  una 
singular  efervescencia  en  el  mundo  civilizado:  Pitágoras 
en  Grecia,  Zoroastro  en  Persia,  Gautama  Buda  en  la  In- 
dia, y  Confucio  en  China.  Esto  no  puede  ser  efecto  del 
azar,  sino  el  de  una  transformación  moral  que  ignoramos, 
en  el  sentido  de  una  relativa  liberación  del  pensamiento" 
(JLettres,  I,  11). 

SIGLU  V.  —  Con  el  retorno  de  los  judíos  a  su  patria 
comienza  el  periodo  persa  o  de  la  restauración.  Perdida 
su  libertad  política,  los  judíos  forman  una  pequeña  parte 
ael  gran  imperio  persa,  el  que  les  permitió  el  libre  ejer- 
cicio ae  su  culto.  En  adelante,  más  que  una  agrupación 
política,  constituyeron  una  comunidad  religiosa  dirigida 
por  el  sumo  sacerdote,  funcionario  postexílico.  Contribu- 
yeron a  darle  ese  carácter  de  Iglesia,  o  comunidad  cerrada 
a  toda  influencia  exterior,  el  sacerdote  y  escriba  Esdras, 
y  el  gobernador  Nehemías,  que  vinieron  a  mitad  del  siglo 
V  de  Babilonia  a  Jerusalem,  autorizados  por  el  rey  de 
Persia,  Artajerjes  I  Longimano.  Esdras  introdujo  en  Pa- 
lestina el  Código  Sacerdotal  y  lo  hizo  aceptar  como  libro 
de  la  Ley  de  Moisés.  A  fines  de  ese  siglo  o  a  principios 
del  siguiente,  con  los  materiales  de  que  disponían,  se  for- 
mó ei  Hexateuco  (los  seis  primeros  libros  de  la  Biblia), 
que,  como  dice  Montet,  es  producto  de  lento  trabajo,  cua- 
tro o  cinco  veces  secular  (del  IX  al  V  siglo),  especie  de 
enciclopedia  histórica,  legislativa,  moral  y  religiosa  del 
antiguo  Israel  (Hist.  de  la  Bible,  p.  29).  Ese  siglo  fué  el 
de  ¡Sócrates,  en  Grecia  (469-399). 

SIGLO  IV.  —  El  año  332  termina  el  período  persa,  y 
comienza  el  período  griego.  Debido  a  las  conquistas  de 
Alejandro  el  Grande,  Palestina  queda  convertida  en  una 
provincia  del  imperio  macedónico,  gobernada  en  un  prin- 
cipio por  Laoniedón  de  Mitilene,  cayendo  pocos  años  des- 
pués en  poder  de  Tolomeo,  hijo  de  Lago,  que  reinaba  en 


INTRODÍUOCaON 


9 


Egipto.  Muerto  Alejandro  en  323,  su  inmenso  imperio  se 
divide  entre  sus  generales.  Tolomeo  funda  el  reino  griego 
de  Egipto,  y  Seleuco,  el  reino  griego  de  Siria,  teniendo 
por  capital  a  Antioquía.  Así  como  los  persas,  los  griegos 
fueron  muy  tolerantes  con  los  judíos  y  con  su  religión, 
dando  así  un  ejemplo  a  los  gobernantes  europeos  contem- 
poráneos, que,  en  esta  época  de  mayor  civilización,  se  en- 
tregan a  una  violenta  e  inhumana  política  antisemita. 
Alejandro  fundó  en  Egipto  la  ciudad  de  Alejandría,  en 
la  que  pronto  se  establecieron  gran  número  de  judíos. 
Éstos  diseminados  en  diversas  partes  del  mundo  donde 
se  hablaba  el  griego,  eran  llamados  por  sus  compatriotas: 
judíos  de  la  diáspora.  Enseñaron  en  ese  siglo,  en  Grecia: 
Platón  (427-347),  Aristóteles  (384-322),  Zenón  (340-260) 
fundador  del  estoicismo,  y  Epicuro  (342-270)  fundador 
del  epicureismo. 

SIGLO  III.  —  Bajo  Tolomeo  II  (285-247)  se  comenzó 
a  traducir  en  Alejandría  la  Biblia  hebrea  al  griego  (§  29), 
—  versión  de  los  LXX,  —  que  se  generalizó  mucho,  por- 
que los  judíos  ya  no  hablaban  en  hebreo,  sino  en  arameo. 
Esa  versión  es  la  que  citan  los  escritores  del  N.  T.  Siendo 
entonces  el  griego  la  lengua  universal,  no  es  de  extrañar 
que  las  ideas  de  los  filósofos  de  Grecia  ejercieran  consi- 
derable influencia  sobre  los  escritores  judíos  de  ese  pe- 
ríodo. Los  que  sufrieron  el  ascendiente  de  la  cultura  grie- 
ga se  llamaron  judíos  helenistas;  pero  hubo  otros,  que 
apegados  a  las  ideas  tradicionales,  no  querían  saber  nada 
de  lo  que  era  extranjero,  y  consideraban  a  aquéllos  como 
traidores  o  heréticos.  La  Palestina,  que  tuvo  que  sufrir 
las  vicisitudes  de  las  luchas  entre  Tolomeos  y  Seleúcidas, 
fué  en  el  año  203,  definitivamente  anexionada  al  reino 
griego  de  Siria. 

SIGLO  n.  —  El  último  rey  de  Siria  que  reinó  en 
Palestina,  fué  Antíoco  Epifanes,  quien  trató  de  obligar 
por  la  fuerza  a  los  judíos  que  adoptaran  el  culto  de  los 
dioses  griegos  (§  1154-6).  A  causa  de  esto  estalló  una  su- 
blevación nacional,  a  cuyo  frente  se  puso  Judas  Macabeo, 
llamado  así  por  el  sobrenombre  Maccab  (en  hebreo,  mar- 
tillo), algo  así  como  el  apodo  que  se  le  úió  al  rey  francés 


10 


INTRODUCCION 


Carlos  Martel  (o  el  Marte!,  "martillo").  Judas  venció  a 
los  ejércitos  de  Antíoco,  purificó  el  templo  de  Jerusalem, 
y  más  tarde  murió  en  un  combate,  sucediéndole  su  her- 
mano Jonatán,  a  quien  se  le  concedió  la  dignidad  de  sumo 
sacerdote.  Asesinado  Jonatán,  le  sucedió  Simón,  el  últi- 
mo sobreviviente  de  sus  hermanos,  quien  conquistó  la  li- 
bertad de  su  patria,  libertad  que  duró  unos  80  años.  Los 
Macabeos  o  Asmoneos  (nombre  este  último  proveniente 
de  un  antecesor  de  Matatías,  el  padre  de  ellos  e  iniciador 
de  la  sublevación)  formaron  una  dinastía  de  príncipes 
que  eran  a  la  vez  sumo  sacerdotes.  Uno  de  ellos,  Juan 
Hircán,  sometió  a  los  samaritanos  y  destruyó  su  templo 
(año  130). 

SIGLO  I.  —  El  general  romano  Pompeyo,  que  iba  al 
frente  de  un  ejército  contra  el  rey  de  Armenia,  designado 
árbitro  entre  dos  pretendientes  al  trono  judío,  concluyó 
apoderándose  de  Jerusalem  y  de  toda  la  Judea,  en  el  año 
65.  Así  terminó  para  siempre  la  independencia  de  aquel 
pueblo,  que,  en  adelante,  quedó  sometido  al  yugo  romano. 
El  año  37,  un  príncipe  idumeo  obtuvo  del  senado  de  Roma, 
el  título  de  rey  de  Judea,  siendo  ese  príncipe  conocido  en 
la  historia  con  el  nombre  de  Herodes  el  Grande.  Éste,  en 
reemplazo  del  templo  de  Zorobabel,  hizo  construir  en  el 
mismo  paraje,  en  Jerusalem,  un  magnífico  templo  del  que 
se  decía:  "Quien  no  ha  visto  el  templo  de  Herodes,  no  ha 
visto  nada  hermoso".  Poco  antes  de  su  muerte,  nació  Je- 
sús, fecha  en  la  cual  comienza  nuestra  era. 

En  resumen,  en  la  historia  del  antiguo  Israel,  convie- 
ne recordar  los  siguientes  períodos:  1''  el  arameo  o  sirio, 
de  luchas  con  los  sirios  de  Damasco  (de  fines  del  siglo  X 
a  fines  del  IX) ;  2"  el  asirio,  de  fines  del  IX  a  fin  del  Vil ; 
3^  el  caldeo,  que  fué  en  gran  parte,  el  de  la  deportación  a 
Babilonia,  de  fin  del  VII  hasta  el  año  538;  4«  el  persa,  del 
538  al  332;  5'  el  griego,  al  principio  bajo  Laomedón  de  Mi- 
tilene  (unos  10  años),  luego  bajo  los  Tolomeos  y  después 
bajo  los  Seléucidas,  en  total  del  332  al  141,  fecha  esta  úl- 
tima en  que  Simón  Macabeo  fué  reconocido  como  príncipe 


INTR0DUCX3ION 


11 


por  los  romanos;  6"  el  de  la  independencia  bajo  los  Maca- 
beos;  y  7'^  el  período  romano,  a  partir  del  año  63.  (1) 

Como  a  menudo  nos  veremos  obligados  a  mencionar 
sucesos  de  la  historia  de  Egipto,  conviene  que  recordemos 
también,  por  lo  menos,  la  división  y  cronología  de  dicha 
historia.  (2)  Suele  dividirse  en  ocho  períodos,  a  saber: 
1»  el  predinástico,  anterior  al  3200;  2'  el  antiguo  imperio, 
de  3200  a  2250,  que  comprende  las  seis  primeras  dinas- 
tías; 3*?  el  imperio  medio  (2250-1700)  en  que  después  de 
una  época  de  gran  anarquía  (dinastías  VII  a  XI),  brillan 
las  dinastías  XII  y  XIII,  hasta  la  conquista  de  Egipto  por 
los  hicsos ;  4'  el  imperio  nuevo,  de  1580  a  1090,  comprende 
las  dinastías  XVII  a  XX ;  5'  el  período  de  decadencia,  que 
termina  con  la  conquista  persa  en  el  año  525,  dinastías 
XXI  a  XXVI;  6"  el  período  persa  del  525  al  332;  7'  el  pe- 
ríodo griego  (332-30) ;  y  el  período  romano,  posterior 
al  año  30. 


Al  mencionai"  autores  o  escritores  como  recientes  O 
de  baja  época  o  de  época  tardía,  entendemos  referirnos  a  los 
posteriores  al  destierro,  y  principalmente  a  los  del  período  grie- 
go, o  del  fin  del  período  persa. 

i(2)  iCon  respecto  a  la  cronología  egipcia,  recuérdese  que 
la  mayor  parte  de  las  fechas  correspondientes  a  los  4  primeros 
períodos  son  tan  sólo  aproximadas.  Así  Meininger  da  las  si- 
guientes: antiguo  imperio  (3315-2il&0) ;  imperio  medio  1 216:0- 
1660)  ;  ocupación  de  los  hicsos  (1660-1580);  imperio  nuevo  (1580_ 
lllOO). 


CAPITULO  I 


Lros  libros  de  los  Keyes  y  la 
Historia  salomónica 


LOS  LIBROS  DE  LOS  REYES.  —  1281.  Las  fuen- 
tes de  nuestra  información  para  el  estudio  de  los  monar- 
cas israelitas  posteriores  a  David,  se  encuentran  en  dos 
grupos  de  libros  bíblicos:  1'  el  de  Reyes  o  de  los  Reyes, 
nombre  que,  desde  Jerónimo,  ha  prevalecido  en  la  Iglesia 
latina,  pues  antes,  en  la  versión  de  los  LXX  se  llamaba  de 
los  Reinos;  y  2'  el  de  las  Crónicas  llamado  en  la  V.  A.  y 
en  la  Vulgata,  Paralipómenos  (§  32,  33).  Cada  uno  de  ellos 
constituía  un  solo  libro  en  la  Biblia  hebrea,  por  eso  habla- 
mos aquí  del  libro  o  de  los  libros  de  los  Reyes.  Prescindi- 
remos por  ahora,  del  de  Crónicas,  obra  clerical  del  siglo 
III,  llena  de  datos  tan  fantásticos,  —  que  nos  ha  obligado 
más  de  una  vez  a  calificarla  de  "novela  histórica",  —  co- 
mo cualquiera  podrá  convencerse  de  ello,  leyendo  los  pa- 
rágrafos que  hemos  consagrado  a  David  y  la  liturgia  y 
a  Los  preparativos  de  David  para  la  construcción  de  la 
casa  de  Yahvé  (t'  III,  p.  230-255).  Al  comenzar  el  estudio 
del  libro  de  los  Reyes,  recuérdese  que  al  igual  que  en  los 
de  Jueces  y  de  Samuel,  ya  analizados,  la  historiografía 
hebrea,  cuyas  obras  nos  ha  conservado  la  Biblia,  buscaba 
un  fin  didáctico:  el  de  servir  a  la  religión  de  Yahvé.  "El 
autor  de  Reyes,  dicen  Cornely  y  Merk,  quiso  mostrar 
cómo,  aun  después  del  establecimiento  de  la  dignidad  real, 
la  prosperidad  de  los  israelitas  y  la  de  su  nación  depen- 
dían de  la  observancia  de  la  Ley...  Del  mismo  modo 


DOCUMENTOS  VPIUAZADO»  EN  EL  LmRO  DE  REYES 


13 


estableció  claramente  que  la  justa  cólera  de  Dios  provor 
cada  por  los  pecados  y  la  idolatría  de  los  israelitas,  fué 
la  verdadera  causa  de  la  caída  de  los  dos  reinos . . .  Estos 
libros  son  un  comentario  perpetuo  de  ese  magnífico  orácu- 
lo por  el  cual  Dios  prometió  a  David  un  trono  eterno  y 
esbozó,  en  II  Sam.  7,  12-16,  el  destino  futuro  de  su  casa" 
(I,  p.  489,490),  Ya  iremos  viendo  a  qué  quedan  reducidas 
tales  pretensiones  de  la  ortodoxia;  pero  por  el  momento 
sólo  recordaremos  que  existieron  anteriormente  anales  y 
crónicas  de  sucesos  político-militares,  libros  todos  de  los 
cuales  los  historiógrafos  bíblicos  extrajeron  materiales 
para  componer  lo  que  al  presente  se  nos  ofrece  como  His- 
toria Sagrada.  Aquellos  elementos  primitivos  desapare- 
cieron; pero  de  muchos  de  ellos  se  nos  han  conservado  los 
títulos  (§  1121),  principalmente  en  el  libro  de  Reyes,  que 
entramos  a  estudiar.  Éste  se  compone  de  un  conglomerado 
de  trozos  de  diversas  proveniencias,  reunidos  por  uno  o 
varios  redactores  de  la  escuela  deuteronómica  —  a  todos 
los  cuales  designaremos  en  conjunto  bajo  la  denominación 
de  "el  redactor",  o  con  las  iniciales  R  D,  —  trozos  ajus- 
tados a  un  plan  fijo  y  regular  durante  el  destierro,  aunque 
en  los  siglos  posteriores  la  obra  sufrió  algunas  otras  adi- 
ciones de  escritores  de  la  escuela  sacerdotal,  hasta  llegar 
a  la  forma  que  tiene  en  la  actualidad. 

1282,  Los  principales  documentos  utilizados  por  el 
redactor,  fueron  los  siguientes: 

1"  Una  antigua  historia  yahvista  de  David,  de  la  que 
se  tomaron  los  datos  relativos  a  la  conclusión  del  reino 
de  este  monarca  y  al  advenimiento  de  Salomón  (I  Rey. 
1  y  2),  Estos  dos  capítulos  vienen  a  ser  el  final  de  esa 
obra,  de  la  cual  proceden  los  capítulos  6  y  9-20  de  II  Sa- 
muel, ^Mi4 

2«  El  libro  de  los  Actos  de  Salomón  (I  Rey.  11,  41). 

3»  Anales  de  los  reyes  de  Israel,  libro  éste  citado  18 
veces  (I  Rey.  14,  19,  etc.). 

Y  4«'  Anales  de  los  reyes  de  Judá,  libro  citado  15  ve- 
ces (I  Rey.  14,  29,  etc.). 

1283.  El  redactor  de  Reyes  menciona  de  modo  sis- 
temático al  fin  de  cada  reinado  el  libro  en  el  cual  se  pue- 


14 


CRITERIO  DEL  LIBRO  DE  REYES 


den  obtener  más  detalles  al  respecto,  loable  franqueza 
del  Espíritu  Santo,  pues,  con  ello  implícitamente  nos  mues- 
tra de  dónde  provienen  los  datos  que  él  nos  da.  El  escritor 
inspirado,  después  del  cisma,  sigue  siempre  monótonamen- 
te el  mismo  procedimiento  de  exposición,  empleando  idén- 
ticas fórmulas  para  anunciar  el  advenimiento  y  la  muerte 
de  cada  rey,  con  estas  pequeñas  variantes:  tratándose  de 
los  reyes  de  Israel,  la  fórmula  inicial  indica  sólo  el  sincro- 
nismo con  Judá  y  la  duración  del  reinado,  p.  ej.:  "En  el 
vigésimo  sexto  año  de  Asa  rey  de  Judá,  comenzó  a  reinar 
Ela,  hijo  de  Baasa,  sobre  Israel  en  Tirsa,  y  reinó  dos 
años"  (I  Rey.  16,  8) ;  mientras  que  tratándose  de  los  re- 
yes de  Judá,  se  expresa  además  la  edad  del  nuevo  soberano 
y  el  nombre  de  su  madre,  p.  ej.:  "Josafat,  hijo  de  Asa, 
comenzó  a  reinar  sobre  Judá  en  el  cuarto  año  de  Acab, 
rey  de  Israel.  Josafat  tenia  35  años  cuando  entró  a  reinar, 
y  25  años  reinó  en  Jerusalem,  y  el  nombre  de  su  madre 
fué  Azuba,  hija  de  Silchi"  (I  Rey.  22,  41,  42).  En  las  fór- 
mulas finales  de  los  relatos  de  los  reyes  de  Israel  se  suele 
omitir  a  menudo  esta  frase  corrientemente  empleada  para 
los  de  los  reyes  de  Judá:  "Fué  enterrado  con  sus  padres", 
omisión  debida,  quizás,  a  los  numerosos  cambios  de  di- 
nastía ocurridos  en  aquel  reino  del  Norte. 

1284.  No  sólo  reunió  el  redactor  del  libro  de  Reyes 
los  materiales  que  extrajo  de  sus  fuentes,  en  un  cuadro 
rígido  y  uniforme,  dándole  al  relato  de  cada  reinado  una 
introducción  y  un  final  idénticos,  sino  que  además  los 
juzga  de  acuerdo  con  su  criterio  parcial  y  fanático,  propio 
de  la  escuela  deuteronómica,  para  la  cual  todo  se  subor- 
dina a  la  centralización  del  culto  de  Yahvé  en  Jerusalem. 
De  modo  que  para  él,  tanto  Jeroboam  I,  que  provocó  el 
cisma  y  estableció  los  santuarios  yahvistas  de  Dan  y  Be- 
thel  en  competencia  con  el  templo  de  Jerusalem,  como 
los  demás  reyes  de  Israel,  todos  le  merecen  la  misma 
censura,  todos  "hicieron  lo  malo  en  ojos  de  Yahvé",  por- 
que continuaron  adorando  a  este  dios  en  dichos  santua- 
rios del  Norte  del  país.  En  cuanto  a  los  reyes  de  Judá, 
aún  a  los  más  piadosos,  (salvo  a  Ezequías  y  Josías  que 
favorecieron  la  centralización  del  culto)  se  les  reprocha 


EL  LIBRO  DE  RE3YBS  Y  EL  DEUTERONOMIO 


15 


el  que  no  suprimieron  los  altos,  es  decir,  que  no  pusieron 
en  práctica  la  doctrina  del  Deuteronomio,  lo  que  no  pu- 
dieron hacer  por  la  sencilla  razón  de  que  ese  libro  todavía 
no  había  sido  escrito,  cuando  ellos  reinaban.  "El  redactor, 
con  toda  buena  fe,  escribe  J.  Marty  en  el  Dict.  Encyc. 
de  Westphal,  tanto  con  los  reyes  de  Israel  como  con  los 
de  Judá  anteriores  a  Josías,  comete  idéntico  anacronis- 
mo: juzga  los  pasados  siglos  de  acuerdo  con  una  ley  to- 
talmente desconocida;  el  culto  en  los  altos,  la  adoración 
de  las  imágenes,  el  sacerdocio  accesible  a  todos,  las  va- 
riadas fechas  de  las  fiestas  locales,  todo  esto  era  corriente 
en  tiempo  de  Jeroboam  como  antes  de  la  aparición  de  la 
monarquía  en  Israel". 

1285.  El  redactor  del  libro  de  Reyes  muestra  per- 
tenecer a  la  escuela  deuteronómica  no  sólo  por  el  espíritu 
que  lo  anima  y  que  le  hace  pronunciar  tan  parciales  e 
injustos  veredictos,  sino  además  por  muchas  de  las  ex- 
presiones que  emplea,  como  se  ve  a  continuación: 


DEUTERONOMIO 


LIBRO  DE  REYES 


.  .  .para  que  guardes  los 
mandamientos  de  Yahvé  tu 
dios,  andando  en  sus  cami- 
nos (8,  6). 


Amarás,  pues,  a  Yahvé  tu 
dios,  y  guardarás  su  pre- 
cepto y  sus  estatutos  y  sus 
leyes  y  sus  mandamientos, 
en  todo  tiempo  (11,  1). 


Guarda  también  el  pre- 
cepto de  Yahvé  tu  dios,  an- 
dando en  sus  caminos  y 
cumpliendo  sus  estatutos,  sus 
mandamientos  y  sus  leyes, 
de  la  manera  que  está  escri- 
to en  la  ley  de  Moisés.  (I 
Rey.  2,3). 


Y  amarás  a  Yahvé  tu 
dios  con  todo  tu  corazón  y 
con  toda  tu  alma  (6,  5). 


Si  tus  hijos  marchan  fiel- 
mente en  mi  presencia  con 
todo  su  corazón  y  con  toda 
su  alma  (I  Rey.  2,  4). 


Cuando  hicieres  mal  «n 
ojos  de  Yahvé  vuestro  dios 


. .  .si  no  guardareis  mis 
mandamientos  y  mis  estatu- 


16 


DONDE  SB  REDACTO  ESL  LIBRO  DE  REYB» 


para  enojarle . . .  pereceréis 
irremisiblemente  y  desapa- 
receréis del  país  que  vais  a 
poseer  (4,  25,  26). 


tos.  .  .  yo  cortaré  a  Israel 
de  sobre  la  faz  de  la  tierra 
que  les  he  dado  (I  Rey.  9, 
6,  7). 


...no  imitarás  las  abomi- 
naciones de  las  gentes  de 
aquel  país  (18,  9). 


. . .  hicieron  conforme  a  las 
abominaciones  de  las  gentes 
que  desposeyó  Yahvé  (I  Bey. 
14,  24). 


1286.  La  frase  citada  de  I  Rey.  2,  3:  "de  la  manera 
que  está  escrito  en  la  ley  de  Moisés",  confirma  que  el 
redactor  escribió  su  obra  después  de  la  aparición  del  Deu- 
teronomio,  "el  libro  de  la  Ley"  probablemente  a  fines  del 
siglo  VII,  o  en  el  siglo  VI  durante  la  llamada  cautividad  de 
Babilonia.  Así  el  pastor  James  Barrelet,  escribe :  "Fué  en  el 
destierro  que  se  redactaron  los  libros  históricos  del  A.  T., 
por  lo  menos  aquellos  que  los  judíos  agrupan  en  la  segunda 
parte  de  la  recopilación  sagrada:  Josué,  Jueces,  Samuel, 
Reyes  (§  32).  Los  deportados  a  Fabilonia  eran  los  más 
cultos  e  ilustrados  de  los  judíos,  y  habían  llevado  consigo 
numerosas  obras  que  relataban  la  historia  de  su  pueblo. 
Durante  aquellos  largos  años  de  recogimiento,  surgieron 
hombres  quienes,  a  la  luz  de  los  discursos  y  de  los  escri- 
tos ya  existentes  de  los  antiguos  profetas,  instruidos  tam- 
bién por  su  nueva  situación,  impresionados  por  la  austera 
palabra  de  Ezequiel,  comprendieron  esa  historia  de  modo 
completamente  nuevo.  Las  obras  de  que  disponían  se  li- 
mitaban probablemente  a  narrar  los  hechos;  pero  ellos, 
penetrados  de  los  principios  del  Deuteronomio,  vieron  la 
mano  de  Dios  en  los  acontecimientos,  y  de  lo  que  era  una 
historia  política,  hicieron  lo  que  denominamos  la  Historia 
Sagrada.  Las  reflexiones  que  encontramos  especialmente 
en  los  libros  de  Jueces  y  de  los  Reyes,  datan  del  destierro, 
y  están  de  acuerdo  con  la  predicación  de  Ezequiel,  quien 
no  hacía  sino  continuar  en  la  vía  abierta  por  sus  prede- 
cesores: Amós,  Oseas,  Isaías  y  Jeremías"  (Les  Etapas,  p. 
96-7).  Imbuido  de  ese  espíritu,  nuestro  redactor  compuso 
una  historia  religiosa  de  la  monarquía,  desde  el  punto  de 


PEGHA  DEL  LIBRO  DE  REYES 


17 


vista  del  Deuteronomio,  historia  que  viene  a  ser,  según 
la  expresión  de  Montet,  la  apología  de  la  teocracia  y  del 
profetismo,  lo  que  indudablemente  le  resta  a  la  narración 
gran  parte  de  su  valor  histórico,  el  cual,  sin  embargo  es 
muy  superior  al  de  la  obra  más  reciente  y  tendenciosa  "Las 
Crónicas".  Mientras  que  él  consagra  extensas  páginas  al 
ciclo  legendario  de  los  profetas  Elias  y  Eliseo,  apenas  ha- 
bla de  un  rey  como  Omrí  de  Israel  (I  Rey.  16,  21-28), 
quien,  según  las  inscripciones  asirlas  desempeñó  tan  im- 
portante papel  en  su  época,  que  la  Palestina  era  entonces 
conocida  en  Asiría  con  el  nombre  de  "País  de  Omrí"  (mon- 
TET,  Hist.  de  la  Bible,  p.  37). 

1287.  No  se  puede  precisar  con  exactitud  la  fecha 
en  que  apareció  el  libro  de  Reyes,  sólo  se  puede  indicar  que 
fué  después  del  año  621,  pues  unos  textos  comprueban 
que  cuando  ellos  fueron  escritos  existía  el  reino  de  Judá, 
y  otros  revelan  claramente  que  provienen  de  la  deporta- 
ción en  Babilonia.  Así,  p.  ej.,  en  I  Rey.  11,  36  se  narra 
una  profecía  de  Ahías  en  la  que  figura  éste  diciéndole  a 
Jeroboam  que  Yahvé  le  dará  las  diez  tribus  del  Norte  para 
que  reine  sobre  ellas;  pero  que  al  hijo  de  Salomón  le  de- 
jará una  tribu  "para  que  mi  siervo  David  tenga  una  lám- 
para todos  los  dias  delante  de  mí  en  Jerusalem,  ciudad 
que  he  escogido  para  poner  allí  mi  nombre".  Esta  página 
indudablemente  fué  escrita  antes  de  la  ruina  de  Jerusa- 
lem por  Nabucodonosor,  en  586,  catástrofe  que  le  dió  tan 
rotundo  desmentido  a  esa  profecía.  En  cambio,  los  capí- 
tulos finales  del  libro  detallan  esa  campaña  del  rey  cal- 
deo, y  se  termina  la  obra  con  el  relato  de  la  liberación 
del  rey  Jehojaquim  o  Jeconías  de  Judá  en  el  37''  año  de 
su  cautiverio,  quien  fué  puesto  en  libertad  por  el  rey  de 
Babilonia,  Evilmerodac.  Este  relato,  que  hace  suponer 
que,  cuando  se  consignó  por  escrito,  ya  era  muerto  Jere- 
mías, es  considerado,  aún  por  ortodoxos,  tales  como  los 
jesuítas  Cornely  y  Merk,  como  un  apéndice  añadido  pos- 
teriormente al  libro  (I  p.  492) ;  pero  de  todos  modos  re- 
sulta evidente  que  dichos  capítulos,  por  lo  menos,  no  son 
anteriores  al  segundo  cuarto  del  siglo  VI,  y  que  fueron 
escritos  en  Babilonia.  Esto  último,  es  decir,  que  uno  de 


18 


SISTEMA  ORONOLOGIOO  DEL  LIBRO  DE  REYES 


los  redactores  finales  del  libro  fué  un  deportado  en  Cal- 
dea, lo  confirma  el  pasaje  I  Rey.  4,  24,  donde  se  lee  que 
'"Salomón  dominaba  en  toda  la  región  que  estaba  de  la 
otra  parte  del  río  (Eufrates)  desde  Tafsa,  Tifsa,  o  Tif- 
sac  (la  Tafsakos  de  los  griegos,  donde  se  pasaba  el  Éufra- 
tes  para  ir  de  Siria  a  Mesopotarnia)  hasta  Gaza",  en  el 
extremo  sudoeste  de  la  Palestina,  en  los  confines  del  istmo 
de  Suez.  Quien  escribió  esa  información  habitaba,  pues, 
al  Este  del  Éufrates,  dato  que  ciertas  versiones  tienen  in- 
terés en  ocultar,  por  lo  que  cambian  la  expresión:  "de  la 
otra  parte",  por  "de  esta  parte",  como  lo  hace  Pratt  (§ 
264-5).  La  Versión  Sinodal  también  emplea  "en  deca  du 
fleuve",  en  vez  de  "au-dela  du  fleuve",  según  corresponde. 
Véase  en  prueba  de  ello,  las  traducciones  de  Valera,  Reuss 
y  Gautier  (I,  288,  n.  2).  La  Vulgata  traduce  correctamen- 
te la  citada  expresión  por:  trans  flamen,  o  sea,  "de  la 
otra  parte  del  río". 

1288.  Las  dos  últimas  observaciones  referidas  con- 
tribuyen también  a  probar  que  no  pudo  haber  sido  Jere- 
mías el  autor  del  libro  de  los  Reyes,  pues  dicho  profeta 
nunca  estuvo  en  Caldea  y  tendría  que  haber  muerto  cen- 
tenario para  contar  la  liberación  de  Jeconías.  Se  ignora, 
pues,  en  realidad,  quien  haya  sido  el  redactor  de  ese  li- 
bro, como  ignoramos  quienes  fueron  los  autores  de  los  de- 
más libros  bíblicos,  considerados  como  históricos.  Por  su 
formación  resultan  éstos  ser,  en  verdad,  más  bien  obras 
colectivas  que  individuales,  escritas  o  retocadas  y  ampli- 
ficadas durante  el  destierro  o  en  los  dos  primeros  siglos 
de  la  restauración. 

1289.  Debe  también  observarse  que  el  redactor  em- 
pleó uno  de  los  más  imperfectos  sistemas  cronológicos, 
de  entre  los  usados  por  los  antiguos  cronistas  o  historió- 
grafos, pues  en  vez  de  adoptar  el  sistema  de  una  era,  o 
sea,  de  un  punto  inicial  fijo  a  partir  del  cual  se  cuenten 
los  años,  como,  p.  ej.,  hicieron  los  griegos  con  el  de  las 
olimpíadas  adoptó  el  de  medir  el  tiempo,  indicando  la 
duración  respectiva  de  los  sucesivos  reinados.  Finalmente 
debe  notarse  que,  como  veremos  más  adelante,  los  años 

de  cada  reinado,  que  indica  prolijamente  nuestro  redac- 


FÜENÍES  DE  LA  aiSÍORlA  DE  SALOiMÓJÍ 


Id 


tor,  no  concuerdan  entre  sí,  ni  con  las  tablas  cronológicas 
de  los  asirlos.  El  sistema  cronológico  de  éstos  se  basa 
en  la  lista  de  los  epónimos,  y  consiste  en  dar  a  cada  año 
el  nombre  de  un  magistrado  y  datar  los  sucesos  indicando 
el  titular  del  momento.  Tiene  ese  sistema  ía  ventaja  de 
anotar  minuciosamente  los  años  en  que  ocurrieron  eclip- 
ses, cuya  fecha  exacta  puede  ser  calculada  por  nuestros 
astrónomos.  Esta  cronología  es,  pues^  útilísima  para  co- 
rregir los  errores  que  se  notan  en  los  libros  de  Reyes. 
Los  partidarios  de  la  inspiración  literal  de  las  Sagradas 
Escrituras,  emplean  mil  artificios  para  justificar  tales 
errores  y  contradicciones,  que  muestran  a  las  claras,  lo 
mismo  que  la  enunciación  de  los  documentos  empleados 
por  el  redactor,  que  se  trata  de  una  obra  meramente  hu- 
mana, con  todas  las  cualidades  y  las  imperfecciones  pro- 
pias del  medio  y  de  la  época  en  que  fué  escrita.  La  ciencia 
bíblica  ha  reconocido  que  la  mayoría  de  los  datos  crono- 
lógicos del  libro  de  Reyes,  tomados,  según  parece,  de  los 
distintos  Anales  referidos,  son  en  general  verdaderos ;  pero 
en  cambio,  que  son  de  escaso  valor  los  sincronismos  cal- 
culados por  el  redactor  de  aquel  libro. 

FUENTES  DE  LA  HISTORIA  DE  SALOMON.  — 

1290.  La  historia  de  este  rey  ocupa  los  once  primeros 
capítulos  de  I  Reyes.  Han  contribuido  a  su  formación  no 
sólo  los  documentos  indicados  en  el  §  1282  con  los  Nos.  1' 
y  2",  sino  además  otras  fuentes,  como  Archivos  del  Tem- 
plo, también  utilizados  en  el  relato  de  los  reinos  posterio- 
res; elementos  del  folklore  internacional;  tradiciones  po- 
pulares de  la  época  del  destierro;  discursos  del  redactor 
deuteronómico  (RD)  puestos  en  boca  de  Yahvé  o  de  Sa- 
lomón; y  desarrollos,  acotaciones  y  retoques  de  otros  es- 
critores más  recientes,  incluso  algunos  de  la  escuela  sa- 
cerdotal. El  todo  forma  un  conjunto  fragmentario,  en  el 
que  no  faltan  contradicciones  y  dentro  del  cual  sólo  pre- 
sentan unidad  los  relatos  relativos  a  la  entronización  de 
Salomón  y  a  la  construcción  del  templo.  Para  darse  una 
idea  del  desenfado  y  de  la  libertad  con  que  procedió  RD, 
basta  citar  el  siguiente  hecho:  de  acuerdo  con  la  teoría 


20) 


deuteronómica  de  que  Yahvé  premia  a  sus  fieles  y  casti- 
ga a  los  que  no  observan  sus  preceptos,  ya  se  trate  de  in- 
dividuos o  del  pueblo  de  Israel,  RD  invirtió  el  orden  de 
los  sucesos,  pues  anotó  primero  los  éxitos  de  Salomón, 
suponiéndolos  debidos  a  su  piedad  y  a  la  protección  de 
Yahvé,  y  luego  al  final,  los  fracasos,  dando  a  entender 
que  se  debieron  a  la  circunstancia  de  que,  en  su  vejez, 
ese  rey  al  favorecer  el  culto  de  los  dioses  de  sus  mujeres 
extranjeras,  "hizo  lo  malo  en  ojos  de  Yahvé".  Como  ve- 
remos más  adelante,  (§  1320-1322),  el  cap.  11  de  I  Rey. 
prueba  precisamente  lo  contrario,  o  sea,  que  los  contra- 
tiempos y  calamidades  que  sufrió  Salomón  no  ocurrieron 
al  fin,  sino  al  principio  de  su  reinado,  cuando  estaba  en 
las  mejores  relaciones  con  Yahvé. 

1290*.  Pero  este  procedimiento  de  tergiversar  los  da- 
tos históricos  no  debe  sorprendernos,  porque  era  usual 
entre  los  escritores  bíblicos  cuando  se  trataba  de  justifi- 
car alguna  tesis  religiosa.  La  historia  de  Salomón  nos 
ofrece  otras  pruebas  de  ello,  en  la  tendenciosa  y  adulte- 
rada narración  que  de  la  misma  nos  da  el  Cronista.  Recor- 
demos en  efecto,  que  en  I  Rey  9,  11-14  se  dice  que  en  pago 
de  la  madera  que  le  había  proporcionado  y  de  los  120  ta- 
lentos de  oro  que  le  había  prestado,  Salomón  dió  a  su  amigo 
el  rey  de  Tiro,  Hiram,  veinte  ciudades  en  la  tierra  de  Gali- 
lea. Pero  en  el  siglo  III,  cuando  ya  estaba  consolidada  la  le- 
yenda de  la  asombrosa  riqueza  de  Salomón,  el  sacerdote 
que  escribió  el  libro  de  Crónicas,  modificó  fundamental- 
mente el  dato  de  esa  cesión  del  territorio  nacional,  que 
echaba  por  tierra  aquella  leyenda  y  dejaba  a  la  vez  mal 
parada  la  fama  legendaria  del  sabio  rey  israelita,  y  tranqui- 
lamente consignó  en  su  relato  todo  lo  contrario  de  lo  afir- 
mado por  el  redactor  del  libro  de  Reyes,  diciendo 
caho  de  veinte  años,  cuando  Salomón  hubo  acabado  de 
edificar  la  casa  de  Yahvé,  y  su  casa  propia,  edificó  Salo- 
món las  ciudades  que  le  había  dado  Hiram,  y  estableció 
allí  a  los  israelitas"  (II  Crón.  8,  l,  2) .  Es  decir,  que  en  vez 
de  haber  dado  Salomón  esas  20  ciudades  a  Hiram,  en  pago 
del  saldo  deudor,  cuando  hicieron  arreglo  de  cuentas 
(§  1109,      5),  el  rey  fenicio  se  las  donó  a  Salomón,  no  se 


DOCUMENTOS  DE  LA  HISTORIA  DE  SALOMON  2Í 

sabe  por  qué  causa.  ¡Júzguese  ahora  por  esto,  la  situa- 
ción moral  del  creyente  sincero  y  estudioso,  a  quien,  a 
pesar  de  tan  contradictorias  discrepancias,  se  le  enseña 
que  tanto  el  redactor  de  Reyes  como  el  de  Crónicas,  son 
divinamente  inspirados  y  que  debemos  creer  a  pie  jun- 
tillas  lo  que  ellos  nos  cuentan,  so  pena  de  excomunión  o 
eterna  condenación! 

1291.  Los  distintos  elementos  de  donde  tomó  sus 
materiales  el  redactor  de  la  historia  de  Salomón,  pueden 
dividirse  en  dos  grupos:  antiguos  y  recientes,  los  cuales 
describen  de  modo  diametralmente  diferente  el  reinado 
de  aquel  monarca.  De  acuerdo  con  los  documentos  anti- 
guos (quizás  los  Nos.  1»  y  2'  de  §  1282)  tenemos  que: 
1'  Salomón  subió  al  trono  por  una  intriga  palaciega  o  de 
harem,  en  perjuicio  de  otro  hermano  suyo,  con  mayores 
derechos  al  trono  que  él,  hermano  a  quien  mandó  asesinar, 
así  como  a  su  primo  Joab,  el  primer  general  de  David  y 
el  que  más  había  contribuido  a  los  éxitos  militares  de 
este  gran  rey.  2'  Salomón  tuvo  que  sostener  guerras,  que, 
en  general,  le  fueron  desfavorables,  de  modo  que  Israel 
perdió  buena  parte  de  las  conquistas  de  David  al  Norte 
y  al  Sur  del  territorio  nacional,  pues  se  independizó  Edom 
total  o  parcialmente,  y  perdió  las  regiones  septentrionales, 
que  constituyeron  el  nuevo  reino  de  Damasco,  con  el  cual 
tuvieron  que  luchar  los  israelitas  durante  dos  siglos.  3' 
El  pueblo  agobiado  de  impuestos  y  esclavizado  por  las 
corveas  que  le  impuso  Salomón,  se  mantenía  en  un  estado 
de  descontento  tal,  que  llegó  a  culminar  en  una  revolución, 
que  aquél  logró  sofocar.  4''  Salomón  fué,  pues,  el  princi- 
pal factor  del  cisma,  que  se  produjo  en  seguida  de  su  fa- 
llecimiento. Y  S*?  Salomón  fué  ante  todo  un  rey  político, 
que  al  igual  que  David,  juzgaba  a  Yahvé  tan  sólo  como 
un  dios  nacional,  y  que  por  lo  mismo  era  respetuoso  con 
los  dioses  de  los  otros  países,  a  quienes  no  tenía  inconve- 
niente en  construirles  edificios  para  sus  respectivos  cultos. 

1292.  Según  los  elementos  más  recientes  de  que 
echó  mano  en  dicha  composición  el  redactor,  habría  que 
forjarse  un  concepto  totalmente  distinto  de  ese  reinado. 
Así  tendríamos  que:  1«  El  advenimiento  de  Salomón  al 


22 


DOS  msTOniAd  distintas  D£}  SAliOMOl^ 


trono  fué  un  hecho  providencial,  fué  la  obra  de  Yahvé, 
quien  ya  así  lo  había  dispuesto  desde  el  nacimiento  de 
aquél.  2'  La  sabiduría  de  Salomón  era  algo  nunca  visto, 
pues  procedía  de  un  don  particular  con  el  que  lo  había 
agraciado  el  dios  nacional.  3''  Los  límites  de  su  reino  iban 
desde  el  Éufrates  hasta  el  Egipto.  4'  Su  lujo,  el  esplendor 
de  su  corte  y  la  riqueza  pública  eran  incomparables,  hasta 
el  punto  de  que  "la  plata  era  en  Jerusalem  como  las 
piedras"  (I  Rey.  10,  27),  o,  como  agrega  el  Cronista: 
"La  plata  no  era  de  ningún  aprecio  en  los  dÁas  de  Sa- 
lomón" (II  (Crón.  9,  20),  5'  Hubo  una  profunda  paz  du- 
rante su  reinado,  y  todos  los  israelitas  vivían  tranquilos 
y  felices,  a  la  sombra  de  sus  parras  y  de  sus  higueras 
(I  Rey.  4,  25).  Y  6"  Salomón  era  un  perfecto  yahvista, 
cuyas  plegarias  estaban  impregnadas  del  más  puro  mono- 
teísmo. 

1293.  Tenemos,  pues,  dos  conceptos  diametralmente 
distintos  del  rey  Salomón,  amalgamados  por  el  redactor 
y  que  éste  trató  de  justificar  diciendo  que  cuando  ese  rey, 
era  anciano,  sus  mujeres  extranjeras  lo  hicieron  desviarse 
de  Yahvé  (I  Rey.  11,  4-6),  de  modo  que  el  cisma  fué  pro- 
vocado por  la  cólera  de  este  dios  celoso  e  intolerante  (Ib. 
vs.  29-39).  Fácil  es  hallar  una  explicación  más  racional 
de  tan  profunda  diversidad  de  criterios,  a  saber:  los  do- 
cumentos antiguos  expresaban  con  más  o  menos  fidelidad 
los  acontecimientos  cómo  habían  ocurrido;  en  cambio, 
las  tradiciones  o  documentos  recientes  idealizaban  un  pa- 
sado cuyas  miserias  ignoraban,  pues  de  él  conservaban 
el  templo  y  las  demás  fastuosas  construcciones  de  Jerusa- 
lem, o,  a  lo  menos,  su  reciente  recuerdo,  que  les  hacían 
suponer  que  el  reinado  de  Salomón  había  sido  una  época 
de  inusitado  esplendor  y  de  dicha  popular  que  contras- 
taba con  las  angustias  y  dolores  de  la  época  del  redactor 
del  libro,  en  la  que  agonizaba  la  monarquía,  o  en  que  ésta 
había  sido  barrida  ya  por  el  huracán  caldeo,  dejando  tras 
sí  las  ruinas  de  aquellos  edificios,  de  los  que  tanto  se  va- 
nagloriaba el  orgullo  nacional. 

1294.  A  continuación  mostramos  algunas  otras  con- 
tradicciones y  errores  que  encontramos  en  el  relato  del  rei- 


qONTRADICOONES  EN  LA  HISTORIA  DE  SAIiOMON  23 


nado  de  Salomón  que  nos  da  el  libro  I  de  Reyes,  y  que  com- 
prueban indiscutiblemente  una  vez  más,  la  pluralidad  de 
fuentes  que  utilizó  el  redactor,  y  que  ni  él,  ni  los  demás 
retocadores  de  esa  obra  supieron  después  armonizar. 


Salomón  hizo  una  flota 
en  el  puerto  de  Ezionge- 
ber,  en  el  extremo  N.  del 
golfo  de  Akaba,  y  la  equi- 
pó con  marineros  tirios  e 
israelitas,  para  traer  oro 
del  Ofir  (9,  26-28). 


Salomón  tenía  40.000  pe- 
sebres de  caballos  para 
sus  carros  de  guerra  (4, 
26). 

Salomón  no  sometió  los 
israelitas  a  servidumbre 
alguna,  sino  que  eran  ellos 
sus  hombres  de  guerra  (9, 
22;  §  1340). 


Esa  flota  no  era  de  Sa- 
lomón, sino  del  rey  de  Ti- 
ro, Hiram  (10,  11,  12.  Nó- 
tese que  estos  dos  vs.  in- 
terrumpen la  relación  de 
la  visita  de  la  reina  de  Sa- 
ba).  Según  10,  22,  había 
dos  flotas  en  el  mar:  una 
de  Salomón  y  otra  de  Hi- 
ram y  ambas  navegaban 
juntas  (Ib.  v.  22). 

Salomón  tenía  1.400  ca- 
rros de  guerra  (10,  26). 
Recuérdese  que  cada  ca- 
rro era  tirado  por  dos  ca- 
ballos. 

Salomón  hizo  un  reclu- 
tamiento de  hombres  de 
corvea,  entre  todos  los  is- 
raelitas, en  número  de 
treinta  mil,  a  quienes  en- 
viaba por  turnos  mensua- 
les de  diez  mil  cada  uno, 
bajo  la  dirección  de  Ado- 
niram  (5,  13,  14). 

Salomón  confió  a  Jero- 
boam  la  vigilancia  de  las 
corveas  impuestas  a  la  ca- 
sa de  José  (11,  28). 

Cuando  murió  Salomón, 
la  Asamblea  de  Israel  se 
congrega  en  Siquem,  y  le 


^4 


OONTRAIttOOIONES  EN  ¡LA  HISTCHILA  DE  SALOMON 


dice  a  Roboam:  "Tu  pa- 
dre nos  cargó  con  un  pesa- 
do yugo;  ahora  pues  aligera 
esa  dura  servidumbre  y  el 
pesado  yugo  que  nos  impuso 
tu  padre,  y  te  serviremos" 
(12,  4). 


El  sacerdote  A  b  i  a  t  a  r 
fué  destituido  en  sus  fun- 
ciones sacerdotales  por 
Salomón,  desde  el  comien- 
zo de  su  reinado,  cum- 
pliéndose así  una  profecía 
de  Yahvé  (2,  26,  27). 

Salomón,  algún  tiempo 
después  de  entronizado,  le 
dice  a  Yahvé  que  él  es  un 
niño  y  no  sabe  cómo  debe 
conducirse  (3,  7). 


Entre  los  ministros  o 
principales  dignatarios  do 
Salomón,  se  encontraba  el 
sacerdote  Abiatar  (4,  4). 


Salomón  cuando  subió 
al  trono  era  hombre  casa- 
do, y  por  lo  menos  tenía 
un  hijo  de  un  año,  Ro- 
boam, pues  éste  después 
de  los  40  años  de  reinado 
de  su  padre  (11,  42),  lo 
sucedió  teniendo  ya  41 
años  de  edad  (14,  21). 


Salomón  dominaba  so- 
bre todos  los  reinos,  desde 
el  río  Éufrates  hasta  la 
frontera  de  Egipto.  Esos 
reinos  le  pagaban  tributo, 
y  estuvieron  sometidos  a 
Salomón  durante  toda  su 
vida  (4,  21), 


Este  relato  está  en  com- 
pleta contradicción  con  lo 
expuesto  en  11,  23-25.  Véa- 
se §  1321,  1322. 


I 


CAPITULO  II 


£1  advenimiento  de  Salomón  y  el 
testamento  político  de  David 


EL  ADVENIMIENTO  DE  SALOMON.  —  1295. 

Véase  de  §  1023  a  1034  lo  que  hemos  dicho  sobre  la  ma- 
dre de  Salomón  y  sobre  el  doble  nombre  que  se  le  puso  a 
éste.  Muertos  Amnón  y  Absalom,  el  que  tenía  más  dere- 
chos, o  por  lo  menos  más  probabilidades  de  suceder  al 
anciano  rey  David,  era  su  hijo  Adonías,  el  mayor  de  los 
que  le  restaban.  Sin  embargo,  con  motivo  de  esa  sucesión, 
formáronse  dos  partidos  en  Israel,  que  sostenían  distintos 
candidatos  al  trono:  uno  que  patrocinaba  a  Adonías,  a 
cuyo  frente  estaban  el  general  Joab  y  el  sacerdote  Abia- 
tar;  y  otro  que  sostenía  a  Salomón,  encabezado  por  Be- 
naya,  jefe  de  la  guardia  mercenaria  de  Corps  de  David 
(§  965),  por  el  sacerdote  Sadoc  y  por  el  profeta  Natán. 
Nótese  la  intervención  importantísima,  decisiva,  que  tu- 
vieron el  clero  y  el  ejército  en  la  solución  de  ese  proble- 
ma político.  David,  ya  muy  anciano,  permanecía  en  cama, 
y  necesitado  de  calefacción  humana  (recurso  de  la  tera- 
péutica de  la  época)  veía  compartido  su  lecho  por  Abisag, 
hermosa  joven  de  Sunam,  de  la  cual  más  tarde  se  ha 
pretendido  hacer  la  heroína  de  El  Cantar  de  los  Cantares. 
La  favorita  Batseba  había  conseguido  hacerle  jurar  a 
David  que  su  sucesor  sería  su  hijo  Salomón;  pero  como 


EL  ADVENIMIENTO  DE  SAlX)MiON 


algo  de  ello  llegó  a  oídos  de  Adonías,  trató  éste  anticipa- 
damente de  dar  un  golpe  de  mano  haciéndose  proclamar 
rey  por  sus  partidarios.  'Con  tal  fin,  y  después  de  una 
excursión  espectacular  por  las  calles  de  Jerusalem  (1,  5) 
(1),  los  reúne  en  la  fuente  de  En-Roguel  (ver  Fig.  1)  ai 
Sudeste  de  Jerusalem,  — hoy,  pozo  de  Jacob, —  y  sobre 
la  piedra  de  Zohelet  o  de  la  serpiente  (antiguo  altar  ca- 
naneo),  inmola  ovejas  y  novillos  gordos,  sacrificio  preli- 
minar del  alegre  banquete  en  el  que  los  comensales  grita- 
ban: "¡(Viva  el  rey  Adonías!"  (1,  5,  25).  Natán,  enterado 
de  lo  que  ocurría,  corre  a  buscar  a  Batseba  y  le  dice: 
"¿No  has  oído  que  Adonías,  hijo  de  Haguit,  se  Iva  procla- 
mado, rey  y  nuestro  señor  David  lo  ignora?  Ahora,  pues,  ven; 
yo  te  aconsejaré  para  que  salves  tu  vida  y  la  de  tu  hijo  Sa- 
lomón. Anda,  entra  donde  está  el  rey  David  y  dile:  "Oh  rey 
y  señor  mío,  ¿no  juraste  a  tu  sie'rva  diciendo:  Salomón,  tu  hijo, 
reinará  después  de  mí  y  él  se  asentará  sobre  mi  trono?  ¿Por 
qué,  pues,  reina  Adonías?".  Y  mientras  tú  estés  aún  hablando 
allí  con  el  rey,  yo  entraré  tras  de  ti,  y  acabaré  de  confir- 
mar tus  palabras"  (vs.  11-14).  Batseba  procede  como  le 
indica  Natán,  y  éste  aparece  después  corroborando  los  di- 
chos de  aquélla.  Es  digno  de  notarse  que  cuando  Natán 
se  presenta  ante  David,  no  hace  la  menor  referencia  al 
pretendido  oráculo  de  I  Sam.  7,  12-14  (§  1082),  ni  a  nin- 
guna revelación  directamente  hecha  a  aquél  por  Yahvé  (I 
Crón.  22,  8,9).  En  vista  de  esas  manifestaciones,  el  ancia- 
no monarca  jura  por  su  dios,  que  en  el  mismo  día  será 
proclamado  rey  Salomón  mandando  ungirlo  en  la  fuente 
de  Guihón  o  Gihón  (Fig.  1),  lo  que  así  se  hace  de  inme- 
diato, con  la  intervención  de  aquel  profeta. 

1296.  En  efecto,  "38  en  seguida  descendieron  el  sa- 
cerdote Sadoe  y  el  profeta  Natán,  y  Benaya,  hijo  de  Joiada, 
y  los  Kereteos  y  los  péleteos,  e  hicieron  cabalgar  a  Salomón 
sobre  Iñ  muía  propia  del  rey  David,  y  le  condujeron  a  Guihón. 
S9  Y  el  sacerdote  Sadoc  tomó  del  tabernáculo  el  cuerno  de 


(1)  ¡Recuérdese  que  estas  citas^  sin  otra  indicación,  son  de 
I  Reyeg. 


BPEOTOS  DE  LA  UNOION  RETAIi 


27 


aceite  con  el  que  ungió  a  Salomón;  y  tocaron  trompetas^  y 
todo  el  puehlo  exclamó:  ¡Viva  el  rey  Salomón!  áOLuego  subió 
todo  el  puehlo  en  pos  de  él,  y  el  puehlo  iba  tocando  flautas  y 
se  entregaba  a  grandes  regocijos,  y  resonaba  la  tierra  con  sus 
gritos  (cap.  1)  .Y  cuando  Salomón  se  sentó  sobre  el  tro- 
no real,  David  que,  según  parece  por  sus  palabras,  se  había 
hecho  transportar  a  la  sala  de  audiencias  donde  estaba  el 
pueblo  congregado,  exclamó:  "¡Bendito  sea  Yahvé  el  dios 
de  Israel,  que  me  ha  permitido  hoy  ver  con  mis  propios  ojos] 
al  sucesor  que  se  sienta  en  mi  trono!"  (vs.  46,  48).  Y  cuando 
por  boca  de  Jonatán,  hijo  del  sacerdote  Abiatar,  supieron 
esto  los  congregados  en  la  fuente  de  En-Roguel,  temero- 
sos se  dispersaron,  y  Adonías  corrió  a  asirse  de  los  cuer- 
nos del  altar,  ya  que  los  templos,  como  lugares  sagrados, 
eran  considerados  lugares  de  refugio  para  aquellos  a  quie- 
nes perseguía  la  autoridad  o  el  vengador  de  la  sangre 
(§  291).  Avisado  Salomón  de  la  situación  en  que  se  ha- 
llaba su  hermano  Adonías,  y  que  éste  clamaba  gracia,  le 
comunicó  que  no  lo  haría  matar  mientras  no  incurriera  en 
alguna  falta;  por  lo  que  Adonías  vino  a  postrarse  ante 
Salomón,  quien  con  un  gesto  de  vencedor  ensoberbecido, 
le  ordenó  secamente  que  se  fuera  a  su  casa  (1.  49-5S). 

1297.  En  todos  los  pueblos  de  la  antigüedad,  la  un- 
ción no  sólo  confería  al  nuevo  rey  el  poder  real,  sino  ade- 
más el  pontificado  religioso.  En  los  casos  de  Saúl  y  de 
David,  se  nos  dice  que  la  unción  fué  seguida  de  particu- 
lares dones  espirituales:  así  a  Saúl,  Yahvé  le  cambió  el 
corazón;  y  de  David,  se  apoderó  el  espíritu  de  Yahvé  (I 
Sam.  10,  1,  9;  16,  13).  Pero  es  curioso  que  nada  se  nos 
diga  de  semejante  con  respecto  a  la  unción  de  Salomón, 
a  quien  otra  tradición  nos  pinta  como  elegido  por  Yahvé, 
desde  antes  de  su  nacimiento;  y  que  tampoco  se  refiera 
el  hecho  mismo  de  la  unción  tratándose  de  los  monarcas 
subsiguientes,  con  excepción  de  Joaz  y  de  Joacás.  Según 
Scío  "esta  unción  dejó  de  practicarse  luego  que  quedó 
establecido  el  derecho  de  sucesión  para  el  solio  en  la  fa- 
milia de  David;  y  sólo  se  usó  cuando  el  derecho  era  du- 
doso"; pero  otros  opinan  que  siempre  se  efectuaba  la 
unción,  aunque  sólo  se  la  mencionaba  en  casos  excepcio- 


20  SAIX)MON  RET  POR  INTRIGA  PALACIEGA 

nales,  porque  de  lo  contrario  los  monarcas  israelitas  se 
hubieran  encontrado  en  situación  de  inferioridad  religiosa 
con  los  demás  monarcas  extranjeros  que  habían  sido  un- 
gidos. El  poder  de  la  tradición  es  tal  que  hasta  en  las 
monarquías  europeas  se  unge  hoy  al  nuevo  rey  en  señal 
de  que  Dios  le  trasmite  el  poder  real,  por  lo  que  el  ungido 
resulta  un  ser  sagrado  e  inviolable.  Véase  el  §  734.  En 
cuanto  a  las  palabras  que  se  le  atribuyen  a  David  al  ver 
sentado  a  Salomón  sobre  el  trono,  deben  entenderse,  se- 
gún Reuss,  en  el  sentido  de  que  agradece  a  Yahvé  que 
haya  asegurado  la  corona  en  su  raza,  permitiéndole  morir 
tranquilo  respecto  al  porvenir  de  su  dinastía,  porque  no 
debe  olvidarse  que  era  bastante  precaria  aquella  monar- 
quía fundada  primitivamente  sobre  el  ascendiente  per- 
sonal de  un  soldado  feliz. 

1298.  De  lo  expuesto  resulta  claramente  que  gra- 
cias a  la  intervención  de  la  favorita  Batseba,  del  profeta 
Natán,  de  Benaya,  jefe  de  los  mercenarios  extranjeros 
Kereteos  y  péleteos  (§  965),  y  del  sacerdote  Sadoc,  pudo 
conseguir  Salomón  el  trono  de  Israel,  suplantando  a  su 
hermano  mayor  Adonías,  cuando  su  padre  David,  anciano 
y  enfermo,  estaba  recluido  en  una  cama,  de  donde  quizás 
se  le  sacó  para  que  apareciera  confirmando  aquella  pro- 
clamación. Salomón  supo  apreciar  bien  la  influencia  deci- 
siva de  Natán  en  todos  aquellos  manejos  turbios  que  le 
dieron  el  trono,  pues  más  tarde  concedió  importantes  em- 
pleos a  dos  de  los  hijos  de  ese  profeta,  Azarías  y  Zabud, 
haciendo  al  primero,  inspector  de  los  doce  gobernadores 
que  colocó  al  frente  de  las  doce  provincias  o  subdivisiones 
en  que  repartió  el  reino,  y  nombrando  a  Zabud  su  sacer- 
dote doméstico  o  su  ministro,  según  las  traducciones,  y 
en  todo  caso,  haciéndole  su  consejero  o  "amigo"  íntimo 
(4,  5). 


OTRO  RELATO  DEL  ADVENIMIENTO  DE  SALO- 
MON. —  1299.  Si  doblamos  algunas  páginas  de  la  Bi- 
blia más  adelante,  nos  encontramos  con  que  otro  es- 


Mi  RELATO  DE  I  CRONICAS 


29 


'tfritor  igualmente  inspirado,  refiere  el  advenimiento  de 
Salomón  al  trono  de  Israel,  en  forma  totalmente  dis- 
tinta, según  pasamos  a  comprobarlo. 

He  aquí  algunos  textos  de  I  Crónicas,  al  respecto: 
1'  En  un  sermoncito  que  le  echó  David  a  Salomón 
sobre  la  futura  construcción  del  templo,  le  expresa,  entre 
otras  cosas,  lo  siguiente:  "Tuve  revelación  de  Yahvé  que 
decía. . .  He  aquí  que  el  hijo  que  te  nacerá,  será  hombre  tran- 
quilo, y  yo  le  daré  tranqiiilidad  con  todos  sus  enemigos  de 
alrededor;  por  lo  cual  será  llamado  SALOMON  (Shelomoh, 
"el  Pacífico"),  y  paz  y  reposo  daré  a  Israel  en  todos  sus  días" 
(22,  8,9).  Este  es,  pues,  el  hijo  al  que  se  refería  Yahvé 
en  el  mensaje  que  envió  a  David  por  intermedio  del  pro- 
feta Natán,  diciendo:  "Yo  suscitaré  en  pos  de  ti  un  hijo 
tuyo  y  afirmaré  su  trono  para  siempre"  (II  Sam.  7,  12). 
Según  esto,  Salomón  fué  rey  no  por  la  intriga  de  Batseba 
y  Natán,  ni  por  la  fuerza  armada  del  cuerpo  de  Kereteos 
y  péleteos  que  comandaba  Benaya,  según  así  nos  lo  hace 
conocer  el  libro  de  Reyes,  sino  porque  desde  antes  que 
Salomón  naciera,  Yahvé  ya  lo  había  anunciado  y  dispuesto 
así.  Véase  lo  que  al  respecto  hemos  dicho  en  §  1086  y  1090. 

2'>  Siendo  David  anciano  y  harto  de  días,  proclamó 
rey  de  Israel  a  Salomón  su  hijo  (I  Crón.  23,  1).  "1  En- 
tonces David  reunió  en  Jerusalem  a  todos  los  jefes  de  Israel: 
los  jefes  de  las  tribus,  los  jefes  de  las  divisiones  encarga- 
das del  servicio  del  rey,  los  jefes  de  miles  y  los  de  cientos, 
los  administradores  de  la  hacienda  y  del  ganado  del  rey  y 
de  sus  hijos,  con  los  eunucos,  (1)  los  capitanes  y  los  guerre- 
ros distinguidos.  2  Entonces  el  rey  David.,  puesto  de  pie  habló 
*  así:  " ¡Oídme,  hermanos  míos  y  pueblo  mío!...  4  Yahvé,  el  dios 
de  Israel,  me  escogió  de  entre  toda  la  casa  de  mi  padre,  para 
que  yo  fuese  rey  de  Israel  perpetuamente.  Porque  escogió  la 
tribu  de  Judá  para  conferirle  la  preeminencia;  en  ella,  la  casa 
de  mi  padre;  y  de  entre  los  hijos  de  mi  padre,  le  agradó  esco- 
germe a  mí  por  rey  sobre  todo  Israel.  5  Y  de  entre  todos  mis 

(1)  iGracias  al  divinamente  inspirado  autor  de  Crónicas,  sa- 
bemos que  el  santo  rey  David,  a  imitación  de  los  demás  monarcas 
orientales,  tenía  eunucos  entre  sug  oficiales  palaciegos  (§  1902). 


30 


EL  RELATO  DE  I  ORONHOAS 


/lijos  (porque  Yahvé  me  ha  dado  muchos  hijos)  ha  escogido 
a  Salomón  mi  hijo  para  que  se  siente  en  el  trono  real  de 
Yahvé  sobre  Israel"  (cap.  28).  Estas  últimas  palabras 
como  bien  lo  observa  Reuss,  recuerdan  la  idea  teocrática 
que  la  monarquía  en  Israel  no  era  sino  una  delegación 
de  Yahvé,  el  único  verdadero  rey.  Y  extendiendo  esa 
misma  idea  a  todas  las  monarquías,  anota  Scío:  "Los 
reinos  son  del  Señor:  los  reyes  son  tenientes  o  vicarios 
que  le  representan. . .  La  autoridad  que  reconocemos  en 
los  príncipes,  dimana  del  mismo  Dios:  "Por  mi  reinan  los 
reyes"  (Prov.  8,  15). 

3'  Y  David  terminó  su  largo  discurso,  que  ocupa  casi 
totalmente  los  dos  últimos  capítulos  de  I  Crónicas,  dicien- 
do a  toda  la  Asamblea:  20  ¡Bendecid  a  Yahvé,  vuestro 
dios!  Y  toda  lu  Asamblea  bendijo  a  Yahvé  el  dios  de  sus 
padres;  y  se  inclinaron  y  postraron  delante  de  Yahvé  y  de- 
lante del  rey.  21  Y  al  día  siguiente  inmolaron  sacrificios  en 
honor  de  Yahvé  y  Je  ofrecieron  holocaustos:  mil  toros,  mil 
carneros  y  mil  corderos  con  sus  libaciones,  y  otros  sacrifi- 
cios en  gran  cantidad  para  todo  Israel.  22  Y  comieron  y  bebie- 
ron delante  de  Yahvé  en  aquel  dia  con  gran  gozo;  y  POR 
SEGUNDA  VEZ  proclamaron  rey  a  Salomón,  hijo  de  David, 
ungiéndole  delante  de  Yahvé  como  príncipe,  y  a  Sadoc  como 
sacerdote.  23  Y  Salomón  se  sentó  sobre  el  trono  de  Yahvé, 
como  rey,  (recuérdese  lo  dicho  al  final  del  N*?  2'  que  an- 
tecede), f?i  lugar  de  su  padre  David,  y  prosperó,  y  le  obe- 
deció todo  Israel.  24  Y  todos  los  jefes  y  los  más  valientes  gue- 
rreros y  aún  todos  los  hijos  del  rey  David,  prestaron  home- 
naje al  rey  Salomón  (literalmente:  pusieron  la  mano  bajo 
Salomón).  25  Y  Yahvé  engrandeció  a  Salomón  en  extremo 
a  los  ojos  de  todo  Israel,  y  le  dió  una  majestad  real  como  no 
la  había  tenido  ningún  rey  de  Israel  antes  de  él  (cap.  29). 

1300.  Basta  leer  con  espíritu  desprevenido  esta  na- 
rración de  los  últimos  capítulos  de  I  Crónicas,  para  darse 
cuenta  que  es  producto  de  la  fantasía  del  escritor  sacer- 
dotal que  la  escribió  siete  siglos  después  del  advenimiento 
de  Salomón  al  trono,  (§  1101  a  1110).  El  David  discur- 
sista,  que  expresa  las  ideas  religiosas  del  clero  del  siglo 
III,  según  aquí  se  nos  lo  describe,  en  nada  se  parece  al  Da- 


¿SALOMON  FUE  ÜNGIDO  IDOS  VECES? 


vid  anciano  valetudinario,  recluido  en  una  cama  y  con  todos 
los  caracteres  de  un  debilitado  mental,  que  nos  pinta  el 
redactor  del  libro  de  Reyes,  víctima  o  juguete  más  o  me- 
nos inconsciente  de  las  intrigas  de  una  astuta  favorita  y 
de  un  hábil  profeta,  que  aprovecha  de  su  influencia  en 
el  hogar  real  para  imponer  al  enfermo  o  moribundo  mo- 
narca el  candidato  de  sus  simpatías.  El  escritor  de  Cró- 
nicas no  nombra  para  nada  a  Adonías  y  desconoce  la 
proclamación  de  Salomón  hecha  en  la  fuente  de  Gihón, 
a  no  ser  que  a  ella  se  refiera  en  I,  23,  1,  cuando  expresa 
que  David,  anciano  y  harto  de  días,  proclamó  rey  de  Is- 
rael a  Salomón  su  hijo.  Para  ese  escritor,  pues,  Salomón 
fué  ungido  dos  veces,  hecho  absurdo,  pues  si  la  unción 
representaba  la  trasmisión  del  poder  real,  o  como  quiere 
la  ortodoxia,  "la  comunicación  del  Espíritu  divino"  (§  734), 
esa  ceremonia  no  podía  repetirse.  Bien  es  cierto  que  apa- 
rece Saúl  siendo  ungido  quizás  tres  veces:  1'  ocultamente 
(I  Sam.  10, 1) ;  2"  en  Mizpa  (Ib.  10,  24,  25) ;  y  3'  en  Gilgal 
(Ib.  14,  14,  15) ;  y  David  también  figura  ungido  dos  ve- 
ces: una  cuando  era  un  jovencito  pastor  (I  Sam.  16,  13), 
y  otra  en  Hebrón  (II  Sam.  5,  3);  pero  en  estos  casos  ya 
estudiados  en  los  tomos  anteriores,  se  trata  en  realidad 
de  distintos  documentos  o  tradiciones  inhábilmente  reu- 
nidas, que  no  logró  armonizar  el  último  redactor  de  ese 
libro  bíblico.  Finalmente  recuérdese  que  David  nunca  ab- 
dicó, como  lo  hace  suponer  este  relato  de  Crónicas;  y 
que  la  unción  de  Sadoc  es  otro  mito  postexílico,  cuando 
se  enseñaba  en  Jerusalem  que  ese  personaje  era  el  ante- 
cesor de  los  sumos  sacerdotes  de  la  restauración.  Sadoc  y 
Abiatar  furon  los  dos  jefes  del  clero,  algo  así  como  Mi- 
nistros del  Culto,  en  el  reinado  de  David  (II  Sam.  20,  25), 
y  al  principio  del  de  Salomón  (I  Rey.  4,  4),  a  lo  menos 
hasta  que  este  monarca  destituyó  a  Abiatar. 

EL  TESTAMENTO  POLITICO  DE  DAVID.  —  1301. 

Aunque  no  se  nos  dice  cuando  ocurrió  lo  que  en  seguida 
pasamos  a  narrar,  se  deja  entender  que  debió  ser  pocos 
días  después  de  la  unción  de  Salomón.  Comienza,  pues, 
el  cap.  2  refiriéndonos  las  últimas  órdenes  que  a  éste  le 


92  r.'^        Eli  TESTAMENTO  POLITICO  DE  DAVID 

dió  su  moribundo  padre,  precedidas  por  algunos  consejos 
que  son  de  pertenencia  exclusiva  de  RD  (2,  2-4;  §  1281), 
y  que  no  guardan  mayor  relación  con  aquéllos.  Esas  órde- 
nes, que  constituyen  lo  que  podemos  llamar  el  testamento 
político  de  David,  son  las  siguientes :  "5  Sahes  lo  que  me  ha 
hecho  Joab  hijo  de  Sarvia  (Servia  o  Seruyá)  y  lo  que  hizo  a  dos 
jefes  del  ejército  de  Israel:  a  Ahner  hijo  de  Ner  (§  1015, 
1017),  y  a  Amasa  hijo  de  Jeter  (II  Sam.  20,  4-12),  a  quie- 
nes él  mató,  derramando  en  plena  paz  sangre  de  guerra,  con 
la  que  manchó  el  talabarte  que  llevaba  en  la  cintura  y  los  za- 
patos que  tenía  en  los  pies.  6  Procederás  según  tu  sabiduría 
y  no  dejarás  que  desciendan  en  paz  sus  canas  al  sheol.  ?  Se- 
rás reconocido  con  los  hijos  de  BarzillaÁ,  el  galaadita,  y  co- 
merán a  tu  mesa,  porque  salieron  a  recibirme  cuando  yo  iba 
hwyendo  de  tu  hermano  Absalom.  8  Tienes  también  contigo  a 
Semeí,  hijo  de  Gera,  el  Benjamita  de  Bahurim,  el  que  profirió 
contra  mí  violentas  maldiciones,  el  día  en  que  yo  iba  a  Ma- 
hanaim.  8Í7i  embargo  él  descendió  a  recibirme  al  Jordán  y  yo 
le  juré  por  Yahvé  diciendo:  No  te  haré  morir  a  espada.  9  Y 
ahora  no  permitas  que  quede  impune;  hombre  sabio  eres  y 
sabrás  cómo  lo  has  de  tratar  para  hacer  que  desciendan  sus 
canas  ensangrentadas  al  sheol". 

1302.  Como  se  ve,  el  santo  rey  David,  "el  dulce 
salmista  de  Israel"  (II  Sam.  23,  i;  §  1251),  en  el  momen- 
to que  está  por  expirar,  sigue  siendo  el  mismo  hombre 
despiadado  y  sanguinario  que  cuando  era  el  vasallo  del 
rey  filisteo  Aquís,  en  Siclag  (§  962-3).  Sólo  hay  en  las 
palabras  transcritas  que  se  le  atribuyen,  una  nota  de 
gratitud:  recuerda  que  los  hijos  del  galaadita  Barzillai 
le  habían  prestado  servicios  cuando  huía  ante  su  hijo 
sublevado  Absalom,  y  le  pide  a  Salomón  que  les  haga 
mercedes  y  los  siente  a  su  mesa.  Pero  después,  se  muestra 
rencoroso,  vengativo,  desagradecido,  supersticioso  y  per- 
juro. Su  sobrino  Joab  militar  sin  escrúpulos,  había  co- 
metido dos  alevosos  asesinatos:  los  de  los  generales  Ab- 
ner  y  Amasa.  Pero  David,  cuando  pudo  hacerlo,  no  había 
reaccionado  imponiendo  al  criminal  un  castigo  adecuado 
a  sus  delitos.  En  el  caso  del  homicidio  de  Abner,  según 
hemos  visto,  se  limitó  a  maldecir  a  Joab  y  a  pedir  a  Yahvé 


EL  CILAMOR  DE  íiA  SANGRE 


33 


que  lo  castigara  (§  1017).  Más  tarde  en  recompensa  de 
los  servicios  que  Joab  le  había  prestado,  salvándole  el 
trono  cuando  la  guerra  civil  desencadenada  por  Absalom, 
trató  de  reemplazarlo  por  su  sobrino  Amasa,  como  general 
en  jefe  de  todo  su  ejército  (II  Sam.  17,  25;  19,  13).  Joab, 
hombre  enérgico  y  decidido,  que  mató  personalmente  a 
Absalom  (Ib.  18,  14),  y  que  después  le  reprochó  áspera- 
mente a  David  las  lamentaciones  que  hacía  ante  el  pueblo 
por  la  muerte  de  aquel  ambicioso  príncipe  (Ib.  19,  1-8), 
supo  probablemente  que  David  pensaba  suplantarlo  por 
su  primo  Amasa,  el  general  traidor,  jefe  del  ejército  ven- 
cido, y  como  la  conducta  de  éste  volvió  a  hacerse  sospe- 
chosa cuando  la  nueva  revuelta  del  caudillo  benjamita 
Seba,  aprovechó  la  primera  oportunidad  que  se  le  presen- 
tó, para  asesinarlo  a  traición,  como  había  hecho  con  Ab- 
ner  (Ib.  20,  1-13).  Tampoco  reaccionó  David  contra  este 
nuevo  crimen  de  Joab,  pues  éste,  el  personaje  más  influ- 
yente de  Israel,  acababa  de  concluir  rápidamente  con  las 
peligrosas  revoluciones  de  Absalom  y  de  Seba,  consoli- 
dándolo en  su  trono,  después  de  sus  grandes  triunfos 
contra  los  ammonitas  y  contra  los  edomitas  (II  Sam.  12, 
26-31 ;  §  1211).  Pues  bien,  ya  que  David  no  castigó  a  Joab, 
por  aquellos  crímenes,  a  raíz  de  haber  sido  cometidos,  — 
recuérdese  que  el  asesinato  de  Abner  hacía  33  años  que 
había  sido  perpetrado  (II  Sam.  3;  I  Rey.  2,  11) — ,  co- 
rrespondía ahora  que  primara  en  su  ánimo  la  clemen- 
cia y  se  impusiera,  por  lo  menos,  el  agradecimiento  hacia 
aquel  sobrino  suyo  a  quien  tanto  debía.  Pero  David,  cu- 
yas ideas  religiosas  no  eran  más  elevadas  que  las  de  sus 
contemporáneos,  creía  que  la  sangre  humana  traidora- 
mente  derramada  exigía  la  sangre  del  homicida,  pues  de 
lo  contrario  el  rey,  encargado  de  hacer  justicia,  o  los  de 
su  familia,  incurrirían  en  la  venganza  de  la  sombra  de 
la  víctima  (§  292-3).  El  dios  nacional,  simple  reflejo  de 
la  atrasada  mentahdad  de  su  pueblo,  ¿no  estatuía  acaso, 
según  así  más  tarde  se  consignó  en  la  titulada  legislación 
mosaica,  que  "la  sangre  profana  la  tierra",  y  que  ésta  de- 
manda la  sangre  del  que  la  derramó?  (Núm.  35,  33).  A 
pesar  de  estas  arcaicas  ideas  de  su  época,  bastábale  a 


34 


UN  ASESINATO  EN  LUGAR  SAGRADO 


David,  para  haberse  mostrado  benevolente  con  Joab,  el 
recordar  los  torrentes  de  sangre  inocente  que  él  había 
derramado  en  sus  depredaciones  de  Siclag  (I  Sam.  27, 
8-11),  y  que  Joab  había  sido  su  cómplice  en  el  asesinato 
de  Urías  (II  Sam.  11,  14-17).  Pero  David,  que  tanta  ne- 
cesidad tenía  de  perdón,  no  supo  perdonar  a  su  anciano 
sobrino,  y  por  eso  le  da  este  encargo  a  Salomón:  "No  de- 
jarás descender  en  paz  al  sheol  las  canas  de  Joab",  y  para 
ello  "  procederás  según  tu  sabiduría",  es  decir,  dejando 
librado  a  su  sucesor  el  buscar  una  ocasión  y  un  pretexto 
para  cumplir  esa  sentencia  de  muerte, 

1303.  Salomón  no  demoró  en  ejecutar  aquella  ordevi, 
pues  temía  la  influencia  avasalladora  de  Joab,  y  así  nos 
cuenta  el  libro  sagrado  que  luego  de  hacer  asesinar  a  su 
hermano  Adonías,  pretextando  que  éste  había  querido  ca- 
sarse con  la  sunamita  Abisag,  mandó  también  matar  a 
su  primo  Joab,  a  pesar  de  que  éste  confiando  en  la  santi- 
dad del  lugar,  se  había  asido  de  los  cuernos  o  extremos 
del  altar.  (1)  Benaya,  que  era  el  verdugo  encargado  de 
la  ejecución  de  ese  asesinato,  no  se  atrevió  a  perpetrarlo 
en  aquel  sitio  sagrado;  pero  Salomón,  mostrando  ya  des- 
de entonces  que  subordinaba  la  religión  a  sus  fines  polí- 
ticos, disipa  los  escrúpulos  de  Benaya,  diciéndole:  "31 
Hiérele  y  entiérrale,  para  que  quites  de  sobre  mí  y  de  sobre 
la  casa  de  mi  padre  la  sangre  inocente  que  ha  derramado  Joab. 
32  Así  Yahvé  hará  recaer  su  sangre  sobre  su  misma  cabeza, 

(1)  lLos  santuarios  o  los  altares  de  loe  diosee  eran  en  to- 
dos los  pueblos  antiguoe,  según  ya  lo  hemos  dicho,  lugares  de  refu- 
gio, donde  loe  que  allí  acudían  quedaban  a  salvo,  bajo  la  protec- 
ción divina  (§  291;  12 96).  Los  hebreos  innovaron  en  esta  mate- 
ria, pues  más  tarde,  establecieron  como  precepto  de  Yahvé,  en 
el  llamado  "Código  de  la  Alianza",  que  "cuando  alguno  obrare 
con  malicia  contra  su  prójimo,  matándole  alevosamente,  DE  MI 
MISMO  ALTAR  LE  QUITARAS  PARA  QUE  MUERA"  (Ex.  21, 
14).  Sin  embargo  ese  precepto  no  llegó  a  justificar  que  se  matara 
al  refugiado  en  el  mismo  altar,  sino  que  sólo  permitió  que  se  le 
sacase  de  allí  para  ejecutarlo  en  otro  lado,  lo  que  no  ocurrió  en 
este  caso,  pues  Benaiya  mató  a  Joab  en  el  propio  altar  de  Yahvé. 


SOIEI,  PAMENTE  DE  SAUL. 


35 


puesto  que  hiñó  a  dos  hombres  más  justos  y  mejores  que  él  y 
los  mató  a  espada,  sin  que  mi  padre  lo  supiese:  Abner,  hijo 
de  Ner,  jefe  del  ejército  de  Israel,  y  Amasa,  hijo  de  Jeter, 
jefe  del  ejército  de  Judá.  33  La  sangre  de  ellos  recaerá  sobre 
la  cabeza  de  Joab  y  sobre  la  cabeza,  de  su  posteridad  para  siem- 
pre; pero  sobre  David,  sobre  su  posteridad,  sobre  su  casa  y 
sobre  su  trono  haya  paz  para  siempre  de  parte  de  Yahvé". 
34  Subió,  pues,  Benaya,  hijo  de  Jalada,  e  hirió  a  Joab  y  lo 
mató;  (1)  y  fué  enterrado  en  su  casa,  en  el  desierto"  (cap.  2). 
Quien  escribió  esas  palabras  que  pone  en  boca  del  fra- 
tricida Salomón,  para  justificarlo  de  aquel  asesinato,  es- 
taba imbuido  de  las  expuestas  ideas  sobre  la  venganza  de 
la  sangre,  Pero  olvidó  que  entre  los  delitos  que  se  podían 
inculpar  a  Joab,  estaba  el  odioso  asesinato  del  oficial 
Urías ;  omisión  explicable,  porque  de  lo  contrario  hubiera 
tenido  que  pedir  que  la  sangre  de  ese  fiel  soldado  hubiera 
recaído  sobre  la  posteridad  de  David,  instigador  de  ese 
injustificable  crimen.  ¿Y  sobre  quién  debería  recaer  la 
sangre  de  las  pacíficas  gentes  que  David,  en  tiempo  de 
paz,  con  toda  frialdad  de  corazón,  mandó  matar  en  Si- 
clag,  sangre  que  igualmente  demandaba  venganza  como 
la  derramada  de  Abner  y  de  Amasa? 

1301.  Examinemos  ahora  la  disposición  final  del 
testamento  político  de  David.  Simeí.  recordando  que  siete 
descendientes  de  Saúl,  con  quien  estaba  él  emparentado, 
sin  culpa  alguna  habían  sido  ahorcados  por  David  o  con 
su  consentimiento,  le  había  salido  al  camino  a  este  rey, 
cuando  fugitivo  huía  de  Absalom,  y  esparciendo  polvo  en 
su  presencia,  lo  había  apedreado  y  maldecido  (II  Sam.  16, 
5-13;  §  1036-1046).  Vencido  más  tarde  Absalom  por  Joab, 
Simeí,  que  era  también  un  caudillo  influyente,  se  pre- 
sentó con  mil  benjamitas  ante  David,  y  postrándose  ante 
él,  le  suplicó  lo  perdonara  por  la  manera  cómo  se  había 

(1)  "ÍEs  posible,  escribe  Deenoyers,  que  otras  víctimas  siguie- 
ran a  los  jefes  de  su  partido  en  la  desgracia  o  en  la  muerte.  Ase- 
sinato y  destierro  son  prácticas  constantes  en  los  déspotas  orien- 
tales, casi  a  cada  cambio  de  reinado.  ¡El  tercer  rey  de  los  he- 
breos se  apropiaba  ya  de  esas  odiosas  prácticas!"  (III,  p.  10). 


36 


EL  ASESINATO  DE  SIMEI 


comportado  a  su  respecto,  y  David,  le  perdonó,  jurando 
que  no  lo  haría  matar  (II  Sam.  19,  16-23).  Parece,  pues, 
que  este  enojoso  asunto  estaba  definitivamente  liquidado; 
pero  no  era  así.  En  los  oídos  de  David  resonaban  las  mal- 
diciones de  Simeí,  y  aun  cuando  se  refiere  que  en  aquel 
entonces  se  había  opuesto  a  que  éste  fuera  muerto,  por- 
que quizás  obraba  mandado  por  Yahvé,  y  pudiera  ser 
que  este  dios  transformara  en  bendiciones  tales  maldicio- 
nes, lo  cierto  es  que  no  había  olvidado  aquel  suceso,  pues 
creía,  como  todos  sus  compatriotas,  que  más  o  menos 
tarde  las  maldiciones  concluirían  por  realizar  su  obra  ma- 
léfica. Y  por  eso  ordena  a  Salomón  que  haga  también 
asesinar  a  Simeí,  aunque  tratando  de  guardar  las  formas, 
pues  le  dice:  "hombre  sabio  eres,  y  sabrás  cómo  lo  has 
de  tratar".  Indudablemente  que  aquí  el  santo  rey  David, 
la  imagen  viviente  del  Mesías,  no  se  nos  presenta  como 
un  modelo  de  moralidad.  Al  perjurio  y  a  la  crueldad 
agrega  también  la  hipocresía,  al  recomendar  a  Salomó.! 
que  ejecute  aquel  asesinato  bajo  pretextos  que  disfracen 
la  villanía  a  perpetrarse.  Y  Salomón  cumplió  la  inicua 
orden  de  David,  tendiendo  a  Simeí  un  lazo  para  daríe 
apariencia  de  legalidad  a  la  ejecución  de  dicho  caudillo. 
En  efecto,  sin  causa  alguna,  — puesto  que  Simeí  no  había 
cometido  ningún  delito, —  le  da  Jerusalem  por  cárcel,  di- 
ciéndole  que  el  día  que  cruzara  el  valle  o  arroyuelo  del 
Cedrón  límite  oriental  de  esa  ciudad,  (Fig.  1)  lo  manda- 
ría matar:  'tii  sangre  recaerá  sobre  tu  cahcza".  Y  suce- 
dió lo  que  tenía  que  suceder,  que  un  buen  día,  al  cabo  de 
varios  años  (tres,  dice  el  texto),  Simeí  olvidando  la  pro- 
hibición que  le  había  impuesto  el  rey,  se  fué  a  la  ciudad 
filistea  de  Gat,  en  persecución  de  unos  esclavos  que  se  le 
habían  fugado.  Enterado  Salomón  de  este  hecho,  manda 
buscar  a  Simeí  y  lo  increpa  duramente,  diciéndole:  "¿Por 
qué  no  has  guardado  el  juramento  de  Yahvé,  y  la  orden  que 
yo  te  había  impuesto?  Sabes  toda  la  maldad  que  hiciste  a 
David,  mi  padre,  de  lo  cual  tienes  conciencia.  Ahora  bien, 
Yahvé  hace  recaer  tu  maldad  sobre  tu  cabeza;  pero  el  reu 
Salomón  será  bendito,  y  el  trono  de  David  será  consolidado 


Bli  M6ÍE9SINATO  DB  SIMEI 


37 


perpetuamente  delante  de  Yahvé".  Y  luego  Salomón  man- 
da a  su  verdugo  Benaya  que  ultime  a  Simeí,  lo  que  así 
ejecutó  aquél,  de  inmediato  (2,  36-46). 

1305.  A  ser  ciertas  estas  palabras  que  el  redactor 
le  presta  a  Salomón,  tenemos  que  el  fundamento  de  la 
sentencia  de  muerte  que  pronuncia  en  este  caso  aquel  rey, 
se  basa  en  lo  siguiente:  1''  En  que  Simeí  se  había  compro- 
metido bajo  juramento  a  no  salir  de  los  límites  de  Jeru- 
salem,  y  había  violado  ese  juramento;  2<'  que  Simeí  antes 
había  procedido  conscientemente,  con  gran  maldad,  con- 
tra David.  Ahora  bien,  ninguna  de  estas  dos  razones  re- 
siste al  menor  examen.  Comenzando  por  la  última,  hemos 
visto  que  el  gran  delito  de  Simeí  había  estribado  en  inju- 
riar a  David  arrojándole  a  la  vez  algunas  piedras  (que 
parece  no  le  alcanzaron),  y  en  maldecirlo.  Las  injurias 
consistían  principalmente  en  haber  apostrofado  a  David 
llamándolo  hombre  sanguinario,  lo  que  era  la  esencia  de 
la  verdad.  En  efecto,  como  sabemos,  Simeí  había  hablado 
impelido  por  la  indignación  que  le  había  causado  el  asesi- 
nato de  siete  parientes  suyos,  ahorcados  injustamente  con 
el  consentimiento,  o  por  la  oculta  orden  de  David,  so 
pretexto  de  que  Yahvé  quería  sangre  humana  de  Saúlidas 
para  hacer  cesar  una  intensa  sequía  que  reinaba  hacía 
tres  años  sobre  Israel  (§  1046).  Contra  la  barbarie  de 
aquel  proceder  de  David,  lo  menos  que  pudo  hacer  Simeí 
fué  el  apostrofarlo  públicamente  echándole  en  cara  su 
crimen,  sin  que  ninguna  conciencia  moral  juzgue  delito 
tal  proceder.  Sin  embargo,  implícitamente  son  aprobadas 
en  el  texto  las  palabras  de  Salomón:  "Yahvé  hace  recaer  . 
tu  maldad,  sobre  tiL  cabeza",  pues  Scío  las  parafrasea  así: 
"El  Señor  siempre  justo  ha  hecho  que  pagues  todos  estos 
males  con  el  precio  de  tu  cabeza,  y  los  laves  con  tu  san- 
gre". Pero  no  consistía  el  delito  de  Simeí  tanto  en  haberle 
dicho  a  David  las  verdades  del  barquero,  como  en  haberlo 
m.aldecido.  A  nada  tenían  los  antiguos  tanto  miedo,  como 
al  poder  de  las  maldiciones.  Recuérdese  que  ese  fué  el  me- 
dio de  que  se  valió  la  madre  de  Mica  para  descubrir  quien 
le  había  robado  su  dinero  (§  554).  Y  David,  en  su  lecho 
de  muerte  no  podía  olvidar  las  maldiciones  de  Simeí,  y 


38 


EL  ASESINATO  DE  SIMEI 


Salomón  temía  que  ellas  lo  afectaran  a  él,  como  sucesor 
de  su  padre,  y  a  toda  la  dinastía.  Por  eso,  al  dictar  su 
sentencia  de  muerte  contra  Simeí,  Salomón  agrega  pala- 
bras de  bendición  para  sí  mismo  y  para  su  trono,  o  sea, 
para  su  posteridad,  a  fin  de  desvirtuar  el  maleficio  de  las 
frases  pronunciadas  hacía  muchísimos  años  por  aquél 
contra  su  progenitor.  En  el  fondo,  pues,  fué  aquella  una 
sentencia  de  muerte  dictada  por  miedo  a  una  superstición, 
iniquidad  que  pretende  justificar  la  ortodoxia  de  Desno- 
yers  diciendo:  "Salomón,  que  le  había  tendido  un  lazo, 
llamó  a  Simeí  a  palacio,  y  con  inhumano  rigor,  le  notificó 
su  sentencia  de  muerte:  Simeí  debía  morir,  no  para  ex- 
piar un  pasado  perdonado,  sino  por  el  nuevo  crimen  que 
acaba  de  cometer,  infringiendo  una  orden  cuya  sanción 
conocía,  y  que  se  había  obligado  a  respetar  so  pena  de 
muerte.  La  implacable  jusT;icia  se  ejercía  contra  él  por 
apartada  vía;  sus  maldiciones,  recaídas  sobre  su  cabeza, 
ya  no  alcanzarían  a  la  descendencia  de  David"  (III,  p.  11). 

1306.  Ahora  en  cuanto  a  la  primera  causal  de  esa 
sentencia,  o  sea,  al  hecho  de  que  Simeí  había  incurrido 
en  la  pena  de  muerte,  porque  se  había  comprometido  bajo 
juramento  a  no  salir  de  Jerusalem.  y  no  había  cumplido 
con  tal  compromiso,  es  ese  un  motivo  de  los  más  curiosos ; 
porque  si  él  hubiera  sido  válido,  habría  que  haber  comen- 
zado por  matar  a  David,  de  quien  sabemos  que,  por  lo 
menos,  fué  dos  veces  perjuro:  una  cuando  juró  a  Saúl 
que  no  exterminaría  la  posteridad  de  éste  (§  1043) ;  y 
otra,  en  el  propio  caso  de  Simeí  (§  1804).  Si  "el  no  haber 
guardado  el  juramento  de  Yahvé"  era.  causa  suficiente  para 
matar  a  un  hombre,  — como  desprovisto  de  todo  senti- 
miento de  humanidad,  así  lo  sostiene  Desnoyers,  en  el 
párrafo  suyo  que  acabamos  de  transcribir, —  es  induda- 
ble que  también  David  se  había  hecho  reo  de  muerte,  a 
no  ser  que  se  crea  que  la  hipocresía  con  que  él  obró  acon- 
sejando a  su  hijo  que  buscara  pretextos  para  "hacer  des- 
cender ensangrentadas  las  canas  de  Simeí,  al  sheol"  lo  li- 
braba de  semejante  pena.  Sin  embargo,  la  ortodoxia,  aun 
reconociendo  la  futilidad  del  pretexto  buscado  por  Salo- 
món para  consumar  el  crimen  ordenado  por  su  padre  en 


MUERTE  DE  DAVID 


39 


momentos  en  que  se  podía  dudar  de  su  lucidez  mental, 
encuentra  perfectamente  justificado  el  proceder  de  Salo- 
món, el  rey  elegido  por  Yahvé  desde  antes  de  su  naci- 
miento, como  encuentra  justificadas  todas  las  inmorali- 
dades cometidas  por  los  héroes  yahvistas,  que  no  son  cen- 
suradas en  las  páginas  del  libro  divino.  Así  leemos  en 
L.  B.  A.,  como  comentario  del  pasaje  que  estudiamos:  "A 
menudo  una  causa  fútil  es  el  medio  del  cual  se  sirve  Dios 
para  atraer  el  castigo  sobre  el  que  se  ha  hecho  culpable 
de  más  grandes  faltas". 

1307.  Tratando  de  la  muerte  de  Joab,  expresa  Reuss 
que  seria  posible  que  Salomón  hubiera  mandado  matar  a 
aquel  general,  por  resentimiento  personal  y  por  su  propia 
seguridad,  y  más  tarde  hubiese  simplemente  pretextado 
agravios  mucho  tiempo  antes  olvidados,  y  órdenes  for- 
males de  su  padre.  Otros  comentaristas  tratan  también 
de  atenuar  la  responsabilidad  del  célebre  rey  David,  de 
haber  sido  el  instigador  de  aquellos  odiosos  crímenes  con 
que  inauguró  su  reinado  Salomón,  diciendo  que  un  recien- 
te narrador,  para  disculpar  a  Salomón,  fundador  del  Tem- 
plo, habría  imputado  al  padre  de  éste  la  iniciativa  de  tales 
venganzas.  Opina,  en  cambio  Lods,  que  no  es  probable 
esa  suposición,  pues,  "si  se  hubiera  querido  excusar  a 
Salomón,  se  le  hubiese  atribuido  también  a  David  la  orden 
de  matar  a  Adonías.  Las  palabras  del  anciano  rey  tienen 
un  acento,  un  sabor  antiguo  de  que  carecen  las  interpola- 
ciones deuteronómicas :  dice  lo  que  debió  decir  impulsado 
por  sus  sentimientos  de  gratitud,  de  sus  deseos  de  ven- 
ganza, de  sus  remordimientos  y  de  sus  rudimentarias  no- 
ciones de  justicia.  Por  su  parte,  Salomón  obra  según  debió 
obrar,  tanto  como  hijo  respetuoso  que  hizo  suyas  las  que- 
rellas de  su  padre,  como  político  implacablemente  preocu- 
pado de  sus  propios  intereses"  (Isr.  425-6). 

1308.  Poco  después  de  haber  dejado  expresada  así 
su  última  voluntad,  o  sea,  de  haber  asegurado  sus  ven- 
ganzas póstumas,  las  cuales,  como  hemos  visto,  cumphó 
fielmente  Salomón,  murió  David  siendo  enterrado  en  Je- 
rusalem,  donde  había  reinado  33  años  (2,  10,  11).  "Los 


40 


DAVID  Y  LA  POSTERIDAD 


sacerdotes  escribe  Menard,  le  perdonaron  sus  crímenes, 
vista  su  piedad;  el  pueblo  los  olvidó  para  no  ver  en  él 
sino  al  glorioso  fundador  del  imperio  judío,  y  cuando  este 
imperio  fué  destruido,  se  habló  del  reino  de  David,  como 
de  una  edad  de  oro,  cuyo  retorno  se  esperaba"  (p.  68). 


CAPITULO  III 


£1  sueño  de  Gabaón 


EL  CULTO  EN  LOS  ALTOS  Y  LA  PRETENDIDA 
LEGISLACION  MOSAICA.  —  1309.  Después  del  relato 
de  cómo  Salomón  había  hecho  asesinar  a  Adonías,  (1)  a 
Joab  y  a  Simeí,  el  autor  inspirado  comienza  el  cap.  3,  si- 
guiente, en  esta  forma:  1  Fué,  pues,  confirmado  el  reino 
en  manos  de  Salomón,  y  emparentó  con  Faraón,  rey  de  Egip- 
to, casándose  con  la  hija  de  éste,  a  la  que  llevó  a  la  ciudad  de 
David,  mientras  que  acababa  de  construir  su  propia  casa,  y 
la  casa  de  Y  olivé,  y  los  muros  en  derredor  de  Jerusalem. 
2  Hasta  entonces  el  pueblo  sacrificaba  en  los  altos,  porque 
aún  no  se  había  edificado  casa  a  nombre  de  Yahvé.  3  Y  Sa- 
lomón amaba  a  Yahvé.  siguiendo  log  preceptos  de  David,  su 
padre;  sólo  que  sacrificaba  y  quemaba  incienso  en  los  altos. 
4  Y  fué  el  rey  a  Gabaón  para  sacrificar  allí,  porque  era  aquél 
el  alto  principal;  y  Salomón  ofreció  mil  holocaustos  sobre  ese 
altar.  5  Y  en  G-abaón,  apareciósele  Yahvé  a  Salomón,  una  no- 

(1)  Según  el  relato  bíblico  (1  ;Rey.  2,  13-25),  Salomón 
mandó  matar  a  su  hermano  Adonías,  porque  éste,  por  interme- 
dio de  Batseba,  le  pidió  que  le  diera  a  Abisag  la  sunamíta  por 
mujer  (S  1295,  1303).  "Decidme,  escribía  Voltaire,  cuál  es  «1 

O 

n?es¡nato  más  divino:  el  de  Sn.  Aod  o  el  de  Sn.  David,  que  hizo 
asesinar  a  su  oficial  Ulrías,  o  el  del  bienaventurado  Salomón, 
quien  teniendo  700  mujeres  y  30  0  concubinas,  asesinó  a  su  her- 
mano Afonías  Plaque  é§te  jUe  pidiQ  uij^  de  ejl^g",  , 


42 


RELATO  BIBLICO   DEL  SUE^O  DE  GABAON 


che  en  sue-ños.  Y  le  dijo  Dios:  Pídeme  lo  que  quieras  que  te 
dé.  6  Y  respondió  Salomón:  trataste  con  benevolencia  a  tu 
siervo  David,  mi  padre,  porque  anduvo  delante  de  tí  en  la 
verdad,  en  la  justicia,  y  en  rectitud  de  corazón  para  contigo; 
y  le  conservaste  esa  gran  benevolencia  dándole  un  hijo  que 
se  sentara  sobre  su  trono,  como  lo  está  hoy.  7  Ahora  pues, 
Yáhvé,  dios  mío,  tú  has  hecho  que  reinase  tu  siervo  en  lugar 
de  David  mi  padre:  y  yo  sólo  soy  un  niño  e  ignoro  cómo 
debo  conducirme.  8  Sin  embargo,  tu  siervo  está  en  medio  de 
tu  pueblo  que  has  escogido,  de  este  enorme  pueblo,  que  no  es 
posible  contar  ni  numerar  por  su  multitud.  9  Da,  pues,  a  tu 
siervo  un  corazón  inteligente  para  juzgar  a  tu  pueblo,  y  dis- 
cernir entre  lo  bueno  y  lo  malo;  porque  de  lo  contrario, 
¿quién  podrá  gobernar  este  tu  pueblo  tan  grande?  10  Y  esta 
petición  agradó  al  Señor  (Adonaí)  11  Y  Dios  le  dijo:  Por 
cuanto  has  demandado  esto,  y  no  has  pedido  para  ti  larga 
vida,  ni  riquezas,  ni  la  muerte  de  tus  enemigos,  sino  que 
has  demandado  para  ti  inteligencia  para  ejercer  justicia^  12 
he  aquí  voy  a  obrar  según  tus  palabras:  te  doy  un  corazón 
tan  sabio  e  inteligente,  que  no  haya  habido  antes  de  ti  otro 
como  tú,  ni  despxiés  de  ti  haya  quien  te  iguale.  13  Y  ade- 
más te  doy  también  lo  que  no  has  pedido:  riquezas  y  glcf- 
ria,  tales  que  no  haya  entre  los  reyes  ninguno  como  tú 
en  todos  tus  días.  14  Y  si  anduvieres  en  mis  catyiinos  y 
guardares  mis  preceptos  y  mis  mandamientos,  así  como  an- 
duvo David,  tu  padre,  prolongaré  tiis  días.  15  Y  despertó 
Salomón  y  vió  que  era  un  sueño.  Y  regresó  a  Jerusalem 
•y  se  presentó  delante  del  arca  de  la  alianza  de  Yakvé,  y 
ofreció  holocaustos  y  sacrificios  de  acciones  de  gracias  (ofren- 
das pacíficas), y  dió  un  banquete  a  todos  sus  siervos. 

1310.  líxaminí.ndo  el  transcrito  párrafo,  fácil  es  dis- 
tinguir en  él,  dos  partes  totalmente  distintas:  la  1'  va  dal 
V.  1  al  3;  y  la  2*  del  v.  4  al  15.  La  primera  es  un  relato 
fragmentario,  sin  relación  con  lo  que  antecede  ni  con  lo 
que  sigue;  la  segunda  describe  el  sueño  que  tuvo  Salomón 
en  el  alto  de  Gabaón.  En  el  v.  1  se  habla  del  casamiento 
de  Salomón  con  la  hija  del  rey  de  Egipto,  al  que  el  na- 
rrador lo  llama  Faraón,  como  si  éste  fuera  un  nombre 


Eli  SUEGRO  EGIPCIO  DE  SALOMON 


43 


propio  (véase  §  276).  No  se  sabe  a  ciencia  cierta  qué  Fa- 
raón fué  el  suegro  de  Salomón :  unos  se  inclinan  a  Susen- 
nés  II,  otros  a  Shesonc,  el  Sisac  de  I  Rey.  14,  25.  Esto  últi- 
mo es  poco  probable,  pues  resultaría  incomprensible  que 
hubiera  acogido  favorablemente  a  uno  de  los  caudillos 
enemigos  de  su  yerno  Salomón  (11,  áO).  Bien  que  los  is- 
raelitas no  cabían  en  sí  de  orgullo,  porque  Salomón  había 
logrado  casarse  con  una  hija  del  Faraón,  debe  recordarse 
que  a  la  muerte  de  Ramsés  III,  le  sucedieron  reyes  inca- 
paces con  quienes  comienza  la  irremediable  decadencia  del 
Egipto  (§24),  cuya  unidad  política  se  rompe  entonces, 
pues  se  constituyeron  tres  dinastías  distintas:  una  en 
Tebas,  y  dos  en  el  Delta  del  Nilo,  de  las  cuales  una  tenía 
por  capital  a  Tanis,  y  la  otra  a  Bubastis.  De  esta  última, 
fundada  por  mercenarios  libios,  fué  rey  Shesonc  (945-925). 
Salomón  reinó  en  Israel  del  año  973  al  933,  y  no  sería 
extraño  que  su  suegro  egipcio  fuera  uno  de  los  faraones 
del  Delta,  quizás  el  último  o  el  penúltimo  de  la  XXI  di- 
nastía. Ese  matrimonio  con  una  princesa  egipcia,  quizás 
ocurriera,  según  cree  Desnoyers  (III,  59  n.  1)  hacia  el 
fin  de  la  primera  mitad  del  reino  de  Salomón. 

1311.  El  V.  2  es  una  explicación  del  RD  para  justi- 
ficar el  hecho  de  que  todos  los  israelitas  sacrificaban  en 
los  altos:  si  lo  hacían,  dice,  era  porque  aún  no  se  había 
construido  el  templo  de  Yahvé.  Ya  hemos  visto  cuan  des- 
provista de  fundamento  es  esta  razón.  Los  israelitas  cuan- 
do se  establecieron  en  Canaán  se  apropiaron  de  los  bamoth 
indígenas,  y  allí  continuaron  rindiendo  culto  a  Yahvé  y  a 
Baal,  el  dios  del  nuevo  país,  hasta  que  éste  último  fué  su- 
plantado por  aquél  (§  88,  621).  No  es  extraño,  pues,  que 
un  personaje  tan  fanáticamente  yahvista,  como  Samuel 
sacrificara  en  los  altos  (§  729),  y  que  en  la  época  de  Sa- 
lomón fuera  el  alto  de  Gabaón  reconocido  por  todos  come 
uno  de  los  principales  santuarios  oficiales  de  Yahvé,  pues 
el  reciente  santuario  de  Jerusalem,  creado  por  David  al 
establecer,  junto  a  su  palacio,  la  tienda  o  tabernáculo  que 
albergaba  el  arca  de  Kiryat-Jearim,  no  había  logrado  im- 
ponerse aún  como  el  centro  religioso  de  todo  Israel.  Al 
respecto  escribe  Reuss:  "Para  excusar  esa  libertad  en  la 


44 


LOS  SACOfllFIiqiOS  EN  LOS  ALTOS 


elección  de  lugares  de  culto,  aún  bajo  un  rey  modelo  como 
Salomón,  dice  el  autor  de  I  Rey.  3,  2  ss.,  que  eso  era  por- 
que aún  no  existía  el  templo.  Si  ese  autor  hubiera  cono- 
cido la  legislación  sinaítica,  no  hubiera  hecho  tal  afirma- 
ción, porque  en  ese  caso  habría  sabido  que  Yahvé  había 
hecho  construir  un  tabernáculo  que  debía  ser  el  único 
lugar  de  culto.  Ahora  bien,  no  dice  él  que  el  santuario  de 
Gabaón  donde  Salomón  fué  a  sacrificar,  fuera  precisa- 
mente ese  tabernáculo  (como  lo  ha  pretendido  el  Cronis- 
ta, II  Crón.  1,  3,  y  como  después  de  él  lo  han  pretendido 
tantos  otros) ;  sino  que  por  el  contrario  manifiesta  que 
era  la  grande  Bamah,  es  decir,  un  lugar  de  culto  y  de  pi- 
regrinación  algo  más  renombrado  y  frecuentado  que  otros 
comprendidos  bajo  la  misma  denominación"  (Hist^  S.  I, 
p.  227). 

1312.  La  ortodoxia,  que  se  niega  a  reconocer  que 
no  existía  entonces  lo  que  hoy  se  conoce  con  el  nombre 
de  legislación  mosaica,  sostiene  con  Scío,  que  "en  la  Es- 
critura se  habla  de  dos  suertes  de  lugares  altos:  los  unos 
donde  se  sacrificaba  a  los  ídolos;  los  otros,  que  servían 
al  culto  del  verdadero  Dios  y  en  donde,  o  por  dispensa,  o 
por  algún  otro  motivo  particular,  se  ofrecían  víctimas,  y 
se  hacía  quemar  incienso  en  honor  suyo.  De  estos  se- 
gundos se  habla  en  este  lugar  (vs.  2  y  3).  Dios  había  pro- 
hibido expresamente  a  su  pueblo  sacrificarle  en  otro  lu- 
gar, que  en  el  que  él  mismo  escogiese  para  su  culto.  Co- 
mo el  templo  debía  suceder  al  Tabernáculo  (fabuloso  san- 
tuario en  cuya  existencia  creía  Scío,  a  pie  juntillas,  §  207-8) 
parece  que  hasta  que  aquél  fuese  edificado,  los  israeli- 
tas no  debían  ofrecer  sus  sacrificios  sino  sobre  el  altar, 
que  estaba  a  la  entrada  de  este  templo  portátil,  como  lo 
habían  hecho  en  el  desierto".  Ahora  bien,  la  división  de 
los  altos  en  dos  clases,  unos  consagrados  a  Yahvé,  y  otros 
a  distintos  dioses,  es  imaginada  para  los  efectos  de  !a 
defensa  ortodoxa,  pues  el  culto  en  los  altos,  sólo  aparece 
condenado  en  el  Deuteronomio  y  por  los  escritores  o  pro- 
fetas posteriores  al  fin  del  siglo  VII.  Esto  es  lo  que  en- 
seña el  estudio  desapasionado  de  los  libros  de  Jueces  y 
de  Samuel,  y  lo  que  a  regañadientes  reconoce  el  mistó© 


SALOMON  AMABA  A  YAHVE 


45 


Scío,  cuando  agrega:  "Esto  no  obstante  vemos  que  esta 
ley  no  fué  exactamente  observada,  y  que  los  más  ilustres, 
celosos  y  santos  de  los  israelitas  ofrecieron  víctimas  sobre 
diversas  alturas  y  lugares,  y  que  la  Escritura  no  los  re- 
prende por  esto.  Todo  lo  cual  parece  ser  una  prueba  con- 
vincente de  que  la  prohibición  de  la  ley  no  debía  obligar 
en  todo  su  rigor,  sino  después  que  fuese  fabricado  un 
templo  sólido  y  estable  para  adorar  en  él  al  Señor".  Lo 
que  esos  hechos  prueban  convincentemente  es  que  el  es- 
critor del  destierro  que  redactó  estos  vs.  2  y  3,  imbuido 
en  las  ideas  del  Deuteronomio,  cometió  el  anacronismo 
de  censurar  a  Salomón  y  al  pueblo  en  general,  porque 
no  se  ceñían  a  una  forma  de  culto,  que  ellos  ignoraban, 
pues,  sólo  fué  impuesta  en  virtud  de  la  reforma  de  Josías, 
dos  siglos  más  tarde.  No  se  percató  ese  redactor  que  el 
relato  que  sigue  en  seguida,  destruye  sus  anacrónicas  cen- 
suras, pues  si  realmente  en  aquel  entonces  hubiera  sido 
condenado  por  la  ley  de  Yahvé  el  culto  en  los  altos,  este 
dios  no  hubiera  aprobado  el  que  en  Gabaón  le  rindió  Sa- 
lomón, como  así  lo  hizo  gratificándolo  con  la  visión  suya, 
que  pasamos  a  examinar. 

1313.  Salomón,  se  nos  dice,  amaba  a  Yahvé.  Esta 
afirmación  es  particularmente  interesante,  porque  a  aquel 
dios  terrible  se  le  temía;  pero  no  se  le  amaba.  En  efecto, 
dicho  rey  es  la  única  persona  de  quien  se  manifiesta  en 
el  A.  T.  que  "amó  a  Yahvé".  En  virtud  de  esos  senti- 
mientos religiosos,  Salomón,  al  ascender  al  trono,  y  acom- 
pañado por  todos  los  notables  de  su  pueblo  (II  Crón.  1, 
2,  3),  sube  a  Gabaón  para  sacrificar  allí,  porque  aquel  era 
el  alto  principal,  lo  que  implícitamente  expresa  que  había 
muchos  otros  altos  donde  se  adoraba  a  Yahvé.  Pero  er. 
aquel  momento,  el  alto  de  Gabaón,  uno  de  los  dos  santua- 
rios oficiales  del  país  (§  1081),  era  el  santuario  nacional 
más  importante,  después  que  muchos  otros  célebres,  co- 
mo los  de  Silo  y  de  Nob,  habían  sido  destruidos.  El  alto 
de  Gabaón,  — "antiguo  lugar  santo  cananeo  consagrado 
a  Yahvé  desde  los  comienzos  de  la  conquista",  según  lo 
reconoce  Desnoyers  (III,  p.  12) —  estaba  situado  a  pocos 
kilómetros  al  Norte  de  Jerusalem,  en  territorio  de  la 


46 


LA  mOüBAOlON 


tribu  de  Benjamín;  y  allí  fueron  ahorcados  siete  descen- 
dientes de  Saúl,  a  fin  de  que  Yahvé  hiciera  cesar  la  se- 
quía que  desde  hacía  tres  años  arruinaba  a  Israel  (§  1047). 
En  ese  alto,  Salomón,  como  sumo  sacerdote  o  pontífice 
de  la  religión  de  su  pueblo,  (§  1112,  1114»-1118),  ofrece 
mil  holocaustos  sobre  el  altar  allí  existente,  — quizás  "la 
piedra  grande"  que  se  menciona  en  II  Sam.  20,  8, —  que 
para  el  Cronista  del  siglo  III,  era  el  altar  usado  en  el 
desierto  por  Moisés  (II  Crón.  1,  3,  6).  Al  escritor  sagrado 
se  le  va  un  poco  la  mano  cuando  menciona  los  hechos  de 
Salomón,  empleando  a  su  respecto  un  lenguaje  hiperbó- 
lico como  si  fuese  real.  Mil  holocaustos,  dice  que  sacri- 
ficó aquel  rey  en  Gabaón;  pero  no  se  crea  exagerado  ese 
numero,  pues  cuando  consagró  el  templo,  se  afirma  que 
inmoló  a  Yahvé,  22.000  vacunos  y  120.000  ovejas  (I  Rey. 
8,  6,5). 

EL  SUEÑO  DE  GABAON.  —  1314.  Yahvé,  encan- 
tado al  aspirar  el  olor  de  tan  numerosos  holocaustos 
(Gen.  8,  20,  21),  se  le  apareció  a  Salomón  mientras  dor- 
mía en  el  mismo  Gabaón  y  le  dijo:  "Pídeme  lo  que  quie- 
ras que  te  dé".  Esta  práctica  de  dormir  en  un  santuario 
para  entrar  en  relaciones  por  los  sueños  con  la  divinidad, 
era  muy  usada  en  la  antigüedad  clásica.  Así  en  los  As- 
clepieia  griegos,  o  sea,  en  los  templos  de  Asclepios  o 
Esculapio,  el  dios  de  la  medicina,  los  numerosos  enfer- 
mos que  a  ellos  concurrían,  después  de  haber  sido  some- 
tidos a  diversas  prácticas,  higiénicas  unas,  como  baños 
y  ayunos,  y  religiosas  otras,  como  purificaciones  y  sa- 
crificios, se  les  sometía  a  lo  que  se  llamaba  la  incubación, 
que  consistía  en  hacerlos  dormir  por  la  noche  en  el  tem- 
plo, ya  sobre  la  piel  del  animal  sacrificado,  — una  cerda 
o  un  carnero — ,  ya  en  camas  colocadas  junto  a  la  esta- 
tua de  Asclepios.  "Allí,  dice  Decharme,  en  el  silencio  y 
en  la  semi-obscuridad  del  santuario,  donde  percibían  ser- 
pientes arrastrándose  por  el  suelo,  y  donde  creían  ver 
presente  el  dios  junto  a  ellos,  su  imaginación  no  podía 
menos  de  ser  vivamente  impresionada.  Durante  el  sueño, 
se  les  aparecía  el  dios,  para  indicarles  los  remedios  que 


SAIiOMON  DECLARA  SER  NKO 


47 


debían  curarlos.  Al  día  siguiente,  contaban  lo  que  ha- 
bían visto  u  oído  a  los  sacerdotes,  quienes  interpretaban 
esas  visiones  y  aplicaban  el  tratamiento  ordenado  por 
el  dios"  (Mytholos'ie,  p.  297).  En  cuanto  a  que  para  la 
Biblia  las  visiones  que  se  tienen  en  los  sueños,  son  re- 
velaciones de  la  divinidad,  véase  lo  que  al  respecto  hemos 
dicho  ya  en  §  475-488  y  672.  Para  L.B.A.  el  sueño  "es 
una  forma  inferior  de  revelación";  pero  no  alcanzamos 
a  comprender  el  porqué  de  esa  inferioridad,  pues  desde 
el  momento  que  quien  se  presenta  a  platicar  con  el  cre- 
yente es  el  mismo  dios  Yahvé,  tan  importante  es  que  esa 
comunicación  sea  hecha  mientras  se  duerme,  como  cuan- 
do se  está  despierto  y  acepta  el  dios  el  banquete  al  que 
se  le  invita  (Gén.  18,  8). 

1315.  Yahvé,  pues,  se  le  aparece  a  Salomón  en  sue- 
ño, en  el  santuario  de  Gabaón  y  se  pone  a  conversar  con 
él.  El  escritor  hace  hablar  a  Salomón  en  un  estilo  ampu- 
loso, y  el  discuráo  que  le  dirige  a  Yahvé,  lo  presenta  ba- 
sando su  solicitud  en  la  benevolencia  que  el  dios  había 
tenido  para  con  David,  porque  éste  anduvo  en  la  verdad, 
en  la  justicia  y  en  rectitud  de  corazón,  es  decir,  que  'a 
bondad  de  Yahvé  hacia  David  no  era  un  acto  de  pura 
gracia,  como  después  sostendrá  el  apóstol  Pablo,  sino  la 
consecuencia  del  recto  proceder  del  padre  de  Salomón. 
En  la  época  en  que  escribía  el  redactor  de  esa  visión,  se 
habían  olvidado  los  grandes  lunares  que.  había  tenido 
la  vida  de  David  (recuérdese  p.  ej.  lo  dicho  en  §  964-5, 
1046),  y  sólo  se  recordaba  su  gloria  militar:  había  uni- 
ficado la  nación,  la  había  libertado  de  sus  enemigos 
seculares  y  había  vencido  a  éstos  extendiendo  los  domi- 
nios de  su  reino  a  límites  no  alcanzados  nunca  jamás. 

1316.  Salomón  prosigue  diciendo  que  la  benevolen- 
cia de  Yahvé  se  ha  mostrado  también  en  que  sea  un  hijo 
de  David  quien  lo  suceda  en  el  trono;  pero,  agrega, 
"yo  solo  soy  en  niño,  e  ignoro  cómo  debo  conducirme". 
Según  la  traducción  de  los  LXX  (Códex  Alejandrino), 
Salomón  sólo  tenía  doce  años,  cuando  sucedió  a  su  padre 
(MONTET,  Hist.  Peuple  d'Isr.  p.  85).  La  Vulgata  enca- 
rece la  poca  edad  de  Salomón  cuando  el  sueño  de  Ga- 


4? 


SAIiOMON  Ali  SUBIR  Al.  TRONO  ERA  CASADO 


baón,  traduciendo  en  el  v.  7 :  "Ego  autem  sum  puer  pár- 
vulus",  o  sea:  "mas  yo  soy  un  niño  pequeñito".  Todo  esto 
va  mostrando  la  ficción  del  relato:  la  generalidad  de  los 
ortodoxos  (p.  ej.  Scío,  L.B.A.)  confiesan  que  Salomón 
tenía  entonces  unos  20  años,  y  sabemos,  según  hemos 
visto  (§  1294),  que  al  ascender  al  trono,  Salomón  ya  era 
un  hombre  casado,  que  por  lo  menos  tenía  un  hijo,  Ro- 
boam,  de  un  año  de  edad.  Se  le  pinta  aquí  a  Salomón  tan 
niñito,  que  no  sabe  cómo  conducirse,  o  como  dice  textual- 
mente el  original  hebreo:  "yo  no  sé  entrar,  ni  salir", 
frase  que  traduce  así  la  Vulgata:  "et  ignorans  egressum 
et  introitum  meum",  que  vierte  Scío  por:  "y  no  sé  ni 
mi  salida,  ni  mi  entrada".  Nada  de  esto  concuerda  con 
las  palabras  puestas  en  boca  de  David,  en  su  testamento 
político,  pues  al  ordenarle  la  muerte  del  general  Joab, 
le  dice:  "PROCEDERÁS  SEGÚN  TU  SABIDURÍA,  y  no 
dejarás  que  desciendan  en  paz  sus  canas  al  sheol";  y  al 
encargarle  que  vea  la  manera  de  matar  a  Simeí  sin  violar 
el  juramento  que  había  hecho  de  respetarle  la  vida,  le 
manifiesta:  "No  permitas  que  quede  impune;  HOMBRE 
SABIO  ERES  y  sabrás  cómo  lo  has  de  tratar  para  que 
desciendan  sus  canas  ensangrentadas  al  sheol"  (§  1301). 
Aunque  estas  recomendaciones  prueban  con  toda  evi- 
dencia que  Salomón  era  considerado  ya  como  un  hombre 
inteligente,  antes  de  subir  al  trono,  sin  embargo  la  orto- 
doxia no  encuentra  discrepancia  entre  uno  y  otro  re- 
lato, y  así  L.B.A.  expresa  que  "las  palabras  de  7  b, 
yo  sólo  soy  un  niño  e  ignoro  cómo  debo  conducirme, 
no  contradicen  las  de  David,  2,  6-9,  pues,  por  el  contrario, 
cuanto  más  sabio  se  es,  más  se  siente  cuanto  se  carece 
aún  de  sabiduría".  Por  supuesto  que  esto  es  una  salida 
ingeniosa  para  no  confesar  que  el  redactor  utilizó  en  la 
biografía  de  Salomón,  documentos  discordantes,  como 
no  puede  dejar  de  reconocerlo  cualquier  espíritu  libre  de 
prejuicios. 

1317.  El  piadoso  escritor  que  compuso  esta  con- 
versación de  Salomón  con  Yahvé,  lo  pone  a  aquél  en 
ridículo,  haciéndole  decir  tonterías  como  estas  :"rw  siervo 
está  en  medio  de  tu  pueblo  que  has  escogido,  DE  ESTE 


EL  REINO  DE  SALOMON 


49 


ENORME  PUEBLO,  QUE  NO  ES  POSIBLE  CONTAR, 
NI  NUMERAR  POR  SU  MULTITUD",  olvidando  que  po- 
co antes,  en  los  últimos  años  de  David,  éste  había  hecho 
el  censo  de  Israel,  el  cual  había  arrojado  la  suma  de 
1.300.000  adultos  (§  1050,  1063).  Sólo  la  ignorancia  his- 
tórica respecto  a  los  grandes  imperios  de  Babilonia  y  de 
Egipto,  podía  haber  hecho  al  escritor  sacerdotal  poner 
en  boca  de  Salomón  tales  absurdos,  que  corren  parejas 
con  esta  frase  del  crédulo  obispo  Scío:  "SALOMON  ERA 
LLAMADO  A  SUCEDER  AL  MAYOR  DE  LOS  REYES 
QUE  SE  HABIAN  CONOCIDO  SOBRE  LA  TIERRA"!! 
Asustado,  pues,  de  tener  que  regir  una  nación  que  ten- 
dría seis  o  siete  millones  de  almas  (a  ser  cierto  el  refe- 
rido resultado  del  censo  de  hombres  de  armas  tomar,  que 
trae  II  S^m.  24,  9;  aunque  en  realidad,  no  debería  llegar 
ni  a  la  tercera  parte  de  aquella  cantidad  -  §  8 ;  1341'*) ,  Sa- 
lomón demanda  a  Yahvé  un  corazón  inteligente  para 
juzgar  al  pueblo  y  poder  discernir  entre  lo  bueno  y  lo 
malo,  porque  de  lo  contrario,  "¿QUIÉN  PODRÁ  GO- 
BERNAR ESTE  TU  PUEBLO  TAN  GRANDE?"  ¿Qué 
hubiera  dicho  Salomón  entonces  si  le  hubiera  tocado  re- 
gir el  imperio  romano  o  uno  de  los  grandes  Estados  mo- 
dernos ? 

1318.  Esta  petición  agradó  a  Yahvé,  llamado  aquí 
Adonaí,  quien  le  contesta  con  otro  discursito  por  el  estilo, 
en  el  que  se  admira  de  que  Salomón  no  le  haya  pedido 
entre  otras  mercedes,  la  muerte  de  sus  enemigos,  Pero 
olvidaba  Yahvé  que  para  matar  a  sus  enemigos  no  nece- 
sitaba aquel  rey  del  concurso  de  su  dios,  pues  él  se  bas- 
taba y  sobraba  para  ello,  según  lo  demostraron  los  ase- 
sinatos con  que  inauguró  su  reinado.  Yahvé  premia,  pues, 
el  desinterés  de  Salomón  y  sus  deseos  de  tener  un  espí- 
ritu inteligente  para  regir  a  su  pueblo,  acordándole  tal 
pedido  y  además  riquezas  y  gloria,  a  fin  de  que  él  fuese 
superior  a  todos  los  reyes  habidos  hasta  entonces,  y  aún 
a  todos  los  que  hubiera  en  lo  futuro. 

1319.  La  frase  final  (v.  14)  que  RD  pone  en  boca 
de  Yahvé  nos  muestra  que  ya  en  la  época  de  ese  escritor, 
David  era  el  rey-tipo,  según  el  cual  se  juzgaban  a  los 


50 


LAS  DERROTAS  DE  SALOMON 


demás  reyes.  Además  esa  condición  que  se  repite  y  am- 
plía en  la  segunda  aparición  divina  del  cap.  9,  4,  5,  está 
puesta  expresamente  para  hacer  creer  que  si  Salomón 
no  alcanzó  extrema  vejez,  fué  porque  más  tarde  por  su 
tolerancia  con  las  otras  divinidades,  no  había  sido  com- 
pletamente consecuente  con  su  dios  nacional.  Para  los 
antiguos  israelitas,  la  mejor  prueba  de  que  se  tenía  el 
favor  divino,  era  poseer  una  numerosa  familia  y  llegar 
a  una  avanzada  edad.  Por  eso  el  premio  ofrecido  por 
Yahvé  a  la  fidelidad  que  le  guarde  Salomón,  es  el  de  pro- 
longarle los  días.  Nada  de  recompensas  de  ultratumba, 
pues  ellas  se  han  de  realizar  aquí  en  esta  existencia.  A 
despecho  de  la  oculta  intención  del  escritor,  hay  que  de- 
ducir que  Salomón  fué  siempre  fiel  yahvista,  pues  por 
lo  menos  vivió  60  años,  período  no  despreciable  para  una 
vida  humana,  y  además,  logró  reinar  durante  ocho  lus- 
tros (11,  42),  largo  reinado  que  no  muchos  monarcas  han 
conseguido  alcanzar. 

LOS  REVESES  GUERREROS  DE  SALOMON.  — 
1320.  Ya  que  entre  los  dones  prometidos  por  aquel  dios 
tan  parlanchín,  se  encontraba  la  gloria,  natural  hubiera 
sido  que  hubiese  ayudado  a  Salomón  en  las  campañas 
militares  que  tuvo  que  emprender  poco  después;  pero 
Yahvé,  que  al  igual  que  los  humanos,  suele  padecer  de 
amnesia,  descuidó  esa  parte  de  su  promesa,  de  modo  que 
aquel  rey  israelita  sufrió  graves  reveses  que  no  le  per- 
mitieron conservar  los  límites  hasta  donde  había  logrado 
imponerse  David.  En  efecto,  este  último,  entre  otras  con- 
quistas, había  hecho  la  del  reino  de  Edom,  al  Sur  de 
Judá,  exterminando  implacablemente  la  población  mascu- 
lina del  mismo  (11,  15,  16).  De  esa  matanza  lograron  es- 
capar un  grupo  de  edomitas,  llevando  consigo  al  joven 
Hadad,  de  la  estirpe  real  de  Edom,  y  se  refugiaron  en 
Egipto,  donde  fueron  bien  recibidos  por  uno  de  los  fa- 
raones del  Delta  (§  1211).  El  Faraón  allí  reinante  le  dió 
a  aquel  príncipe,  casa,  rentas  y  tierras,  y  más  tarde  lo 
hizo  casar  con  una  cuñada  suya,  hermana  de  su  esposa 
la  reina  Tafnés,  la  que  amamantó  al  primer  hijo  que 


LAS  INSURREOOIONBS  DE  HADAD  Y  DB  REZON 


51 


tuvo  la  joven  pareja.  Cuando  Hadad  supo  que  había 
muerto  David,  y  que  había  sido  asesinado  el  general 
Joab,  jefe  del  ejército  israelita  conquistador  de  Edom, 
creyó  que  era  el  momento  oportuno  de  libertar  a  su  pa- 
tria, y  dirigiéndose  a  su  concuñado  le  dijo:  "Déjame  par- 
tir para  que  vaya  a  mi  país".  Y  Faraón  (en  vez  de  el 
Faraón)  le  respondió:  "¿Qué  te  falta  a  mi  lado,  para  que 
desees  regresar  a  tu  tierra f"  Y  aquél  dijo:  "Nada  me  falta; 
pero  sin  embargo,  te  ruego  me  dejes  ir"    (11,  14-22). 

1321.  Después  de  este  relato  detallado,  en  que  se 
nos  dan  datos  tan  minuciosos  como  el  de  que  la  reina 
Tafnés  había  amamantado  a  Genubat,  el  hijo  mayor  de 
Hadad,  queda  de  golpe  trunca  dicha  narración,  cuando 
más  nos  interesaba  saber  si  Hadad  tuvo  o  no  éxito  en  su 
gestión  libertadora,  lo  que  contribuye  a  comprobarnos  el 
carácter  fragmentario  de  la  biografía  de  Salomón.  Sin 
embargo,  por  el  v.  25,  que  en  seguida  estudiaremos,  se 
descubre  que  Hadad  consiguió  gran  parte  de  sus  obje- 
tivos, y  se  cree  que  si  no  la  independencia  total  o  parcial, 
a  lo  menos  obtuvo  la  autonomía  de  su  país,  siendo  quizás 
tributario  de  Salomón,  pues  éste  disponía  del  puerto  de 
Eziongeber,  junto  al  de  Elat,  en  el  golfo  de  Aleaba.  A 
continuación  de  ese  relato  tan  bruscamente  interrumpido, 
se  refiere  la  insurrección  del  arameo  Rezón,  quien  fugi- 
tivo después  de  las  derrotas  que  David  había  infligido  a 
los  reyes  de  Soba  y  de  Damasco,  se  había  hecho  jefe  de 
una  banda  de  aventureros,  como  David  en  Siclag,  y  apro- 
vechó el  advenimiento  del  nuevo  rey  israelita  para  tentar 
otra  vez  fortuna.  Tuvo  éxito  Rezón  en  esa  campaña,  y 
consiguió  establecerse  como  rey  de  Damasco,  quitando 
tan  importante  región  a  Israel.  Y  luego  agrega  el  texto 
bíblico:  "Rezón  fué  el  adversario  de  Israel  durante  toda 
la  vida  de  Salomón,  y  agravó  el  mal  que  hacía  Hadad; 
aborreció  a  Israel  y  reinó  sobre  la  Siria"  (11,  23-25).  Como 
el  texto  está  aquí  corrompido  y  mutilado,  Reuss,  con  ayuda 
de  los  LXX  traduce  así  este  último  versículo:  "Y  fué,  (Re^ 
zón)  el  adversario  de  Israel  durante  toda  la  vida  de  Sa- 
lomón He  aquí  el  mal  que  hizo  Hadad,  y  él  abo- 
rreció a  Israel  y  reinó  sobre  Edom".      Entiende  Reuss,  y 


EL  FRINOEPIO  DEL  REINADO  DE  SALOMÓN 


parece  muy  razonable  su  opinión,  que  esta  última  línea 
era  primitivamente  el  fin  del  relato  precedente  tocante 
a  Hadad,  que  como  vimos,  quedó  trunco.  En  cuanto  al 
cambio  de  Siria  por  Edom,  juzga  aquel  exégeta  que  pudo 
haberse  fácilmente  realizado,  dada  la  forma  de  las  letras 
que  en  hebreo  componen  las  palabras  Aram  (Siria)  y 
Edom,  pues  la  misma  variante  se  halla  en  Amós  9,  12  y 
Actos  15,  17. 

1322.  De  todos  modos  lo  que  vale  la  pena  destacar 
es  que  esas  sublevaciones,  tanto  la  de  Hadad,  como  la  de 
Rezón,  ocurrieron  al  principio  del  reinado  de  Salomón, 
cuando  ellos  supieron  que  David  y  su  hábil  general  Joab 
habían  muerto.  Sin  embargo  el  redactor  deuteronómico, 
persiguiendo  el  fin  teoló;gico,  que  ya  hemos  indicado 
(§  1291),  alteró  conscientemente  el  orden  de  los  sucesos, 
exponiendo  que  cuando  Salomón  era  anciano,  sus  nume- 
rosas mujeres  extranjeras  lo  descarriaron,  haciéndole 
adorar  a  otros  dioses,  y  que  como  consecuencia  de  esta 
infidelidad,  se  irritó  Yahvé  contra  Salomón,  y  fué  ese 
mismo  colérico  e  intolerante  dios  el  que  suscitó  a  este 
monarca  los  dos  adversarios  citados.  Hadad  y  Rezón,  y 
además  el  efraimita  Jeroboam  (vs.  4,  9,  14,  23,  26-39). 
Por  este  hecho  se  ve  el  poco  crédito  que  puede  darse  a 
los  escritores  deuteronómicos  o  sacerdotales  quienes  no 
tuvieron  el  menor  escrúpulo  en  modificar  los  aconteci- 
mientos para  a  justarlos  a  la  tesis  preconcebida  de  que  los 
éxitos  de  los  reyes  o  los  del  pueblo  estaban  subordinados 
a  su  fidelidad  al  dios  nacional,  transformando  así  la  his- 
toria de  su  país  en  una  especie  de  catecismo  para  niños 
ingenuos.  ¡Y  pensar  que  hasta  que  la  crítica  independien- 
te hizo  oír  su  voz  en  el  siglo  XIX,  las  narraciones  de  la 
Historia  Santa  pasaban  por  verdades  inconcusas,  y  que 
aún  continúan  enseñándose  como  tales  en  los  colegios 
que  sostienen  los  judíos  y  las  distintas  iglesias  cristianas! 


DOS  VERSIONES  DE  UNA  PLEGARIA  DE  SALO- 
MON. —  1323.  Para  que  se  vea  el  valor  histórico  que  se 
puede  conceder  a  los  discursos,  plegarias  y  diálogo»  da 


DOBIiB  VERSION  DE  UNA  PUESGARIA 


53 


los  personajes  bíblicos,  transcribimos  en  seguida  de  La 
Sabiduría  üe  Saiomón,  libro  divinamente  inspiraao,  según 
la  iglesia  Católica  (9  ¿JZ,  36)  esta  pagina  en  que  su  aucuc 
reproQuce  ampliíicandolas  las  palabras  que  ¿aioaion  ü'.- 
rigió  a  lanve  en  i  Key.  3,  6-y.  "i>,  Me  aproximé  al 
iSenor,  y  Le  ore  diciéndole  de  todo  corazón:  9,  1  Dios  d&  mis 
padres  y  ISetior  de  misericordia,  que  has  creado  todas  Las  co- 
sas por  tu  palabra,  2  y  que  formaste  at  hombre  por  tu  sabi- 
duría, para  que  dominase  sobre  todas  tus  criaturas,  3  para 
que  gobernase  el  mundo  con  santidad  y  justicia  y  pronuncia" 
se  juicio  con  rectitud  de  corazón,  4  dame  la  sabiduría  que 
esta  sentada  junto  a  ti  sobre  tus  tronos,  y  710  me  excLuyas  del 
número  de  tus  hijos.  5  torque  soy  siervo  tuyo,  hijo  de  tu 
siervo,  hombre  débil  y  joven,  de  mediocre  juicio  y  poco  ins- 
truido en  tus  Leyes,  tí  torque  aunque  fuere  alguno  perfecto 
entre  Los  hombres,  si  ,Le  falta  la  sabiduría  que  de  ti  viene,  por 
nada  sera  contado.  7  Tú  me  escogiste  por  rey  de  tu  pueblo,  y 
por  juez  de  tus  hijos  e  hijas ^  8  me  dijiste  que  elevara  un  tem- 
plo en  tu  santo  monte,  y  un  altar  en  La  ciudad  en  que  moras, 
semejante  al  tabernáculo  sagrado,  que  preparaste  desde  el  prin- 
cipio. Contigo  está  la  ¿Saoiduria,  la  confidenta  de  tus  obras, 
La  cual  estaba  presente  cuando  hiciste  el  mundo.  JíJlLu  sabe  lo 
que  es  agraaaüte  a  tus  ojos  y  Lo  que  es  conjorme  a  tus  manda- 
mientos. 10  Envvameia  de  tus  santos  cielos,  envíamela  de  tu  tro- 
no de  gtoria,  para  que  me  asista  en  mis  trabajos,  y  me  revele  Lo 
que  te  es  agradable,  11  porque  elLa  todo  lo  sabe  y  todo  lo 
compre ndCy  y  me  guiara  en  mis  obras  con  prudencia  y 
me  guardara  con  su  gtoria.  12  J£ntonces  te  serán  aceptas  mis 
obras,  juzgare  a  tu  pueblo  con  justicia  y  ocuparé  dignamente 
el  truno  de  mi  padre.  Id  ¿(¿uien  puede  conocer  los  designios 
de  Dios  y  penetrar  lo  que  quiere  el  tienorf  14  Los  razonamien- 
tos de  los  mortales  son  inciertos  y  falaces  nuestras  ideas;  15 
el  cuerpo  corruptible  pesa  sobre  el  alma,  y  su  envoltui'a  ter 
rresire  oprime  el  espíritu  fértil  en  pensamientos  (.§  1823),  16 
con  dificultad  adivinamos  lo  que  hay  sobre  la  tierra,  y  halla- 
mos con  trabajo  lo  que  tenemos  delante^;  pero  ¿quien  hubiera 
podido  descubrir  lo  que  hay  en  los  cielos f  17  ¿Quién  podría 
conocer  ti^  voluntad,  si  tú  no  le  dieras  la  Sabiduría  y  no  í« 


54 


DOBLE  VERSION  DE  UNA  TTSEXiAJRIA 


enviares  de  lo  alto  tu  santo  Espíritu?  18  Así  han  sido  allana- 
dos los  senderos  de  los  habitantes  de  la  tierra  y  han  apren- 
dido los  hombres  lo  que  te  es  agradable.  19  La  Sabiduría  es 
quien  los  ha  salvado  desde  el  principio". 

1324.  Tal  fué  la  plegaria  de  Salomón,  que  éste  es- 
cribió en  griego  (!!),  según  el  libro  de  la  Sabiduría  re- 
conocido como  canónico  y  sagrado  por  el  Santo  Concilio 
de  Trento,  y  quien  así  no  lo  acepte  está  anatematizado 
(§32,  37) ;  pero  igualmente  inspirado  por  tener  a  Dios  por 
autor,  es  el  libro  de  Reyes,  en  el  cual  esa  plegaria  está 
expresada  en  forma  muy  diferente.  ¿En  qué  quedamos, 
pues,  cuál  fué  la  plegaria  que  le  dirigió  Salomón  a  Yahvé 
durante  su  sueño  de  Gabaón,  ésta  o  aquélla?  Como  el  libro 
de  Sabiduría,  al  fin  y  al  cabo  se  sabe  hoy  que  fué  escrito 
por  un  judío  de  Alejandría  (§  1811-2),  en  el  siglo  I  (al- 
gunos dicen,  en  la  mitad  del  siglo  II),  la  ortodoxia  cató- 
lica moderna  considera  auténtica  tan  sólo  la  plegaria  del 
libro  de  Reyes,  y  así  confiesa  Desnoyers  lo  siguiente: 
"El  libro  de  la  Sabiduría  ofrece  muchos  pasajes  puestos 
en  boca  de  Salomón,  el  mayor  sabio  del  A.  T. ;  pero  sá- 
bese que  esto  es  un  artificio  literario"  (III,  p.  13,  n.  1). 
Pero  esos  mismos  artificios  literarios  se  prodigan  en  to- 
dos los  libros  bíblicos,  y  han  pasado  hasta  ahora  como 
palabras  de  Yahvé  o  de  destacados  personajes  del  A.  T., 
cuando  en  realidad  sólo  son  composiciones  literarias  de 
piadosos  escritores  yahvistas,  generalmente  exilíeos  o  pos- 
texílicos,  destinadas  a  alimentar  y  fortalecer  la  fe  de  sus 
compatriotas. 


CAPITULO  IV 


La  sabiduría  de  Salomón 


LA  CÉLEBRE  SENTENCIA  SALOMÓNICA  Y  EL 
CUENTO  PERSA  DE  ZADIG.  —  1325.  A  estar  a  la 
promesa  de  Yahvé  (3,  12,  13),  no  habría  habido  en  la 
historia  universal  humana,  gobernante  que  pudiera  pa- 
rangonarse con  Salomón.  La  sabiduría  de  este  rey  habría 
sido  algo  sumamente  extraordinario,  un  don  sobrenatu- 
ral concedido  expresamente  por  la  divinidad.  Para  pro- 
bárnoslo, el  escritor  inspirado  nos  refiere,  después  del 
sueño  en  Gabaón,  un  proceso  dificultoso  que  Salomón  re- 
solvió con  toda  habilidad.  A  pesar  de  que  la  narración  de 
ese  proceso  está  ligada  al  relato  anterior  por  la  palabra 
"entonces",  o  por  la  frase  "en  aquel  tiempo",  es  indu- 
dable que  aquél,  suponiéndolo  verídico,  no  debió  ocurrir 
sino  muchos  años  después  que  Salomón  ocupaba  el  trono 
de  Israel.  Según  el  texto  bíblico  dos  prostitutas  se  pre- 
sentaron delante  de  Salomón  y  le  expusieron  este  caso: 
Ambas  vivían  completamente  solas  en  la  misma  casa,  y 
ambas  dieron  a  luz  un  niño  cada  una  con  diferencia  de 
tres  días.  El  niñito  últimamente  nacido  murió  asfixiado, 
porque  la  madre  durante  el  sueño  lo  aplastó  con  su  cuer- 
po. Al  darse  cuenta  de  ese  incidente,  ella  se  levantó  a 
media  noche,  le  quitó  del  seno  su  hijito  a  la  otra,  que 
estaba  dormida,  y  en  su  lugar  le  puso  el  muerto.  A  la 
mañana,  la  del  hijo  vivo  reconoció  que  le  habían  suplan- 
tado la  criatura  que  tenía  junto  a  sí,  y  reclamó  inútil- 


56 


liA  SENmiíülA  DE  SALOMON 


mente  su  hijo,  que  la  otra  sostenía  era  el  suyo  propio. 
Oída  la  querella,  Salomón  manda  que  partan  con  una 
espada  al  niño  vivo  y  le  den  una  mitad  de  él  a  cada  una 
de  las  postulantes.  Acepta  la  solución  la  falsa  madre,  y 
en  cambio,  protesta  la  verdadera,  manifestando  que  antes 
de  muerto,  prefiere  verlo  en  manos  de  la  otra  mujer. 
Entonces  Salomón  hizo  dar  el  niño  a  la  que  se  negaba  a 
que  lo  mataran,  reconociendo  en  ella  a  la  verdadera  ma- 
dre (3,  16-28). 

1326.  Tal  es  el  célebre  juicio  de  Salomón,  de  fama 
mundial,  que  si  bien  se  examina  revela  sólo  una  gran  pers- 
picacia, muy  común  en  reyes  o  magistrados  orientales,  y 
que  a  menudo  se  halla  también  en  igual  grado,  en  mu- 
chos de  nuestros  jueces  modernos.  Hacen  dudar  de  la 
veracidad  del  suceso  motivo  del  juicio  salomónico,  algunos 
pormenores  propios  de  las  tradiciones  populares,  como, 
p.  ej.,  la  circunstancia  de  que  vivieran  solas  las  dos  muje- 
res en  la  misma  casa,  sin  que  absolutamente  nadie,  durante 
tres  días,  hubiera  visto  las  criaturas  que  allí  habían  na- 
cido. Contribuye  a  confirmar  que  se  trata  de  un  tema 
de  folklore  internacional,  el  hecho  de  que  anécdotas  muy 
semejantes  circulaban  en  India,  China,  Arabia  y  Roma, 
pues  entre  los  antiguos  pueblos  del  Asia,  era  cosa  co- 
rriente el  inventar  casos  difíciles  para  demostrar  la  sa- 
gacidad o  habilidad  de  determinados  personajes  en  re- 
solverlos. 

1327.  En  prueba  de  ello  recordaremos  el  siguiente 
cuento  persa,  que  quizás  no  todos  los  lectores  conozcan. 
Un  sabio  llamado  Zadig,  paseando  por  un  bosquecillo,  vió 
que  se  dirigían  a  él,  un  paje  de  la  reina  acompañado  por 
muchos  oficiales  que  demostraban  la  mayor  inquietud, 
corriendo  de  un  lado  para  otro  como  personas  que  bus- 
caban algún  precioso  objeto  perdido.  Preguntóle  el  paje 
si  no  había  visto  el  perro  de  la  reina,  y  Zadig  respondió: 
"Es  un  perrito  faldero,  que  cojea  de  la  pata  delantera 
izquierda  y  tiene  orejas  muy  largas".  "¿Entonces  lo  ha- 
béis visto?"  dijo  el  paje.  "No,  replicó  Zadig,  no  sólo 
no  lo  he  visto  nunca,  sino  que  además  ignoraba  que  la 
rejp^  tuviera  semejante  perro".  En  ese  momento,  llega- 


Eli  OÜÉNTO  DE  ZADI<3 


57 


ron  corriendo  el  montero  mayor  del  rey  y  otros  oficiales, 
que  andaban  en  busca  del  más  hermoso  caballo  real  que 
se  le  había  escapado  a  un  palafrenero.  El  montero  mayor 
le  preguntó  a  Zadig  si  no  había  visto  el  caballo  del  rey, 
y  Zadig  respondió:  "Es  un  caballo  que  galopa  muy  bien; 
mide  cinco  pies  de  alto,  tiene  pezuñas  pequeñas,  cola  de 
tres  pies  y  medio,  herraduras  de  plata  y  las  anteojeras 
del  freno  son  de  oro".  "¿Qué  dirección  ha  seguido?"  le 
preguntó  el  montero.  "No  lo  he  visto,  replicó  Zadig,  ni 
he  oído  nunca  hablar  de  ese  animal".  Al  montero  y  al 
paje  no  les  cupo  duda  que  Zadig  había  robado  el  caballo 
del  rey  y  el  perrito  de  la  reina,  por  lo  cual  lo  hicieron  con- 
ducir ante  la  asamblea  del  gran  Desterham,  la  que  lo 
condenó  a  prisión  perpetua.  Apenas  habían  dictado  los 
jueces  este  fallo,  cuando  aparecieron  los  animales  extra- 
viados. Los  jueces  se  vieron  obligados  a  reformar  su  sen- 
tencia; pero  condenaron  a  Zadig  a  pagar  400  onzas  de 
oro  por  haber  dicho  que  no  había  visto  lo  que  en  realidad 
había  visto.  Luego  de  satisfecha  la  multa,  le  fué  permi- 
tido a  Zadig  hacer  su  defensa,  y  entonces  dijo:  "Os  ase- 
guro que  nunca  he  visto  ni  el  perro  de  la  reina  ni  el  ca- 
ballo del  rey.  He  aquí  lo  que  me  ocurrió:  Paseando  por 
el  bosquecillo  donde  encontré  a  estos  señores,  vi  en  la 
arena  las  huellas  de  un  animal,  que  fácilmente  conocí 
eran  las  de  un  perrito.  A  los  costados  de  ambas  patas  de- 
lanteras se  veía  rozada  la  superficie  de  la  arena,  roza- 
miento que  atribuí  a  orejas  muy  largas  del  mismo  ani- 
mal; y  por  último  como  la  huella  de  la  pata  delantera 
izquierda  era  menos  profunda  que  las  otras  tres,  supuse 
que  el  perro  cojeaba  de  aquella  pata.  En  cuanto  al  caballo, 
recorriendo  yo  uno  de  los  senderos  del  bosquecillo,  vi  en 
el  suelo  las  señales  de  las  herraduras  de  un  caballo,  se- 
ñales todas  a  igual  distancia,  que  me  hicieron  compren- 
der que  el  caballo  ese  galopaba  muy  bien.  Algo  más  ade- 
lante, donde  se  estrechaba  el  sendero  al  punto  de  no  te- 
ner sino  siete  pies  de  ancho,  noté  que  el  polvo  de  los 
árboles  había  sido  quitado  alternativamente  de  ambos 
lados,  como  a  tres  pies  y  medio  de  la  mitad  de  la  senda, 
por  lo  que  me  di  cuenta  que  el  caballo  tenía  una  cola 


58 


liA  VISITA  DE  LA  REINA  DE  SABA 


de  ese  largo,  que  iba  sacudiendo  a  ambos  lados  y  con 
ella  barría  el  polvo  de  los  árboles.  Más  lejos  vi  ciertas 
ramas  a  cinco  pies  del  suelo,  que  tenían  unos  pelos  de 
caballo,  lo  que  me  reveló  que  esa  era  la  altura  del  animal. 
Reconocí  después  en  una  piedra  de  toque,  que  el  bocado 
del  freno  debería  ser  de  oro,  pues  había  sido  restregado 
en  ella;  y  finalmente  por  las  huellas  dejadas  por  las  he- 
rraduras en  piedras  de  otra  clase,  comprendí  que  dichas 
herraduras  eran  de  plata".  Como  se  ve  la  sabiduría  de 
Zadig  no  era  inferior  a  la  de  Salomón,  aún  cuando  en 
la  de  aquél  no  había  intervenido  para  nada  Yahvé.  (1) 

LA  VISITA  DE  LA  REINA  DE  SABA.  —  1328. 
Relacionado  con  el  carácter  legendario  de  la  habilidad  de 
Salomón  para  descifrar  enigmas  o  resolver  cuestiones 
intrincadas,  está  el  episodio  de  la  visita  que  a  este  mo- 
narca hizo  la  reina  de  Saba  o  de  Sabá,  que  el  libro  de  I 
Reyes,  nos  describe  así:  10,  1  Habiendo  oído  la  reina  de 
tíabú  la  fama  de  Salomón  y  la  gloria  de  Yahvé  vino  a  probar 
a  Salomón  con  enigmas.  2  Llegó  a  Jerusalem  con  un  gran 
séquito,  y  con  camellos  cargados  de  drogas  odoríferas,  muchi- 

(1)  Edmundo  Fleg,  en  el  iPrólogo  de  su  obra  "Salomón", 
recuerda  que  junto  al  Salomón  bíblico  y  al  histórico,  hay  otro 
Salomón  legendario,  pues  ningún  personaje  ha  intrigado  más  la 
fantasía  popular  que  la  de  este  rey  de  Israel.  Si  toca,  dice  Fleg, 
a  los  eruditos  el  recoger,  clasificar  y  comentar  esos  temas  folkló- 
ricos, yo,  como  poeta,  loe  interpreto  a  mi  manera,  renovándolos 
en  su  forma  o  en  su  espíritu,  como  lo  hicieron  mis  predecesores; 
y  así,  agrega:  "a  sus  cuentos,  yo  he  añadido  algunos  de  mi  co- 
secha, para  prolongar  mejor  hasta  nuestros  días,  el  trabajo  de 
la  imaginación  de  ellos,  del  cual  se  ha  nutrido  la  mía.  Verdade- 
ramente nada  me  parece  menos  arbitrario,  porque  toda  leyenda 
trasmitiéndose  de  una  a  otra  época,  vuelve  a  crearse  perpetua- 
mente". En  el  citado  libro  de  Fleg,  encontrará  el  curioso  lector, 
casos  tan  difícilee  como  el  referido  de  las  prostitutas,  que  re- 
cogió el  autor  del  libro  de  Reyes,  resueltos  por  la  imaginación 
popular  o  la  del  poeta,  con  la  misma  sagacidad  revelada  por  el 
Salomón  bíblico  y  el  Zadig  del  cuento  persa. 


SABA  Y  LOS  SABEOS 


59 


simo  oro  y  piedras  preciosas;  se  presentó  al  rey  Salomón  y  le 
propuso  todo  lo  que  tenía  en  su  corazón.  3  Y  le  respondió  Sa- 
lomón a  todas  sus  preguntas:  ninguna  fue  obscura  para  él,  y 
a  todas  supo  encontrarles  solución.  4  Viendo,  pues,  la  reina  de 
Sahá  toda  la  sabiduría  de  Salomón^  y  la  c-asa  que  había  edifi- 
cado, 5  y  los  manjares  de  su  mesa,  y  las  habitaciones  de  sus 
criados  y  de  sus  oficiales,  y  sus  trajes,  y  sus  caperos,  y  los 
holocaustos  que  ofrecía  en  la  casa  de  Yahvé,  estaba  como  fue- 
ra de  sí.  6  Y  dijo  al  rey:  " ¡Verdaderas  son  las  cosas  que  yo 
había  oído  en  mi  tierra,  tocante  a  tus  pláticas  y  a  tu  sabidu- 
ría!; 7  pero  no  daba  crédito  a  lo  que  me  contaban,  hasta  que 
yo  misma  he  venido  y  lo  he  visto  por  mis  ojos,  y  he  comproba- 
do que  no  me  habían  dicho  ni  siquiera  la  mitad,  pues  exceden 
tu  sabiduría  y  tu  magnificencia  a  lo  que  por  la  fama  había 
oído.  8  ¡Dichosas  tus  gentes  y  dichosos  tus  siervos  que 
están  siempre  delante  de  ti,  y  oyen  tu  sabiduría!  9  ¡Bendito 
sea  Yahvé,  tu  dios,  que  se  ha  complacido  en  ponerte  sobre 
el  trono  de  Israel!  Porque  Yahvé  siempre  amó  a  Israel,  es 
que  te  ha  establecido  rey  para  que  gobiernes  con  equidad  y 
justicia.  10  Y  ella  dió  al  rey  120  talentos  de  oro  (unaa  5  ^ 
toneladas  de  oro.  §  1105),  y  una  enorme  cantidad  de  especias 
aromáticas  y  de  piedras  preciosas:  nunca  más  se  trajeron  tan- 
tas especias  aromáticas  como  las  qve  le  dió  la  reina  de  Sabá 
al  rey  Salomón.  13  Y  el  rey  Salomón  dió  a  la  reina  de  Sabá 
todo  cuanto  ella  quiso  y  cuanto  le  pidió,  sin  contar  los  regalos 
que  le  hizo  con  munificencia  real.  Después  ella  regresó  y  se 
volvió  a  .<;?/  país  con  su  séquito. 

1329.  Con  respecto  al  relato  bíblico  de  la  famosa 
visita  de  la  reina  de  Sabá  a  Salomón,  conviene  recordar 
que  había  en  la  antigüedad  dos  regiones  que  llevaban  el 
nombre  de  Sabá  o  Sebá,  una  al  S.O.  de  la  península  ará- 
biga, en  el  Yemen  actual  a  orillas  del  Mar  Rojo;  y  otra 
en  Abisinia.  De  los  habitantes  de  Sebá  o  Shebá  en  Ara- 
bia, llamados  sábeos,  unos  se  habían  establecido  al  Norte 
de  esa  península,  y  otros  habían  emigrado  a  Etiopía, 
donde  modificaron  el  nombre  de  Sebá,  cambiándolo  en 
Sabá.  Los  sábeos,  que  tenían  por  capital  a  Marib,  eran 
un  pueblo  comerciante,  cuyas  caravanas  iban  hasta  Pa- 
lestina, Fenicia  y  Siria,  trasportando  no  sólo  especias  aro- 


60 


SAlX>MON  Y  JjA  ¡REINA  DE  3ABA 


máticas,  provenientes  de  su  país,  sino  también  mercan- 
cías venidas  por  mar  desde  la  India.  De  regreso  traían 
animales  y  esclavos  israelitas  (Joel,  3,  8),  ya  comprados, 
ya  arrebatados  por  sorpresa  en  sus  expediciones  depre- 
datorias  (Job.  1,  15).  Adoraban  los  astros,  principalmente 
el  sol  representado  por  la  diosa  Schams  (recuérdese  el 
dios  babilónico  Shamash,  §  80),  madre  de  Aschtar  (o 
Istar),  el  planeta  Venus.  Probablemente  en  el  reino  sun- 
tuoso de  Salomón  fueron  más  frecuentes  las  caravanas 
sabeas  a  Palestina,  y  de  ahí  debe  haber  nacido  la  leyenda 
de  la  visita  de  la  reina  de  Sabá  a  Salomón,  que,  como 
hemos  visto,  se  nos  refiere  con  los  caracteres  de  un  cuen- 
to de  las  "Mil  y  Una  Noches". 

1330.  Según  la  tradición  árabe,  la  citada  reina  se 
llamaba  Balkis,  mientras  que  según  la  tradición  abisinia 
su  nombre  era  Maqueda.  y  ella  habría  tenido  de  Salomón 
un  hijo,  leyenda  esta  última  probablemente  basada  en  lo 
aseverado  en  el  v.  13,  de  que  "el  rey  Salomón  dió  a  la 
reina  de  Sobó  todo  cuanto  ella  aviso  y  cuanto  le  pidió". 
Ese  hijo,  que  fué  Menelik  I,  lo  educó  Salomón  en  Jerusa- 
lem,  hasta  que  tuvo  19  años,  edad  en  que  regresó  a  Etio- 
pía con  un  grupo  de  judíos,  llevando  consigo  el  Arca  de 
la  Alianza  (§  198  n.). 

1331.  La  visita  de  la  reina  de  Sabá  fué  provocada, 
según  el  texto  bíblico,  por  el  renombre  de  la  sabiduría 
de  Salomón,  que  tanta  gloria  arrojaba  sobre  el  dios 
Yahvé  que  se  la  había  concedido;  y  emprendió  ella  ese 
viaje  no  sólo  por  mera  curiosidad,  sino  también  para  pro- 
ponerle enigmas  (recuérdese  el  que  Sansón  propuso  a 
los  invitados  a  sus  bodas,  §  514),  y  no  cuestiones  religio- 
sas o  escrúpulos  de  conciencia,  como  lo  ha  supuesto  la 
tradición  judía.  En  Abisinia  circula  otra  versión  tocante 
al  objeto  de  ese  viaje:  Salomón,  dicen,  era  un  hakim, 
esto  es,  un  hombre  instruido  en  la  ciencia  de  curar,  y 
la  reina  de  Sabá  fué  a  verlo  para  que  la  curara  de  una 
dislocación  del  pie  derecho,  por  lo  que  le  llevó  numerosos 
y  ricos  presentes. 

1332.  Salomón,  según  refiere  el  autor  inspirado,  su- 
po responder  a  todas  las  preguntas  que  le  dirigió  la  reina 


liOe  RBGAIX)S  DE  IiA  REINA  DE  SABA 


61 


de  Sabá,  y  solucionar  todos  los  enigmas  y  problemas  que 
ella  le  propuso,  y  esto  unido  a  la  magnificencia  del  pa- 
lacio de  Salomón,  a  la  profusión  de  manjares  de  su  mesa, 
a  la  organización  de  su  corte  y  al  fausto  y  solemnidad 
de  las  ceremonias  religiosas  que  se  practicaban  en  el 
templo  de  Jerusalem,  le  causaron  a  ella  la  más  profunda 
admiración,  "estaba  como  fuera  de  sí",  dice  el  texto  sa- 
grado. El  autor  del  relato  aprovecha  la  oportunidad  para 
poner  en  boca  de  la  reina,  no  sólo  frases  admirativas  para 
Salomón,  sino  para  el  dios  nacional,  al  punto  que  parece 
fuera  ella  una  fiel  creyente  en  Yahvé.  Autores  ortodoxos, 
como  los  de  L.B.A.  manifiestan,  sin  embargo,  que  este  ho- 
menaje no  autoriza  a  pensar  que  ella  se  hubiera  convertido 
y.  la  religión  de  Israel. 

1333.  La  leyenda  extrema  la  nota  cuando  se  refiere 
a  algo  tocante  al  rey  Salomón.  Así  nos  expresa  que  la 
reina  de  Sabá  le  regaló  a  éste  más  de  cinco  toneladas  y 
media  de  oro  (120  talentos),  grandísima  cantidad  de  pie- 
dras preciosas  y  tal  abundancia  de  especias  aromáticas,  co- 
mo nunca  más  se  llevaron  a  Israel.  Todo  esto  nos  recuerda 
las  cifras  fabulosas  empleadas  por  los  escritores  sacer- 
dotales de  baja  época  (§  1105-9),  y  que  no  estamos,  por 
lo  tanto,  dentro  del  terreno  de  la  verdad  histórica.  Jesús, 
sin  embargo,  como  todos  los  de  su  generación  y  como 
todos  los  de  su  pueblo  aún,  creyó  en  la  realidad  de  esa 
visita  real,  — lo  que  no  habla  mucho,  que  digamos,  de  su 
infalibilidad, —  y  la  menciona  en  una  plática  con  los  es- 
cribas y  fariseos  diciendo  que  "la  reina  del  Austro  (o  del 
Sur)  se  levantará,  el  día  del  juicio,  con  esta  generación,  y 
la  condenará;  porque  ella  vino  desde  las  extremidades  de 
la  Tierra  para  oír  la  sabiduría  de  Salomón;  y  he  aquí  uno 
mayor  que  Salomón  en  este  lugar"  (Mat.  12,  42).  El 
autor  ortodoxo  evangélico  Westphal,  en  su  reciente  Dic- 
tionnaire  escribe  al  respecto,  lo  siguiente:  **E1  relato  de 
la  visita  a  Salomón,  en  su  forma  actual,  pertenece  a  las 
amplificaciones  admirativas  de  la  posteridad,  que  no  que- 
ría conservar  de  ese  reino,  sino  un  deslumbrador  recuerdo 
de  gloria.  Su  fundamento  histórico  habrá  sido  algún  con- 
venio económico  o  tratado  comercial  entre  el  rey  de  Israel 


62 


LA  PAMA  DE  SALOMON 


y  la  soberana  de  una  opulenta  y  remota  comarca,  ya  más 
o  menos  fabulosa  para  la  imaginación  popular.  Lisonjea- 
ba este  episodio  la  vanidad  nacional;  venía  a  ser  como 
una  anticipación  de  las  profecías  que  debían  anunciar  la 
reunión  de  los  pueblos  paganos  en  Jerusaiem,  para  la 
gloria  de  Yahvé". 

ADMIRACION  UNIVERSAL  POR  SALOMON.  — 

1334.  La  reina  de  Sabá  no  fué  la  única  persona  de  im- 
portancia que  visitó  a  Salomón,  pues  según  el  autor  sa- 
grado "veman  de  todos  los  pueblos  para  oír  la  sabiduría 
de  Salomón,  y  de  parte  de  todos  los  reyes  de  la  tierra,  a 
los  cuales  llegaba  la  fama  de  su  sabiduría"  (4,  34).  Otra 
tradición  recogida  por  el  redactor  del  libro  de  Reyes,  en- 
carece aún  la  cantidad  y  la  regularidad  de  esas  visitas 
de  personalidades  de  gran  fortuna,  cuyos  dones  consti- 
tuían una  especie  de  tributo  con  el  que  contaba  anual- 
mente el  monarca  israelita,  pues  nos  cuenta  que  "iodo  el 
mundo  trataba  de  ver  al  rey  Salomón,  para  oir  la  sabidic- 
ría  que  Dios  había  puesto  en  su  corazón.  Y  cada  uno  le 
llevaba,  año  tras  año,  sus  presentes,  vasos  de  plata  y  ra- 
sos de  oro,  vestidos,  armas,  especias  aromáticas,  caballos^ 
y  mulos"  (10,  24,  25).  La  fantasía  de  los  que  forjaron 
esas  leyendas,  como  se  ve,  era  ilimitada,  pues  se  pretende 
que  todos  los  príncipes  de  la  tierra  voluntariamente  vi- 
nieron a  ser  tributarios  de  Salomón,  quien  gracias  a  esos 
presentes  y  a  sus  empresas  comerciales  debería  haber  na- 
dado en  la  abundancia.  Sin  embargo,  del  mismo  libro  ins- 
pirado se  desprende  que  la  realidad  fué  muy  distinta  de 
la  de  este  cuadro  fastasmagórico,  pues  Salomón  tuvo  que 
emplear  su  incomparable  sabiduría  en  arbitrar  recursos, 
— de  los  que  siempre  andaba  escaso, —  a  fin  de  subvenir 
a  sus  cuantiosos  gastos.  Recuérdese  lo  que  hemos  dicho 
al  respecto  en  el       5^'  de  §  1109. 

1335.  El  autor  sagrado  no  se  cansa  de  ponderar  el 
don  sobrenatural  que  Yahvé  le  concedió  en  Gabaón  al 
sucesor  de  David,  pues  repite  que  "Dios  dió  a  Salomón 
sabiduría,  inteligencia^  extremadamente  grande  y  un  es- 
píritu tan  vasto  como  la  arena  que  está  a  orillas  del  mar. 


liOS  EmOSiAS  OBIENTAIiES 


63 


De  modo  que  la  sabiduría  de  Salomón  superaba  a  la  sabi- 
duría de  todos  los  orientales  y  a  la  de  todos  los  egipcios. 
Era  en  fin  el  más  sabio  de  todos  los  hombres:  más  que 
Etán  el  ezrahita,  más  que  Hernán,  Calcol  y  Durda,  hijos 
dt  Mahol;  y  divulgóse  su  fama  en  todas  las  naciones  de 
alrededor"  (4,  29-31).  'Comentando  este  pasaje,  escribe 
Reuss:  "Se  representa  aquí  la  sabiduría  como  una  can- 
tidad que  se  cuenta  o  se  mide.  Si  hablamos  del  talento  de 
un  hombre,  no  lo  apreciamos  con  una  medida  de  capaci- 
dad. Indudablemente  el  autor  ha  tenido  en  vista  algo 
distinto  a  la  sagacidad  judicial,  a  saber,  la  erudición,  los 
conocimientos  positivos,  quizás  también  la  filosofía  prác- 
tica y  pedagógica,  que  era  el  fuerte  de  la  casta  sacerdotal 
egipcia.  Los  árabes  y  babilonios  eran  afamados  por  su  sa- 
ber en  matemáticas  y  astrología.  Tanto  unos  como  otros 
descollaban  también  por  su  sabiduría  propiamente  dicha, 
la  prudencia  en  la  dirección  de  los  negocios,  el  conoci- 
miento de  los  hombres;  y  todo  esto,  con  la  gravedad  de 
las  formas  y  la  discreción  silenciosa  en  las  relaciones  so- 
ciales, distingue  aún  hoy  a  aquellos  que  el  Oriente  consi- 
dera como  sus  sabios".  Pero  si  el  autor  al  expresarse  co- 
mo lo  hace  en  I  Rey.  4,  29-31,  entendió  atribuir  a  Salomón 
todo  el  saber  que  menciona  Reuss,  lo  cierto  es  que  de  todo 
lo  que  hemos  visto  hasta  ahora  de  la  biografía  de  aquel 
rey,  resulta  que  su  sabiduría  tan  ponderada  se  limitaba  a 
habilidad  para  resolver  enigmas  o  sagacidad  para  solu- 
cionar difíciles  cuestiones  judiciales. 

LOS  ENIGMAS  ORIENTALES.  —  1336.  Los  re- 
yes orientales  de  aquella  época  tenían  la  costumbre  de 
enviarse  unos  a  otros,  enigmas  o  problemas  complicados, 
para  resolver.  El  que  no  acertaba  con  la  solución,  debía 
por  ello  pagar  al  otro  una  fuerte  suma.  Cuenta  Josefo 
que  Salomón  y  su  amigo  Hiram  se  proponían  esa  clase 
de  enigmas,  teniendo  el  vencido  que  pagar  al  vencedor  el 
precio  de  la  apuesta.  Pero  así  como  el  historiógrafo  he- 
breo de  Salomón  pone  por  los  cuernos  de  la  Luna  la  sa- 
biduría de  este  monarca,  los  escritores  de  Tiro,  no  que- 
riendo ser  menos,  afirman  que  aunque  Hiram,  al  princi- 


64 


ENIGMAS  EN  EIL  LIBRO  DE  PROVERBIOS 


pió,  fué  vencido  por  Salomón  en  esa  clase  de  torneos  de 
ingenio,  después,  ayudado  por  un  sabio  tirio,  Abd-Ham- 
món,  encontró  la  solución  de  los  problemas  propuestos 
por  Salomón  y  a  su  vez,  le  propuso  otros,  que  éste  no 
logró  resolver  (desnoyers,  III,  39).  El  gusto  por  esa 
clase  de  enigmas  persistió  hasta  varios  siglos  después  del 
destierro;  así  en  el  cap,  30  del  libro  de  Proverbios  en- 
contramos algunos  con  su  solución  respectiva,  como  se 
ve  por  estos  ejemplos: 

Enigma :   Tres  cosas  alborotan  la  tierra, 

Y  cuatro  hay  que  ella  no  puede  sufrir.  (1) 
Solución:    Un  esclavo  cuando  llega  a  ser  rey, 

Un  necio  cuando  se  harta  de  pan. 
Una  mujer  desdeñada  cuando  consigue  casarse,  ^ 

Y  una  sirvienta  cuando  suplanta  a  su  señora. 

Cuatro  animales  hay,  entre  los  más  pequeños  de  la 

( tierra, 

Que  son  los  más  sabios  de  los  sabios. 
Las  hormigas,  pueblo  sin  fuerza, 
Que  juntan  en  verano  sus  provisiones ; 
Los  hyraxs  (especie  de  marmotas),  pueblo  sin  vigor, 
Que  en  las  rocas  hacen  sus  viviendas; 
Las  langostas  que  carecen  de  rey, 

Y  todo  su  ejército  avanza  en  buen  orden; 
El  lagarto,  que  se  agarra  con  la  mano 

Y  penetra  en  los  palacios  de  los  reyes. 

Tres  cosas  hay  de  aire  hermoso, 

Y  cuatro  de  soberbio  andar 

El  león,  el  más  bravo  de  los  animales  que  ante  nadie 

( retrocede; 

El  caballo  de  guerra  bieni  enjaezado,  o  el  macho 

(  cabrío, 

Y  el  rey  a  la  cabeza  de  sus  tropas  (vs.21-31). 


Enigma : 
Solución : 


Enigma: 
Solución : 


(1)     Ejemplo  de  midda  o  proverbio  numérico  (§  1554). 


LA  FAMA  POSTUMA  DE  SALOMON 


65 


No  citamos  aquí  otros  proverbios  -  enigmas  del  mis- 
mo capítulo,  por  su  crudo  realismo;  aunque  hablaremos 
de  ellos  al  tratar  de  las  Palabras  de  Agur;  pero  los  que 
anteceden,  bastan  para  hacernos  comprender  que,  a  pesar 
de  su  gravedad,  Yahvé  o  el  Espíritu  Santo  que  inspiró  a 
los  autores  de  los  libros  bíbhcos,  sabe  tener  también,  a 
veces,  sus  ratos  de  buen  humor. 

LA  FAMA  P6STUMA  DE  SALOMÓN.  —  1337. 

La  fama  de  la  extraordinaria  sabiduría  de  Salomón  se 
fué  extendiendo  con  el  transcurso  del  tiempo,  hasta  el 
punto  de  que  la  tradición  judía  le  atribuyó  la  paternidad 
de  numerosas  obras  literarias,  — cuatro  de  las  cuales  es- 
tudiaremos detenidamente  más  adelante, —  y  de  dos  de 
los  salmos  de  nuestro  Salterio  (el  72  y  el  127;  §  1441-4). 
Pero  no  ha  parado  ahí  la  obra  de  la  leyenda,  pues  poste- 
riormente, y  sobre  todo  en  la  Edad  Media,  se  conceptuó 
a  ese  monarca  como  el  padre  de  la  magia  y  de  todas  las 
ciencias  ocultas,  y  en  la  leyenda  árabe,  Salomón  es  el 
gran  Solimán,  el  maravilloso  jefe  de  los  genios,  el  creador 
de  los  hechos  más  sobrenaturales,  y  su  sello,  que  causa 
prodigios,  aún  se  acuña  en  las  monedas  marroquíes  (mon- 
TET,  Hist.  Peup.  Isr.,  88).  Al  respecto,  el  profesor  J.  P. 
Valetón  escribe,  en  el  Manual  de  Chantepie  de  la  Saussa- 
ye  lo  siguiente:  "Las  tradiciones  sobre  la  inmensa  rique- 
za y  la  sabiduría  de  Salomón  han  podido  ser  embellecidas 
por  las  generaciones  posteriores,  decepcionadas,  que  con 
sentimiento  se  acordaban  de  un  gran  pasado;  pero  no  es 
menos  cierto  que  la  época  de  Salomón  marcó  el  apogeo  de  la 
nacionalidad  israehta.  El  interés  de  este  período  para  la  re- 
ligión, reside  sobre  todo  en  que  hubo  entonces  un  Estado 
yahvista  que  en  todos  conceptos  podía  rivalizar  con  sus 
vecinos,  y  aún  superar  a  la  mayor  parte  de  ellos.  A  la 
vista  de  los  pueblos,  Yahvé  se  había  manifestado  no  sólo 
como  el  dios  poderoso,  sino  también  como  el  dios  benevo- 
lente que  colmaba  de  prosperidad,  de  poder  y  de  gloria 
a  su  pueblo.  La  concepción  de  Salomón,  padre  de  la  sa- 
biduría está  igualmente  en  estrecha  correlación  con  estas 
ideas"  (p.  210). 


CAPITULO  V 


La  política  de  Salomón 


LA  SABIDURÍA  POLÍTICA  DE  SALOMÓN.— 1338 
Hasta  aquí  la  sabiduría  salomónica  no  se  nos  ha  presentado 
sino  en  su  faz  de  sagacidad  poco  vulgar ;  veamos  ahora  có- 
mo aplicó  ese  don  divino  que  recibió  en  Gabaón,  a  su  políti- 
ca interna,  es  decir,  al  arte  de  gobernar  a  Israel,  ya  que, 
según  el  texto  sagrado,  la  sabiduría  demandada  a  Yahvé 
por  Salomón  fué  para  "poder  gobernar  este  pueblo  tan 
grande"  (3,  .9'')-  Consideremos,  pues,  primero,  cómo  se 
comportó  con  la  antigua  población  indígena  del  país,  y 
luego,  su  conducta  para  con  sus  propios  compatriotas. 

lo  Los  cananeos.  —  1339.  Sabemos  que  cuando  los 
israelitas  entraron  en  Canáan,  no  pudieron  exterminar  a 
los  antiguos  pobladores,  y  mantuvieron  con  ellos  relacio- 
nes comerciales  y  amistosas,  hasta  el  punto  de  ser  fre- 
cuentes los  matrimonios  entre  vencedores  y  vencidos  (§ 
421).  Los  israelitas  fueron  paulatinamente  aumentando 
en  número  y  en  poderío  político,  hasta  que  Saúl  y  David 
conquistaron  las  pocas  ciudades  cananeas  que  aún  que- 
daban independientes.  Los  cananeos  no  fusionados  con 
los  israelitas  eran  libres,  y  en  calidad  de  ger,  o  sea,  de 
extranjeros  radicados  en  Israel,  estaban  diseminados  en 
todo  el  país  donde  vivían  del  producto  de  su  trabajo.  Pero 
sube  al  trono  Salomón,  y  en  cuanto  proyecta  sus  grandes 


SALOMON  Y  LOS  CANANEOS 


67 


construcciones,  lo  primero  que  hace  es  esclavizar  a  toda 
aquella  población  indígena,  sometiéndola  a  rudos  traba- 
jos forzados.  "Toda  la  población  sobreviviente  de  los  amo- 
rreos,  de  los  héteos,  de  los  perezeos,  de  los  hcveos  y  de 
los  jebuseos,  todo  lo  que  no  era  de  raza  israelUa,  y  sus 
descendientes  que  habían  quedado  en  el  país  después  de 
ellos  y  a  quienes  los  hijos  de  Israel  no  habían  podido  ex- 
terminar, Sülomón  los  empleó  como  siervos  de  corvea,  y 
aun  lo  son  ellos  hasta  el  día  de  hoy"    (I  Rey.  9,  20,21). 

Salomón  hizo  contar  todos  los  varones  extranjeros  que 
había  en  el  país  de  Israel,  después  del  censo  que  había 
hecho  David  su  padre,  y  se  hallaron  J 53. 600.  Y  separó  de 
ellos  70.000  para  que  llevasen  en  hombros  las  cargas, 
80.000  para  que  labraran  piedras  ^n  las  montañas,  y  3.600 
sobrestantes  (1)  para  hacer  trabajar  a  la  gente"  (II  Crón. 
2,  17,  18;  I  Rey.  5,  15-17).  "Y  las  córveos  que  impuso  el 
rey  Salomón  fueron  para  edificar  la  casa  de  Yahvé,  su 
propia  casa,  la  fortaleza  de  Millo  y  las  murallas  de  Jerusa- 
lem,  así  como  las  de  ÍTaznr.  Meyuido  y  Gezer"  (I  Rey. 
9,  15).  Los  pobres  cananeos  no  estuvieron  sólo  sometidos 
a  tan  pesados  trabajos  durante  el  reinado  de  Salomón, 
sino  que  continuaron  así  posteriormente,  pues  el  autor 
del  libro  de  Reyes,  escribiendo  varios  siglos  más  tarde, 
dice  que  en  su  época,  "hasta  d  día  de  hoy",  aún  seguían 
siendo  siervos  de  corvea,  condición  muy  semejante  a  la 
de  los  esclavos.  Sus  descendientes,  en  la  restauración,  se 
llamaban  "hijos  de  los  siervos  de  Salomón"  (Esd.  2,  55, 
58;  Neh.  7,  57,  60;  11,  .?)  confundiéndose  a  veces  con  los 
netineos,  descendientes  de  los  cautivos  de  guerra,  que  ha- 
bían llegado  a  ser  esclavos  del  templo  (Esd.  2,  í3-54 ;  Neh. 
7,  46-56).  "Con  Salomón,  escribe  el  abate  Desnoyers,  los 
últimos  cananeos  independientes  desaparecen;  pierden  su 
libertad,  su  influencia,  quizás  sus  bienes,  y  no  son  sino 
una  especie  de  ilotas  explotados  y  menospreciados"  (III, 
31).  Indudablemente  que  aquellos  infeUces  cananeos  no 
debieron  haber  quedado  muy  encantados  con  la  sabiduría 


(1)     3.300  sobrestantes,  según  I  Reyes,  5,  16. 


68 


SAIX)MON  Y  SUS  CJOMPATRIOTAS 


que  Yahvé  infundió  a  Salomón,  o,  por  lo  menos,  no  deben 
haber  creído  mucho  en  ella. 

2"  Los  israelitas.  —  1340.    Según  uno  de  los  docu- 
mentos utilizado  por  el  autor  del  libro  de  Reyes,  si  Sa- 
lomón esclavizó  a  los  cananeos,  en  cambio  no  "empleó  co- 
mo  esclavos  a  ninguno  de  los  hijos   de  Israel,  sino  que 
éstos  eran  s?<s  hombres  de   guerra,  sus  oficiales,  sus  jefes, 
sus  capitanes  y  los  comandantes  de  su$  carros  y  de  su  ra- 
hallería"  (I  Rey.  9,  22).  Sin  embargo  otra  parte  del  mis- 
mo libro  afirma  lo  contrario,  pues  dice:  "E  hizo  el  rey 
Salomón   entre   todos    los   israelitas,    un   reclutamiento  de 
30.000  hombres  de  corvea,  de  los  cuales  enviaba,  al  Líbano 
10.000  cada  mes,  por  turno;  un  mes  estaban  en  el  Líbano 
y  dos  meses  en  sus  casas;  y  Adoniram  era  el  jefe  de  la 
leva  o  de  los  hombres  de  corvea"  H  Rey.  5.  13,14).  Se  ve, 
pues,  por  lo  que  antecede,  que  bajo  el  gobierno  de  Salo- 
món, los  israelitas  no  fueron  mucho  más  felices  que  los 
cananeos,  pues  si  a  éstos  se  les  sometió  a  servidumbre 
permanente,  una  buena  parte  de  aquéllos  también  estu- 
vieron sometidos  al  duro  régimen  de  las  corveas,  aunque 
sólo  temporariamente.  No  estaban,  pues,  mucho  los  is- 
raelitas''ftajo  su  parra  y  bajo  su  higuera'  (I  Rey.  4,  25), 
como  se  les  describe,  para  pintar  la  seguridad  y  por  ende 
la  felicidad  de  que  gozaban  los  súbditos  de  Salomón.  Éste 
obraba  como  los  déspotas  orientales,  que  no  se  preocupa- 
ban del  material  "hombre",  cuando  en  su  vanagloria  tra- 
taban de  construir  grandes  monumentos  con  los  cuales 
querían  asombrar  a  sus  contemporáneos  y  legar  su  nom- 
bre a  la  posteridad.  Insensibles  esos  monarcas  absolutos 
a  las  miserias  y  a  los  dolores  de  sus  súbditos,  los  trataban 
como  bestias  de  carga,  importándoles  poco  que  sucum- 
bieran, pues  nunca  faltaba  nuevo  elemento  para  reponer 
los  claros  de  los  muertos.  Observa  con  razón  Desnoyers, 
que  Saloraón  no  titubeó  en  imponer  a  los  habitantes  do 
Israel  una  organización  rígida  que  los  torturaba  como  con 
grillos  de  hierro.  "Ya  no  se  le  encontraba  tan  majestuoso 
como  al  principio;  pronto  comenzaron  a  hallarlo  duro  y 
despótico.  Se  sentían  refrenados  por  su  vigorosa  mano, 
obligados  a  ir  adonde  quería,  esclavizados  por  él  en  una 


DIVISION  ADMINISTRATIVA  DE  ISRABIi 


69 


ruda  y  humillante  labor,  que  nunca  hubieran  realizado 
voluntariamente"  (III,  32). 

Nueva  subdivisión  administrativa  y  los  impuestos 
de  Salomón.  —  1341,  Además  de  las  referidas  corveas, 
Salomón  recargó  de  pesados  impuestos  a  la  nación,  para 
subvenir  a  los  exagerados  gastos  que  le  exigían  su  nu- 
meroso harem,  sus  grandes  construcciones,  el  ejército 
permanente  que  había  creado  y  el  lujo  de  que  hacía  os- 
tentación. Había  dividido  la  nación  en  doce  provincias,  a 
cuyo  frente  colocó  un  intendente  o  gobernador,  cada  uno 
de  los  cuales,  durante  un  mes  en  el  año,  debía  proveer 
de  alimento  a  la  corte,  y  de  forraje  a  los  caballos  reales. 
Ahora  bien,  "la  provisión  para  la  mesa  d&  Salomón  era 
cada  día  de  30  coros  de  flor  de  harina  y  60  coros  de  harina 
(o  sea,  más  de  350  hectolitros  diarios  de  harina,  §  1103  n) ; 
10  bueyes  cebados  y  20  bueyes  procedentes  de  los  pasto- 
reos, y  100  ovejas,  sin  contar  los  corzos,  gacelas  y  ciervos 
y  la^  aveS'  engordadas"  (I  Rey.  4,  22).  Se  sostiene  que  es- 
tas cifras  no  eran  exageradas,  porque  con  esas  provisio- 
nes debía  vivir  la  casa  real,  que  comprendía  un  numeroso 
harem,  con  los  hijos  y  esclavos,  el  cuerpo  de  guardias, 
los  ministros,  altos  funcionarios,  oficiales  de  servicio,  las 
familias  de  todos  ellos  y  huéspedes  infaltables  en  Oriente. 
Además  de  esto  los  gobernadores  debían  también  proveer, 
cada  uno  de  ellos  mensualmente,  de  cebada  y  paja  para 
los  8.000  caballos  que  como  mínimo  tenía  Salomón  (I  Rey. 
4,  26-28).  (1)  De  esos  pesados  impuestos  estaba  excluida 

(1)  Loe  textos  bíblicos  no  están  de  acuerdo  reepecto  al  nú- 
mero de  caballos  que  tenía  Salomón.  En  I  Rey.  4  26,  se  dice  que 
Salomón  tenía  40.00O  pesebres  de  caballas  para  sus  carros,  y 
12.000  caballos  de  montar";  según  I  Rey,  10,  26  y  II  Crón.  1, 
1'4_  Salomón  contaba  sólo  con  1.400  carros  y  12.000  jinetee;  y 
según  II  ICrón.  9,  25,  ISalomón  tenía  4.000  pesebres  para  sus 
caballos  y  carros,  y  12.000  jinetes.  Desnoyers  que  ha  estudiado 
detenidamente  estos  datos  discordantes,  llega  a  estas  conclu- 
sionee: 

1p  (El  texto  de  I  Rey.  4,  26  está  equivocado;  debe  decir, 
como  en  11  Crón.  9,  25    4.000  ipesebrea,  que  corresponden  a 


70 


IMPUESTOS  DE  SALOMON 


la  tribu  real  de  Judá,  lo  que  contribuyó  a  provocar  la 
animosidad  de  las  otras  tribus  contra  ésta  privilegiada, 
e  indudablemente  favoreció  más  tarde  el  espíritu  de  se- 
cesión de  ellas.  Salomón  tuvo  también  que  pagar  anual- 
mente durante  tres  años  al  rey  de  Tiro,  Hiram,  por  las 
maderas  de  cedro  y  de  abeto  de  que  éste  lo  proveía  para 
sus  construcciones,  lo  siguiente:  20.000  coros  de  trigo 
y  20  coros  de  aceite  virgen  (I  Rey.  5,  Jl),  fuera  de  lo 
que  abonó  a  los  obreros  fenicios  por  labrar  aquella  ma- 
dera: "20.000  coros  de  trigo  limpio,  20.000  coros  de  ceba- 
da, 20.000  batos  de  vino  y  20.000  batos  de  aceite"  (IT 
Crón,  2,  10;  §  1103-4).  Todas  estas  prestaciones  consti- 
tuían gravosas,  insoportables  contribuciones,  que  el  pue- 
blo apenas  podía  soportar.  Por  eso  los  israelitas,  no  con- 
formes con  aquella  sabiduría  que  Yahvé  había  inspirado 
a  Salomón  para  gobernar  a  su  pueblo,  se  congregaron  a 
la  muerte  de  este  monarca  y  "hablaron  a  Roboam  (su 
sucesor)  diciendo:  Tu  padre  hizo  muy  pesado  nuestro  yu- 
go; ahora,  pues,  aligera  iú  esta  dura  servidumbre  y  el  pe- 
sado yugo  que  nos  impuso,  y  nosotros  te  serviremos" 
(I  Rey,  12,  3,  4). 

1341».  En  I  Rey.  10,  14,  15  se  nos  dan  a  conocer  los 
recursos  financieros  de  Salomón.  Ese  texto  dice  así: 
"El  peso  de  oro  que  Salomón  recibía  anualmente  era  de 
666  talentos  de  oro    (28.000  a  30.000  Kgs.  que  represen- 

8.000  caballos,  pues  la  palabra  hebrea  urewoth  o  ureyotli,  alli 
empleada,  que  se  traduce  por  "pesebre",  equivale  a  una  "yun- 
ta o  tiro  de  caballos". 

29  ÍEn  aquella  época,  los  hebreos  no  montaban  aún  a  ca- 
ballo- Como  la  palabra  hebrea  parash  es  susceptible  de  dos  in- 
terpretacionee,  la  de  "caballo  de  montar"  y  la  de  "hombre  de 
caballo",  o,  en  este  caso,  de  carretero,  los  12.000  parashim  de 
I  iReiy  4,  26,  en  vez  de  "12.000  caballos  de  montar"  deben  tra- 
ducirse por  "12.000  carreteros".  (La  Versión  Sinodal  traduce 
aquí:  doce  mil  jinetes). 

30  En  resumen,  Salomón  habría  tenido,  4.000  carros  de 
guerra,  8.000  caballos,  y  12.000  hombres  para  los  carros,  pues 
cada  uno  de  éstos  llevaba  3  hombres  (III,  23,  nota  2), 


RECURSOS  PINANdEROS  DE  SAliOMON 


71 


tarían  hoy  unos  veinte  millones  de  dólares),  además  de 
lo  que  percibía  de  los  mercaderes  y  del  tráfico  de  los  ne- 
gociantes, y  de  todos  los  reyes  de  Arabia  y  de  los  go- 
bernadores del  país''  (1).  Estos  datos  parecen  provenir  de 
una  fuente  veríciica.  Ahora  bien,  aunque  en  los  666  ta- 
lentos de  oro  anuales  que  entraban  en  el  tesoro  real  por 
concepto  de  contribuciones,  estuvieran  incluidas  las  ren- 
tas que  pudiesen  producir  los  dominios  dejados  por  Da- 
vid (a  ser  ciertos  los  datos  de  I  Crón.  27,  26-31),  aun 
asimismo  dada  la  pequeñez  del  territorio  de  Palestina, 
mucha  parte  de  él,  improductivo  por  ser  árido  y  monta- 
ñoso, y  dada  la  corta  población  allí  existente,  que,  según 
Reuss,  a  lo  sumo  alcanzaría  a  unos  dos  millones  y  medio 
de  almas,  resulta  abrumadora  la  carga  fiscal  que  pesaba 
sobre  los  subditos  de  Salomón.  En  cuanto  a  lo  que  éste 
"percibía  de  los  mercaderes  y  del  tráfico  de  los  negocian- 
tes", se  cree  que  se  refiera  a  un  derecho  de  tránsito  que 
se  obligaba  a  pagar  a  las  caravanas  que  atravesaban  el 
territorio  de  Israel,  y  al  impuesto  que  debían  abonar  los 
buhoneros  o  comerciantes  extranjeros  que  recorrían  el 
país,  haciendo  el  comercio  al  menudeo  (Neh.  13,  16-,  Prov. 
31,  24 ;  §  1677).  Lo  percibido  de  "los  reyes  de  Arabia",  debe 
referirse  a  los  tributos  impuestos  por  David  a  los  reyezue- 
los vecinos  que  habitaban  en  el  desierto  arábigo,  los  que 
menciona  Jeremías  en  25,  24.  En  lo  tocante  a  lo  obtenido  de 
los  gobernadores  del  país,  véase  lo  dicho  en  el  parágrafo 
precedente.  Comentando  todos  estos  datos  relativos  a  la 
política  financiera  salomónica,  escribe  Reuss:  "La  sim- 
ple enumeración  de  los  diversos  recursos  muestra  que  el 
genio  fiscal,  aunque  de  reciente  data,  se  había  desarro- 
llado rápidamente  para  desgracia  del  país,  y  que  la  sabi- 
duría de  Salomón  se  caracterizaba  una  vez  más  como  ha- 
bilidad rica  en  expedientes.  Por  lo  demás,  el  vocablo  pashá 
(gobernador)  sólo  se  encuentra  en  la  literatura  posterior 
al  destierro,  y  prueba  que  este  dato  no  fué  tomado  lite- 


di)    iPratt  altera  el  original,  poniendo  al  fin  del  v.  16: 
"y  de  los  gobernadores  de  los  países  vecinos". 


72 


POLITICA  EXTERNA  DE  SALOMON 


raímente  de  fuente  antigua.  Al  aludido  vocablo  y  sus  de- 
rivados se  les  ha  encontrado  en  monumentos  asirlos". 

1341^.  Si  no  se  lució  Salomón  en  la  administración 
de  Israel,  hasta  el  punto  que  se  hizo  odioso  a  todos  sus 
súbditos  (I  Rey.  12,  3,  4),  tampoco  fué  muy  feliz  en  su 
política  externa,  pues  además  de  sus  campañas  desgra- 
ciadas contra  los  árameos  y  los  edomitas  (§  1320-2),  tu- 
vo que  enagenar  parte  del  territorio  nacional  a  favor  del 
rey  de  Tiro  (§  1109,  5;  1290^),  y  admitir  en  otra  parte 
del  mismo  territorio  la  intervención  del  rey  de  Egipto, 
quien  conquistó  la  plaza  fuerte  de  Gezer,  (1)  situada  a 
unos  35  Kms.  al  Oeste  de  Jerusalem,  plaza  que  le  aportó 
en  dote  la  hija  de  ese  faraón  cuando  con  ella  contrajo 
matrimonio  (I  Rey  9,  16).  No  es  extraño,  pues,  que  a  un 
ortodoxo  católico  como  Desnoyers,  le  merezcan  esos  he- 
chos este  comentario:  "En  toda  su  política  exterior,  deja 
percibir  Salomón  una  debilidad  o  inhabilidad  que  dañan 
su  memoria  como  rey.  Constituyen  una  sombra  que  em- 
paña el  brillante  cuadro  de  su  fausto  y  de  su  grandeza" 
(III,  p.  66).  Sin  embargo,  debemos  de  reconocer  que  Sa- 
lomón tuvo  el  gran  mérito  de  poner  a  su  pueblo  en  re- 
lación con  las  naciones  vecinas,  sacándolo  del  aislamiento 
en  que  yacía,  y  en  que  después  pretendió  mantenerlo  el 
partido  yahvista,  por  motivos  rehgiosos  (§  1911). 


(1)  Digno  es  de  notarse  que  Gezer,  lo  mierao  que  Taa- 
nak  y  Yibleam,  que  figuran  como  ciudades  leviticas  (§  287)  en 
Josué  21,  21,  25,  continuaban  siendo  cananeas  al  comienzo  do 
la  monarquía  de  Israel. 


CAPITULO  VI 


Salomón,  las  mujeres  y  la 
tolerancia  religiosa 


EL  HAREM  SALOMÓNICO.  —  1342.  Si  Salomón 
era  el  hijo  predilecto  de  Yahvé,  y  si  éste  le  concedió  una 
especial  sabiduría  para  que  fuese  un  modelo  de  monar- 
cas, sería  lógico  esperar  que  le  hubiera  aconsejado,  en 
alguna  de  las  varias  conversaciones  que  sostuvo  con  él, 
que  practicara  la  monogamia,  Pero  parece  que  Yahvé  des- 
cuidó siempre  este  tópico  de  moral  familiar,  y  sólo  des- 
pués de  Jesús,  se  le  ocurrió  que  el  hombre  no  debía  tener 
a  la  vez  sino  una  sola  esposa.  Así,  pues,  a  este  respecto, 
se  cumplió  la  predicción  de  Yahvé  cuando  le  dijo  a  Sa- 
lomón: "No  habrá  habido  otro  como  tú  antes  de  ti,  ni  des- 
pués de  ti  se  levantará  quien  te  iguale",  pues  realmente 
Salomón  en  materia  matrimonial  es  un  caso  único  en  la 
historia:  "Y  tuvo  700  mujeres,  princesas  y  300  concubinas" 
(I  Rey.  11,  3).  Sin  embargo,  en  otro  libro  bíblico,  se  nos 
dan  al  respecto  cifras  distintas,  tomadas  quizás  de  un 
documento  más  antiguo.  En  efecto,  en  el  Cantar  de  los 
Cantares  se  lee,  refiriéndose  al  harem  de  Salomón: 
"Sesenta  son  las  reinas  y  ochenta  las  concubinas,  y  las  donce- 
llas son  sin  número"  (6,  8).  Estas  doncellas  parece  que 
fueron  sirvientas.  Las  mujeres  del  serrallo  salomónico 


74 


Eli  HAREM  DE  SALOMON 


eran,  pues,  de  dos  clases:  princesas,  mujeres  legítimas  o 
de  condición  libre,  y  concubinas,  o  sea,  jóvenes  compradas 
como  esclavas,  y  subordinadas  a  las  anteriores  en  calidad 
de  personas  de  la  servidumbre.  La  mayor  parte  de  estas 
mujeres  eran  de  los  países  vecinos:  moabitas,  ammonitas, 
(1)  edomitas,  sidonias  o  fenicias,  hititas,  etc.,  y  su  culto 
se  celebraba  en  el  mismo  harem,  porque,  como  dice  Reuss, 
en  la  antigüedad,  las  mujeres  tenían  ceremonias  religio- 
sas particulares,  para  las  cuales  no  necesitaban  el  concur- 
so de  los  sacerdotes.  Salomón,  sin  embargo,  construyó  al- 
tares al  Este  de  Jerusalem,  frente  a  los  jardines  reales, 
en  la  falda  del  monte  de  los  Olivos,  para  los  dioses  de 
sus  mujeres  extranjeras,  y  así  se  practicó  allí  por  espacio 
de  dos  siglos,  el  culto  de  Astarté.  de  Gamos  y  de  Moloc  y 
demás  divinidades  de  las  naciones  vecinas  (I  Rey.  11  7,  8; 
II  Rey.  23,  13,  14;  Jer.  7,  17, 18,  30,31). 

1343.  Digno  es  de  notarse  que  si  David  tuvo  algunas 
mujeres  extranjeras  (§  1022).  Salomón  tuvo  predilección 
por  ellas,  según  acabamos  de  ver  (I  Rey.  11,  1).  Los  es- 
critores de  la  escuela  deuteronómica  (siglos  VII  y  VI)  im- 
buidos de  las  ideas  de  los  grandes  profetas,  y  legislando 
en  nombre  de  Yahvé.  prohibieron  terminantemente  los 
matrimonios  de  israelitas  con  mujeres  de  otras  naciona- 
lidades, como  se  ve  en  Ex.  34,  15,  16,  Deut.  7,  1-4,  y  Jos. 
23,  12,  para  impedir  que  ellas  arrastraran  a  sus  maridos  a 
adorar  divinidades  rivales  de  Yahvé.  Por  eso  el  redactor 
deuteronómico  del  libro  de  Reyes,  después  de  referir  que  Sa- 
lomón amaba  mujeres  de  todos  los  países  vecinos,  agrega: 
"Ellas  pertenecían  a  aquellos  pueblos  de  los  cuales  había 
dicho  Yahvé  a  los  hijos  de  Israel:  Xo  tomaréis  sus  mujeres, 
ni  ellos  tomarán  las  vuestras,  porque  seguramente  inclina- 
rán vuestro  corazón  para  que  sigáis  sus  dioses.  A  éstas, 
pues,  se  unió  Salomón,  impulsado  por  el  amor"  (con  arden- 

(1)  (Nótese  que  la  primera  mujer,  que  sepamos  tuvo  Salo- 
món, €fn  época  en  la  cual,  eegún  el  redactor  del  libro  de  Reyes, 
estaba  en  las  mejores  relaciones  con  Yahvé,  fué  una  extranjera: 
la  ammonita  J^aama,  probablemente  su  favorita,  pues  un  hijo  que 
tUTO  d«  ella,  fué  sil  eu^esor,  Rpboam  (I  Rey,  14,  21;  |  1294), 


TOLERANCIA  RELIGIOSA  DE  SALOMON 


75 


tísimo  amor,  traduce  la  Vulgata),  "En  estas  breves  pala- 
bras, anota  Scío,  se  insinúan  tres  pecados  de  Salomón.  El 
primero  en  haber  amado  con  excesiva  pasión  a  las  mujeres; 
el  segundo  en  haber  tomado  mujeres  extranjeras,  contra 
lo  que  la  ley  mandaba  (Ex.  34,  16) ;  y  el  tercero  en  haber 
multiplicado  con  tanto  exceso  el  número  de  éstas,  faltando 
también  a  la  ley  en  esta  parte  (Deut.  17)".  Al  piadoso 
comentarista  católico  le  observaremos  que  amar  con  gran 
pasión  a  su  propia  mujer  nunca  ha  sido  considerado  por 
nadie  como  un  pecado;  que  si  Salomón  amó  a  muchas, 
en  vez  de  contentarse  con  una  sola,  como  ahora  aconseja 
el  cristianismo,  fué  porque  Yahvé  se  olvidó  de  legislar 
sobre  esa  materia,  pues  aun  mismo  cuando  dos  siglos 
más  tarde  el  legislador  deuteronómico  dispuso  que  los 
reyes  no  tomaran  para  sí  muchas  mujeres,  no  estableció 
límites  a  la  poligamia  real,  dado  lo  elástico  de  la  palabra 
"muchas"  (§  791).  Lo  que  debió  haber  hecho  ese  legis- 
lador era  haber  preceptuado  la  monogamia  para  todos,  tan- 
to para  el  rey  como  para  su  pueblo.  Y  finalmente  podríamos 
recordarle  a  Scío  que  Salomón  no  violó  ninguna  de  las 
disposiciones  que  indica,  porque  ellas  son  de  escritores  de 
la  escuela  deuteronómica,  y  mal  podía  Salomón  ajustarse 
a  prescripciones  que  podrán  ser  todo  lo  divinas  que  se 
quiera;  pero  que  eran  inexistentes  en  su  época,  pues  apa- 
recieron dos  siglos  después  que  aquel  monarca  había  ba- 
jado a  la  tumba. 

LA  TOLERANCIA  RELIGIOSA  DE  SALOMÓN.  — 

1344.  El  redactor  del  libro  de  Reyes  escribiendo  después 
de  la  promulgación  del  Deuteronomio,  comete,  pues,  un 
verdadero  anacronismo  al  juzgar  a  Salomón  de  acuerdo 
con  las  prescripciones  de  este  código.  La  tolerancia  reli- 
giosa de  que  hizo  gala  aquel  monarca,  sacaba  de  quicio 
a  los  escritores  de  la  escuela  que  había  producido  aquel 
libro,  por  lo  que  nos  relatan  que  Yahvé  se  indignó  y  ser- 
moneó a  Salomón  severamente,  anunciándole  que  dividiría 
su  reino  a  su  muerte,  dejándole  a  su  sucesor  una  sola 
tribu  (I  Rey.  11,  7-13).  Lo  natural  sería  que  si  Salomón 
había  delinquido,  a  él  se  le  castigara ;  pero  el  justo  Yahvé 


76 


SUBLEVACION  DE  JEROBOAM 


procede  de  otro  modo:  Salomón  peca;  pues  bien,  castigará 
por  ese  pecado  a  su  hijo  Koboam,  quitándole  la  mayor 
parte  del  reino.  Pero  el  escritor  inspirado  no  podía  hacer 
nablar  a  Yahvé  de  otra  manera,  puesto  que  se  veía  obligado 
a  ajustar  las  censuras  de  ese  dios  a  los  sucesos  ya  pasados. 
Como  nota  Keuss:  "El  redactor  formula  su  juicio  de 
acuerdo  con  los  hechos  acaecidos,  los  cuales  aprecia  del 
punto  de  vista  teocrático.  Resulta  así  asombroso  que  el 
dios  justamente  irritado  contra  el  rey  infiel,  le  prometa 
dejarlo  terminar  tranquilamente  su  reinado,  para  luego 
castigar  a  su  hijo,  que  nada  tiene  que  ver  en  este  asunto. 
Una  cosa  es  el  encadenamiento  natural  y  providencial  de 
los  hechos,  y  otra,  un  decreto  formulado  así  de  antemano". 
Pero  a  la  ortodoxia  nunca  le  faltan  razones  para  justi- 
ficar todo  lo  expuesto  en  la  Biblia,  y  así  nos  hace  saber 
Scío  que  la  causa  por  la  cual  Yahvé  no  desmembró,  en 
época  de  Salomón,  el  reino  de  éste,  consistió  en  que  dicho 
reino  tenía  que  ser  "todo  pacífico  y  glorioso,  y  durar 
toda  su  vida,  porque  era  figura  del  reino  de  Cristo,  que 
no  tendrá  fin,  pues  su  reinado  será  inmortal  y  eterno". 
Ya  hemos  visto  en  capítulos  anteriores,  que  el  reinado  de 
Salomón  ni  fué  todo  él  pacífico,  ni  fué  todo  él  muy  glorioso, 
pues  las  corveas  y  cargas  fiscales  impuestas  al  pueblo 
volvían  insoportable  la  vida  de  éste.  Ahora  en  cuanto  al 
redactor,  para  ajustar  su  teoría  a  los  hechos  consumados, 
invierte  aquí,  como  ya  dijimos  (§  1290),  el  orden  de  los 
sucesos,  y  describe  a  continuación  como  acontecimientos 
provocados  por  el  enojo  de  Yahvé  ante  el  mal  comporta- 
miento o  la  idolatría  de  Salomón  en  su  vejez,  las  revolu- 
ciones del  edomita  Hadad  y  del  arameo  Rezón  ocurridas 
al  comienzo  del  reinado  de  ese  monarca. 

1345.  El  partido  yahvista  aprovechando  del  descon- 
tento que  contra  Salomón  reinaba  en  el  pueblo  por  su  des- 
pótica política  impositiva,  y  exasperado  por  la  tolerancia 
real  para  con  los  cultos  de  los  dioses  extranjeros,  fomentó 
una  revolución  contra  el  soberano,  encabezada  por  el  efrai- 
mita  Jeroboam,  hombre  esforzado  y  valeroso,  a  quien  Sa- 
lomón había  confiado  la  dirección  de  las  gentes  sometidas 
a  corvea  de  la  casa  de  José.  Pero  esa  revuelta  no  ocurrió 


LA  PROFECIA  DE  AHÍ  AS 


77 


tampoco  al  final,  sino  a  la  mitad  del  reinado  de  Salomón, 
cuando  después  de  edificado  el  templo,  el  palacio  de  ese 
monarca  y  demás  construcciones  anexas,  emprendió  él 
los  trabajos  de  terminación  de  los  muros  de  Jerusalem,  y 
fortificación  de  los  mismos,  obras  que  había  dejado  incon- 
clusas David  (II  Sam.  5,  9;l  Rey.  9,  10,  24;  11,  27,  28). 

LA  PROFECÍA  DE  AHÍAS.  —  1346.  Cuenta  una 
leyenda  posterior  que  el  profeta  Ahías  de  Silo,  encontrán- 
dose en  el  campo  con  Jeroboam,  rasgó  en  doce  pedazos  la 
capa  nueva  que  llevaba  puesta  y  dándole  diez  de  esos  peda- 
zos, le  habló  de  esta  manera:  "31  Así  dice  Yakvé,  el  dios 
de  Israel:  He  aquí  que  voy  a  dividir  el  reino  de  manos  de  Salo- 
món, y  te  daré  diez  de  sus  tribus.  32  Y  a  él  le  quedará  una 
sola  tribu.,  a  causa  de  mi  siervo  David  y  de  Jerusalem,  la  ciu- 
dad que  he  escogido  entre  todas  las  tribus  de  Israel.  33  Porque 
me  ha  dejado  y  ha  adorado  a  Astarté,  diosa  de  los  sidonios,  y 
a  Gamos,  dios  de  Moab,  y  a  MUcom  (o  Moloc),  dios  de  los  hijos 
de  Ammón  y  no  ha  andado  en  mis  caminos,  para  hacerlo  rec- 
to a  mis  ojos,  y  no  ha  guardado  mis  estatutos  y  mis  leyes 
(lenguaje  redundante  peculiar  de  RD),  como  David  su  padre. 
34  Mas  no  quitaré  de  su  mano  ninguna  parte  del  reino,  sino 
que  continuará  gobernándolo  todo  el  resto  de  su,  vida,  por  amor 
de  mi  siervo  David,  al  que  escogí,  y  el  que  guardó  mis  man- 
damientos y  mis  estatutos. . (I  Rey.  11).  Este  profeta 
Ahías  o  Ahija  de  Silo,  efraimita  como  Jeroboam,  a  quien 
se  le  prestan  esas  palabras,  realiza  aquí  un  acto  doble- 
mente simbólico,  pues  la  capa  nueva  era,  según  L.B.A., 
"emblema  del  reino  de  David,  recientemente  fundado"  y 
la  rotura  en  pedazos,  ya  se  encargó  él  mismo  de  explicarla. 

1347.  El  autor  sagrado  no  tuvo  en  cuenta  las  dos 
dificultades  siguientes  que  este  relato  presenta:  a  saber, 
1''  que  siendo,  a  lo  menos  teóricamente,  doce  las  tribus  de 
Israel,  quedaba  una  sin  repartir,  pues  diez  para  Jeroboam, 
y  una  para  los  sucesores  de  Salomón,  no  suman  más  que 
once;  y  2"  que  de  acuerdo  con  esa  repartición,  al  darle  las 
cinco  sextas  partes  de  Israel  a  Jeroboam,  entendía  Yahvé 
que  éste  le  era  muchísimo  más  fiel  que  Salomón,  para  cu- 
yos sucesores  sólo  les  reserva  la  sexta  parte  restante  del 


78 


EL  PECADO  DE  SALOMON  Y  EIL  DE  JBROBOAM 


país.  En  cuanto  al  primer  punto.  Reuss  resuelve  ese  pro- 
blema de  aritmética  religiosa  en  esta  forma:  "La  manera 
más  sencilla  de  solucionarlo  será  decir:  l"^*  que  entonces  el 
número  úoce  no  tenía  ya  más  que  un  valor  simbólico  y  no 
respondía  tampoco  a  las  realidades  políticas ;  2''  que  el  nú- 
mero uno  igualmente  tenía  un  valor  relativo,  pues  la  tribu 
de  Judá  había  absorbido  a  la  de  Simeón,  e  incorporado 
probablemente  la  de  Benjamín  (12,  21) ;  y  3-  por  consi- 
guiente el  número  diez  es  tan  sólo  un  número  redondo,  que 
indica  una  proporción  más  bien  que  una  cuenta  exacta". 
En  cuanto  a  la  segunda  dificultad,  no  tiene  explicación 
plausible  alguna,  pues  la  que  sugiere  Reuss,  de  que  "la 
adoración  del  dios  de  Israel  en  forma  de  toro  no  es  tan 
grave  como  el  culto  de  dioses  extranjeros",  no  es  acepta- 
ble, desde  que  tanto  la  figuración  plástica  de  la  divinidad. 
-  .corno  la  adoración  de  dioses  rivales  de  Yahvé,  estaban  ter- 
minantemente prohibidas  en  el  Decálogo  que  ya  existía  en 
la  época  de  RD.  Y  en  cuanto  a  la  escapatoria  de  este  es- 
critor, que  pretende  condicionar  la  estabilidad  de  la  di- 
nastía de  Jeroboam  a  su  fidelidad  a  Yahvé  (v.  38),  tam- 
bién resulta  inadmisible,  pues  si  a  pesar  de  haber  violado 
un  mandamiento  de  este  vengativo  dios,  Salomón  pudo 
gozar  la  bendición  de  que  sus  descendientes  se  perpetua- 
ran en  el  trono  de  Judá,  no  se  ve  el  porqué,  en  virtud  de 
qué  lógica  o  de  qué  principio  de  justicia,  Jeroboam.  que 
también  faltó  a  otro  mandamiento  del  mismo  dios,  no  dis- 
frutó de  igual  beneficio.  Y  si  se  alegara  que  la  persistencia 
de  la  dinastía  de  Salomón,  fué  por  el  amor  de  Yahvé  a  su 
siervo  David,  a  fin  de  que  éste  "tuviera  siempre  una  lám- 
para  delante  de  mí  en  Jerusalem,  la  ciudad  que  he  escogido 
para  poner  en  ella  mi  nombre"     (v.  36,  39),  como  se  le  hace 
decir  al  dios  por  boca  de  Ahías,  entonces  hay  que  arribar 
a  la  conclusión  desconcertante  de  que  pronto  se  le  acabó 
a  Yahvé  el  amor  que  profesaba  a  David,  pues  la  lámpara, 
símbolo  de  la  vida  (Prov.  20,  20)  o  de  la  conservación  de 
una  familia  (II  Sam.  21,  17;  1  Rey.  15,  í;  §  1389)  que  de- 
bió tener  perpetuamente  ese  rey  delante  de  Yahvé  en  Je- 
rusalem, se  le  extinguió  para  siempre,  tres  siglos  y  medio 


OliERANCIA  RELIGIOSA  DE  SALiOMON  79 

más  tarde,  (breve  tiempo  para  la  divinidad),  cuando  en  el 
año  586  terminó  definitivamente  la  dinastía  davídica  y  con 
ella  la  independencia  del  pueblo  hebreo. 

\1348.  La  sublevación  de  Jeroboam  fomentada  por 
el  partido  yahvista,  que  tenia  por  jefe  probablemente  al 
profeta  Ahías,  no  tuvo  éxito,  pues  aquél  se  vió  obligado  a 
huir  a  Egipto,  donde  permaneció  hasta  la  muerte  de  Salo- 
món. En  realidad,  a  pesar  de  lo  que  afirma  el  redactor  yah- 
vista de  la  época  del  destierro,  Salomón  no  anduvo  en  pos 
de  los  dioses  de  Moab,  Sidón  y  Ammón,  influenciado  por 
sus  mujeres  extranjeras,  sino  que  él  siguió  adorando  a 
Yahvé,  que  era  su  dios  nacional.  Con  un  amplio  espíritu  de 
tolerancia,  que  faltó  al  judaismo  y  al  cristianismo  posterio- 
res, él  se  creyó  en  el  caso  de  no  violentar  la  conciencia  de 
sus  mujeres  extranjeras,  y  de  acuerdo  con  la  creencia  en- 
tonces generalizada,  compartida  también  por  David,  de  que 
cada  país  debía  tener  su  dios  y  su  religión  propia,  Salo- 
món les  construyó,  como  hemos  visto,  a  las  princesas  de 
su  serrallo,  santuarios  semejantes  a  los  de  sus  respecti- 
vas patrias,  para  que  ellas  pudieran  celebrar  su  culto  y 
adorar  a  sus  divinidades,  según  lo  hacían  antes  de  entrar 
a  formar  parte  del  harem  real.  Tal  es  el  delito  de  Salomón 
que  nunca  le  pudieron  perdonar  los  fanáticos  yahvistas  y 
los  profetas  posteriores,  hecho  al  que  consideraron  des- 
pués como  el  motivo  por  el  cual,  en  su  enojo,  Yahvé  había 
provocado  la  secesión  de  Israel. 

1349.  La  misma  L.B.A.  viene  a  estar  de  acuerdo  en 
este  punto  con  nosotros,  cuando  escribe:  "Indudablemente 
Salomón,  al  adoptar  todos  estos  cultos,  estimaba  en  nom- 
bre de  su  sabiduría  superior,  que,  en  el  fondo  todos  ellos 
se  dirigían  a  una  sola  y  misma  divinidad,  más  o  menos 
groseramente  representada  bajo  esas  diversas  formas,  y 
de  la  cual  con  el  nombre  de  Yahvé  poseía  Israel  la  más 
pura  idea.  De  aquí  esa  inmensa  tolerancia  en  la  que  veía 
con  propia  complacencia,  una  prueba  de  amplitud  de  es- 
píritu". Reuss  observa  también  que  "todos  los  semitas 
tenían  en  el  fondo  la  misma  religión;  pero  cada  tribu 
poseía  su  divinidad  protectora,  o  por  lo  menos  adoraba  el 
dios  común  (Sol,  Luna)  bajo  un  nombre  especial"  (§  78). 


80 


LA  SUERTE  FINAX.  DE  SALOMON 


1350.  La  ortodoxia  no  ha  dejado  de  cavilar  sobre 
cuál  habrá  sido  la  suerte  final  de  Salomón,  que  habiendo 
comenzado  tan  bien,  concluyó  tan  mal,  según  el  libro  di- 
vino. He  aquí  lo  que  al  respecto  escribe  Scío:  "Se  ha  du- 
dado de  la  suerte  que  le  ha  cabido  a  Salomón  en  la  otra 
vida.  La  Escritura  nos  declara  que  después  de  haber  te- 
nido la  desgracia  de  caer  en  la  idolatría,  el  Señor,  o  por 
ministerio  de  un  Ángel,  o  por  la  voz  de  alguno  de  sus 
profetas,  le  dió  en  rostro  con  su  infidelidad  e  ingratitud, 
y  le  anunció  el  castigo  espantoso  que  iba  a  hacer  su  jus- 
ticia; pero  nada  nos  dice,  si  movido  de  las  reprensiones  y 
amenazas  de  Dios,  se  convirtió  a  él  de  todo  corazón.  Mu- 
chos Padres  con  S.  Jerónimo,  el  Crisóstomo,  el  Nacianzeno 
y  S.  Ambrosio  miran  el  Libro  del  Eclesiastés  como  un  mo- 
numento de  su  conversión.  Y  por  esta  razón  los  autores 
eclesiásticos,  y  los  teólogos  con  Santo  Tomás  se  inclinan 
a  creer  la  penitencia  y  salud  final  de  este  incomparable 
príncipe". 

UN  EPITALAMIO  REAL.  —  1351.  En  la  Biblia  se 
encuentran  entre  otros,  dos  cantos  profanos,  que  se  pre- 
tende tienen  relación  con  Salomón:  uno  es  el  epitalamio  o 
canto  nupcial,  en  cuyo  título  se  lee:  "Canción  de  amor,  o 
de  amores",  y  que  figura  con  el  N'  45  en  el  Salterio  he- 
breo; y  el  otro  es  el  célebre  poema  erótico,  El  Cantar  de 
los  Cantares,  del  que  nos  ocuparemos  con  más  detención 
en  el  capítulo  XIII.  El  primero  de  esos  cantos,  que  figura 
en  la  Vulgata  con  el  N"  44,  trae  en  la  traducción  de  Scío, 
el  siguiente  título:  "Salmo  prof ético  y  epitalámico,  que 
debajo  del  hecho  histórico  de  haberse  casado  Salomón  con 
una  extranjera,  hija  de  Faraón  (III  Rey.  3,  1),  explica  li- 
teralmente el  desposorio  de  Cristo,  figurado  por  Salomón, 
con  la  Iglesia,  compuesta  de  los  gentiles  y  figurada  por  la 
forastera  egipcia".  Y  en  nota,  el  mismo  traductor  agrega: 
"Algunos  son  de  sentir  que  Salomón  lo  compuso,  así  como 
el  Cántico  de  los  Cánticos,  con  ocasión  de  su  matrimonio 
con  la  hija  de  Faraón.  Otros  lo  atribuyen  a  David,  etc.; 
mas  todos  convienen  en  que  su  verdadero  sentido  es  el  que 
mira  al  misterio  de  la  Encarnación,  y  de  la  unión  del  Verbo 


UN  EPITAIiA3nO  REAl.  81 

\on  la  naturaleza  humana,  y  del  matrimonio  todo  divino 
de  Jesucristo,  el  verdadero  Salomón,  con  su  Esposa,  que 
es  la  Iglesia".  Esta  explicación  es  incontrovertible  para  la 
ortodoxia  cristiana,  pues  la  acepta  el  autor  divinamente 
inspirado  de  la  epístola  de  los  Hebreos,  cuando  cita  los 
vs.  7  y  8  de  este  salmo,  como  palabras  que  se  refieren  al 
Hijo  de  Dios  (Heb.l,  8,  9).  San  Agustín  insiste  igualmen- 
te en  que  el  citado  v.  8  es  una  prueba  evidente  de  la  di- 
vinidad de  Jesucristo.  "En  su  conjunto,  escribe  L.B.A.  nos 
ofrece  este  salmo  una  bella  imagen  de  la  unión  de  Aquel 
en  quien  habita  toda  perfección,  con  un  pueblo  extraño  a 
Dios  por  su  origen  pecador;  pero  hecho  digno  por  la  gra- 
cia de  que  ha  sido  objeto,  de  llegar  a  ser,  según  la  ex- 
presión del  N.T.,  la  esposa  del  Cordero".  Los  judíos  admi- 
tieron ese  salmo  en  su  canon  sagrado,  por  entender  que 
el  esposo  del  mismo  es  el  Mesías,  y  la  esposa,  el  pueblo  de 
Israel.  He  aquí,  a  continuación,  dicha  composición  poética: 

1  Bellas  palabras  se  agitan  en  mi  corazón, 
Quiero  decir  al  rey  mi  poema. 

Mi  lengua  será  el  cálamo  de  un  hábil  escriba. 

2  Eres  el  más  hermoso  de  los  hijos  de  los  hombres. 
Extendida  está  la  gracia  sobre  tus  labios, 
Porque  Dios  te  ha  bendecido  para  siempre. 

3  Cíñete  tu  espada  sobre  el  muslo,  valiente  héroe, 

4  Majestuoso,  magnifico,  sube  sobre  tu  carro,  corre  a  la  vic- 

( toria 

Por  el  triunfo  de  la  verdad,  de  la  clemencia  y  de  la  justicia, 
T  que  tu  diestra  ejecute  terribles  hazañas.  ¡ 

5  Agudas  son  tus  flechas,  debajo  de  ti  caerán  los  pueblos, 
Penetrarán  ellas  en  el  corazón  de  los  enemigos  del  rey. 

6  Tu  trono,  oh  dios,  subsistirá  por  siempre. 
Cetro  de  rectitud  es  el  cetro  de  tu  reino. 

7  Amas  la  justicia  y  aborreces  la  iniquidad. 
Por  tanto,  oh  dios,  tu  dios  te  ha  ungido 

Con  aceite  de  alegría,  más  que  a  ning^ino  de  tus  semejantes. 

8  Mirra,  áloe  y  casia  perfuman  tus  vestidos. 

Del  fondo  del  palacio  de  marfil,  te  alegran  las  arpas. 


\ 


82 


UN  EPITALAMIO  REAL 


¡)  Hijas  de  reyes  se  presentan  para  recihirte, 

La  reina  está  a  tu  diestra,  adornada  con  oro  de  Ofir. 

10  Escucha,  hija  mía,  mira  e  inclina  tu  oído: 
Olvida  a  tu  pueblo  y  la  casa  de  tu  pudre. 

11  y  si  el  rey  desea  tu  hermosura. 
Él  es  tu  señor,  póstrale  ante  ti. 

12  ;F  hi  hija  de  Tiro  vendrá  con  presentes, 

Y  los  )nás  ricos  del  pueblo  te  rendirán  homenaje. 

13  Resplandeciente  de  gloria  avanza  la  hija  del  rey; 
Ornado  está  su  manto  de  perlas  engastadas  en  oro, 

lí  Con  vestidos  bordados  es  conducida  al  rey.  I 
En  pos  de  ella,  doncellas,  compañeras  suyas. 
Son  llevadas  ante  su  presencia. 

l't  Introducidas  con  cánticos  de  gozo  y  de  alegría. 
Hacen  su  entrada  en  el  palacio  del  rey. 

16  Tus  hijos  reinarán  en  lugar  de  tus  padres 

Como  ]>rincipes  los  establecerás  en  todo  el  país. 

if  l'erpetuarán  tu  nombre  en  todas  las  edades, 
y  así  los  pueblos  eternamente  te  alabarán. 

]252.  El  que,  sin  prejuicios,  lea  con  detención  este 
salmo,  observará  que  el  poeta,  considerándose  inspirado  — 
"bellas  palabras  se  agitan  en  mi  corazón"  —  ofrece  SU 
poerna  al  rey.  a  quien  describe  en  los  términos  de  la  más 
baja  adulación,  como  se  usaba  en  las  cortes  orientales. 
Así  lo  ensalza  llamándolo  el  más  hermoso  de  los  hombres 
y  valiente  héroe;  le  anuncia  grandes  victorias  y  que  so- 
juzgará pueblos;  y.  en  su  servilismo  palaciego,  lo  califica 
de  dios,  cuyo  trono  durará  eternamente,  y  que  hará  rei- 
nar la  justicia,  por  lo  cual  Yahvé  lo  ha  ungido  con  aceite 
de  alegría.  Sus  vestidos  están  perfumados  con  las  más 
ricas  esencias  del  Oriente;  luego  pasa  a  describir  el  cor- 
tejo nupcial,  en  el  que  figuran  todas  las  mujeres  del  ha- 
rem, incluso  la  reina,  la  principal  esposa;  y  después  ex- 
horta el  poeta  a  la  novia  que  olvide  a  su  pueblo,  que  trate 
de  agradar  a  su  nuevo  señor  y  no  rehusarle  nada;  así 


EL  MATRIMONIO  DE  CJRISTO  CON  SU  IGLESIA  83 

será  dichosa,  y  los  notables  del  país  la  honrarán  y  la  ob- 
sequiarán con  ricos  presentes.  En  seguida  es  conducida 
ella  al  rey  ataviada  con  vestidos  bordados  y  con  un  manto 
ornado  de  perlas  engastadas  en  oro,  y  acompañada  por 
su  séquito.  El  poeta  termina  su  canto  anunciando  a  la 
desposada  que  tendrá  hijos  que  serán  los  lugartenientes 
del  rey  en  las  diferentes  partes  de  su  reino,  perpetuarán 
su  nombre  y  así  las  naciones  siempre  la  ensalzarán. 

1353.    Esto  es  lo  que  puede  encontrar  en  el  salmo  45 
cualquier  lector  imparcial;  pero  esto  es  lo  que  no  quiere 
ver  la  ortodoxia,  apelando  para  ello  al  sentido  figurado 
de  las  palabras,  con  lo  que  en  él  logra  descubrir  el  matri- 
monio divino  de  Jesucristo  con  su  Iglesia.  Así,  según  nos 
informa  Scío,     ''mi  lengua  será  el  cálamo  de  un  hábil  es- 
criba" o  "mi  lengua,  pluma  de  escribiente,  que  escribe  ve- 
lozmente", (como  él  traduce),  quiere  decir:  "Y  el  Espíritu 
Santo  se  sirve  de  mi  lengua,  para  que  yo  publique  esto". 
Cuando  en  el  v.  3  leemos:  Cíñete  tu  espada  sobre  el  muslo, 
"por  esta  espada  se  denota  la  eficacísima  y  penetrante  pa- 
labra del  Evangelio",  y  cita  en  apoyo  de  esta  interpreta- 
ción :  Is.  49,  2 ;  Heb.  4,  12 ;  Apoc.  1,  16 ;  19,  15.  Con  respec- 
to a  la  xinción  con  aceite  de  alegría  (v.  7)  manifiesta  aquel 
exégeta  que  "la  primera  unción  de  Cristo  fué  en  su  En- 
carnación, cuando  el  Verbo  se  unió  hipostáticamente  con 
la  naturaleza  humana.  Ella  precede  a  todo  mérito,  y  es 
del  todo  gratuita.  La  segunda  unción  fué  en  su  resurrec- 
ción, cuando  el  Padre  llenó  a  Cristo  de  la  gloria  que  mere- 
cía". Mirra,  áloe  y  casia  perfuman  tus  vestidos,  o  en  tus 
vestidos,  significa  "en  los  dones  del  Espíritu  Santo  de  que 
estás  revestido,  y  que  derraman  un  olor  suavísimo  de 
gracia  y  de  virtud  (Cant.  1,  3),  y  por  medio  de  ellos  atra- 
.iiste  a  ti  todas  las  naciones".  Del  fondo  del  palacio  de  marfil 
(v.  8^),  significa:  "del  cielo,  palacio  real  de  Jesucristo". 
La  reina  adornada  con  oro  de  Ofir:     "Este  oro,  y  varios 
adornos  de  la  esposa,  son  la  caridad  y  la  variedad  de  vir- 
tudes y  dones  de  gracias,  de  los  cuales  está  ricamente 
adornada  la  Iglesia  (I  Cor.  12,  6,  7,  8;  Heb,  2,  4).  San  Ber- 
nardo, San  Ildefonso  y  otros  muchos  intérpretes,  aplican 
a  la  Reina  de  los  ángeles  lo  que  en  este  salmo  se  dice  de  la 


84 


LA  INTERIPRETACION  ALEGORICIA 


esposa,  a  quien  muy  bien  se  atribuyen  cuantos  adornos  y 
gracias  insinúa  aquí  el  Profeta".  Escudia,  hija  mía,  (v.  10) 
son  '"palabras  del  Padre  a  la  Iglesia  como  a  esposa  de  su 
Hijo  Unigénito,  adornada  de  todas  las  gracias'".  Olvida  a 
tu  pueblo  y  la  casa  de  tu  padre,  quiere  decir:  "Renuncia 
al  mundo  y  a  la  infidelidad,  que  es  como  la  casa  paterna, 
de  donde  has  sido  sacada  por  el  llamamiento  del  Padre, 
para  estar  unida  perfectamente  con  tu  Esposo,  según  la 
ley  del  matrimonio  (Gen.  2,  24;  Filip.  3,  14)".  Y  finalmen- 
te el  V.  16  en  el  que  se  habla  de  los  futuros  hijos  de  la 
desposada,  lo  explica  así  Scío:  "En  lugar  de  la  nación 
juüaica,  de  la  que  nacerás  según  la  carne,  tendrás  por 
pueblo  tuyo  a  la  Iglesia  cristiana,  engendrada  por  tu  pa- 
labra y  espíritu  (Heb.  2,  13).  Y  a  estos  hijos  espirituales 
tuyos,  los  harás  príncipes^  dándoles  parte  y  herencia  en 
tu  reino  espiritual  y  eterno.  En  lugar  de  los  doce  patriar- 
cas de  donde  naciste  según  la  carne,  tendrás  por  hijos 
los  doce  apóstoles,  príncipes  de  tu  Igelsia  y  reino  (Mat. 
19,  28;  Luc.  22,  29;  I  Cor.  6,  3;  Efes.  2,  6;  Apoc.  3,  16)". 

1354,  Tal  es  el  sentido  alegórico  que  la  ortodoxia 
católica  torturando  los  textos,  le  da  al  epitalamio  en  cues- 
tión. Al  efecto,  es  del  caso  recordar  que  cuando  los  cris- 
tianos de  la  época  romana  reprochaban  a  los  paganos  el 
carácter  inmoral  de  sus  mitos,  los  paganos  apelaban  a  la 
alegoría  para  justificarlos.  Así,  p.  ej.,  había  una  leyenda 
griega  que  contaba  que  Dánae  había  sido  encerrada  por 
su  padre,  el  rey  Acrisios  de  Argos,  para  que  no  se  casara, 
pues  el  oráculo  había  predicho  que  un  nieto  de  este  rey 
lo  mataría.  La  torre  donde  estaba  encerrada  la  joven, 
tenía  una  pequeña  abertura  en  la  parte  superior;  por  allí 
la  vió  Zeus,  se  enamoró  de  ella,  y  penetrando  en  forma  de 
lluvia  de  oro,  la  fecundó,  engendrando  al  héroe  Perseo, 
quien  mató  a  Acrisios.  De  acuerdo  con  el  sistema  alegó- 
rico, del  que  habían  hecho  uso  y  abuso  los  autores  alejan- 
drinos, se  podía  explicar  la  leyenda  citada,  diciendo  que  la 
lluvia  de  oro  simbolizaba  los  rayos  del  sol,  que  todo  lo 
fecundan,  o  bien,  que  demuestra  el  gTan  poder  del  oro,  al 
que  no  resisten  ni  los  muros  de  las  torres,  ni  el  corazón 
humano.  Del  mismo  modo,  contaba  la  mitología  que  V^- 


líA  ALEGORIA  NO  EXiPLIOA  NADA 


85 


ñus,  a  pesar  de  ser  la  esposa  legítima  del  cojo  y  deforme 
Vulcano,  era  la  amante  ae  Marte,  hecho  justificable  según 
la  interpretación  alegórica,  porque  con  ello  se  signiiicaba 
que  la  belleza  debe  estar  unida  a  la  fuerza  y  no  a  ia 
fealdad.  Pero  ante  tal  clase  de  explicaciones,  contestaban 
los  escritores  cristianos  que  la  alegoría  carece  de  valor, 
porque  es  un  medio  demasiado  cómodo  de  zafarse  de  cual- 
quier dificultad,  puesto  que  con  semejantes  subterfugios 
se  explica  todo,  vale  decir,  que  no  se  explica  nada.  Rbi- 
NACH,  Cuites,  IV,  p.  3  y  5;  Lettres,  1,  p.  140-1).  Pues 
bien,  igual  respuesta  podemos  dar  a  los  ortodoxos  cris- 
tianos que  pretenden  haciéndonos  comulgar  con  ruedas 
de  molino,  que  aceptemos  los  desvarios  de  la  referida  in- 
terpretación simbóhca  del  salmo  45,  que  nos  da  el  obispo 
Scío,  —  desvarios  que,  a  título  de  anticipación,  ofrecemos 
ahora  a  nuestros  lectores,  pues  otros  aún  mayores,  y  más 
evidentes  absurdos,  hemos  de  encontrar  de  aquí  a  poco 
(§  1446-1470). 

1355.  Brevemente  indicaremos  a  continuación  al- 
gunas de  las  razones  que  muestran  lo  inaceptable  de  la 
explicación  alegórica  que  se  nos  ofrece:  1"  El  poeta  no 
menciona  para  nada  al  Mesías,  quiere  tan  sólo  hacer  llegar 
a  oídos  del  Key  que  gobernaba  en  aquel  momento  a  su 
pueblo,  las  palabras  de  su  poema  (v.  1).  Ese  rey  tenía 
colegas.  2'  La  princesa  cuyas  bodas  canta  el  poeta,  no  es 
la  única,  ni  siquiera  la  principal  esposa  del  harem  real. 
La  favorita,  o  sea,  la  reina,  viene  a  recibirla  con  otras 
hijas  de  reyes,  que  igualmente  habitan  en  el  serrallo  del 
monarca  (v.  y).  Ahora  bien,  como  observa  Reuss,  esto 
no  se  adapta  a  la  alegoría  mesiánica,  ni  del  punto  de 
vista  judío,  según  el  cual  las  otras  mujeres  (las  naciones 
paganas)  no  pueden  acercarse  al  rey  (convertirse),  mien- 
tras Israel  primeramente  no  se  haya  vuelto  a  casar  (re- 
conciliar) ;  ni  del  punto  de  vista  cristiano,  que  no  conoce 
sino  una  sola  y  única  esposa,  la  Iglesia,  formada  por  to- 
dos los  creyentes,  sin  distinción  de  origen.  3'^  La  reco- 
mendación de  olvidar  a  su  pueblo  y  la  casa  de  su  padre, 
dirigida  a  la  desposada,  tampoco  se  ajusta  a  la  referida 
alegoría^  pues  en  el  sentido  judío,  Israel  debe  acordarse 


86 


EPITALAMIO  PROFANO  EN  LA  BIBLIA 


siempre  de  su  Creador  y  no  olvidar  ni  su  origen,  ni  sus 
faltas;  y  en  el  sentido  cristiano,  la  Iglesia  no  puede  ol- 
vidar nunca  a  Israel  de  donde  ha  salido,  pues  está  ínti- 
mamente ligada  a  este  pueblo  por  haber  heredado  de  él 
los  libros  sagrados,  en  los  cuales  encuentra  ella  el  anun- 
cio de  su  Mesías  particular  y  de  su  misión.  4'^  Nota  tam- 
bién Reuss,  que  si  el  rey  desea  la  hermosura  de  su  nueva 
esposa,  ella  no  debe  rehusarse  a  él,  lo  que  carece  de  sen- 
tido en  la  alegoría  mesiánica,  según  la  cual,  la  desposada 
(la  Iglesia)  sólo  es  bella  después  de  haberse  dado  a  su 
Señor  y  Salvador,  de  quien  procede  su  belleza.  5"^  El  Me- 
sías no  puede  tener  hijos,  porque  según  los  judíos  será 
el  último  rey  de  Israel,  pues  su  reinado  no  tendrá  fin. 
En  el  simbolismo  cristiano  se  pretende  que  los  hijos  del 
Mesías  son  los  doce  apóstoles;  pero  ¿dónde  y  cuándo 
fueron  establecidos  como  príncipes  o  lugartenientes  en 
las  distintas  partes  de  su  reino?  Todos  estos  son  rasgos 
imposibles  de  espiritualizar.  Por  eso  afirma  con  razón 
L.B.d.C.  que  "la  invitación  a  la  reina  para  que  olvide  su 
raza  o  pueblo  (v.  11),  y  la  alusión  a  los  futuros  sucesores 
del  rey  (v.  17)  no  permiten  pensar  en  el  matrimonio  mís- 
tico del  Mesías". 

1356.  En  resumen,  pues,  descartada  por  completa- 
mente inadmisible  la  explicación  alegórica,  resulta  que 
nos  encontramos  aquí  ante  un  simple  epitalamio  profano 
compuesto  probablemente  por  un  poeta  servil  de  la  corte, 
con  motivo  de  unas  bodas  reales,  quizás  del  heredero  del 
rey.  Por  la  pompa  de  la  ceremonia,  por  ser  la  esposa  una 
princesa  extranjera,  y  por  datar  de  una  época  en  que 
Tiro  era  aún  la  gran  metrópoli  del  comercio  mundial  y 
en  que  mantenía  amistosas  relaciones  con  Israel,  creen 
algunos  que  este  canto  nupcial  pueda  referirse  a  Salo- 
món cuando  contrajo  matrimonio  con  la  hija  de  un  Fa- 
raón, o  con  una  hija  de  su  amigo  y  aliado,  el  rey  Hiram 
de  Tiro.  Pero  a  esto  contesta  Reuss  que  nada  decide  la 
descripción  del  fausto  real,  pues  éste  es  de  todas  las  épo- 
cas, y  la  adulación  se  forja  fácilmente  ilusiones  sobre  el 
alcance  del  poder.  Según  L.B.A.,  "podría  pensarse  en  el 
casamiento  de  Salomón  con  la  hija  de  Faraón,  si  el  salmo 


EPITALAMIO  PROFANO  EN  LA  BIBLIA 


87 


no  aludiera  a  los  reyes  antecesores  del  esposo,  mientras 
que  Salomón  no  tuvo  sino  a  su  padre  por  predecesor  real. 
Se  sentiría  uno  tentado  a  admitir  que  compuesto  en  su 
origen  para  Salomón,  este  cántico  se  transformó  en  el  canto 
nupcial  clásico  de  los  reyes  teocráticos.  De  aquí  el  plural 
'Uus  padres"  que  quizás  reemplazó  a  una  forma  algo  di- 
ferente". Otros  han  visto  aquí  el  matrimonio  del  rey 
Acab  con  la  princesa  tiria  Jezabel,  por  lo  de  "palacio  de 
marfil"  (v.  8)  y  la  mención  de  la  hija  de  Tiro  (v.  12), 
aun  cuando  esto  último,  en  lenguaje  poético,  puede  apli- 
carse a  la  ciudad  de  Tiro,  pues  no  es  "la  hija  de  Tiro"  la 
que  se  casa,  sino  que  ella  figura  que  viene  con  presentes 
para  regalar  a  la  desposada.  Otros  han  pensado  en  Joram 
y  Atalía;  o  en  Alejandro  Balas  y  Cleopatra,  cuyas  bodas 
fueron  celebradas  en  Tolemaida  (San  Juan  de  Acre)  con 
gran  magnificencia  (I  Mac.  10,  54-58) ;  pero  no  hay  rasgo 
alguno  que  pueda  contribuir  a  individualizar  al  rey  en 
cuestión.  Sin  embargo,  observa  Reuss  que  la  reina  es  de- 
signada en  el  texto  por  una  palabra  que  no  se  encuentra 
sino  en  autores,  como  Nehemías  y  Daniel,  que  hablan  de 
princesas  babilonias  o  persas,  lo  que  es  un  argumento  de 
peso  para  sostener  el  origen  reciente  del  salmo,  el  cual 
muy  bien  podría  referirse  por  lo  tanto,  a  las  bodas  de  un 
soberano  persa.  De  todos  miodos  resulta  evidente,  —  y 
esto  es  lo  que  particularmente  nos  interesa  destacar.  — 
que  este  epitalamio  esencialmente  profano  es  inconcilia- 
ble con  la  pretendida  intervención  del  espíritu  divino  que, 
según  la  ortodoxia,  ha  inspirado  todas  las  páginas  de  los 
libros  del  canon  bíblico. 


CAPITULO  VII 


Expediciones  marítimas  de 
Salomón 


BUQUES  DE  TARSIS  Y  VIAJES  A  TARSIS.  — 
1357.  Según  el  libro  I  de  Reyes,  Salomón  hizo  realizar 
varias  expediciones  marítimas  con  el  concurso  de  los  ma- 
rinos de  su  amigo  Hiram,  rey  de  Tiro;  pero  los  relatos 
fragmentarios  de  ellas  no  concuerdan,  como  ya  tuvimos 
ocasión  de  indicarlo  anteriormente  (§  1294).  En  efecto, 
esos  relatos  discordantes  son  tres,  a  saber:  1^  el  de  9,  26-^ 
se  refiere  a  una  flota  de  Salomón,  la  que  navegando  por 
el  mar  Rojo,  hizo  una  sola  expedición  a  Ofir,  de  donde  le 
trajo  a  ese  rey  420  talentos  de  oro.  o  sea,  más  o  menos, 
unas  18  1¡2  toneladas  de  ese  metal  (recuérdese  lo  dicho  en 
§  1105:  para  algunos  autores,  el  talento  de  oro  pesaba 
44  Kgs.,  y  para  otros,  49  Kgs.).  2"  En  el  segundo  relato 
(10,  11,  12).  la  flota  era  del  rey  Hiram  y  hacía  frecuentes 
viajes  a  Ofir,  de  donde  le  traía  a  Salomón,  oro,  madera 
de  sándalo  y  piedras  preciosas.  3"  En  el  tercero  (10.  2  2), 
Salomón  "tenía  en  el  mar  (Mediterráneo)  una  flota  de  Tar- 
sis,  que  navegaba  con  la  flota  de  Hiram;  y  cada  tres  años 
la  flota  de  Tarsis  volvía  trayendo  oro,  plata,  marfil,  mo- 
nos y  pavos  reales". 

1358.  Ahora  bien,  la  expresión  "flota  o  buques  de 
Tarsis"  puede  tener  dos  acepciones:  flota  destinada  a  ir 
a  Tarsis,  región  del  Sur  de  España,  donde  los  fenicios 


BUQUES  DE  TARSI8 


89 


tenían  uno  de  sus  grandes  emporios  comerciales;  o  flota 
compuesta  de  grandes  buques  destinados  a  largos  viajes, 

como  llamamos  hoy  "transatlántico"  al  buque  de  gran 
tonelaje  destinado  a  la  navegación  oceánica  aunque  no 
sea  por  el  Atlántico,  Olvidando  que  para  los  hebreos  la 
palabra  mar,  sin  otro  determinativo,  se  refiere  tan  sólo  al 
Mediterráneo,  suelen  los  comentaristas  cristianos  moder- 
nos aceptar  el  último  aludido  significado  de  "buques  de 
Tarsis",  de  modo  que  las  flotas  de  Hiram  y  de  Salomón,  for- 
madas por  esta  clase  de  barcos,habrían  hecho  en  el  mar 
Rojo  y  en  el  océano  índico,  el  comercio  con  la  región 
de  Ofir,  región  ésta  que  unos  la  sitúan  al  Sur  de  Arabia, 
otros  en  el  Malabar,  costa  occidental  del  Indostán,  y  otros 
en  las  costas  orientales  africanas  frente  a  Madagascar. 
El  darle  tal  acepción  a  la  frase  "flota  o  buques  de  Tarsis" 
tiene  para  la  ortodoxia  la  ventaja  de  evitar  que  se  tache 
de  ignorante  al  escritor  inspirado,  —  que  no  habría  sa- 
bido donde  estaba  situada  Tarsis,  —  pues  para  ir  de  Pa- 
lestina a  España,  nadie  se  embarca  en  el  golfo  Akaba  del 
mar  Rojo,  máxime  en  aquella  remota  época  en  que  no  se 
había  abierto  el  istmo  de  Suez  y  se  ignoraba  la  forma  de 
África  y  por  lo  tanto,  no  se  sabía  que,  contorneándola, 
pudiera  llegarse  a  las  columnas  de  Hércules,  extremo  oc- 
cidental del  mundo  conocido  entonces.  Pero  resulta  que 
no  podemos  admitir  ese  significado  que  se  pretende  dar 
a  las  palabras  "flota  o  buques  de  Tarsis",  porque  otro 
escritor  bíblico,  tan  divinamente  inspirado  como  el  autor 
del  libro  de  Reyes,  transcribiendo  el  citado  v.  22,  aclara 
la  cuestión,  diciendo  sin  lugar  a  dudas:  "Los  navios  del 
rey  (Salomón)  iban  a  Tarsis  con  los  servidores  de  Hi- 
ram, y  cada  tres  años  volvían  de  Tarsis  las  naves  tra- 
yendo oro,  plata,  marfil,  monos  y  pavos  reales"  (H  Crón. 
9,  21).  Y  más  adelante  el  mismo  escritor,  refiriéndose  a 
otra  expedición  idéntica  de  los  reyes  Josafat  de  Judá  y 
Ocozías  de  Israel,  vuelve  a  aclarar  las  palabras  ambiguas 
del  libro  de  Reyes  "naves  de  Tarsis"  (I  Rey.  22,  49)  di- 
ciendo que  ambos  construyeron  en  Eziongeber  "naves  que 
fuesen  a  Tarsis",  las  cuales  naufragaron,  "de  modo  que 
no  pudieron  ir  a  Tarsis"  (H  Crón.  20,  35-37). 


dO 


BXPEDIOIONE3S  A  TAR8IS 


1359.  Quiere  decir,  pues,  que  el  autor  de  Crónicas 
copiando  al  de  Reyes,  tres  siglos  después  de  escrito  este 
último  libro,  entendió  que  la  flota  de  Salomón  iba  a  Tarsis 
y  que  Josafat  trató  de  imitar  a  aquel  monarca  constru- 
yendo con  su  colega  Ocozías,  naves  en  el  puerto  de  Ezion- 
geber,  (1)  junto  a  Elat  en  el  golfo  de  Akaba  del  mar 
Rojo  (ver  mapa  de  p.  65  en  el  f  I),  para  ir  a  Tarsis,  a 
traer  oro  de  Ofir.  Asi  lo  entendió  también  Jerónimo,  pues 
en  la  Vulgata  traduce  I  Rey.  10,  22  diciendo  que  "la  flota 
del  rey  iba  por  mar  con  la  flota  de  Hiram  una  vez  cada  tres 
años  a  Tarsis,  etc.",  anotando  Scio  que  "generalmente  se 
cree  que  se  habla  aqui  de  la  misma  navegación  de  que  se 
trata  en  el  v.  11  y  en  el  cap.  9,  26-8".  Y  finalmente  el  mo- 
derno profesor  católico,  abate  Desnoyers,  sostiene  que  Sa- 
lomón realizó  dos  clases  de  expediciones  marítimas:  unas 
en  el  Mediterráneo,  cada  tres  años,  con  la  flota  de  Hiram, 
cuyo  punto  terminal  era  Tarsis,  que  para  él  estaba  en  la 
península  Ibérica  o  en  el  Ponto-Euxino  (mar  Negro),  cru- 
ceros comerciales  que  repetidos  muchas  veces,  le  procu- 
raron a  Salomón  la  mayor  parte  de  su  riqueza;  y  otra  la 
que  efectuó  una  sola  vez  saliendo  de  Eziongeber  y  llegando 
al  país  de  Ofir  (III.  pg.  47-54). 

FALSEDAD  DE  LOS  VIAJES  A  ESPAÑA.  —  1360 

Ahora  bien,  a  esas  pretendidas  expediciones  marítimas  de 
3alomón  a  Tarsis  (España)',  podemos  formularles  las 
siguientes  objeciones: 

1-^  Si  en  España  se  conservan  múltiples  pruebas  de 
las  expediciones  marítimas  de  los  fenicios,  no  queda  en 
cambio  ningún  vestigio,  ni  el  más  mínimo  recuerdo  de 
expedición  alguna  realizada  allí  por  los  israelitas. 

2'  Los  hebreos  tenían  horror  al  mar,  lo  que  no  es 
extraño,  porque  provenían  de  tribus  nómades  del  de- 
sierto. Recuerda  al  efecto  Desnoyers,  que  hay  en  los  sal- 
mos numerosas  expresiones  que  comprueban  ese  instin- 

(1)  Eziongeber  se  llama  hoy  >Ia  Ghadyan,  y  se  halla  a  unos 
30  Kme.  al  Norte  del  fondo  actual  del  golfo  de  AJtaba  (LODS, 
Israel,  p.  429,  n  4). 


LOS  HEBREOS  Y  LOS  VIAJES  A  TARSÜS 


91 


tivo  pavor  que  sentían  los  israelitas  por  el  mar.  "Ninguna 
imagen  de  las  desgracias  que  se  abaten  sobre  el  justo, 
dice  aquel  erudito  profesor.  (III,  p.  46  n.  2)  es  tan 
exacta  como  la  de  las  coléricas  olas  y  de  las  furiosas 
rompientes  que  parecen  encarnizarse  con  el  desgraciado 
al  que  han  podido  alcanzar.  En  la  reconstrucción  del 
mundo,  al  fin  de  los  tiempos,  habrá  nuevos  cielos  y  nueva 
tierra;  pero  no  existirá  más  el  mar  (Apoc.  21.  1)." 

1361.  3»  No  es  admisible  que  los  fenicios,  pueblo 
esencialmente  comerciante,  y  por  lo  mismo  interesado  en 
no  tener  competidores  en  sus  lejanas  colonias,  que  tanta 
utilidad  les  reportaban,  hubieran  buenamente,  o  en  virtud 
de  paga,  eseñado  el  camino  de  ellas  a  los  israelitas,  aún 
suponiendo  que  éstos  hubieran  adquirido  las  aficiones  ma- 
rinas de  que  carecían  y  que  nunca  han  tenido  hasta  el  día 
de  hoy. 

1362.  4"  Para  realizar  aquellas  arriesgadas  expedi- 
ciones era  necesario  contar  con  industrias  propias,  cuyos 
productos  fueran  fácil  objeto  de  fructuosas  transacciones. 
Ahora  bien,  el  pueblo  de  Israel  no  conocía  otras  industrias 
que  la  ganadera  y  la  agrícola,  las  que  no  podían  motivar 
un  comercio  exportador  en  apartadas  regiones,  que  de- 
mandaban largos  viajes,  como  el  de  Tarsis.  del  que  se 
dice  que  duraba  un  año  y  medio  de  ida  y  otro  tanto  de 
vuelta. 

1363.  5^  Entre  los  productos  obtenidos  por  Salomón 
en  el  pretendido  viaje  a  Tarsis,  se  mencionan  monos  y 
pavos  reales,  animales  éstos  que  hacen  suponer  un  viaje 
a  Ceilán  o  a  la  costa  de  Malabar,  o  a  algún  puerto  in- 
termediario del  Sur  de  Arabia  que  recibiera  de  esos  pun- 
tos o  de  la  costa  africana  aquellos  animales  raros,  des- 
conocidos por  los  israelitas.  En  cuanto  al  marfil.  —  que 
según  Desnoyers  se  podía  encontrar  en  los  países  del 
Norte  de  Siria  próximos  al  Eufrates,  porque  los  relatos 
asirios  hablan  de  cacerías  de  elefantes,  en  esas  regiones, 
—  si  abundaba  realmente  allí,  podría  haber  originado  un 
comercio  terrestre  por  caravanas,  y  no  el  problemático  y 
arriesgado  por  mar, 


92 


LOS  HEBREOS  Y  IX»  VIAJES  A  TABSIB 


1364.  6»  Para  hacer  el  viaje  a  Tarsis  desde  Pales- 
tina hay  que  partir  de  un  puerto  mediterráneo,  por  eso 
Desnoyers  supone  que  la  flota  de  Salomón  salía  quizás 
de  los  puertos  de  Dor  o  de  Jaffa;  pero  las  bahías  de  estas 
ciudades  poco  se  prestaban  para  abrigar  flotas  de  alto 
bordo  ("§  3,  9).  Además  los  textos  dan  a  entender  bien 
claramente  que  la  pretendida  navegación  a  Tarsis  se  hizo 
desde  Eziongeber  en  el  golfo  de  Akaba,  como  así  se  men- 
ciona expresamente  cuando  Josafat  trató  de  imitar  el 
viaje  célebre  que,  según  la  tradición,  había  efectuado  el 
sucesor  de  David,  lo  que  comprueba  con  toda  evidencia, 
que  desde  ese  puerto  de  partida  no  se  pudo  emprender 
viaje  a  la  península  Ibérica.  "El  autor  del  libro  de  Cró- 
nicas, dice  Montet,  que  utilizó  los  libros  de  Samuel  y  de 
Reyes,  a  veces  les  copia  literalmente  pasajes  enteros  o  les 
agrega  adiciones,  y  otras  veces  reproduce  inhábilmente  los 
textos,  que  arregla  de  modo  defectuoso.  En  ocasiones  no 
comprende  expresiones  hebraicas  de  esos  escritos,  arca- 
ísmos cuyo  sentido  ignora  en  la  época  muy  reciente  en 
la  cual  escribe,  como  p.  ej..  la  locución  "navios  de  Tarsis" 
(I  Rey.  10.  5?).  que  cuando  escribía  el  autor  del  libro  de 
Reyes  significaba  buques  grandps  (capaces  de  ir  a  Tarsis 
en  España),  y  que  el  antor  del  libro  He  Crónicas  cree  que 
desi.ena  biiaues  aue  realmente  van  a  Tarsis,  lo  que  le  hace 
escribir  la  frase  absurda  de  aue  Josafat  asoció  con 
Ocozías  para  construir  bunues  destinados  a  ir  a  Tarsis,  y 
que  esa  construcción  la  efectuaron  en  E/iongeber.  sobre 
el  mar  Rojo  (IT  Crón.  20,  36.  37)"  (Hist.  Bib..  41-2). 

1365.  7^  Lo  aue  se  saca  en  limpio  de  todo  esto,  es 
que  una  flotilla  de  Salomón  (1)  realizó  un  viaje  marítimo 
por  el  mar  Rojo,  trayendo  de  las  remotas  regiones  del 

(1)  Ignoramos  cómo  pudo  SalomOn  hacer  construir  eflos  bu- 
ques en  Eziongeber,  región  desolada  sin  grandes  árboles-  So  pena 
de  rechazar  el  hecho  como  leyenda,  habrá  que  admitir  que  los  fe- 
nicios, construyeron  buquee  desmontables,  los  que  fueron  trans- 
portados penosamente  a  Eziongeber,  y  allí  armados  por  la  gente 
de  Hiram.  Se  cuenta  que  Alejandro  el  Grande  hizo  algo  seme- 
jante, pues  mandó  construir  barcos  desmontables  ©n  Fenicia  y 


LAS  EXPEDICIONES  A  TAUSIS 


93 


Sur  de  Arabia,  objetos  curiosos  que  llamaron  mucho  la 
atención  de  sus  compatriotas,  viaje  sobre  el  cual  se  for- 
mó más  tarde  una  leyenda,  que  no  supieron  interpretar 
los  cronistas  posteriores,  por  lo  que  en  su  ignorancia  geo- 
gráfica, hablaron  de  expediciones  a  Tarsis  partiendo  de 
Eziongeber.  Ese  viaje,  según  9,  6-28,  parece  que  no  volvió 
jamás  a  repetirse,  lo  que  sería  inconcebible  si  realmente 
se  hubiera  obtenido  en  él  la  extraordinaria  suma  de  420 
talentos  de  oro.  que  en  ese  texto  se  menciona.  Lo  probable 
es,  pues,  que  aquello  no  fué  un  negocio  brillante,  como  la 
tradición  después  lo  ha  pintado,  y  que  no  se  efectuó  una 
sola  expedición  marítima  del  puerto  de  Eziongeber.  sino 
muchas,  las  que  quizás  se  hacían  cada  tres  años,  como 
expresa  10.  22,  en  las  que  se  consiguieron  maderas,  cierta 
cantidad  de  oro.  piedras  preciosas  y  otros  productos  igual- 
mente estimados,  que  hubo  que  obtenerlos  por  trueque  o 
por  otro  medio  semejante  en  condiciones  más  o  menos 
convenientes.  No  es  verosímil  la  suposición  de  que  Salo- 
món mandara  mineros  a  explotar  minas  de  oro  en  el  le- 
jano país  de  Ofir,  aunque  se  acepte  la  opinión  de  Montet, 
que  ese  legendario  país  estaba  en  la  costa  occidental  del 
África,  en  la  región  minera  aurífera  del  Matabeleland  .y 
del  Mashonaland.  donde  se  hallan  las  ruinas  de  Zimbabiyé 
(Hist.  de  la  Bible,  p.  42).  Suponiendo  que  hubiera  habido 
israelitas  aptos  para  la  explotación  de  ese  metal,  —  lo  aue 
no  es  creíble  (§  4),  —  faltaría  todavía  admitir  que  los 
habitantes  de  aquella  re.gión  hubieran  permitido  a  un  pe- 
queño grupo  de  intrusos  el  apoderarse  de  las  minas  de 
donde  sus  dueños  sacaban  el  codiciado  metal.  Renss,  ano- 
tando el  pasaje  I  Rey.  10,  22.  dice:  "Es  posible  que  haya 
habido  confusión  entre  lo  que  las  flotas  fenicias  traían 
por  su  parte  (plata  de  España)  y  lo  que  los  buques  de 
Salomón,  en  el  mar  Rojo,  buscaban  en  la  dirección  opues- 
ta. Se  ve  cuan  absurda  es  la  oninión  vulgar  que  repre- 
senta a  Salomón  comerciando  y  habiendo  dado  el  ejemplo 
y  el  gusto  del  comercio  a  los  judíos.  Se  es  negociante, 


en  Chipre  y  los  hizo  transportar  a  Tapracoe  en  el  Eufrates,  donde 
los  armaron  para  navegar  en  este  gran  río. 


94 


SAXOMON  OOMERCIAWPE 


cuando  se  compra  para  revender  con  provecho.  Ahora  bien, 
no  vemos  que  Salomón  haya  revendido  (en  estas  expedi- 
ciones marítimas)  y  aún  menos  que  nada  haya  ganado  en 
tales  operaciones.  Compra  objetos  de  lujo,  hace  gastos 
excesivos  de  todo  género,  y  arruina  a  su  pueblo,  eso  es 
todo".  No  obstante  estas  observaciones  de  Reuss,  parece 
innegable  que  Salomón  estaba  dotado  de  espíritu  comer- 
cial, pues  además  de  las  citadas  expediciones,  realizó  ne- 
gocios fructuosos,  comprando  caballos  y  carros  en  Egipto, 
los  que  obtenía  al  precio  de  150  y  600  sidos  de  plata  cada 
uno.  respectivamente,  y  luego  los  revendía  a  los  reyezue- 
los y  magnates  del  Norte  de  su  país  (I  Rey.  10,  28,  29). 

1366.  Esas  legendarias  expediciones  marítimas  del 
sabio  monarca  israelita  han  servido  para  fomentar  la  ima- 
ginación de  viajeros  y  exploradores,  pues  no  sólo  se  ha 
creído  encontrar  en  el  Sur  de  África  las  minas  de  oro 
explotadas  por  la  gente  de  aquél,  sino  que  navegante  hubo, 
como  el  español  Alvaro  de  Saavedra  en  el  siglo  XVI  n.  e. 
al  visitar  la  actual  isla  de  Nueva  Guinea,  poco  antes  des- 
cubierta por  los  portugueses,  que  le  puso  a  ésta  el  nombre 
de  "Isla  de  Oro",  suponiendo  que  de  allí  provenía  el  oro 
obtenido  por  dicho  rey  para  la  decoración  de  su  famoso 
templo.  En  la  misma  creencia  se  inspiró  el  español  Men- 
dara,  que  más  tarde  descubrió  varias  islas  próximas  a 
aquélla,  a  las  que  llamó  "Archipiélago  de  Salomón",  nom- 
bre que  han  conservado  hasta  el  día  de  hoy. 


CAPITULO  VIII 


£1  templo  de  Salomón 


SALOMÓN  DECIDE  CONSTRUIR  CASA  A  YAHVÉ. 

—  1367.  David,  según  se  dice,  había  tenido  veleidades 
de  edificar  casa  a  Yahvé,  (§  1082),  no  encontrando  bien 
que  él  viviera  en  una  de  cedro,  y  su  dios  habitara  en  sim- 
ple tienda  de  campaña,  que  no  otra  cosa  era  el  famoso 
Tabernáculo,  que  contenía  el  arca  (§  208).  Pero  el  profeta 
Natán  se  opuso  a  tal  pretensión,  alegando  que  sería  el 
sucesor  de  aquel  monarca  quien  realizaría  esa  obra  (II 
Sam.  7,  4-17).  Salomón,  luego  de  consolidado  en  el  trono, 
trató  de  construir  casa  al  nombre  de  Yahvé,  no  para  rea- 
lizar el  citado  propósito  de  su  padre,  pues  éste  en  sus 
últimas  instrucciones  no  se  preocupó  para  nada  de  la  erec- 
ción de  tal  templo  (I  Rey.  2,  1-9;  §  1301,  ss.),  sino  porque 
siendo  Salomón  amigo  del  fausto,  no  quería  que  su  dios 
nacional  estuviera  más  pobremente  alojado  que  lo  esta- 
ban los  dioses  de  los  países  vecinos.  "Además,  la  ambición 
de  los  soberanos  semitas,  escribe  Maspero,  (1)  fué  siempre 
tener  en  su  palacio  o  cerca  de  él,  un  santuario  y  un  sa- 
cerdote que  dependieran  directamente  del  rey"  (I,  174). 
Gracias  a  los  buenos  servicios  de  su  amigo  Hiram,  rey  de 

(1)  La  obra  de  MASPIEtRO  que  citamos,  es  la  que  se  en- 
cuentra incluida  en  la  Novísima  Historia  Universal,  traducida  por 
Vicente  Blasco  Ibáfiez  («Madrid  La  Editorial  Española-Americana, 
1909). 


96 


UBICACION   DEL  TEMPLO  DE  SALOMON 


Tiro,  Salomón  consiguió  no  sólo  madera  y  otros  materia- 
les de  que  se  carecía  en  Israel,  sino  sobre  todo  arquitectos, 
artistas  y  obreros  distinguidos  para  trazar  el  plan  de  la 
obra,  decorarla  y  llevarla  a  feliz  término.  Como  hemos 
visto  (§  1339),  según  el  libro  de  Reyes,  Salomón  empleó 
183.000  obreros,  a  saber:  30.000  para  cortar  árboles  en  el 
Líbano,  70.000  para  llevar  las  cargas,  80.000  para  sacar 
y  tallar  las  piedras  en  las  canteras  de  las  montañas,  y 
3.300  sobrestantes. 

1368.  Para  comprender  la  ubicación  que  se  le  dió  al 
templo,  conviene  recordar  que  Jerusalem  está  situada  en 
terreno  montuoso,  que  presenta  tres  profundas  hondona- 
das convergentes,  o  estrechos  valles  de  gran  desnivel^  por 
lo  cual  se  transforman  en  torrentes  en  la  época  de  las 
lluvias  (de  octubre  a  mayo),  los  que  de  Este  a  Oeste  son: 
el  valle  del  Cedrón,  el  de  Tiropeón  o  de  los  queseros,  y  el 
de  Hinnom  (véase  Fig.  1;  §  987).  El  de  Tiropeón  se  une 
con  el  primero  al  Sur  de  la  colina  de  Sión,  donde  estaba 
la  primitiva  Urusalim^  capital  de  los  jebuseos,  conquis- 
tada por  David  (§  581,  901).  Al  Norte  de  la  colina  de  Sión, 
—  conocida  después  de  esta  conquista  con  el  nombre  de 
"ciudad  de  David",  —  se  halla  la  colina  de  Moriah  o  Mo- 
rija,  más  ancha  que  la  anterior,  y  separada  de  ella  por 
una  depresión,  donde  había  una  fortaleza  cananea,  Millo, 
que  Salomón  la  reconstruyó,  o,  según  ciertos  autores^  la 
destruyó,  y  con  sus  escombros  llenó  dicha  depresión  for- 
mando un  gran  terraplén  que  unía  la  colina  de  Moriah 
con  la  de  Sión.  A  causa  del  recuerdo  glorioso  de  David, 
el  nombre  de  Sión  correspondiente  a  la  colina  donde  es- 
taba situada  su  ciudad,  se  extendió  en  los  siglos  posterio- 
res, cuando  hubo  adquirido  el  templo  salomónico  la  im- 
portancia religiosa  y  nacional  de  que  carecía  en  un  prin- 
cipio, a  las  otras  eminencias  entre  el  'Cedrón  y  el  Tiropeón, 
calificadas  en  conjunto  como  la  "Montaña  santa"  donde 
reside  Yahvé  (Sal.  2,  6 ;  Am,  1,  2) ;  y  cuando  más  tarde 
aún.  Jerusalem  se  prolongó  al  Oeste,  hasta  el  Hinnom, 
toda  ella  fué  llamada  Sión,  de  acuerdo  con  el  lenguaje  re- 
ligioso de  ios  antiguos  profetas  (Sal.  149,  2;  Is.  3,  16;  12, 
6).  Salomón  hizo,  pues,  construir  su  templo  en  la  era  que 


Fig.  1.  —  Croquis  del  circuito  de  Jerusalem  en  tiem- 
po de  Salomón. 

1  Puerta  de  la  Fuente 

2  Puerta  de  las  Aguas 

3  Puerta  de  los  Caballos 

4  Puerta  superior  o  de  Benjamín 

5  Puerta  de  Efraim 

6  Estanque  de  Siloé 

Líneas  punteadas:  Muros  problemáticos  de  Salomón,  por 
la  parte  Sur  de  Jerusalem. 


o  o  o  o  Of/ 


^3 


hO  o  o  o  o 



Fig.  2.  —  Croquis  del  templo  de  Salomón. 

1  El  debir 

2  El  hecal 

3  El  elam  o  pórtico 

4  El  arca 

5  El  altar  de  los  perfumes 

6  Los  diez  candelabros 

7  La  mesa  de  los  panes  de  la  proposición 

8  Las  construcciones  ir.terales 

9  Las  columnas  del  pórtico :  Boaz  y  Jakín 

10  El  mar  de  bronce 

11  Los  diez  depósitos  de  agua  transportables 

12  El  altar  de  los  holocaustos 

13  El  patio  o  atrio  interior 

14  Puerta  del  Sur  (véase  §  1378). 


Fig.  3  —  iCroquis  de  la  ubicación  del  palacio  de  Salomón 
y  de  sus  construcciones  adyacentes 


Fig.  4  -  Cúpula  del  Peñasco  o  Mezquita  de  Ornar 


Fig.  5  —  La  Sakhrá  o  Roca  Santa,  existente  en  el  interior 
de  la  mezquita  de  Ornar 


EL  EMPLAZAMIENTO  DEL  TEMPLO 


t  ^7 


David  había  comprado  a  Arauna,  el  jebuseo,  (§  1050-1061; 
II  Sam.  24,  16-25)  sobre  la  cima  de  la  colina  de  Moriah,  a 
la  cual,  según  la  tradición,  había  ido  Abraham  desde  Beer- 
seba  para  ofrecer  allí  a  su  hijo  Isaac  en  holocausto  (Gén. 
22,  2).  Para  dicha  construcción  hubo  que  aplanar  y  re- 
llenar esa  cima,  formando  una  gran  terraza  cuadrangular, 
cuyos  costados  estaban  sostenidos  por  enormes  muros,  de 
los  que  se  conservan  aún  restos,  en  los  fundamentos  infe- 
riores del  Haram  actual.  Los  árabes  llaman  Haram-esch- 
Scherif,  (ver  fig.  3)  o  sea,  "el  noble  santuario",  a  ese  em- 
plazamiento* compuesto  de  tres  terrazas  situadas  a  dis- 
tintos niveles,  el  que  mide  491  metros  al  Este,  462  al 
Oeste,  281  al  Norte  y  310  al  Sur.  En  el  centro  de  ese  vasto 
recinto,  se  eleva  hoy,  sobre  una  plataforma  de  tres  metros 
de  alto,  la  mezquita  de  Omar,  (Fig.  4)  llamada  Kubbet-es- 
Sakhrá,  o  sea,  "la  Cúpula  del  Peñasco",  de  la  que  habla- 
remos más  adelante  (§  1377,  1381).  Los  templos  antiguos, 
a  diferencia  de  los  actuales,  no  eran  edificios  para  que 
se  congregasen  en  ellos  los  fieles,  sino  simples  moradas 
para  los  dioses  y  para  colocar  determinados  utensilios  sa- 
grados; por  eso  el  templo  de  Salomón  consistía  simple- 
mente en  una  construcción  rectangular  de  60  codos  de  lar- 
go, por  20  de  ancho  y  30  de  alto,  con  un  pórtico  al  frente 
mirando  al  Este,  de  20  codos  por  10,  prescindiendo  del 
espesor  de  los  muros.  No  se  sabe  con  completa  exactitud 
la  dimensión  de  aquellos  codos,  pues  los  había  de  dos 
clases,  como  en  Babilonia  y  en  Egipto;  pero  no  estaremos 
muy  lejos  de  la  verdad,  considerándolos  de  50  cms.,  de 
modo  que  podemos  representarnos  en  metros  aquellas  me- 
didas reduciéndolas  a  la  mitad.  El  templo  de  Salomón, 
como  casi  todos  los  templos  antiguos,  estaba  orientado 
hacia  el  Este,  punto  cardinal  sagrado,  por  ser  el  de  la 
salida  y  ascensión  del  sol. 

EL  DEBIR.  —  1369.  El  rectángulo  del  templo  esta- 
ba dividido  en  dos  partes  desiguales:  el  debir  y  el  hecal 
(más  tarde  denominados  lugar  santísimo  y  lugar  santo, 
respectivamente),  separados  por  un  tabique  de  tablas  de 
cedro,  con  una  puerta  de  dos  hojas  de  madera  de  olivo, 


98 


EL  DEBIR 


esculpida  con  querubines,  palmas  y  flores  (I  Rey.  6,  31, 
32).  El  Cronista,  de  cuyo  desorbitada  imaginación  tene- 
mos ya  acabadas  pruebas  (§  1101-lllü),  afirma  que  tanto 
la  puerta  interior  del  lugar  santísimo,  como  la  de  entrada 
al  templo^  eran  de  oro  (II  Crón,  4,  2).  Bien  es  cierto  que 
la  crítica  reconoce  hoy  que  tanto  los  pasajes  I  Rey.  7,  48-50 
y  II  Crón.  4,  18-22,  como  en  general,  todos  aquellos  que 
mencionan  que  Salomón  recubrió  de  oro  las  paredes  y  has- 
ta el  piso  del  templo  (I  Rey.  6,  30)^  —  detalle  éste  último 
que  atestigua  un  lujo  de  pésimo  gusto,  — pertenecen  a  una 
tradición  muy  posterior  que  se  designa  por  P^.  Además 
de  la  puerta  del  debir,  el  Cronista  atribuye  igualmente  a 
Salomón  la  hechura  de  "un  velo  de  púrpura,  escarlata, 
carmesí  y  lino  fino,  bordado  de  querubines"  y  colocado 
frente  a  esa  puerta  (II  Crón.  3,  14),  a  imitación  del  velo 
del  segundo  templo  construido  en  el  siglo  VI,  que  el  es- 
critor tenía  ante  su  vista,  y  en  el  cual  había  dos  grandes 
cortinas,  una  que  cerraba  el  lugar  santo  ai  frente,  divi- 
diéndolo del  pórtico,  y  otra  que  separaba  el  lugar  santo 
del  lugar  santísimo.  En  el  tercer  templo,  el  de  Herodes, 
entre  el  lugar  santo  y  el  santísimo  había  dos  cortinas  co- 
locadas una  frente  a  otra,  a  distancia  de  un  codo,  lo  mis- 
mo que  había  también  una  soberbia  cortina  tejida  de  di- 
versos colores,  frente  a  la  gran  puerta  de  entrada  al  hecal. 
Modernos  ortodoxos  creen  hoy  que  fuese  esa  cortina  del 
frente,  llamada  "el  velo  del  templo",  la  que  se  rasgó  de 
alto  a  abajo  cuando  la  muerte  de  Jesús  (Marc.  15,  38), 
mientras  que  antes  conceptuaba  la  ortodoxia  que  este  pa- 
saje se  refería  a  alguna  de  las  dos  cortinas  interiores. 

1370.  El  debir  venía  a  ser  un  cubo  de  20  codos  de 
largo,  de  alto  y  de  ancho,  que  contenía  tan  sólo  el  arca 
donde  moraba  Yahvé,  bajo  las  alas  extendidas,  que  se  to- 
caban, de  dos  grandes  querubines  de  madera  de  olivo  re- 
cubierta de  oro,  de  diez  codos  de  altura  cada  uno.  Tocante 
a  los  querubines,  léase  lo  dicho  en  §  1139;  en  cuanto  a  la 
forma  de  esos  seres  fabulosos,  recuérdese  que,  según  las 
visiones  de  Ezequiel,  tenían  ellos  o  bien  dos  caras:  de 
hombre  y  de  león  (Ez.  41,  18, 19),  o  bien,  cuatro:  de  hom- 
bre, de  león,  de  buey  y  de  águila  (Ez.  1,  10;  10,  14).  Nada 


EL  HECAIj 


99 


más  lejos,  pues,  de  la  idea  vulgar  de  la  mitología  cristia- 
na que,  como  observa  Reuss,  se  representa  los  querubines 
como  Apolos  de  Belvédere  con  alas.  Más  bien  vendrían  a 
ser  semejantes  al  grifón,  animal  también  fabuloso,  de  me- 
dio cuerpo  arriba,  águila,  y  de  medio  abajo,  león.  El  mis- 
mo abate  Desnoyers  declara  que:  "Es  muy  probable  que, 
en  esas  estatuas,  tengamos  un  ejemplo  de  aquellos  genios 
que  se  encuentran  en  Egipto,  en  los  países  asiro-caldeos, 
y  en  el  mundo  egeo,  donde  tomaron  el  nombre  de  grifones, 
que  ofrece  bastante  semejanza  con  el  vocablo  hebreo 
Kerub"  (III,  106).  Para  la  ortodoxia  los  querubines,  lo 
mismo  que  el  arca,  eran  símbolos  materiales  de  la  pre- 
sencia divina,  los  portadores  visibles  del  trono  invisible 
de  Yahvé.  Digno  es  de  notarse  que  en  el  segundo  templo, 
o  sea,  en  el  de  la  restauración,  el  debir  era  un  cuarto  obs- 
curo, completamente  vacío,  pues  con  la  destrucción  del 
templo,  desaparecieron  el  arca  y  los  querubines,  a  no  ser 
que  antes  ya  hubieran  sido  destruidos  en  alguno  de  los 
saqueos  de  Jerusalem,  que  más  adelante  tendremos  opor- 
tunidad de  estudiar.  Téngase  presente  lo  que  exponen  la 
tradición  rabínica  y  la  etíope  sobre  cómo  vino  a  concluir 
ese  mueble  sagrado  (§  198  n.,  253).  El  debir  del  templo 
salomónico  estaba  recubierto  de  madera  de  cedro  reves- 
tida de  oro,  carecía  de  ventanas,  sólo  recibía  luz  al  abrirse 
lá  puerta  que  lo  separaba  de  la  parte  anterior  del  templo, 
y  salvo  contadas  ocasiones,  permanecía  siempre  cerrado. 

EL  HECAL.  —  1371.  El  hecal  tenía  doble  largo 
que  el  debir  y  era  diez  codos  más  alto;  y  sus  paredes  es- 
taban también  revestidas  de  cedro  y  oro,  revestimiento 
en  el  que  se  veían  esculpidos  o  pintados:  palmas,  pepi- 
nos, guirnaldas  de  flores,  querubines  y  otros  seres  fan- 
tásticos. A  él  sólo  podían  entrar  los  sacerdotes.  Contenía 
la  mesa  de  los  panes  de  la  proposición  en  la  que  cada 
sábado  se  depositaban  doce  panes  para  el  dios,  en  nombre 
de  las  doce  tribus  de  Israel,  y  diez  candelabros  de  oro, 
de  siete  brazos,  colocados  cinco  a  cada  uno  de  los  dos  cos- 
tados, los  que  se  encendían  de  noche.  En  su  parte  alta 
tenía  el  hecal  ventanas  que  le  daban  aire  y  luz.  Al  frente 


100 


EL  ALTAR  DE  LOS  PERFU>IES 


estaba  cerrado  por  dos  puertas  de  madera  de  abeto  o 
ciprés,  de  dos  hojas  cada  una,  esculpidas  también  como 
la  puerta  del  debir. 

1372.  El  Cronista,  como  siempre  exagerado,  en  vez 
de  una  mesa  para  los  panes  de  la  proposición,  inventa 
diez  (II  Crón.  4,  8,  19).  En  cuanto  a  los  candelabros,  que 
sólo  figuran  en  el  pasaje  reciente  de  I  Rey.  7,  48-50  y  en 
II  Crón.  4.  7,  quizás  esté  ese  dato  equivocado,  y  se  trate 
de  un  candelabro  de  siete  lámparas  como  el  del  segundo 
templo  (I  Mac.  1,  21;  4,  49)  y  el  del  templo  de  Herodes, 
y  como  el  que  los  escritores  del  Código  Sacerdotal  pusie- 
ron en  el  Tabernáculo  mosaico,  pues  ya  sabemos  que  aqué- 
llos transportaron  a  la  época  del  desierto,  las  concepcio- 
nes y  las  instituciones  postexílicas  y  describieron  ese 
imaginario  templo  portátil  a  semejanza  del  templo  de 
Jerusalem  (§  207).  Las  siete  lámparas  del  candelabro  o 
de  cada  candelabro  (si  se  admite  ese  dato  del  templo 
salomónico)  representaban  los  planetas,  considerados 
"los  ojos  de  Yahvé"  (Zac.  4.  2,  10),  lo  que  comprueba 
que  ese  tipo  de  luminaria,  como  nota  L.  B.  d.  C,  procedía 
de  un  modelo  babilónico  y  quizás  con  ello  se  quisiese 
afirmar  que  Yahvé  era  el  Señor  de  los  astros  (Ex.  25,  31, 
37). 

1373.  En  cuanto  al  altar  de  los  perfumes,  es  una  crea- 
ción postexílica  de  fecha  muy  reciente,  pues  Ezequiel  no 
lo  nombra  en  su  proyecto  de  templo,  ni  existía  primiti- 
vamente en  el  Tabernáculo  del  Código  sacerdotal,  ni  el 
escritor  Hecateo,  hacia  el  año  300,  tampoco  lo  menciona. 
Aparece  tan  sólo  en  I  Mac.  1,  21 ;  4,  59,  entre  los  nume- 
rosos utensilios  que  no  podían  faltar  en  el  servicio  del 
templo.  En  Ez.  41,  22,  Pratt  agrega  indebidamente  "del 
incienso"  después  de  la  palabra  "el  altar",  adición  que 
no  traen  la  Vulgata,  ni  Valera.  En  ese  versículo  se  trata 
de  la  mesa  de  los  panes  de  la  proposición,  como  clara- 
mente se  ve  por  el  final  del  mismo.  Al  respecto  el  Dr. 
Luis  Aubert,  profesor  de  Exégesis  del  A.  T.  en  la  Fa- 
cultad de  Teología  de  la  Iglesia  independiente  de  Neu- 
chatel  escribe  en  el  art.  Temple  del  Dict.  Ency.  de  West- 
phal,  lo  siguiente:  "La  mesa  de  los  panes  de  proposición 


CONSTRUOOIONES  ADYACENTES  AL  TEMPLO 


101 


era,  por  su  destino  mismo,  un  altar,  y  de  ella  es  que  se 
trata  en  los  pasajes  I  Rey.  6,  50^»,  22^  y  Ez.  41,  22,  que 
hablan  del  altar  del  lugar  santo".  Sabido  es  hoy  que  to- 
dos los  pasajes  del  Pentateuco  relativos  al  Tabernáculo 
provienen  de  la  legislación  postexílica  sacerdotal;  pero 
aquellos  relativos  al  altar  de  perfumes  existentes  en  ese 
Tabernáculo,  son  los  más  recientes  de  entre  los  mismos 
de  esa  legislación,  por  lo  que  se  les  señala  así:  P^.  Ahora 
bien,  L.  B.  d.  C.  observa  que  el  altar  mencionado  en  Ex. 
30,  1,  y  37,  25-29  (estos  últimos  vs.  faltan  en  la  versión 
de  los  LXX)  era  desconocido  de  los  anteriores  escritores 
del  Código  Sacerdotal  (P^),  según  los  cuales,  para  ofre- 
cer el  perfume,  los  sacerdotes  se  servían  de  braseros  de 
bronce  (Lev.  10,  '1;  Núm.  16,  6,  17-18,  37-46).  La  ley 
sobre  el  día  de  las  Expiaciones,  aunque  de  fecha  bastante 
reciente,  ignora  también  la  existencia  del  altar  de  los 
perfumes  (Lev.  16,  12,  13). 

CONSTRUCCIONES  LATERALES.  —  1374.  Con- 
tra las  paredes  de  los  costados  y  del  fondo  del  templo, 
como  se  ve  en  la  fig.  2,  se  habían  hecho  construcciones 
que  formaban  tres  pisos,  cada  uno  de  los  cuales,  según 
E7:equiel  (41,  6)  y  Josefo,  estaba  dividido  en  treinta  cuar- 
tos o  cámaras,  — 12  al  Norte,  12  al  Sur  y  6  al  Oeste, — 
de  2  ms.  50  (5  codos)  de  altura,  destinados  a  guardar 
otros  utensilios  sagrados  que  demandaba  el  culto,  el  te- 
soro del  templo  y  armas,  sirviendo  además  de  aloja- 
miento a  los  sacerdotes  y  empleados  inferiores.  Todas 
esas  construcciones  laterales  no  tenían  más  que  una  en- 
trada, la  que  estaba  en  la  parte  Sur.  Al  segundo  y  al 
tercer  piso  se  subía  por  una  escalera  de  caracol  (I  Rey. 
6,  S).  -_^-i^x¡ 

EL  ELAM.  —  1375.  El  templo  estaba  precedido  por 
el  elam,  alto  pórtico  construido  al  parecer  en  forma  de 
uno  o  dos  pilones  de  pirámide  truncada,  a  semejanza  de 
los  que  había  a  la  entrada  de  los  templos  egipcios.  Según 
el  Cronista,  amigo  siempre  de  las  cifras  abultadas,  ese  pór- 
tico habría  tenido  120  codos  de  altura  (II  Crón.  3,  4).  Sin 


102 


EL  ELAM 


embargo  la  Versión  Sinodal  sólo  pone  en  ese  versículo 
20  codos,  alegando  que  aunque  el  texto  hebreo  trae  aquí: 
ciento  veinte  codos,  no  obstante  eso,  lo  modifican  en  la 
forma  indicada,  de  acuerdo  con  las  versiones  antiguas. 
Nota  Desnoyers  que  esos  tres  elementos  del  templo  de 
Yahvé,  a  saber :  el  elam,  el  hecal  y  el  debir  corresponden  a 
la  disposición  del  templo  egipcio,  y  a  la  pronaos,  a  la  naos 
y  al  adyton  respectivamente  del  templo  griego  (III,  101). 

1376.  Delante  del  pórtico  había  dos  columnas  mo- 
numentales de  bronce,  obras  maestras  del  arte  fenicio, 
debidas  al  artista  Huram-Abi,  y  colocadas  una  a  cada 
lado  de  la  entrada,  las  que  probablemente  correspondían 
a  las  masebás  o  bloques  monolíticos  parados,  de  los  an- 
tiguos santuarios  (§  88.  99).  Eran  huecas,  de  cuatro  de- 
dos de  grueso,  de  18  codos  de  alto  por  12  de  circunfe- 
rencia, y  estaban  rematadas  por  capiteles  del  mismo  me- 
tal, de  5  codos  de  altura.  El  Cronista  les  da  35  codos  de 
alto  (I  Rey.  7,  15,  16;  Jer.  52,  17-22;  II  Crón.  3,  15-17). 
Llevaban  los  nombres  misteriosos,,  quizás  de  sentido  má- 
gico, de  Boaz  y  Jakín.  a  los  que  se  les  suele  atribuir  el 
significado  de  "en  él  la  fuerza"  y  "él  fortalecerá",  res- 
pectivamente. Se  ha  notado  que  esas  columnas  erigidas 
frente  al  elam,  dejaban  pasar  entre  ellas,  como  ocurría 
en  los  templos  egipcios,  los  primeros  rayos  del  sol  na- 
ciente, los  que  por  el  hecal  podían  llegar  al  debir,  la  obs- 
cura mansión  de  Yahvé.  (1) 

(1)  Para  que  ee  vea  la  similitud  del  templo  de  Salomón 
con  los  templos  egipcios,  recuérdese  que  éstos  tenían  a  su  frente 
un  enorme  pilón,  gran  puerta  flanqueada  por  dos  altas  torres 
de  paredes  ligeramente  inclinadas,  delante  de  las  cuales  se  le- 
vantaban dos  obeliscos  de  piedra.  Detrás  de  esa  portada  monu- 
mental se  extendía  un  gran  patio  descubierto,  pero  rodeado  de 
galerías  con  columnas,  en  cuyo  centro  se  encontraba  el  gran 
altar,  al  que  se  subía  por  escalones  situados  en  la  parte  poste- 
rior. Después  de  ese  patio  venía  una  sala  hipóstila,*  es  decir, 
sostenida  por  columnas,  donde  se  celebraban  diversas  ceremonias. 
Y  finalmente,  en  lo  más  interior  del  templo,  estaba  el  santo  de 
los   santos   o    lugar   santísimo,    donde   reinaba   una  profunda 


LOS  DOS  PATIOS  DEL  TEMPLO 


103 


LOS  DOS  PATIOS  DEL  TEMPLO.  —  1377.  Al  re- 
dedor del  templo  había  un  gran  espacio  llamado  el  patio 
o  atrio  interior  (I  Rey.  6,  36),  en  el  cual,  según  general- 
mente se  cree,  de  acuerdo  con  la  concepción  posterior  del 
Cronista  (II  Crón.  4,  9),  sólo  podían  penetrar  los  sacer- 
dotes; pero  que,  en  realidad,  no  estaba  reservado  tan 
sólo  a  éstos,  pues  a  él  tenía  también  acceso  el  pueblo, 
como  se  ve,  entre  otros,  en  este  pasaje:  "Palabra  dirigida 
a  Jeremías,  de  parte  de  Yahvé,  en  estos  términos:  Ponte  de 
pie  en  la  puerta  de  la  casa  de  Yahvé,  y  proclama  allí  esta 
palabra  y  di:  ¡Oíd  el  oráculo  de  Yahvé,  todos  los  habitan- 
tes de  Judá  que  entráis  por  estas  puertas  para  proster- 
naros delante  de  Yahvé."  (Jer,  7,  1,  2).  "Esta  escena, 
anota  Reuss,  ocurre  en  el  patio  interior  del  templo,  al 
cual  entra  el  pueblo  atravesando  los  patios  exteriores, 
y  allí,  delante  del  templo  y  del  altar,  arenga  el  profeta 
a  la  multitud".  En  ese  patio  interior  (véase  la  fig.  2)  se 
encontraban:  a)  10  fuentes  o  depósitos  transportables*, 
de  bronce,  de  cuatro  codos  de  diámetro,  con  un  contenido 
de  40  batos  cada  uno,  o  sea,  cerca  de  1.500  litros  (§  1103 
n.),  depósitos  provistos  de  ruedas  de  un  codo  y  medio  de 
alto  (I  Rey.  7,  27-39-,  II  Crón.  4,  6).  b)  Un  gran  depósito 
de  bronce  llamado  "el  mar",  de  ocho  centímetros  de  es- 
pesor, asentado  sobre  cuatro  grupos  de  tres  bueyes  cada 

obscuridad,  pieza  que  contenía  la  estatua  del  dios  metida 
en  la  naos  o  nicho  tallado  a  menudo  en  un  monolito  granítico 
quedando  la  imagen  sagrada  oculta  por  una  puertecilla  de  dos 
hojas.  Entre  las  ceremonias  que  debía  realizar  el  sacerdote  ofician- 
te al  comienzo  de  cada  día,  se  contaban:  hacer  fumigaciones  de  in- 
cienso, abrir  el  nicho  del  dios,  saludarlo  con  muchas  reveren- 
cias cantando  ly  recitando  himnos;  lavarlo,  vestirlo,  ponerle  acei- 
te y  cosméticos,  ,y  finalmente  alimentarlo  colocando  delante  de 
él  panes,  patos,  piernas  de  vaca,  vino,  agua  y  además  flores. 
Piénsese  que  a  Yahvé,  en  la  mesa  de  los  panes  de  la  proposición, 
se  le  ponían  doce  de  esos  panes,  y  sólo  una  vez.  por  semana 
(§  944)  mientras  que  a  los  dioses  egipcios  se  les  trataba  mejor, 
porque  se  les  daba  alimento  más  fresco,  variado  y  abundante 
todos  los  días  (EiRjMAN,  p.  199-206). 


104 


EL  PATIO  INTERIOR  DEL,  TEMPLO 


uno,  o  sea,  en  total_,  sobre  12  bueyes  del  mismo  metal, 
colocados  simétricamente  de  modo  que  los  de  cada  grupo 
miraban  hacia  un  punto  cardinal  distinto.  Ese  depósito 
era  circular,  de  10  codos  de  diámetro  por  5  de  alto  y  30 
de  circunferencia,  y  se  dice  que  cabian  en  él,  2.000  batos, 
(unos  73.000  litros),  según  I  Rey.  7,  26,  o  3.000  batos 
(unos  109.500  litros)^  según  II  Crón.  4,  5;  pero  suponien- 
do hemisférico  ese  recipiente,  no  podría  contener  sino 
sólo  unos  327  hectolitros  (I  Rey.  7,  23-26).  El  mar  se 
destinaba  para  las  abluciones  o  purificaciones  de  los  sa- 
cerdotes (II  Crón.  4,  6)  ;  y  el  agua  de  las  diez  fuentes 
movibles,  para  lavar  la  carne  de  los  holocaustos  y  para 
la  limpieza  del  altar  y  del  patio,  dadas  las  escenas  de 
carnicería  que  allí  se  desarrollaban,  pues  el  culto  consis- 
tía principalmente  en  sacrificios  de  animales.  Y  c)  Fi- 
nalmente, frente  a  las  columnas  Boaz  y  Jakín,  sobre  el 
extremo  rocoso  de  la  era  de  Arauna,  estaba  el  gran  altar 
de  bronce,  de  los  holocaustos,  al  que  se  subía  por  escalo- 
nes del  lado  oriental,  y  el  que,  según  el  Cronista,  tenía 
20  codos  de  largo,  20  de  ancho  y  10  de  alto  (II  Crón,  4, 
J).  Su  interior  debería  de  estar  lleno  de  tierra  y  piedras, 
a  causa  del  fuego  que  en  él  había  para  consumir  las  víc- 
timas inmoladas.  Esa  roca,  sobre  la  cual  se  aseguraba 
que  David  había  edificado  un  altar  cuando  la  peste  con 
motivo  del  pecado  del  censo  (§  1060),  subsiste  aún  hoy 
con  el  nombre  de  Sakhrá,  en  el  interior  de  la  mezquita  de 
Omar  (fig.  5);  mide  17  ms.  70  por  13  ms.  50;  se  eleva 
de  1  m.  25  a  2  ms.  sobre  el  nivel  del  suelo;  y  tiene  una 
cavidad  subterránea,  que  desde  los  más  remotos  tiempos 
debió  ser  un  santuario  o  lugar  sagrado  de  los  cananeos 
o  de  los  pueblos  que  anteriormente  allí  vivieron. 

1378.  El  patio  interior  tenía  tres  entradas:  la  prin- 
cipal al  Este,  otra  al  Norte,  y  otra  al  Sur,  esta  última 
probablemente  destinada  al  rey,  pues  le  permitía  subir 
al  templo  directamente  desde  su  casa.  Esa  puerta,  muy 
poco  mencionada,  y  hasta  negada  por  la  ortodoxia,  es 
aquella  de  que  se  habla  en  este  pasaje:  "El  rey  Sedéelas 
envió  a  buscar  al  profeta  Jeremías,  y  le  tomó  aparte  en 
la  tercer  entrada  del  templo  de  Yahvé"  (Jer.  38,  14;  cf. 


Eli  PATIO  EXTERIOR  DEIi  TEMPLO 


105 


26,  10).  La  existencia  de  la  misma  está  además  confir- 
mada por  el  hecho  de  que  en  el  templo  había  tres  sacer- 
dotes guardiames  del  umbral  (§  682)  ;  siendo  probable  que 
ella  se  encontrara  a  la  terminación  de  la  magnífica  esca- 
lera por  la  cual  subía  el  rey  desde  el  patio  de  su  palacio 
al  del  templo  (I  Rey.  10.  5),  ya  que  la  esplanada  de  éste 
era  más  elevada  que  la  de  aquél.  En  ese  patio  debía  en- 
contrarse el  sitial  cubierto  por  un  dosel,  destinado  al  rey 
cuando  éste  no  oficiaba  de  sacerdote,  sino  que,  como 
asistente,  participaba  del  culto  (11  Rey.  16,  IS;  §  1115). 
Además  contra  los  muros  circundantes  al  Norte,  al  Este 
y  al  Sur,  había  piezas  destinadas  a  ciertos  personajes 
importantes,  y  así  p.  ej.,  se  mencionan:  la  cámara  de 
Gemarías,  hijo  del  secretario  Safán.  y  la  de  los  hiios  de 
Hanán.  junto  a  la  de  los  jefes,  y  encima  de  la  de  Maaseya, 
hijo  de  Sallum  guardián  del  umbral  o  de  la  üuerta  (Jer. 
35.  4:  36.  10).  Rodeando  la  pared  que  cerraba  el  patio 
interior,  se  encontraba  al  Korte  y  al  Este  del  mismo, 
otro  espacio  libre:  el  atrio  e-rande  o  gran  patio  exterior 
(I  Rey.  7.  12).  cercado  también  por  un  muro,  esnacio  que 
circunvalaba  casi  todas  las  construcciones  salomónicas, 
como  se  ve  en  la  fig.  3.  Ese  patio,  más  especialmente  des- 
tinado para  el  público  en  .oreneral,  tenía  dos  puertas:  una 
al  Norte  y  otra  al  Este,  frente  a  las  correspondientes  del 
patio  interior  siendo  ésta  última  la  entrada  principal  de 
la  casa  de  Yahvé. 

REPARACIONES  Y  MODIFICACIONES  EN  EÍL 
TEMPLO.  —  1379.  Cerca  de  siglo  y  medio  después  de 
construido  el  templo,  el  rey  Joas  se  vió  obligado  a  hacer 
grandes  reparaciones  en  él,  cuyo  estado  parece  que  era 
bastante  ruinoso  (II  Rey.  12,  4-16:  II  Crón.  24,  4-14). 
Pasado  otro  siglo  más,  el  rey  Acaz  introdujo  importantes 
innovaciones  en  la  casa  de  Yahvé.  según  hemos  expuesto 
en  §  1115,  a  saber:  reemplazó  el  altar  de  bronce  del  patio 
interior  por  otro  semejante  a  uno  que  había  visto  en  Da- 
masco, haciendo  colocar  el  primero  al  Norte  del  nuevo; 
suprimió  las  esculturas  de  grupos  de  bueyes  que  soste- 
nían el  "mar"  de  bronce,  y  puso  este  depósito  sobre  un 


106 


MODIFICACIONES  POSTERIORES  DEI.  TEMPLO 


basamento  de  piedras;  modificó  las  diez  fuentes  trans- 
portables existentes  en  el  citado  patio;  y  cambió  el  lugar 
del  sitial,  recubierto  de  dosel,  reservado  para  el  rey,  lo 
mismo  que  cambió  la  entrada  por  la  cual  penetraba  el 
monarca  al  patio  interior  del  templo,  aun  cuando  sobre 
esto  último  hay  sus  dudas^  porque  el  texto  (II  Rey.  16, 
18)  en  el  cual  se  basan  estos  datos,  se  traduce  de  muy 
diferentes  modos  (véase  la  Versión  Moderna,  de  Pratt). 
Varios  lustros  más  tarde,  bajo  Manasés,  Yahvé  tuvo  que 
soportar  no  sólo  que  su  casa  se  utilizara  también  para  el 
culto  de  Baal,  de  Ashera  y  de  "todo  el  ejército  del  cielo", 
para  lo  cual  se  hicieron  al  efecto  los  altares  y  esculturas 
correspondientes,  sino  que  además  se  construyeran  en  el 
patio  interior  piezas  destinadas  para  los  sodomitas  y  las 
prostitutas  de  aquellos  cultos  licenciosos.  Ya  antes,  en 
el  mismo  patio,  se  habían  hecho  otras  construcciones  lla- 
madas Parbar  (o  en  plural,  Parvarim).  que  servían  para 
depositar  provisoriamente  los  animales  utilizados  en  los 
sacrificios.  Manasés  puso  en  ellas  los  caballos  y  los  ca- 
rros del  sol  que  figuraban  en  las  procesiones  en  honor 
de  las  nuevas  divinidades  astrales  (II  Rey,  21,  2-7;  23, 
4-12).  Josías  destruyó  las  innovaciones  de  su  abuelo  Ma- 
nasés; pero  éstas  reaparecieron  nuevamente  bajo  sus  su- 
cesores, hasta  que  los  caldeos  quemaron  el  templo  en  el 
año  586,  destruyendo  y  transportando  a  Babilonia  cuanto 
objeto  de  bronce  allí  encontraron,  pues  los  de  plata  y 
oro  ya  se  los  habían  llevado  once  años  antes  (II  Rey.  25, 
13-15;  Jer.  52,  17-19). 

VICISITUDES  DEL  TEMPLO  SALOMÓNICO.  — 

1380.  Durante  su  existencia  de  tres  siglos  y  tres  cuar- 
tos, el  templo  salomónico  fué  saqueado  por  invasores  ex- 
tranjeros tales  como:  el  faraón  Sisac  o  Sheshonc  I,  fun- 
dador de  la  XXII  dinastía  y  primero  de  los  faraones  que 
sea  designado  en  el  A.  T.  por  su  nombre  propio  (I  Rey. 
14,  25,  26) ;  Joas,  rey  de  Israel  (II  Rey.  14,  14) ;  y  Na- 
bucodonosor  en  597  (Ib.  24,  13) ;  o  fué  despojado  de  sus 
tesoros  por  los  mismos  reyes  de  Judá,  ya  para  comprar 
con  ellos  alianzas  o  ayudas  extranjeras,  como  procedió, 


LOS  TEMPLOS  DE  LA  COLINA  DE  MORIAH 


107 


p.  ej.,  Asa  para  obtener  el  apoyo  de  Benhadad,  rey  de 
Siria,  contra  Baasa,  rey  de  Israel  (I  Rey.  15,  18-20) ;  o 
como  Acaz,  para  conseguir  la  cooperación  del  rey  asirio 
Tiglat-Pileser,  a  fin  de  combatir  a  Resin,  de  Siria  y  a 
Peca,  de  Israel  (II  Rey.  16,  5-9) ;  o  bien  para  evitar  el 
asedio  de  Jerusalem,  como  hizo  Joas  con  Hazael,  rey  de 
Siria  (II  Rey.  12,  17,  18),  y  Ezequías  con  el  asirio  Sena- 
querib  (II  Rey.  18,  13-16).  Todos  estos  actos  desdorosos 
para  el  buen  nombre  del  dios  nacional,  obligaron  a  los 
profetas,  más  tarde,  como  veremos,  a  inventar  la  cómoda 
teoría  de  que  Yahvé,  aunque  siendo  tan  poderoso  como 
antes,  permitía  esas  profanaciones  a  causa  de  los  peca- 
dos del  pueblo,  sin  comprender  que  con  ellas,  resultaba 
Yahvé  en  primer  término  castigado.  Tal  es  la  teoría  pro- 
fética  o  deuteronómica  que  aplica  el  redactor  último  del 
libro  de  Reyes  (9,  6-9). 

TEMPLOS  QUE  SE  HAN  SUCEDIDO  EN  LA  CO- 
LINA DE  MORIAH.  —  1381.  Conviene  destacar,  lo  que 
incidentalmente  ya  hemos  mencionado^  a  saber,  que  tres 
templos  en  honor  de  Yahvé  se  sucedieron  en  la  terraza 
o  plataforma  que  Salomón  hizo  preparar  en  la  cima  de 
la  colina  de  Moriah,  a  saber:  el  de  ese  monarca,  el  de 
Zorobabel  (años  520-515),  y  el  de  Herodes  (años  19-9), 
estando  actualmente  ocupado  ese  emplazamiento  por  la 
mezquita  mahometana  impropiamente  llamada  de  Ornar, 
puesto  que  en  realidad  fué  construida  por  el  califa  om- 
miada  Abd-el-Melik  (685-705  n.  e.) ;  y  la  cual  es^  des- 
pués de  la  Meca  y  de  Medina,  el  santuario  más  venerado 
por  los  musulmanes.  ¡Quién  le  hubiera  dicho  a  Yahvé, 
tan  enemigo  como  era  de  las  religiones  extranjeras,  que 
el  lugar  que  él  había  elegido  para  habitar  allí  eternamen- 
te, iba  a  estar  hoy  ocupado  por  un  templo  consagrado  a 
otra  divinidad!  Los  dioses  como  los  hombres,  tienen  sus 
épocas  de  apogeo  y  sus  épocas  de  decadencia  y  de  muerte. 


N  CAPITULO  IX 


La  dedicación  del  templo  Parte) 


TIEMPO  QUE  DURÓ  LA  CONSTRUCCIÓN  DEL 
TEMPLO.  —  1382.  Siete  años  y  medio  demoró  Salomón 
en  construir  el  templo  (I  Rey.  6,  38),  pues  comenzando 
en  mayo  del  4«  año  de  su  reinado,  o  sea,  en  el  mes  de  Ziv, 
mes  de  las  flores,  (hoy  Yyyar,  abril-mayo)  segundo  mes 
del  año,  — puesto  que  éste  principiaba  en  el  equinoccio 
de  la  primavera, —  terminó  en  noviembre  del  11"  año, 
es  decir,  en  el  mes  de  Bul,  o  de  las  lluvias,  (hoy,  Mar- 
chesván,  octubre-noviembre)  octavo  mes  del  año  judío. 
Los  nombres  de  Ziv  y  de  Bul  pertenecen  al  calendario 
cananeo^  pues  los  judíos  después  del  destierro,  siguieron 
el  calendario  babilónico  (§  150).  El  escritor,  aunque  ex- 
presa los  aludidos  meses  con  nombres  antiguos,  revela 
que  escribía  en  la  época  postexílica,  pues  les  da  el  orden 
que  tuvieron  en  el  nuevo  calendario.  En  efecto,  antes  de 
la  deportación,  el  mes  de  Ziv  era  el  octavo,  y  el  de  Bul, 
el  segundo,  pues  el  año  lo  hacían  comenzar  al  principio 
del  otoño,  (21  de  setiembre),  con  el  mes  de  Etanim,  hoy 
de  Tisri,  que  entre  los  babilonios  era  el  séptimo  (I  Rey. 


DISTINTAS  PARTES  DE  LA  INAUGURACIÓN 
DEL  TEMPLO.  —  1383.  Terminado  el  templo,  o  luego 
de  concluidos  los  demás  edificios  que  Salomón  hizo  cons- 
truir en  Jerusalem,  — punto  éste  que  estudiaremos  más 


8,  2). 


(TRASLADO  DEL  ARCA  AL  TEDVIPLO 


109 


adelante,  (§  1426-7) —  ese  soberano,  según  el  relato  de 
I  Rey.  S,  procedió  a  inaugurar  la  casa  de  Yahvé,  la  beth 
Yahvé,  con  toda  solemnidad,  convocando  al  efecto  a  los 
notables  de  Israel  y  a  todo  el  pueblo  en  general.  Esa  de- 
dicación del  templo  comprendió  los  siguientes  actos:  1» 
traslación  del  arca  y  del  tabernáculo  (vs.  1-11) ;  2'  dis- 
curso de  Salomón  al  pueblo  (vs.  12-21) ;  3'  la  plegaria 
de  la  consagración  (vs.  22-53) ;  4"  bendición  impartida 
por  Salomón  a  la  asamblea  (vs.  54-61) ;  y  5'  inmolación 
de  numerosos  animales  en  honor  de  Yahvé,  seguida  de 
una  gran  fiesta  nacional  (vs,  62-66). 

1'  TRASLACIÓN  DEL  ARCA  Y  DEL  TABERNÁCU- 
LO DE  REUNIÓN.  — ■  1384.  El  pueblo  se  congregó  an- 
te Salomón  durante  la  fiesta  de  las  Enramadas  o  de  los 
Tabernáculos,  que  se  celebraba  del  15  al  21  del  séptimo 
mes,  y  "cuando  llegaron  todos  los  ancianos  de  Israel,  los 
sacerdotes  alzaron  el  arca  de  Yahvé  y  la  transportaron  jun- 
tamente con  el  tabernáculo  de  Reunión  y  con  todos  los  uten- 
silios sagrados  que  había  en  el  tabernáculo;  siendo  los  sacer- 
dotes y  los  levitas,  los  encargados  de  llevarlos"  (vs.  3  y  4). 
Este  último  versículo  o  es  una  interpolación,  como  supone 
Reuss,  o  ha  sido  inhábilmente  retocado  por  un  escritor 
postexíhco,  pues  no  sólo  distingue  los  sacerdotes  de  los 
levitas,  distinción  posterior  a  Ezequiel  (44,  10-16),  que 
luego  se  la  apropió  el  Código  Sacerdotal  (Núm.  18),  sino 
que  además  identifica  erróneamente  la  tienda  hecha  por 
David  para  guardar  el  arca  (II  Sam.  6,  17),  con  el  taber- 
náculo del  Código  Sacerdotal  (Ex.  35  ss.;  §  207),  san- 
tuarios distintos  según  el  Cronista  (II  Crón.  1,  3,  4).  En 
cuanto  a  esa  errónea  identificación,  el  mismo  abate  Des- 
noyers  confiesa  que  "no  se  ve  claramente  si  la  tienda  de 
Reunión  mencionada  en  I  Rey.  8,  4  y  en  II  Crón.  5,  5, 
designa  en  reahdad,  la  de  Gabaón  o  si  no  se  trataría 
simplemente  de  la  tienda  de  David  que,  en  virtud  del 
papel  que  desempeñaba,  hubiera  tomado  el  nombre  con- 
sagrado para  la  tienda  mosaica"  (II,  p.  198  n.).  Lo  que 
hay  en  verdad,  es  que  ni  el  pretendido  tabernáculo  mo- 
saico del  alto  de  Gabaón,  ni  la  tienda  davídica  fueron 


110 


YAHVE  TOMA  POSESION  DEL  TEMPÍX) 


trasladados  al  nuevo  edificio  de  Salomón,  porque  no  exis- 
te el  menor  detalle  de  que  hubieran  sido  colocados  o  exis- 
tieran después  en  el  interior  o  al  costado  del  templo,  ni 
para  nada  figuran  como  encerrados  en  alguna  de  las 
construcciones  salomónicas  adyacentes  al  mismo,  que  se 
nos  describen  con  lujo  de  detalles.  La  ortodoxa  L.  B.  A. 
subsana  esta  dificultad  suponiendo  que  el  tabernáculo  fué 
transportado  al  templo  y  conservado  como  reliquia  sa- 
grada en  las  cámaras  o  piezas  situadas  encima  del  lugar 
santísimo.  Como  nadie  ha  sabido  nunca  nada  de  la  exis- 
tencia de  tal  reliquia,  no  vale  la  pena  discutir  tal  su- 
posición. 

1385.  Prosiguiendo  su  relato^  nos  dice  el  escritor 
sagrado  que  cuando  la  procesión  llegó  al  templo  "el  rey 
Salomón  y  toda  la  congregación  de  Israel,  que  u  él  se  había 
reunido,  se  juntaron  delante  del  arca,  y  sacrificaron  ovejas 
y  toros  en  tan  grande  cantidad,  que  no  se  les  pudo  contar 
ni  evaluar"  (v.  5).  El  arca  fué  colocada  en  el  debir,  (1) 
debajo  de  las  alas  de  los  querubines,  "y  sucedió  que  cuan- 
do los  sacerdotes  huhieron  salido  del  hecal  o  lugar  santo, 
la  nuhe  llenó  la  casa  de  Yahvé;  y  no  podían  los  sacerdotes 
estar  allí  para  ministrar,  a  causa  de  la  nube,  porque  la 
gloria  de  Yahvé  llenaia  la  casa  de  Yahvé"  (vs.  6,  10,  11). 
Yahvé,  amigo  antes  de  la  vida  errante,  ahora  acepta  la 
vida  sedentaria,  y  para  mostrar  ostensiblemente  su  con- 
formidad con  la  mansión  que  le  había  construido  Salo- 
món, su  nube  llena  la  casa  santa.  Según  la  tradición  ju- 
daica esa  nube  permaneció  constantemente  en  el  debir 
encima  del  arca,  siendo  la  señal  permanente  de  la  presen- 
cia allí  de  Yahvé.  Observa  Reuss  que  esa  tradición  mí- 
tica pudo  ser  sugerida  por  nuestro  texto,  pues  éste  im- 
pide pensar  en  algo  accidental.  El  autor  tuvo  en  vista  el 

(1)  Según  el  V.  9,  "nada  había  dentro  del  arca  sino  sola- 
mente las  dos  tablas  de  piedi'a  que  colocó  allí  Moisés  en  Hoi-eb", 
lo  que  no  está  de  acuerdo  con  lo  que  se  expresa  en  la  epístola  de 
los  Hebreos,  de  que  el  arca  contenía  además  el  vaso  de  oro  con 
maná,  a  que  se  refiere  Ex.  16,  34,  y  la  vara  florecida  de  Aarón 
(9,  4;  §  253). 


LA  NUBE  DE  YAHVE 


111 


relato  del  escritor  sacerdotal,  pues  en  el  último  capítulo 
del  Éxodo  se  dice:  "Cuando  Moisés  }iul)o  concluido  la 
ohra,  la  nube  cubrió  la  tienda  de  Reunión  y  la  gloria  de 
Tahvé  llenó  la  HaMtación ;  y  no  pudo  Moisés  entrar  en  di- 
cha tienda,  porque  la  nube  reposaba  sobre  ella  y  la  gloria 
de  Yahvé  llenaba  la  Habitación"  (vs.  34,  35).  Esta  con- 
cepción del  Tabernáculo  y  del  papel  que  en  él  desempe- 
ñaba la  nube,  es  diferente,  como  nota  L.  B.  d.  C  de  la 
concepción  del  escritor  elohista  en  su  relato  de  Ex.  33, 
7-11,  donde  se  nos  refiere  que  todo  el  que  quería  consul- 
tar al  dios,  iba  a  la  tienda  de  Reunión,  y  al  penetrar  en 
ella  Moisés,  la  nube  descendía  a  la  entrada,  y  allí  Yahvé, 
desde  la  nube,  conversaba  con  aquél,  cara  a  cara,  com.o 
se  conversa  con  un  amigo.  Según  los  recientes  escritores 
judíos  Margolis  y  Marx,  "la  nube  que  envolvió  al  templo 
el  día  de  su  consagración,  figuraba  el  insondable  misterio 
de  Dios"  fHist.  Peuple  Juif,  p.  68).  Para  la  ortodoxia,  la 
nube  oue  llenó  el  templo  salomónico,  indicaba  la  toma  de 
posesión  por  Yahvé  de  ese  edificio  sagrado,  que  sería  en 
adelante  su  morada.  "El  templo,  nos  manifiesta  L.  B.  A., 
fué  consagrado  por  el  Eterno  exactamente  como  lo  había 
sido  el  Tabernáculo",  lo  que  viene  a  confirmar  la  false- 
dad del  relato  del  libro  de  Reyes,  puesto  que  todo  lo  re- 
lativo al  Tabernáculo  mosaico  es  mera  obra  de  ficción 
(§  207.  208). 

1386.  Scío  anotando  este  v.  10,  escribe:  "Esta  nube 
o  niebla  era  una  señal  de  la  presencia  de  Dios  en  su  tem- 
plo, y  una  prenda  de  su  protección  sobre  este  lugar,  y 
sobre  los  que  viniesen  a  invocar  en  él  su  santo  nombre. 
Estaba  presente,  pero  oculto;  y  el  mismo  símbolo  que  le 
ocultaba,  daba  claramente  a  entender  que  estaba  allí  pre- 
sente, y  que  todo  lo  veía  y  lo  oía.  El  hijo  de  Dios  está 
presente  en  nuestros  templos  ba.io  del  velo  Eucarístico, 
que  le  hace  invisible  a  los  ojos  del  cuerpo;  pero  el  alma 
alumbrada  de  una  viva  fe.  registra  bajo  de  estas  nubes 
misteriosas  una  majestad  que  le  hace  temblar,  y  una 
bondad  que  le  alienta  y  convida  a  que  se  prepare  para  re- 
cibir los  dones  de  su  gracia,  que  tiene  prevenidos  para 
derramarlos  sobre  ella  con  abundancia".  Realmente  "el 


112 


EL  ARCA  Y  Eli  SALMO  132 


alma  alumbrada  de  viva  fe"  que  cree  que  en  la  hostia 
católica  se  encierra  el  cuerpo  de  Jesús,  es  terreno  prepa- 
rado para  recibir  y  aceptar  cuanto  milapfro.  por  más  ab- 
surdo que  sea,  se  Te  exponga  como  realizado  por  la  di- 
vinidad. El  abate  Desnoyers.  tratando  de  explicar  esa 
nube  de  Yahvé,  que  tantas  veces  se  menciona  en  el  Pen- 
tateuco, dice:  "Ignoramos  la  naturaleza  de  esa  nube;  pe- 
ro por  sus  primeros  orígenes,  se  relacionaba  probable- 
mente a  la  concepción  de  Yahvé  como  Señor  de  los  ele- 
mentos desencadenados  en  la  tempestad"  (III.  113).  Otros 
autores  menos  religiosos,  sostienen  que  si  realmente  hu- 
bo nube  que  llenó  el  templo  y  que  impidió  entrar  en  él 
a  los  sacerdotes  oficiantes,  ella  debió  ser  producida  por 
el  humo  de  la  gran  cantidad  de  animales  quemados  en  el 
altar  de  los  holocaustos. 

EL  ARCA  Y  EL  SALMO  132,  SEGÚN  MOWIN- 
CKEL.  —  1387.  El  arca,  después  de  instalada  en  el  tem- 
plo, se  cree  que  no  volvió  como  antes  a  ser  sacada  en  caso 
de  guerra;  sin  embargo.  Mowinckel  opina  que  Yahvé  no 
siempre  est'jvo  encerrado,  sino  que  su  arca  era  utilizada 
en  la  liturí»-ia  del  culto  y  especialmente  en  la  gran  pro- 
cesión del  principio  del  año.  en  la  que  se  solemnizaba  la 
entronización  de  Yahvé.  Según  dicho  autor,  uno  de  los 
salmos  que  se  cantaba  en  esa  fiesta  religiosa,  era  el  132, 
— conocido  en  la  Iglesia  Católica  por  el  salmo  "Memento, 
Dómine,  David",  a  causa  de  comenzar  así  en  latín, —  cu- 
yos seis  primeros  versículos  hemos  transcrito  en  el  §  1069. 
Al  regresar  al  templo  con  el  arca,  se  cantaban  los  cinco 
primeros  versículos  en  los  que  se  expresa  el  juramento 
hecho  por  David  de  no  descansar  hasta  no  haber  encon- 
trado el  lugar  donde  moraba  Yahvé,  o  sea,  el  arca;  y  a 
esto  contestaba  parte  de  la  congregación: 

6  Hemos  oído  decir  que  estaba  en  Efrata, 

La  hemos  encontrado  en  los  campos  de  Jaar. 

7  Entremos  en  la  morada  de  Yahvé, 
Postrémonos  ante  el  estrado  de  sus  pies. 


EL  SAIMO  132  SEGrN  MOWINCKEL 


113 


O  sea  ante  el  arca  (I  Crón.  28.  2),  pues,  como  nota  L.  B. 
d.  C.  "seg-ún  la  concepción  .judía  posterior.  Yahvp  no  re- 
sidía en  el  arca,  sino  que  estaba  de  pie  sobre  ella".  En- 
tonces cuando  iban  a  levantar  los  portadores  el  arca,  se 
invitaba  a  Yahvé  a  partir  imitando  las  palabras  de  Moi- 
sés al  emprender  marcha  en  el  desierto  (Núm.  10,  35),  y 
cantaba  el  coro: 

<9  ¡Levántate,  Yahvé,  ven  al  lunar  dp.  tu  venoso, 

Tú  y  tu  arca  en  la  míe  tu  majestad  reside! 
9  ¡Vístanse  tus  sacerdotes  de  histicia 

Y  prorrumpan  tus  fieles  en  gritos  de  jíihilo! 

Después  de  recorrido  un  trayecto,  auizás  con  el  rey  a  la 
cabeza,  danzando,  como  David,  delante  del  arca,  se  de- 
tenía la  procesión  para  ofrecer  un  sacrificio,  y  se  oraba 
por  el  soberano. 

10  ¡Por  amor  de  tu  siervo  David, 

No  rechaces  el  rostro  de  tu  ungido! 

1388.  Sobre  estos  tres  vs.  8-10.  que  los  pone  el  Cro- 
nista en  boca  de  Salomón,  al  fin  de  la  plegaria  de  dedi- 
cación del  templo,  (II  Crón.  6,  41,  42),  véase  lo  que  deci- 
mos más  adelante,  en  §  1414,  Después  de  la  oración,  un 
sacerdote  respondía  en  nombre  del  dios: 

11  Yahvé  hizo  a  David  este  juramento  inmutable, 
Que  no  dejará  de  cumplir: 

"Un  fruto  de  tus  entrañas. 
Colocaré  sobre  tu  trono. 

12  Si  tiis  hijos  guardaren  mi  alianza 

Y  las  enseñanzas  que  les  daré, 
Sus  hijos  también,  eternamente. 
Se  asentarán  sobre  tu  trono". 

Esas  promesas  de  dicha  se  extendían  a  la  ciudad,  a  sus 
habitantes,  a  sus  sacerdotes  y  al  rey,  cuyos  enemigos  se' 
rían  avergonzados. 


114 


liA  IiA3IPARA  SIEMPRE  ENOENDmA 


13  Porque  Yahvé  ha  escogido  a  Sión, 
La  ha  elegido  por  inorada  para  sí. . . 

14  ''Esta  ciudad  es  el  lugar  de  mi  reposo  para  siempre, 
Permaneceré  aquí,  porque  tal  es  mi  deseo. 

15  Bendeciré  abundantemente  a  Sión, 
Saciaré  a  sus  pobres  de  pan; 

16  Haré  revestir  a  sus  sacerdotes  de  traje   triunfal  (odejus- 

( ticia) 

Y  prorrumpirán  sus  fieles  en  gritos  de  júbilo. 

17  Allí  haré  crecer  un  cuerno  a  David, 

Y  aseguraré  una  lámpara  a  mi  ungido. 

18  A  sus  enemigos  vestiré  de  vergüenza, 
Pero  sobre  él  brillará  su  corona". 

1389.  Notemos,  para  la  mejor  comprensión  de  este 
salmo,  que  el  cuerno  (v.  17)  simboliza  aquí  un  descen- 
diente real  dotado  de  gran  poder  para  la  guerra ;  y  que  con 
la  frase  "aseguraré  una  lámpara  a  mi  ungido"  se  quiere 
significar  la  permanencia  de  la  dinastía  davídica  (§  1347). 
"Procede  esa  imagen,  o  bien  de  la  costumbre  aún  seguida 
en  Oriente,  de  mantener  encendida  una  lámpara  toda  la 
noche  (pues  al  extinguirse  es  señal  de  que  la  casa  está 
inhabitada:  Jer.  25,  10;  II  Sam.  21,  17),  o  bien  de  que  se 
encendía  esa  lámpara  originariamente  en  honor  de  los 
antepasados.  En  efecto,  los  muertos  parece  que  estaban 
más  interesados  aún  que  los  vivos  en  que  no  se  extin- 
guiera la  lámpara  en  su  hogar:  I  Rey.  11,  36;  15,  4;  11 
Rey.  8,  19;  cf.  Prov.  20,  20;  24,  20;  Job  18.  5,  6;  21.  17" 
(L.  B.  d.  C).  Ahora  en  cuanto  a  la  época  de  este  salmo, 
unos  ortodoxos,  como  Scío,  lo  atribuyen  a  David  y  Sa- 
lomón; otros,  como  Desnoyers,  declaran  que  no  hay  in- 
dicios seguros  para  datarlo  (II,  194,  n.  5).  Las  esperan- 
zas mesiánicas  expresadas  en  la  segunda  mitad  del  sal- 
mo, así  como  el  hecho  de  que  el  poeta  manifiesta  la  con- 
vicción de  que  Yahvé  cumplirá  su  promesa  de  mantener 
siempre  un  descendiente  de  David  en  el  trono,  muestran 
que  el  salmo  se  escribió  cuando  ya  no  había  rey  davídico 
en  Jerusalem,  o  sea,  después  del  destierro.  A  esta  solu- 
ción se  inclinan  Reuss^  Gautier  (11^  46),  L.  B.  A.  y  L.  B. 


LA  PER»L4l]VENOIA  DE  YAHVE  EN  EL  DEBIR  HS 

d.  C.  En  cambio  Mowinckel,  de  acuerdo  con  su  expuesta 
teoría  de  ver  en  él  un  salmo  de  la  procesión  en  la  fiesta 
de  la  entronización  de  Yahvé,  lo  considera  preexílico. 
Loisy,  concorde  también  con  Mowinckel,  escribe  al  res- 
pecto: "No  debe  considerarse  este  salmo  como  mesiáni- 
00,  ni  como  posterior  a  la  cautividad.  Muestra  él  tan  sólo 
el  espíritu  monárquico  y  dinástico  del  culto  de  Yahvé  en 
Judá,  bajo  los  sucesores  de  Salomón"  (Reí.  d'Isr.  p.  126). 

1390.  Yahvé  permaneció,  pues,  en  el  debir  del  tem- 
plo de  Salomón,  hasta  que  el  impío  Nabucodonosor  se  lle- 
vó, según  se  cree,  el  arca,  cuando  su  primer  toma  de  Je- 
rusalem  en  597  o  598,  pues  en  el  sexto  año  del  destierro, 
ya  se  aseguraba  que  Yahvé  había  abandonado  el  país 
(Ez.  8,  12) ;  y  Jeremías  al  manifestar  en  nombre  de  Yah- 
vé que  "en  aquellos  días  no  hablarán  más  del  arca  de  la 
alianza  de  Yahvé;  no  pensarán  más  en  ella;  habrá  sido 
olvidada;  no  será  ni  lamentada,  ni  reconstruida"  (Jer.  3, 
16),  da  claramente  a  entender  que  ya  no  existía  ese  mue- 
ble sagrado  cuando  él  escribía. 


CAPITULO  X 


£.1  discurso  y  la  plegaria  de  Salomón 

2".  DISCURSO  DE  SALOMÓN  AL  PUEBLO.  —  1391. 

Instalada  el  arca  en  el  debir,  Yahvé  moró  allí  en  adelante, 
en  la  obscuridad  de  aquel  recinto  sagrado,  salvo  sus  sa- 
lidas anuales,  a  ser  cierta  la  hipótesis  citada  de  Mowin- 
ckel  (§  1387-1390).  Los  dioses,  se  ha  dicho,  aman  el  mis- 
terio y  el  silencio,  y  en  las  tinieblas  ocultan  su  majestad, 
lo  que  es  particularmente  cierto  de  Yahvé,  quien  a  pesar 
de  ser  dios  del  fuego,  se  rodeaba  siempre  de  obscuridad, 
pues  lo  hemos  visto  aproximarse  al  pueblo  en  una  espesa 
y  obscura  nube  para  celebrar  la  alianza  del  Sinaí  (Ex. 
19,  5;  20,  §  184),  y  el  salmista  declara  que  "nubes  y 
tinieblas  están  a  su  alrededor"  (Salm.  97,  2).  Es  esta  la 
misma  idea  que  se  pone  en  boca  de  Salomón,  quien,  — 
después  de  mencionarse  que  la  nube  divina  se  había  po- 
sesionado del  nuevo  templo, —  pronuncia  estas  palabras 
inaugurales : 

12  Yahvé,  que  ha  colocado  el  sol  en  los  cielos. 

Ha  dicho  él  mismo  que  moraría  en  espesas  tinieblas, 

13  Yo  te  he  edificado  casa  para  que  te  sirva  de  morada, 
Habitación  en  la  (¿ue  residirás  eternamente.  (1) 


(1)  El  primer  verso  ha  sido  restituido  eegún  los  LXX,  y 
completando  el  T.  M.  con  esta  última  versión,  Welliiausen  traduce 
así  esos  dos  versículos: 


LA  PALABRAS  INAUGURALES  DE  SALOMON 


117 


1392.  Es  probable,  como  supone  Causse,  (Les  Plus, 
92),  siguiendo  en  esto  al  escritor  alemán  G.  Westphal  en 
su  obra  Las  moradas  de  Yahvé,  que  esto  fuera  una  invo- 
cación usada  en  el  culto  de  los  antiguos  santuarios.  Yahvé 
aparece  aquí  como  el  gran  dios  solar,  como  el  Baal  del 
cielo,  rasgo  del  sincretismo  salomónico  procedente  de  la 
religión  de  los  bamoth  o  de  los  altos,  pues  el  Yahvé  is- 
raelita tomó  los  atributos  del  Baal-Shamash  adorado  en 
Canaán  (§  80).  Este  pasaje  originariamente  no  se  refe- 
ría a  la  construcción  del  templo,  pues  se  trata  del  sol, 
al  que  Y'ahvé  le  ha  marcado  su  lugar  en  los  cielos,  y  al 
cual,  el  que  habita  en  las  tinieblas  de  la  obscura  nube, 
es  decir,  el  mismo  Yahvé,  le  habría  dicho:  "Te  he  edifi- 
cado un  lugar  para  que  te  sirva  de  morada,  un  lugar  don- 
de permanecerás  mes  tras  mes",  es  decir,  las  mansiones 


El  sol  del  firmamento  fué  creado  poir  Yahvé; 
Pero  él  mismo  ha  querido  morar  en  la  obscuridad, 
Y  me  ha  dicho:  constiúyeme  casa  en  la  que  yo  habite, 
Casa  en  la  que  more  eternamente, 

He  aquí  esto  está  escrito  en  el  libio  del  Justo  (de  Yaschar) 

Este  último  v.  lo  vierte  así  Wellhausen,  suponiendo  que  el  tra- 
ductor de  los  iLiXX  layó  erróneamente  en  el  original  liebieo 
que  tenia  ante  la  vista  (distinto  de  nuestro  T.  M.),  hachchir, 
"el  libro  del  Oántico"  por  hayyachai'  "el  libro  del  Justo''.  A  este 
respecto,  escribe  Causse:  "El  hecho  que  esta  fórmula  de  dedi- 
cación habría  formado  parte  del  libro  de  Yaohar  o  Yaschar  seria 
un  argumento  en  favor  de  su  origen  presalomónico-  Pero  esa 
intei  prefación  es  poco  probable"  (Les  Plu»,  92  n.  1).  Des- 
noyers  traduce  ese  último  v-:  "¿No  está  esciito  esto  en  el  Lilbro 
del  Cántico?".  Y  supone  que  los  vs.  12  y  13  fueron  tomados  de 
una  colección  de  poemas  religiosos,  atribuidos  a  Salomón,  ya 
que  en  I  Rey.  4,  32  se  afirma  que  este  monarca  compuso  lOüa 
cánticos  (III,  114  n).  Gautier  sostiene  que  no  hay  duda  aiguua 
que  es©  Liibio  del  Cántico  debe  ser  identificado  con  el  Libro 
de  Yaschar  (o  del  Justo)  ya  citado  en  Jos.  10,  13  y  II  Sam.  1,  18. 
Entiende  que  debe  acordarse  en  este  caso  la  pretereucia  al 
texto  griego,  más  completo  que  el  hebreo  y  sensiblemente  dis- 
tinto de  éste  último  (I,  pág.  289,  290). 


118 


LA  PLEGARIA  DE  SALOMON 


zodiacales.  Esta  cita  parecería,  pues,  tomada  de  un  poe- 
ma de  la  creación,  análogo  al  poema  babilónico  sobre  el 
mismo  tema  (R,  H.  L.,  t»  I,  p.  282).  En  todo  caso,  si 
esta  fórmula  de  invocación  no  fuera  de  origen  cananeo, 
como  se  presume,  tendríamos  aquí  las  únicas  palabras 
auténticas  de  Salomón  llegadas  hasta  nosotros,  pues  to- 
das las  demás  que  le  atribuye  el  cap.  8  de  I  Reyes,  son 
del  redactor  deuteronómico  o  del  escritor  sacerdotal  que 
retocó  ese  libro,  como  veremos  en  seguida. 

1393.  Salomón  bendice  a  la  Asamblea  de  Israel  (§ 
577)  y  luego  dirige  a  ésta  el  discurso  de  que  haremos 
gracia  al  lector;  pero  que  puede  leerlo,  si  gusta,  en  los 
vs.  14-21,  discurso  que,  en  opinión  de  la  ortodoxa  L.  B.  A., 
es  un  homenaje  al  Eterno,  quien  cumplió  fielmente  la 
promesa  hecha  a  David,  y  en  el  que  a  la  vez  recuerda  al 
pueblo  todas  las  dispensaciones  divinas  que  impulsaron  a 
Salomón  a  construir  ese  templo.  Lo  que  cualquier  espí- 
ritu desapasionado  ve  en  ese  insípido  discursito,  es  tan 
sólo  la  reproducción  de  ideas  o  frases  del  pasaje  reciente 
de  II  Sam.  7  (§  1081-1094),  capítulo  este  que,  según 
Dhorme,  es  una  página  de  ,P,  la  que  ni  por  su  forma,  ni 
por  su  fondo  puede  ser  histórica. 

3'  LA  PLEGARIA  DE  SALOMÓN.  —  1394.    8,  22, 

Entonces  Salomón  se  puso  delante  del  altar  de  Yahvé,  frente 
a  toda  la  Asamblea  de  Israel,  y  extendiendo  las  manos  al 
cielo,  23  dijo:  Yahvé,  dios  de  Israel,  no  hay  dios  semejante 
a  ti,  ni  arriba  en  el  cielo,  ni  abajo  en  la  tierra.  Eres  fiel  a 
le  alianza  que  celebraste  con  tus  siervos,  y  lleno  de  miseri- 
cordia hacia  aquellos  que  marchan  de  todo  corazón  en  tu 
presencia.  24  Asi  has  guardado  la  promesa  que  hiciste  a  tu 
siervo  David,  mi  padre,  pues  lo  que  declaraste  con  tu  boca, 
lo  has  cumplido  con  tu  mano,  como  lo  vemos  hoy.  25  Ahora 
pues,  oh  Yahvé,  dios  de  Israel,  confirma  a  tu  siervo  David, 
mi  padre,  lo  que  le  prometiste  diciendo:  Nunca  te  privaré 
de  sucesor  que  delante  de  mí  se  siente  en  el  trono  de  Israel, 
con  tal  que  tus  hijos  cuiden  su  conducta,  andando  delante 
de  mí,  como  tú  anduviste  en  mi  presencia.  26  Y  ahora  pues. 


LA  PLEGARIA  DE  SALOMON 


119 


oh  dios  de  Israel,  dígnate  ratificar  la  promesa  que  hiciste  a 
mi  padre,  tu  siervo  David. 

27  Pero,  ¿habitará  Dios  verdaderamente  sobre  la  tierra? 
Porque  si  no  te  pueden  contener  los  cielos,  ni  los  cielos  de  los 
cielos,  ¿cuánto  menos  aún  esta  casa,  que  he  edificado?  28  Sin 
embargo,  dígnate  atender  la  oración  y  la  súplica  de  tu  siervo, 
oh  Yahvé,  Dios  mío;  escucha  el  clamor  y  la  plegaria  que  tu 
siervo  hace  hoy  delante  de  ti:  29  que  estén  tus  ojos  abiertos 
sobre  esta  casa  de  noche  y  de  día;  sobre  este  lugar  del  cual 
has  dicho:  ¡Estará  allí  mi  nombre!;  escucha  la  oración  que 
tu  siervo  aquí  te  dirige.  30  Oye,  pues,  la  súplica  de  tu  siervo 
y  de  tu  pueblo  Israel,  cuando  oraren  en  este  lugar:  sí, 
escúchalos  de  lo  alto  de  tu  morada,  en  los  cielos;  escucha  y 
perdona. 

31  Cuando  alguno  pecare  contra  su  prójimo,  y  se  le  im- 
pusiere juramento,  haciéndole  jurar,  si  viniere  a  prestar  ju- 
ramento, delante  de  tu  altar,  en  esta  casa,  32  tú,  escúchalo 
desde  el  cielo,  y  obra  y  juzga  a  tus  siervos,  condenando  al 
cidpable,  y  haciendo  recaer  su  falta  sobre  su  cabeza:  justifica 
al  inocente  y  trátale  según  su  inocencia.  33  Cuando  fueren 
batidos  los  de  tu  pueblo  Israel  por  el  enemigo,  a  causa  de 
haber  pecado  contra  ti,  si  volviesen  a  ti  y  confesaren  tu  nom- 
bre, y  te  dirigieran  oraciones  y  súplicas  en  esta  casa,  óyelos 
tú,  desde  el  cielo,  perdona  el  pecado  de  tu  pueblo  Israel,  y 
hazlos  volver  al  país  que  diste  a  sus  padres.  35  Cuando  se 
cerrare  el  -cielo,  de  modo  que  no  haya  lluvia,  por  haber  pecado 
contra  ti  y  te  rogaren  en  este  lugar,  y  confesaren  tu  nombre, 
y  por  su  aflicción  se  convirtieren  de  sus  pecados;  36  óyelos 
desde  el  cielo,  y  perdona  el  pecado  de  tus  siervos  y  de  tu 
pueblo  Israel,  enseñándoles  el  buen  camino  en  que  deben  mar- 
char, y  envía  la  lluvia  sobre  la  tierra  que  diste  a  tu  pueblo 
por  heredad.  37  Cuando  sobrevinieren  en  el  país,  hambre  o 
peste,  o  tizón,  o  añublo,  o  mangas  de  langostas  o  pidgón; 
cuando  los  enemigos  sitiaren  las  ciudades  del  territorio  de 
Israel,  o  que  hubiere  un  flagelo  o  epidemia  cualquiera;  38  si 
cualquier  hombre  o  todo  tu  pueblo  de  Israel  te  dirigiere  ora- 
ción o  súplica,  si  cada  mío  de  los  israelitas,  reconociendo  la 
llaga  de  sxí  corazón,  extendiere  sxts  manos  hacia  esta  casa,  39 
escúchalos,  tú,  desde  el  cielo,  lugar  de  tu  morada;  perdónalos,^ 


120 


¿SAl,OMON  ORO  PARADO  O  RIXCADO? 


y  procede  de  manera  de  dar  a  cada  uno  según  sus  obras,  tú 
que  conoces  el  corazón  de  cada  uno,  porque  sólo  tú  conoces 
el  corazón  de  todos  los  hijos  de  los  hombres,  40  para  que  te 
teman  todos  los  días  que  vivieren  en  el  país  que  has  dado  a 
nuestros  padres.  41  Asimismo  el  extranjero,  que  no  es  de  tu 
pueblo  de  Israel,  que  viniere  de  lejanas  tierras  a  causa  de  tu 
nombre,  42  (porque  ellos  oirán  hablar  de  tu  gran  nombre  y 
de  tu  mano  fuerte  y  de  tu  brazo  extendido) ,  y  viniere  a  orar 
en  esta  casa,  43,  escúchalo,  tú,  desde  el  cielo,  lugar  de  tu 
morada,  y  concede  a  ese  extranjero  todo  lo  que  te  pidiere, 
para  que  todos  los  pueblos  de  la  tierra  conozcan  tu  nombre 
y  te  teman,  como  tu  pueblo  de  Israel,  y  sepan  aue  tu  nombre 
es  invocado  en  esta  casa  que  he  construido.  (Los  vs.  44  y 
45  están  transcritos  en  §  1412;  los  vs.  46  a  51.  en  §  1413; 
y  los  vs.  52  y  53.  fin  de  la  nlegaria  salomónica,  en  §  1414). 

1395.  Después  del  discursito  de  tres  minutos,  an- 
teriormente aludido  139.3),  Salomón  frente  a  toda 
la  Asamblea  de  Israel  577),  pronunció  la  pleo-aria  que 
antecede,  puesto  de  pie  delante  del  altar  de  Yahvé.  (se- 
gún así  resulta  del  v.  22.  y  según  así  lo  traduce  Scío)  y 
con  las  manos  extendidas  hacia  el  cielo,  aún  cuando  en 
el  V.  54  se  lee.  — quizás  procedente  de  otro  documento. — 
que  terminada  su  oración.  Salomón  "se  levantó  de  de- 
lante del  altar  de  Yahvé,  DONDE  ESTABA  ABEOmLLA- 
DO.  con  las  manos  extendidas  hacia  el  cielo".  He  aquí 
ahora  cómo  juzga  la  ortodoxia  dicho  trozo  bíblico:  "Esta 
plegaria,  dice  L.  B.  A.  es  una  de  las  más  hermosas  pá- 
ginas del  A.  T..  y  no  se  puede  leerla  sin  sentirse  impre- 
sionado por  su  nobleza.  Pronunciada  por  el  jefe  de  la 
teocracia  judía  como  representante  del  pueblo,  en  un  mo- 
mento único  de  la  historia  del  mismo,  y  en  lugar  desti- 
nado a  llegar  a  ser  el  centro  definitivo  de  su  culto,  ad- 
quiere de  estas  circunstancias  el  carácter  de  una  solemne 
confesión  de  fe,  y  a  este  título  proclama  las  grandes  ver- 
dades que  constituían  el  fondo  de  la  fe  israelita.  Nada 
de  comparable  ofrecen  los  anales  religiosos  de  los  pue- 
blos de  la  antigüedad,  a  esta  plegaria  en  la  que  abundan 
los  más  altos  pensamientos  sobre  la  naturaleza  divina,  en 
la  que  no  se  ha  omitido  ninguna  de  las  necesidades  mo- 


EVOLUCION  DE  LA  PLEGARIA  ISRAELITA 


121 


rales  y  temporales  de  una  nación,  y  que  por  sí  sola  ates- 
tigua tanto  el  genio  de  Salomón,  como  la  pureza  y  la 
espiritualidad  de  la  religión  del  A.  T.  comparada  con  to- 
das las  religiones  paganas".  Analicemos,  pues,  con  de- 
tención esa  plegaria,  para  ver  si  realmente  nos  encon- 
tramos aquí  ante  una  auténtica  manifestación  de  la  reli- 
giosidad del  monarca  más  sabio  de  Israel;  pero  previa- 
mente hagamos  algunas  breves  consideraciones  sobre  la 
evolución  de  la  plegaria  israelita. 

1396.  "La  plegaria  de  los  antiguos  hebreos,  como 
escribe  el  profesor  de  la  Facultad  de  Teología  protestante 
de  la  universidad  de  Estrasburgo,  Fernando  Menegoz,  es 
solidaria  de  la  del  resto  de  la  humanidad  por  su  primi- 
tiva asociación  con  la  magia;  y  se  eleva  por  encima  de 
todas  las  otras  formas  de  oración  gracias  al  radicalismo 
con  el  cual  se  desprendió  de  los  procedimientos  de  encan- 
tación, y  gracias  sobre  todo  a  la  espiritualización  única 
en  su  género,  que  le  hicieron  sufrir  los  grandes  profetas" 
(Dio.  Eney.  art.  Priére).  En  efecto,  como  hemos  visto  en 
§  1183-7,  los  primitivos  himnos  y  plegarias  de  los  anti- 
guos babilonios,  asirlos  y  hebreos  formaban  parte  de 
ceremonias  mágicas,  con  las  cuales  se  trataba  de  calmar 
la  cólera  de  sus  respectivos  dioses  y  obtener  así  de  éstos 
el  alivio  o  la  cura  de  las  enfermedades,  desgracias  y  pe- 
cados de  los  suplicantes.  Para  obligar  al  dios  a  que  con- 
cediera lo  solicitado,  se  empleaban  medios  coercitivos  o 
mágicos  tales  como:  gritar,  para  despertar  su  atención  y 
hacerlo  venir:  "Clamo  a  ti,  Yahvé,  roca  mía,  no  seas  sordo 
a  mi  plegaria,  no  sea  que  si  te  alejas  sin  responderme,  ven- 
ga a  ser  yo  semejante  a  los  que  descienden  a  la  tumba" 
(Sal.  28,  1) ;  alzar  los  brazos  ai  cielo,  como  cuando  Moi- 
sés le  dice  al  Faraón:  "Cuando  salga  de  la  ciudad,  levan- 
taré mis  manos  a  Yahvé,  y  cesarán  los  truenos,  y  na  ha- 
brá más  granizo,  para  que  sepas  que  la  tierra  es  de  Yahvé'' 
(Ex.  9,  29) ;  o  como  cuando  el  mismo  Moisés  utiliza  ese 
medio  mágico  para  que  su  ejército  venza  a  los  amaleci- 
tas  (§  172-5) ;  o  ejecutar  ciertos  ritos  guerreros,  como 
los  que  aconsejó  el  profeta  EHseo  a  Joas,  rey  de  Israel,  para 


122 


EVOLUCION  DE  LA  PLEGARLA  ISRAELITA 


que  Yahvé  le  ayudara  a  vencer  a  sus  enemigos,  los  sirios 
(II  Rey.  13,  16-19). 

1397.  Al  evolucionar  la  religión  israelita,  cuando  en 
el  correr  de  los  tiempos,  de  colectiva  se  fué  transforman- 
do en  individual,  — lo  que  ocurrió  principalmente  en  los 
siglos  VII  y  VI,  en  virtud  de  la  prédica  de  los  grandes 
profetas, —  la  plegaria  también  evolucionó,  pues  de  las 
remotas  épocas  en  que  para  orar  y  asegurarse  los  fa- 
vores de  Yahvé,  había  que  acercarse  a  este  dios,  yendo 
al  santuario  donde  residía  personalmente  (I  Sam.  1^  3, 10 ; 
Gén.  28,  16  ss.;  Sal.  24,  6;  27,  7-9;  84,  2,  4,  10;  105,  4) 
fué  desprendiéndose  paulatinamente  de  toda  ganga  má- 
gica, hasta  llegar  a  ser  un  coloquio  del  fiel  con  la  divini- 
dad, en  el  cual  aquél  expresa  a  ésta  las  angustias  de  su 
corazón,  como  p.  ej.,  en  el  caso  de  Jeremías,  cuando  re- 
procha así  a  su  dios  (4,  10) : 

Dije  yo  entonces:  ¡Ah  Señor  Yahvé! 

Ciertamente  has  engañado  a  este  pueblo  y  a  Jerusalem, 

Diciendo:  "Tendréis  la  paz". 

¡Y  sin  embargo,  la  espada  va  a  herirlos  de  muerte!  (1) 

  I 

(1)  Como  a  la  ortodoxia  le  cuesta  admitir  que  un  profeta 
como  Jeremías,  haya  dirigido  tales  reproches  a  Yahvé,  modifica 
el  sentido  de  la  cláusula,  cambiando  la  puntuación  de  una  pa- 
labra del  original  (recuérdese  lo  dicho  en  la  nota  G  del  t.  I, 
p-  456-8),  puntuando  E-wald  la  primer  palabra  del  primer  verso, 
de  modo  que  en  vez  de:  "dije  yo",  resulte:  "se  dirá"  o  "dijeron". 
"Esta  corrección  se  impone,  según  el  jesuíta  A.  Condamín,  por- 
que Jeremías  no  puede  reprochar  él  mismo  a  Yahvé,  el  error 
propagado  por  los  falsos  profetas  que  prometían  la  paz".  Como 
se  ve,  se  trata  de  alterar  el  texto,  para  adaptarlo  a  lae  ideas 
teológicas  del  intérprete.  Reuss,  cuya  traducción  es  idéntica  a 
la  que  hemos  adoptado,  expresa  también  que  "eran  los  falsos 
profetas  quienes  habían  hecho  tales  promesas  engañosas;  pero 
que  las  habían  efectuado  a  instigación  de  Yahvé  (cf.  I  Rey.  22, 
20  ss.),  el  que  quería  sumir  en  funesta  seguridad,  al  pueblo 
rebelde  y  maduro  para  el  castigo,  a  fin  de  castigarlo  más  te- 
rriblemente". 


LA  PLEGARIA  MECANICA 


123 


O  cuando  le  plantea  un  grave  problema  que  lo  preocupa: 

Mxiy  justo  eres,  oh  Yahvé, 

Para  que  yo  dispute  contigo; 

Sin  embargo  quiero  cuestionar  contigo: 

¿Por  qué  es  próspero  el  camino  de  los  inicuos, 

Y  por  qué  los  impíos  viven  en  paz?  (12,  1). 

O  cuando  apela  en  su  defensa,  al  conocimiento  personal 
que  de  él  tiene  el  dios: 

Pero  tú,  Yahvé,  tú  me  conoces,  tú  me  ves. 

Til  inquieres  mis  sentimientos  hacia  ti  (12,  3*). 

1398.  Sin  embargo,  la  plegaria  después  de  llegada 
a  ese  alto  grado  de  elevación  espiritual,  cuando  se  repite 
siempre  en  la  misma  forma,  sobre  todo  en  el  culto  pú- 
blico, se  convierte  en  una  recitación  mecánica  de  pala- 
bras, a  las  que  se  les  da  valor  como  fórm.ulas  sagradas, 
sin  preocuparse  para  nada  de  su  sentido,  el  cual  a  me- 
nudo concluye  por  desconocerse.  Se  opera  así  una  re- 
gresión, y  la  plegaria  que  de  invocación  mágica  se  había 
convertido  en  efusión  sincera  del  alma  del  creyente,  vuel- 
ve luego  a  transformarse  en  lo  que  era  en  un  principio. 
Ejemplo  curioso  de  ello  no  los  da  la  antigua  religión  de 
Egipto.  En  efecto,  los  egipcios  acostumbraban  en  los  días 
de  fiesta,  llevar  pan,  frutas  y  otros  alimentos  a  la  tumba 
de  sus  muertos,  a  los  cuales  invocaban  o  llamaban  para 
que  recibieran  dichas  ofrendas  fúnebres.  Éstas  se  deno- 
minaban: "salir  a  la  voz",  porque  se  entendía  que  el  di- 
funto salía  de  su  tumba  a  la  voz  del  oferente.  Muchos 
confiaban  en  la  generosidad  del  rey  o  en  Anubis,  el  an- 
tiguo dios  de  los  muertos,  para  que  cumpliera  con  esa 
obligación  para  con  estos  últimos,  y  así  se  oraba  fre- 
cuentemente ante  las  tumbas  diciendo:  "¡La  ofrenda  que 
da  el  rey!  ¡la  ofrenda  que  da  Anubis!  por  mil,  pan,  cer- 
veza, bueyes,  patos  y  toda  clase  de  cosas  buenas !".  Ahora 
bien,  esta  plegaria,  que  se  inscribía  en  todos  los  sepul- 
cros, se  perpetuó  hasta  épocas  en  que  sus  primeras  pa- 
labras se  habían  vuelto  incomprensibles,  y  debía  reci- 


124 


LA  MANERA  DE  ORAR 


tarse  lo  mismo  que  la  frase  "salir  a  la  voz",  tal  como 
ambas  se  encontraban  en  los  antiguos  escritos,  viniendo 
a  tomar  así  el  valor  de  expresiones  mágicas,  cuyo  sim- 
ple enunciado  procuraba  al  muerto  su  alimento  por  medio 
sobrenatural.  Algo  parecido  ocurre  en  el  catolicismo,  cu- 
yos sacerdotes  y  fieles  repiten  maquinalmente  intermi- 
nables padrenuestros  y  avemarias  por  la  salvación  de  las 
almas  de  los  difuntos,  o  en  cualquier  otra  circunstancia 
en  que  se  quiera  obtener  de  la  divinidad  determinados 
dones.  Esas  plegarias  resultan  verdaderas  fórmulas  má- 
gicas, pues  obran  por  su  número,  porque  si  su  eficacia 
dependiera  del  fervor  con  que  se  pronuncian,  bastaría  en- 
tonces con  la  recitación  tan  sólo  de  una  de  ellas.  El  ro- 
sario católico,  tan  recomendado  por  León  XIII  y  demás 
autoridades  de  la  Iglesia  romana,  no  es  en  el  fondo  sino 
un  simple  instrumento  de  magia  (  erman,  p.  284,  295-6). 
La  religión  de  Israel  nos  ofrece  una  gran  cantidad  de 
oraciones  en  "el  Salterio,  colección  postexílica  de  cánticos 
cultuales,  entre  los  que  se  halla  de  todo:  antiguos  him- 
nos litúrgicos  y  guerreros;  fórmulas  mágicas  apenas  es- 
piritualizadas; manifestaciones  de  orgullo  farisaico  (17, 
2-5;  26)  o  de  odio  nacionalista  (79.  12;  139.  7-9) ;  así  como 
por  otra  parte,  efusiones  de  ferviente  y  pura  fe  indivi- 
dual adaptadas  ulteriormente  a  las  necesidades  del  ser- 
vicio del  templo;  lamentos  y  gritos  de  esperanza;  dudas 
y  retornos  a  la  certidumbre  del  socorro  de  Yahvé;  hu- 
mildes confesiones  y  alegres  acciones  de  gracias;  comba- 
tes del  fiel  con  su  Dios  y  visión  gloriosa  del  futuro  cum- 
plimiento de  la  obra  divina  de  la  salvación  por  y  para  el 
pueblo  de  la  alianza  (cf.  Sal.  145-150.  E.  Menego?,  en  Dic. 
Ency..  "Priére"). 

1399.  En  cuanto  a  la  m.anera  de  orar,  también  se 
evolucionó,  pues  si  los  antiguos  hebreos  oraban  de  pie, 
como  lo  reconoce  Scío  en  nota  a  I  Rey.  8.  5í,  (Gén.  24,  48; 
I  Sam.  1,  10.  26;  §  643),  después  del  destierro  se  prefirió 
hacerlo  de  hinojos  y  levantando  las  manos  al  cielo.  Así 
el  2"  Isaías  pone  en  boca  de  Yahvé  estas  palabras:  "Ante 
r  '  se  doblará  toda  rodilla.  ?/  toda  lengua  deberá  jurar" 
(Is.  45,  23).  Y  el  autor  del  libro  de  Daniel,  que  escribía 


EL  ENSALZAMIENTO  DE  DAVID 


125 


en  el  siglo  II,  nos  dice  que  su  héroe,  tres  veces  al  día  se 
hincaba  y  oraba  a  Dios  (Dan.  6,  10). 

1400.  Después  de  este  somero  estudio  sobre  la  evo- 
lución de  la  plegaria,  examinemos  la  que  se  nos  da  como 
pronunciada  por  Salomón.  La  primera  observación  que 
naturalmente  se  presenta  al  espíritu,  es  que  si  se  trata 
de  un  hecho  real,  ¿cómo  es  que  ha  llegado  literalmente 
hasta  nosotros  el  texto  de  esa  oración?  ¿La  escribió  Sa- 
lomón, o  había  algún  taquígrafo  en  la  concurrencia,  que 
tomó  una  versión  estenográfica  de  la  misma?  ¿Dónde, 
luego,  se  conservó  ese  escrito  hasta  llegar  al  redactor  del 
libro  de  Reyes  cuatro  siglos  después  de  inaugurado  el 
templo?  Nada  decimos  de  la  versión  de  esa  plegaria  exis- 
tente en  II  €rón.  6,  porque  el  autor  de  este  libro,  la  copió 
tres  siglos  más  tarde,  del  de  Reyes.  Tampoco  insistiremos 
en  el  reparo  de  que  la  mención  de  que  el  monarca  se  arro- 
dilló para  orar  (según  el  v.  54)  ya  nos  da  a  suponer  que 
el  relato  procede  de  un  escritor  postexílico.  Pasando,  pues, 
por  alto  todo  esto,  veamos  qué  nos  enseña  la  famosa  ple- 
garia de  la  referencia. 

1401.  1?  Tanto  en  el  discursito  de  los  vs.  15-21  co- 
mo en  el  comienzo  de  esta  plegaria,  vs.  23-26  se  nota  la 
reiterada  tendencia  de  ensalzar  a  David,  considerándolo 
ya  como  el  promotor  de  la  construcción  del  templo,  ya 
como  el  tronco  de  una  estable  dinastía  real  de  origen  di- 
vino, por  proceder  del  cumplimiento  de  una  promesa  de 
Yahvé.  Ahora  bien,  lo  primero  es  falso,  según  hemos 
visto  en  el  cap.  XVIII  del  tomo  III.  y  en  cuanto  a  lo  se- 
gundo, recuérdese  lo  expuesto  en  §  1268-1270.  Podría 
argüirse  que  es  comprensible  que  Salomón  por  afecto  filial 
tratara  de  ponderar  a  su  padre;  pero,  como  según  vere- 
mos, nada  hay  en  esta  composición  que  pueda  atribuirse 
a  aquel  sabio  monarca,  se  explica  el  aludido  hecho  por  lo 
que  hemos  manifestado  en  §  1110,  a  saber,  que  los  escri- 
tores posteriores  imbuidos  en  las  ideas  de  los  grandes  pro- 
fetas, se  esforzaron  en  realzar  la  figura  de  David,  a  ex- 
pensas de  la  de  Salomón,  por  quien  no  sentían  muchas 
simpatías,  a  causa  de  su  espíritu  tolerante,  que  le  per- 


126 


EL  NOMBRE  DE  YAHVE 


mitió  transigir  con  cultos  de  divinidades  extranjeras  dis- 
tintas del  dios  nacional  israelita. 

1402.  2'  Nótese  igualmente  con  qué  insistencia  se 
repite  en  casi  todos  los  vs.  del  discurso  salomónico,  la 
frase  "edificar  casa  al  Nombre  de  Yahvé",  o  como  se  le 
hace  decir  a  éste:  "edificar  casa  en  donde  estuviese  mi 
Nombre"  (v.  16),  o  "estará  allí  mi  Nombre"  (v.  29).  A 
este  respecto,  remitimos  al  lector  a  lo  que  hemos  dicho 
sobre  el  nombre  del  dios  de  Israel,  §  354-8.  En  cuanto  al 
concepto  que  de  este  dios  naturista  tenían  los  antiguos 
hebreos,  recuérdese  todo  lo  demás  expuesto  en  el  mismo 
cap.  IX  del  tomo  I.  Al  tratar  de  los  profetas,  nos  de- 
tendremos más  adelante  a  considerar  la  evolución  que  hi- 
cieron éstos  sufrir  al  viejo  Yahvé  hasta  hacer  de  él,  el 
Dios  universal;  pero  es  sobre  todo  después  del  destierro 
que  la  idea  de  esa  divinidad  se  vuelve  cada  vez  más  abs- 
tracta, más  filosófica,  menos  antropomórfica.  Para  evitar 
ese  antropomorfismo,  escritores  monoteístas  postexílicos 
imaginaron  desdoblamientos  pasajeros  de  Yahvé,  a  fin  de 
no  mencionar  la  presencia  material  de  este  dios,  y  así 
nos  encontramos  con  creaciones  como  la  del  maleak  de, 
Yahvé,  o  personificaciones  de  palabras  abstractas  como 
el  Nombre,  la  Gloria,  el  Verbo  o  la  Sabiduría  de  Yahvé 
(§  365-7).  El  nombre  de  un  ser,  según  creían  los  antiguos, 
expresaba  no  sólo  la  esencia  de  ese  ser,  sino  que  además 
constituía  un  elemento  importante  del  mismo.  Pero  lo 
que  debe  destacarse  aquí  es  que  hablar  del  nombre  de 
Yahvé.  cuando  se  trata  de  designar  a  este  dios,  es  fra- 
seología particularmente  postexílica,  y  que.  por  lo  tanto, 
cuando  Yahvé  dice:  "En  esta  -casa  estará  mi  nomine", 
(v.  29)  quiere  significar:  **en  esta  casa  estaré  yo  mismo". 

1403,  3''  Otra  frase  muy  repetida  en  la  plegaria  sa- 
lomónica es  la  de  qu.e"el  cielo  es  la  morada  de  Yahvé" 
(vs.  30,  32,  34,  36,  39,  43,  45.  49).  Sabemos  que  Yahvé 
habitaba  primitivamente  en  el  desierto,  en  su  montaña 
sagrada  del  Sinaí,  en  Madián  o  próximo  a  esta  región. 
Desde  la  época  de  Moisés  moró  en  el  arca,  y  cuando  el 
pueblo  israelita  se  instaló  en  Canaán,  habitó  en  las  arcas 
de  los  distintos  santuarios  de  ese  país.  David  lo  llevó  en 


TAHVE,  DIOS  DEL  CBELO  127 

el  arca  de  Kiryat-Jearim  a  3U  palacio  de  Jerusalem;  lo 
que  no  impedía  que  también  morara  en  el  alto  de  Gabaón, 
adonde  fué  a  adorarlo  Salomón ;  lo  mismo  que  cuando  éste 
lo  estableció  en  el  debir  de  su  templo,  no  por  eso  cesó  de 
ser  adorado  en  los  demás  santuarios  nacionales,  ya  que  la 
centralización  üel  culto  se  operó  tan  sólo  y  por  pocos 
años,  durante  el  reinado  de  Josias,  en  la  segunda  mitad 
del  siglo  VII.  Todavía  en  el  siglo  IX,  un  profeta  como 
Elias  va  a  buscarlo  a  su  antigua  morada  de  la  monlaña 
santa  en  el  desierto,  para  lo  cual  tuvo  que  efectuar  un 
viaje  ininterrumpido  de  cuarenta  días  con  sus  respectivas 
noches  (I  Rey.  19,  8).  Como  Yahvé,  era  un  dios  del  rayo, 
del  trueno  y  de  la  tempestad,  no  es  extraño  que  también 
a  veces  se  le  considerara  como  dios  del  cielo,  es  decir,  co- 
mo morando  sobre  la  vasta  bóveda  que  nos  recubre,  la 
cual,  en  la  antigua  cosmología  hebrea,  era  una  cúpula 
sólida  descansando  en  los  pilares  o  montañas  del  hori- 
zonte, llamados  "los  fundamentos  de  los  cielos"  (§  1138-9; 
1588  N«  o';  11  Sam.  22,  8;  Prov.  8,  27-9).  Por  eso  cuando 
los  descendientes  de  Noé  se  pusieron  a  construir  la  célebre 
torre  de  Babel,  cuya  cima  debía  llegar  al  cielo,  Yahvé 
descendió  para  ver  aquella  construcción,  y  atemorizado 
de  que  pudieran  escalar  su  morada,  —  pues  "ahora,  dijo, 
nada  les  impedirá  ejecutar  lo  que  han  proyectado", —  les 
confundió  los  idiomas  de  modo  que  no  se  pudieran  en- 
tender (Gén.  11,  4-9).  Yahvé,  como  dios  del  cielo,  es  tan 
mitológico,  como  las  otras  divinidades  celestes  que  cono- 
cemos, tales  como:  Dyaus  y  Varuna  en  la  mitología  vé- 
dica;  Aura  Mazda,  entre  los  antiguos  iranios;  Zeus  y 
Urano  en  Grecia ;  Júpiter  en  Roma ;  la  diosa  Nut,  en  Egip- 
to; etc.  El  dios  babilónico  del  cielo,  Anú,  tenía  en  Assur, 
antigua  capital  de  Asiría,  un  templo  que  compartía  con 
su  hijo  Rimmón  o  Hadad,  dios  de  la  tempestad,  del  true- 
no y  del  rayo  (§  78).  Pero  a  pesar  de  que  por  estos  atri- 
butos, que  tenía  al  igual  que  Hadad,  Yahvé  era  realmen- 
te un  dios  del  cielo,  es  lo  cierto  que  rara  vez  antes  del 
destierro  se  le  considera  como  tal,  y  sólo  después  de  la 
gran  catástrofe  que  concluyó  con  la  independencia  nacio- 
nal, es  que  abandona  sus  moradas  terrenas  para  vivir 


128 


PLURALroAD  DE  CIELOS 


perpetuamente  en  el  firmamento  o  bóveda  celeste.  No  es 
extraño,  pues,  que  el  tercer  Isaías  escriba:  "Así  dice  Yah- 
vé:  El  cielo  es  mi  trono,  y  la  tierra  el  estrado  de  mis  pies 
(v.  citado  por  Jesús  Mat.  5,  34-5).  ¿Qué  clase  de  cusa  es 
la  que  me  podréis  construir?  ¿Qué  lugar  podréis  asignar- 
me como  residencia?  Todas  estas  cosas  fueron  hechas  por 
mi  mano,  y  por  mí  es  que  subsisten"  (Is.  66,  1,  2^).  Hasta 
que  siglos  más  tarde,  el  autor  del  IV  Evangelio  pone  en 
boca  de  Jesús  estas  palabras  dirigidas  a  la  Samaritana: 
''Viene  el  tiempo  en  que  ni  en  este  monte,  ni  tampoco  en 
Jerusalem  adoraréis  al  Padre...  en  que  los  verdaderos 
adoradores  adorarán  al  Padre  en  espíritu  y  en  verdad,  por- 
que tales  son  los  adoradores  que  husca  el  Padre.  Dios  es 
espíritu,  y  en  espíritu  y  en  verdad  deben  adorarlo  sus  ado- 
radores" (Juan  4,  21,  23,  24).  "Lo  que  este  nuevo  culto 
rechaza,  observa  Loisy,  es  la  idea  del  lugar  santo  por  sí 
mismo,  y  del  rito  exterior  que  también  por  sí  mismo  ten- 
ga su  eficacia  fuera  del  hombre;  no  admite  otro  santua- 
rio que  el  del  alma,  ni  otros  símbolos  que  los  que  nutren 
la  fe  y  los  que  dan  vida  al  creyente". 

1404.  4'='  En  el  v.  27,  el  escritor  se  exalta,  y  exclama : 
" ¿Habitará  Dios  verdaderamente  sobre  la  tierra?  Porque 
si  no  te  pueden  contener  los  cielos,  ni  los  cielos  de  los  cie- 
los (1)  ¿cuánto  menos  aún  esta  casa  que  he  edificado?" 
Los  hebreos,  como  casi  todos  los  pueblos  antiguos,  creían 
en  la  existencia  de  muchos  cielos,  pues  en  el  Deuterono- 
mio  (Hbro  en  el  que  se  inspiró  nuestro  autor)  encontra- 
mos la  misma  idea  del  citado  versículo:  "De  Yahvé  tu 
dios  son  los  cielos,  y  los  cielos  de  los  cielos,  la  tierra,  y 
todo  cuanto  hay  en  ella"  (10,  14).  Los  judíos  contaban 
siete  cielos,  de  los  cuales,  el  más  elevado,  Aravoth,  con- 
tenía el  trono  de  Dios.  Esos  cielos  superpuestos  estaban 
— — — —  I 

(1)  La  forma  cielos  de  los  cielos,  como  Rey  de  Reyes  o 
Cantar  de  los  cantares,  es  una  manera  hebraica  de  expresar  la 
idea  de  un  superlativo,  a  saber,  lo  más  grande,  lo  más  excelso, 
por  eso  con  aquella  forma,  dice  Scio,  entendían  el  Empíreo, 
destinado  para  asiento  del  trono  de  Dios,  esto  es,  el  cielo  su- 
premo, el  más  alto,  el  más  rico,  etc. 


EL  TEMPLO,  MORADA  DE  YAHVE 


129 


habitados  por  seres  sobrenaturales  de  distintas  clases, 
siendo  el  segundo  la  morada  de  los  espíritus  malos  y  de 
los  ángeles  caídos,  que  esperaban  allí  su  castigo.  En  el 
tercer  cielo  estaba  el  Paraíso,  que  fué  visitado  por  el 
apóstol  Pablo,  según  así  él  mismo  nos  lo  refiere  en  II  Cor. 
12,  2.  El  escritor  de  nuestro  v.  27,  proclama  aquí  la  gran- 
deza del  dios  nacionaly  al  que  ya  no  nombra  Yahvé,  sino 
sólo  "Dios",  y  no  nota  que  esta  rotunda  profesión  de  mo- 
noteísmo, — pues  dada  la  excelsitud  de  "Dios",  ya  no  hay 
en  el  universo  lugar  para  los  otros  dioses,  como  categóri- 
camente así  se  afirma  en  el  v.  60, —  está  en  abierta  con- 
tradicción con  otros  pasajes  del  mismo  capítulo  y  hasta 
de  la  misma  plegaria.  En  efecto,  dígase  imparcialmente 
si  la  aseveración  de  que  "Dios  no  habita  sobre  la  tierra, 
pues  cómo  lo  va  a  encerrar  el  templo  salomónico,  cuando 
no  ■alcanzan  a  contenerlo  los  cielos  de  los  cielos",  está  O 
no  en  flagrante  contradicción  con  textos  como  éstos: 

^Yo  te  he  edificado  casa  para  que  te  sirva  de  morada, 
Habitación  en  la  que  residirás  eternamente  (v.  13). 

Yahvé  dijo  a  David,  mi  padre:  Cuando  tuviste  la  inten- 
ción de  edificar  casa  a  mi  Nombre  (ya  sabemos  que  esto 
es  un  eufemismo  postexílico,  para  no  decir:  casa  para  mí) 
bien  hiciste  en  tener  ese  propósito  en  tu  corazón  (v.  18). 
Y  finalmente  no  concuerda  la  proclamación  de  la  gran- 
deza inconmensurable  de  Dios,  con  lo  afirmado  en  los  vs. 
10  y  11  de  que  Yahvé  tomó  posesión  por  medio  de  su  nu- 
be de  la  casa  que  para  él  le  había  edificado  Salomón,  y 
con  las  reiteradas  manifestaciones  que  hemos  encontrado 
y  que  iremos  encontrando  en  nuestro  estudio,  de  que  allí 
moraría  Yahvé  eternamente. 

1405.  Es,  pues,  un  contrasentido  el  que  habiendo 
Salomón  hecho  una  casa  lujosa  para  residencia  de  su  dios, 
saliera  después  manifestando,  al  inaugurarla,  que  el  dios 
no  la  habitaría.  El  escritor  sacerdotal  que  compuso  esta 
plegaria  trató  de  salvar  esta  antinomia  con  la  ficción  de 
que  lo  que  estaría  siempre  en  aquella  casa  era  el  Nombre 
de  Yahvé,  quien  siendo  ya  el  Dios  universal,  tendría  sus 
ojos  abiertos^  mirando  de  noche  y  de  día  dicho  edificio 


130 


EVOLTTCION  DE  YAHVE 


(v.  29).  Es  decir,  que  por  medio  de  un  rodeo,  y  escribien- 
do en  época  que  rechazaba  el  antiguo  y  pueril  antropo- 
morfismo de  Yahvé,  el  escritor  sagrado  viene  a  manifes- 
tar en  el  fondo  y  por  medio  de  otro  antropomorfismo,  la 
misma  idea,  que  allí,  en  aquel  templo,  residiría  la  divini- 
dad. Cómo  se  fué  realizando  ese  trabajo  de  espirituali- 
zación de  Yahvé,  nos  lo  indica  Víctor  Monod,  Maestro 
de  conferencias  en  la  Facultad  de  Teología  protestante  de 
la  universidad  de  Estrasburgo,  cuando  escribe  en  el  Dict. 
Eneyc,  lo  siguiente:  "Durante  el  período  que  va  del  des- 
tierro a  Jesucristo,  la  idea  de  Dios  deviene  más  abstracta, 
más  filosófica,  menos  coloreada  de  historia.  La  idea  del 
Dios  creador,  del  Espíritu  organizador  de  la  materia  por 
la  potencia  del  Verbo,  se  afirma  al  comienzo  del  Código 
Sacerdotal.  Dios  está  muy  lejos,  y  su  trono,  en  lo  más 
alto  de  los  cielos.  Es  el  Señor  de  los  cielos  y  de  la  tierra, 
y  desaparecen  todas  las  imágenes  antropomórficas.  Dios 
no  entra  ya  en  contacto  con  los  hombres,  sino  por  men- 
sajeros, ángeles  que  lo  representan  más  o  menos  comple- 
tamente, o  bien  por  personalidades  abstractas,  hipóstasis 
como  la  Palabra,  la  Sabiduría.  Se  evita  pronunciar  el  nom- 
bre de  Dios  mismo,  y  se  rechaza  la  posibilidad  de  contacto 
directo  con  él.  Voluntariamente  altera  la  traducción  de 
los  LXX  el  texto  hebreo,  de  modo  que  desaparezcan  las 
ingenuas  afirmaciones  de  antes:  en  Ex.  19,  3,  Moisés  no 
sube  ya  a  donde  estaba  Dios,  sino  a  la  montaña  de  Dios; 
y  en  Ex.  24,  10,  Moisés  y  los  70  ancianos  no  ven  ya  a 
Dios,  sino  el  lugar  donde  estaba  el  Dios  de  Israel.  En  los 
Targúmenes,  el  hombre  ya  no  es  más  creado  a  imagen 
de  Dios,  sino  a  imagen  de  los  ángeles.  Cuando  el  cre- 
yente piensa  en  el  poder  de  Yahvé,  se  presentan  a  su 
mente,  el  ángel  que  está  en  su  presencia  o  el  Espíritu 
Santo  (Is.  63,  9,  10) .  Estaban  así  preparados  los  israelitas 
a  la  idea  de  un  mensajero  de  Dios,  que  no  sería  tan  sólo 
profeta,  sino  que  participaría  íntimamente  de  la  natu- 
raleza y  de  la  voluntad  del  Dios  lejano,  invisible  e  intan- 
gible" (Art.  Dieu). 

1406.  5'  Desde  el  v.  31  en  adelante  el  compositor 
de  esta  plegaria  menciona  siete  distintas  circunstancias 


EL  JURAMENTO  DEFERIDO 


131 


por  las  cuales  deberá  el  israelita  concurrir  a  aquel  templo, 
pues  allí  es  la  morada  de  Yahvé,  — a  despecho  de  lo  afir- 
mado en  el  v,  27 — ,  y  este  dios  intervendrá  entonces  di- 
rectamente en  los  asuntos  que  se  le  planteen,  "El  número 
siete,  dice  L.  B.  A,  ,está  aquí  elegido  como  número  sa- 
grado, que  resume  la  totalidad  de  los  casos  en  que  el 
pueblo  recurrirá  al  Eterno".  Nótese  que  el  redactor  de 
esta  plegaria  sienta  el  principio  general  de  que  Yahvé 
escucha  a  todo  aquel  que  le  implora  en  el  templo  o  mi- 
rando en  dirección  a  ese  santuario,  estableciendo  así  la 
tesis  individualista,  desconocida  en  tiempos  de  Salomón, 
pues  ella  suponía  que  el  creyente  tiene  un  valor  real  para 
Yahvé.  Esta  idea  es  propia  de  época  posterior  al  Deutero- 
nomio,  pues  todavía  en  el  siglo  VIIT,  — en  que  probable- 
mente se  escribió  el  Decálogo  clásico  de  Ex.  20, —  se 
afirma  en  esta  colección  de  preceptos  divinos  el  principio 
de  la  remuneración  colectiva,  dado  que  Yahvé  castiga  la 
iniquidad  de  los  padres  sobre  los  hijos  hasta  la  cuarta 
generación,  y  colma  de  favores  hasta  la  milésima  gene- 
ración de  los  que  le  aman  y  guardan  sus  mandamientos. 
Examinemos  ahora  los  siete  casos  que  se  exponen  en  esta 
plegaria. 

1407.  PRIMER  CASO.  El  juramento  deferido  a  un 
prevenido  (vs.  31-32).  El  juramento  o  declaración  solem- 
ne de  algo,  poniendo  a  Dios  como  testigo  de  lo  que  se 
asevera,  y  que  trae  implícita  la  aceptación  de  la  maldición 
divina  para  el  caso  de  ser  falso  lo  expresado  o  el  compro- 
miso contraído,  era  muy  practicado  por  los  judíos  no  sólo 
ante  los  jueces,  sino  en  las  relaciones  ordinarias  de  la 
vida.  Hace  notar  el  pastor  Mauricio  Michaeli,  en  el  Dict. 
Encyc.  que  "  una  de  las  palabras  usadas  en  hebreo  para 
expresar  la  idea  de  juramento  proviene  de  la  raíz  cheba, 
que  quiere  decir  siete,  o  que  literalmente  significa:  estar 
bajo  el  imperio  de  las  siete  (cosas  santas),  pues  sabido  es 
que  el  número  siete  era  sagrado  para  los  judíos,  aún 
cuando  otros  piensan  que  debe  verse  en  ello,  un  resto  de 
la  influencia  babilónica,  dado  que  los  caldeos  reconocían 
siete  divinidades  planetarias"  (Art.  Serment).  El  jura- 


132 


EL  JURAMENTO  EN  LA  ACTUALIDAD 


mentó  a  que  se  refiere  el  autor  de  nuestra  plegaria,  es  el 
llamado  de  adiuración  o  conjuro,  por  el  cual  se  intimaba 
a  alguno  a  decir  la  verdad,  bajo  amena7a  de  maldición 
divina.  Aquí  se  le  pide  a  Yahvé  que  cuando  venga  a  pres- 
tar el  juramento  ante  el  altar  del  templo  aquel  a  quien 
le  haya  sido  deferido  ese  medio  probatorio,  lo  oiga  él 
desde  el  cielo  y  condene  al  culnable  habiendo  recaer  su 
falta  sobre  su  cabeza,  y  en  cambio,  justifique  al  inocente 
y  lo  trate  según  su  inocencia.  En  el  Códieo  de  la  Alianza, 
obra  del  siglo  siguiente  después  de  Salomón,  encontra- 
mos varios  casos  del  juramento  de  Durificación.  que  se 
pronunciaba  cuando,  p.  ej.,  el  denositario  de  dinero,  al- 
hajas o  animales  de  otro,  no  podía  dar  cuenta  de  ellos, 
y  alegaba  que  él  no  se  había  apoderado  de  tales  obietos 
(Ex,  22,  7-11).  En  énocas  de  fe.  cuando  realmente  se  c^-eía 
en  la  intervención  directa  de  Dios  en  los  asuntos  huma- 
nos, el  juramento  tuvo  su  razón  de  ser.  pues  el  temor  a 
las  maldiciones  divinas,  que  se  aseguraba  caían  sobre  el 
perjuro,  obligaba  generalmente  a  decir  la  verdad.  Hov 
que  el  Yahvé  bíblico  ha  perdido  gran  parte  de  su  antiguo 
prestigio,  se  ha  eliminado  de  las  prácticas  judiciales  el 
juramento,  el  que  únicamente  como  resabio  de  costum- 
bres en  desuso,  se  conserva  aún  en  algunos  códigos  civi- 
les modernos,  como  el  francés  (arts.  1367-9).  el  italiano 
(arts.  1374-7)  y  el  uruguayo  (arts.  1227,  1611-2),  y  sólo 
para  contadísimos  casos,  como  cuando  se  discute  si  se 
ha  operado  o  no  la  ürescriüción  de  determinadas  deudas,  o 
en  juicios  sobre  obligaciones  civiles  procedentes  de  delito, 
cuasidelito  o  dolo,  sin  estar  obligado  el  Juez  a  pasar  por 
la  declaración  jurada  del  demandante.  También  se  man- 
tiene todavía  hov  el  juramento  en  muchas  constituciones 
políticas,  que  ordenan  lo  presten  los  que  entran  a  desem- 
peñar cargos  de  gran  responsabilidad,  como,  p.  ej.:  los 
legisladores,  altos  miembros  de  la  magistratura  judicial 
y  el  Presidente  de  la  República,  a  pesar  de  que  la  expe- 
riencia demuestra  la  inutilidad  de  ese  requisito  protoco- 
lar, que,  a  los  que  juran,  no  les  impide  cometer  desmanes, 
y  que,  por  lo  mismo,  prácticamente  a  nada  provechoso 
conduce.  Ya  en  el  judaismo  del  siglo  anterior  a  nuestra 


LOS  ISRAEMTAS  VENCIDOS 


133 


era,  se  multiplicaron  tanto  los  perjurios,  — lo  que  comprue- 
ba que  Yahvé  no  había  accedido  a  lo  que  se  le  pedía  en  la 
oración  salomónica, —  y  era  tan  fácil  expiarlos,  gracias 
a  la  casuística  de  los  fariseos,  que  Jesús  condenó  los  ju- 
ramentos, diciendo:  "No  juréis  de  ninguna  manera... 
Sea  vuestro  hablar:  sí,  sí;  no,  no;  porque  lo  que  demás  se 
dice,  procede  del  Maligno"  (Mat.  5,  34-7);  condenación 
que  se  reproduce  en  la  epístola  de  Santiago,  5,  12. 

1408.  SEGUNDO  CASO.  El  segundo  caso  que  le 
expone  a  Yahvé  el  autor  de  esta  plegaria,  es  el  de  una 
derrota  de  Israel  seguida  por  la  cautividad  de  los  ven- 
cidos. "Cuando  fueren  batidos  los  de  tu  pueblo  Israel  por 
el  enemigo,  a  causa  de  haber  pecado  contra  ti,  si  volviesen  a 
ti  y  confesaren  tu  nombre  y  te  dirigieran  oraciones  y  sú- 
plicas en  esta  casa,  óyelos  tú  desde  el  cielo,  perdona  el  pe- 
cado de  tu  pueblo  Israel,  y  hazlos  volver  al  país  que  diste  a 
sus  padres".  Francamente  se  necesita  mucha  fe  para  creer 
que  Salomón  delante  de  todo  su  pueblo,  en  aquellos  mo- 
mentos de  regocijo  popular,  según  se  nos  lo  describe, 
haya  tenido  el  mal  gusto  de  pedir  a  su  dios  que  escuchara 
las  súplicas  que  allí  se  le  dirigieran  cuando  su  pueblo 
fuese  derrotado  y  conducido  al  cautiverio  por  el  enemigo. 
Lo  natural  sería  el  haber  pedido  que  cuando  Israel  fuera 
a  la  guerra,  Yahvé  continuara  siendo  su  jefe,  como  antes, 
y  les  diera  la  victoria.  Pero  el  hecho  resulta  fácil  de  ex- 
plicar, porque  Salomón  no  tuvo  arte  ni  parte  en  la  pre- 
paración de  esta  plegaria,  como  no  la  tuvo  en  las  obras 
literarias  que  se  le  atribuyen.  Todo  hace  suponer  que 
esta  plegaria  fué  escrita  poco  antes  de  la  destrucción  de 
Jerusalem,  cuando  Nabucodonosor  aún  no  había  quemado 
el  templo ;  pero  que  ya  en  una  campaña  anterior,  se  había 
llevado  cautivos  a  Babilonia,  al  rey  Joaquín,  a  la  casa  real 
de  éste,  al  elemento  dirigente  y  a  la  gente  válida  de  Judá 
(II  Rey.  24,  11-16).  Además,  de  acuerdo  con  el  criterio 
de  los  grandes  profetas  de  los  siglos  VIII  y  VII,  de  que  se 
hicieron  eco  el  Deuteronomio  y  la  escuela  deuteronomista, 
las  derrotas  de  Israel  se  atribuían  a  los  pecados  del  pue- 
blo, principalmente  a  su  idolatría,  por  eso  nuestro  autor 


134 


OALAMTOADES  EIÍVIADAS  POR  TAHVB 


dice:  "Cuando  fuere  hatido  Israel,  a  causa  de  haber  pe- 
cado contra  ti".  Yahvé  desde  aquella  época,  permitía  las 
derrotas  de  su  pueblo,  cuando  éste  le  era  infiel,  (lo  que 
casi  siempre  ocurría),  porque  de  lo  contrario  había  que 
confesar  que  había  menguado  el  poder  del  dios  nacional, 
dador  de  las  victorias  de  Moisés,  Josué,  los  Jueces  y  Da- 
vid. Por  eso  con  razón  escribe  Reuss:  "En  la  demanda 
de  perdón,  no  es  al  poderoso  rey  a  quien  se  oye  hablar, 
sino  al  redactor  testigo  del  destierro,  puesto  que  toda 
derrota  no  era  seguida  de  cautividad". 

1409.  TERCERO  Y  CUARTO  CASOS.  Sequía, 
hambre,  peste  y  otras  calamidades  públicas  enviadas  por 
Yahvé  a  su  pueblo,  en  castigo  de  sus  pecados  (vs.  35-40). 
Ya  hemos  tenido  ocasión  de  ver  (§  133-4,  1056)  que  los 
hebreos  como  otros  pueblos  de  la  antigüedad,  atribuían  a 
su  dios  nacional,  no  sólo  el  bien,  sino  también  el  mal 
que  les  ocurría.  En  este  último  caso,  las  desgracias  que 
había  que  soportar,  se  consideraban  manifestaciones  de 
la  cólera  divina.  Aquellos  que  aun  hoy  insisten  en  com- 
batir la  escuela  laica,  alegando  que  sólo  la  moral  religiosa 
es  la  que  puede  influir  para  encaminar  a  los  niños  y  a  la 
humanidad  en  general  por  la  senda  del  bien,  no  se  dan 
cuenta  que  los  dioses  de  todas  las  religiones  son,  el  que 
más  o  el  que  menos,  profundamente  inmorales.  "¿Quién 
es  el  que  hace  al  hombre,  mudo,  sordo,  cojo  o  ciego?  ¿Aca- 
so no  soy  yo,  Yahvé?",  le  dice  este  dios  a  Moisés  en  uno 
de  sus  habituales  coloquios  (Ex.  4,  ;  §  134).  Ya  hemos 
estudiado  entre  las  hazañas  de  Yahvé,  la  de  haber  rete- 
nido la  lluvia  durante  tres  años  consecutivos,  provocando 
el  hambr*  en  medio  de  su  pueblo  Israel,  tan  sólo  porque 
el  fallecido  rey  Saúl,  mucho  tiempo  antes  de  esa  calami- 
dad, había  tratado  de  exterminar  a  los  gabaonitas;  y  el 
vengativo  dios  sólo  se  aplacó,  cuando  hubieron  sido  ahor- 
cados en  su  presencia,  siete  inocentes,  que  no  tenían  otro 
delito  que  el  ser  descendientes  de  aquel  monarca  (§  1036- 
1042).  Aquí  el  escritor  sagrado  da  por  sentado  que  Yahvé 
es  el  autor  de  todos  los  flagelos  que  azotaban  a  aquel  po- 
bre pueblo,  los  que  se  complace  en  detallar:  sequía,  ham- 


El  extranjebo  Que  acudiera  al  templo  135 


bre,  peste,  el  tizón  y  el  añublo  que  atacaban  el  trigo  y 
demás  cereales,  langostas,  orugas,  hallarse  los  israelitas 
sitiados  en  sus  ciudades  por  los  enemigos,  y  después,  en 
general,  cualesquiera  otras  plagas  y  enfermedades,  —  to- 
do esto,  según  él,  debe  ser  considerado  como  castigo  de 
aquel  irritable  y  despiadado  dios  por  los  pecados  de  su 
pueblo.  Estas  son  manifestaciones  propias  de  la  antigua 
idea  de  la  religión  colectiva;  por  eso  las  faltas  de  algunos 
se  creia  que  ocasionaban  el  castigo  de  todos,  en  virtud  de 
la  mutua  solidaridad  en  que  se  encontraban  ante  el  dios 
nacional.  Sin  embargo,  a  poco  que  se  medite,  se  ve  claro 
lo  absurdo  de  esa  tesis,  que  a  ser  cierta,  asemejaría  Yahvé 
a  un  iracundo  padre  que,  por  la  menor  falta  de  sus  hijos, 
les  diera  tan  terribles  palizas,  que  los  dejara  Hsiados  y 
tullidos  para  el  resto  de  sus  días.  Además  de  acuerdo 
con  la  misma  tesis,  constantemente  tendría  Yahvé  que 
estar  enviando  calamidades  y  desastres  a  su  pueblo  esco- 
gido (y  ¡qué  sería  si  no  hubiese  sido  su  pueblo!),  pues 
como  éste  no  estaba  compuesto  de  santos,  siempre  había 
muchos  que  no  "confesaban  el  nombre  de  Yahvé",  es  de- 
cir, que  adoraban  a  otros  dioses,  o  que  violaban  los  pre- 
ceptos de  aquél.  Como  en  esta  parte  de  la  plegaria  se 
pide  a  Yahvé  que  escuche  a  cualquier  hombre  (v.  38)  que 
le  implore  extendiendo  sus  manos  hacia  el  Templo,  ve 
en  ello  Lods  una  prueba  de  que  cuando  ella  fué  escrita, 
— que  él  supone  fuera  en  la  época  de  Jeremías,  profeta 
que  había  descubierto  una  reUgión  más  individualista  y 
más  espiritual, —  ya  se  iba  teniendo  conciencia  del  valor 
que  una  persona  aislada  puede  tener  a  los  ojos  de  Dios 
(Les  Prophétes,  p.  193,  248). 

1410.  QUINTO  CASO.  El  del  extranjero  venido  de 
lejanas  tierras  a  causa  del  nombre  de  Yahvé,  que  acudiera 
a  orar  ante  esta  casa.  Para  él  se  le  pide  a  Yahvé  que  lo 
oiga  desde  el  cielo  y  le  conceda  todo  lo  que  pidiere,  a  fin 
de  que  todos  los  pueblos  de  la  tierra  conozcan  el  nombre  de 
Yahvé,  lo  reverencien  y  sepan  que  dicho  nombre  es  invo- 
cado en  este  templo  (vs.  41-43).  Las  disposiciones  de  los 
hebreos  hacia  los  extranjeros  variaron  según  que  éstos 


I 


El  extranjero  en  israel 


se  hallasen  en  una  de  estas  tres  circunstancias:  1*  No 
estando  en  guerra  con  los  pueblos  vecinos,  mantenían  con 
ellos  relaciones  más  o  menos  estrechas,  sobre  todo  con 
los  fenicios  y  los  sirios,  fomentadas  principalmente  por  el 
intercambio  comercial.  Sin  embargo  existía  contra  todas 
esas  naciones  extranjeras,  un  estado  latente  de  hostilidad, 
avivado  casi  siempre  por  el  partido  yahvista,  debido  al 
temor  de  que  esas  relaciones  contribuyeran  a  que  los  is- 
raelitas aceptaran  costumbres,  ideas  y  prácticas  rehgio- 
sas  contrarias  a  las  propias  nacionales,  heredadas  de  sus 
antepasados,  quienes  habían  llevado  una  vida  nómade  en 
el  desierto.  Esa  animadversión  se  acentuó  aún  al  retorno 
de  la  cautividad,  cuando  el  elemento  sacerdotal  sostuvo 
que  el  pueblo  de  Israel  debía  formar  una  comunidad  total- 
mente cerrada  a  toda  influencia  extranjera,  y  consa- 
grarse exclusivamente  al  culto  de  Yahvé,  pues  de  lo  con- 
trario este  colérico  dios  volvería  a  castigarlo  con  nuevas 
calamidades  tan  terribles  como  las  que  habían  ocasionado 
la  ruina  de  Jerusalem  y  la  pérdida  de  la  independencia 
de  la  patria.  —  2*  Con  respecto  a  los  extranjeros  de  paso 
en  Israel,  los  hebreos  les  profesaban  sentimientos  de  be- 
nevolencia, considerando  con  todos  los  antiguos  pueblos 
orientales,  en  aquellas  épocas  en  que  no  estaba  organi- 
zado el  hospedaje  de  los  forasteros,  que  la  hospitaüdad 
era  la  gran  virtud,  el  más  elemental  deber  del  hombre 
piadoso  (Gén.  18,  2-5;  19,  2;  Jue.  13,  15;  19,  16-21;  Job  31 
32).  —  3*  Tocante  al  extranjero  radicado  en  Israel,  o  ger, 
del  que  ya  hemos  hablado  anteriormente  (§  559,  560), 
fueron  aumentando  cada  vez  más  hacia  él  los  senti- 
mientos afectuosos  como  se  ve  en  el  Deut.  16,  10,  11,  14; 
26,  11,  aunque  sin  embargo,  no  es  todavía  completa  su 
asimilación  con  el  natural  del  país  (Deut.  15,  3;  23,  20). 
Ezequiel  le  permite  entrar  en  el  santuario,  a  condición 
de  que  se  circuncide  (44,  9),  hasta  que  más  tarde  aún,  el 
ger  llega  a  ser  el  prosélito,  el  convertido  al  culto  judío, 
estableciéndose  que  "una  misma  ley  habrá  para  los  de 
vuestra  raza  y  para  el  extranjero  que  habita  en  medio  de 
vosotros"  (véanse  los  textos  recientes  de  Ex.  12,  49;  Lev. 
24,  22;  Núm.  15,  15,  29). 


MANO  FUERTE  T  BRAZO  EXTENDIDO  DE  TAHVE 


137 


1411.  En  cuanto  al  quinto  caso  de  la  plegaria  que 
comentamos,  hay  en  ella  un  detalle  oue  revela  el  fraude 
literario  que  se  pretende  cometer  atribuyéndosela  a  Sa- 
lomón, y  es  éste:  en  el  v.  42.  se  da  como  causa  de  la  ve- 
nida de  los  extranjeros  de  leianas  tierras  a  orar  en  el 
temnlo  de  Jerusalem,  el  hecho  de  que  ellos  habrán  oído 
hablar  de  la  mano  fuerte  y  del  brazo  extendido  de  Yahvé. 
Ahora  bien,  esta  curiosa  manera  de  exnresarse  tocante  al 
dios  nacional,  es  peculiar  del  Deuteronomio,  habiendo  sido 
después  imitada  por  otros  escritores  de  la  misma  escuela 
y  por  el  escritor  sacerdotal  postexílico  (Ex.  6,  6;  13,  3). 
Así  en  aquel  libro  leemos:  "¿Ra  intentado  alguna  vez  un 
dios  escogerse  una  nación  en  medio  de  otra  nación,  cotí 
pruehas.  señales,  y  milagros,  combatiendo  con  mano  fuer- 
te y  brazo  extendido,  eipcvtando  obras  arandes  y  estupen- 
das, como  lo  ha  hecho  Yahvé  vuestro  dios,  por  vosotros, 
ante  vuestros  propios  oiosf"  (Deut.  4.  34).  Y  en  el  cap. 
siguiente  se  repite:  "Yahvé,  tu  dios,  te  sacá  de^  Eninto 
con  mano  fuerte  y  con  brazo  extendido"  (5,  15).  Otro  in- 
dicio de  la  época  reciente  dé  esta  plee^aria  se  halla  en  la 
idea  de  que  los  extranjeros  vendrían  de  leianas  tierras  a 
orar  en  el  templo  de  Jerusalem.  No  se  confunda  esa  idea 
con  la  leprendaria  visita  de  la  reina  de  Sabá,  pues  ésta, 
seisrún  la  tradición,  no  vino  a  Jerusalem  a  orar,  sino  a 
proponer  eniprmas  a  Salomón,  atraída  por  el  renombre 
de  la  sabiduría  de  este  monarca.  Lo  que  expone  el  quinto 
caso  de  nuestra  plegaria  es  la  idea  de  los  profetas,  el  sue- 
ño patriótico  acariciado  después  de  la  restauración,  que 
Jerusalem  llegaría  a  ser  el  centro  del  mundo  adonde  con- 
vergirían los  habitantes  de  todas  las  naciones,  siendo  el 
templo  de  Yahvé  la  Casa  de  Oración  universal.  Por  eso 
en  el  tercer  Isaías  encontramos  estas  promesas: "ios-  hi- 
jos de  tierra  extraña  que  se  unan  a  Yahvé  para  servirle, 
y  para  amar  el  nombre  d»  Yahvé  a  fin  de  ser  sus  servido- 
res; todos  aquellos  que  guarden  el  sábado  para  no  profa- 
narlo, y  que  sean  fieles  a  mi  alianza,  yo  los  traeré  a  mi 
montaña  santa  y  los  colmaré  de  gozo  en  mi  Casa  de  Ora^ 
dón;  siis  holocaustos  y  sus  sacrificios    serán  aceptados  so- 


1S8 


ORAR  HAOIA  EL  TEMPLO 


hre  mi  altar,  porque  mi  Casa  será  llamada  Casa  de  Ora- 
ción de  todos  los  pueblos"  (Is.  56,  6,7). 

1412.  SEXTO  CASO.  Al  considerar  el  segundo  ca- 
so de  esta  plegaria  (§  1408)  dijimos  que  no  era  natural 
hacer  pedidos  a  Yahvé  en  aquel  momento  para  cuando 
fueren  derrotados  los  israelitas,  sino  pedir  la  victoria 
cuando  salieran  a  la  guerra.  Este  último  caso  es  el  ac- 
tual, pues  el  escritor  manifiesta:  "Cuando  saliere  tu  pue- 
blo a  campaña  contra  sus  enemiaos,  doquiera  que  tú  los 
enviares,  si  invocan  a  Yahvé  con  l-a  cara  vuelta  a  la  ciudad 
que  tú  has  escogido  y  a  la  casa  aue  yo  he  edificado  a  tu 
nombre,  oye  tú  desde  el  cielo  las  vUeqnrias  y  súnlicns  de 

tu  vuehlo,  y  hazles  justicia"  (vs.  44  y  45).  Esta  parte  de 
la  pleearia  está  más  en  situación  que  el  seerundo  caso 
referido;  pero  traiciona  también  al  escritor  de  época  re- 
ciente, no  sólo  poroue  no  se  pide  concretamente  el  triun- 
fo, que  parecía  imposible  en  aouella  época  de  depresión 
ante  el  derrumbamiento  del  poderío  nacional,  sino  ade- 
más por  la  circunstancia  ya  mencionada  en  algunos  de  los 
anteriores  casos,  de  la  importancia  que  tenía  para  el 
éxito  de  la  súplica,  la  posición  aue  adoptase  el  orante. 
Para  que  Yahvé  oiga  desde  el  cielo,  se  requiere  en  énocas 
de  sequía,  peste,  u  otra  calamidad  pública,  orar  hacia  el 
templo  y  extender  las  manos  en  dirección  al  mismo  (vs. 
35.  38) ;  y  aquí  en  este  caso,  los  soldados  en  campaña 
deben  también  pronunciar  su  oración  mirando  hacia  don- 
de se  encuentra  Jerusalem  y  su  templo  (v.  44).  Esta 
práctica  que  humaniza  a  la  divinidad,  suponiéndola  que 
habita  en  un  santuario  célebre  determinado,  práctica  se- 
guida aún  hoy  por  los  judíos,  y  por  los  árabes  que  oran 
en  dirección  a  la  Meca,  está  en  abierta  contradicción  con 
la  tesis  sustentada  en  el  v.  27  y  con  los  demás  versículos 
citados  en  que  se  afirma  que  el  cielo  es  el  asiento  perma- 
nente de  la  morada  de  Yahvé  (vs.  39,  43,  49). 

1413.  SÉPTIMO  Y  ÚLTIMO  CASO  (vs.  46-51).  Este 
es  indiscutiblemente  un  trozo  escrito  por  quien  estaba  en 
el  destierro,  y  deseaba  que  Yahvé  intercediera  con  los 
caldeos,  a  fin  de  que  éstos  tuvieran  compasión  de  los  des- 


liOS  KRAELItAS  EN  EL  CAUTIVERIO 


5L39 


venturados  israelitas  cautivos.  Léase  con  detención  ese 
pasaje,  y  se  convencerá  el  lector  desapasionado  de  la  ver- 
dad expuesta.  "46  Cuando  pecaren  contra  ti  (pues  no  hay 
hombre  que  no  peque)  e  irritado  los  entregares  a  tus  ene- 
migos, y  fueren  llevados  cautivos  a  tierra  enemiga,  sea  le- 
jos^ o  cerca,  47  y  si  arrepentidos  de  corazón,  en  el  país  de 
su  cautiverio,  y  convertidos  te  imploraren  en  su  destierro 
diciendo:  ¡Hemos  pecado,  hemos  cometido  iniquidad,  im- 
piamente  hemos  procedido!,  48  y  se  volvieren  a  ti  de  todo 
su  corazón  y  con  toda  su  alma,  en  el  país  de  sus  enemigos 
que  los  hubieren  cautivado,  y  te  oraren  con  el  rostro  vuel- 
to hacia  la  tierra  que  diste  a  sus  padres,  hacia  la  ciudad 
que  has  escogido  y  hacia  esta  casa  que  he  edificado  a  tu 
nombre,  49  entonces  desde  el  cielo,  lugar  de  tu  morada, 
oye  tú  sus  oraciones  y  sus  ruegos,  y  hazles  justicia  •  50 
Perdona  a  tu  pueblo  todos  sus  pecados,  todas  las  ofensas 
que  contra  ti  hayan  cometido;  excita  en  su  favor  la  com- 
pasión de  los  que  los  hubieren  llevado  cautivos,  para  que 
se  apiaden  de  ellos,  51  porque  Israel  es  tu  pueblo,  tu  here- 
dad, y  tú  lo  sacaste  de  Egipto,  de  en  medio  del  horno  de 
hierro".  Véase  con  qué  insistencia  se  habla  del  país  del 
cautiverio,  del  destierro,  de  los  que  los  hubieren  llevado 
cautivos;  todo  esto  revela  el  grito  angustiado  del  israelita 
prisionero  lejos  de  su  patria,  y  que,  de  acuerdo  con  la 
prédica  de  los  profetas,  entendía  que  aquella  calamidad 
que  le  había  sobrevenido  a  Israel,  era  el  justo  castigo  de 
sus  pecados  contra  Yahvé.  La  frase  hazles  justicia,  que 
ya  hemos  encontrado  en  el  v.  45,  da  a  entender  que  orar 
hacia  el  templo  en  las  condiciones  que  expresa  el  escritor, 
daba  derecho  al  suplicante  para  exigir  de  Yahvé  el  otor- 
gamiento de  lo  solicitado.  Nota  Reuss  que  esa  frase  nos 
muestra  que  el  perdón  podía  ser  considerado  como  una 
especie  de  obligación  resultante  de  la  penitencia.  Y  agrega 
el  mismo  exégeta :  "Si  hemos  tenido  razón  de  ver  en  estos 
pasajes,  donde  se  habla  del  destierro,  el  reflejo  de  los  su- 
cesos que  pusieron  fin  a  la  monarquía  de  los  Isaídas  (de 
Isaí,  padre  de  David),  conviene  agregar  que  esto  fué  es- 
crito antes  de  la  época  de  Ciro  y  de  la  vuelta  de  la  cauti- 
vidad, porque  ésta  no  terminó  en  virtud  de  la  piedad  ex- 


140 


DOS  VERSIONES  DE  LA  PLEOABIA  SALOMONICA 


perimentada  por  los  caldeos  que  los  habían  llevado  cauti- 
vos, sino  al  contrario  a  causa  de  la  ruina  de  los  mismos". 
En  nuestra  opinión,  la  fecha  de  la  redacción  de  esta  plega- 
ria debe  fijarse  después  de  la  primer  campaña  de  Nabu- 
codonosor  contra  el  reino  de  Judá,  y  antes  de  la  destruc- 
ción de  Jerusaiem  (pág.  7),  pues  no  es  posible  admitir 
que  el  escritor  pidiera  a  Yahvé  que  oyese  a  los  desterra- 
dos que  oraran  con  el  rostro  vuelto  hacia  el  templo  de 
Salomón,  en  una  época  en  que  ese  edificio  ya  había  de- 
jado de  existir. 

CONCLUSIÓN  DE  LA  PLEGARIA.  —  1414.  De 

esta  plegaria  tenemos  dos  versiones:  una  en  I  Reyes,  y 
otra  en  II  Crónicas.  Ambas  no  terminan  del  mismo  modo, 
como  se  ve  a  continuación: 


I  Reyes,  8 

52.  ¡Estén,  pues,  tus  ojos 
abiertos  sobre  tu  siervo  y  so- 
bre tu  pueblo  Israel,  cuan- 
do te  dirijan  sus  ruegos! 
'Escúchalos  siempre  que  te 
invoquen. 

53.  Porque  tú,  oh  Señor 
Yahvé,  los  separaste  de  to- 
dos los  pueblos  de  la  tierra 
para  que  fuesen  tu  heredad, 
como  lo  declaraste  por  tu 
siervo  Moisés,  cuando  sacas- 
te a  nuestros  padres  de 
Egipto. 


II  Crónicas,  6 

40.  Ahora,  pues,  oh  Dios 
mío,  ruégote  estén  abiertos 
tus  ojos  y  atentos  tu  oídos 
a  la  oración  que  se  haga  en 
este  lugar. 

41.  ¡T  ahora,  levántate,  oh 
Yahvé  Dios,  y  ven  a  habitar 
en  tu  morada,  tú  y  el  arca 
de  tu  poder!  ¡Vístanse  de 
salud  tus  sacerdotes,  oh  Yah- 
vé Dios,  y  regocíjense  tus 
fieles  en  su  dicha! 

42.  ¡No  rechaces,  oh  Yah- 
vé Dios,  el  rostro  de  tu  un- 
gido; acuérdate  de  los  favo- 
res concedidos  a  tu  siervo 
David! 


La  plegaria  salomónica,  salvo  variantes  de  poca  mon- 
ta, es  idéntica  en  los  dos  citados  libros  bíblicos  donde  se  en- 


tJN  FRAUDE  LITERARIO  MAS 


141 


cuentra,  hasta  el  final  de  la  primera  cláusula  del  v,  50  de 
I  Rey.  8 ;  después  en  II  Crón.  6  falta  el  resto  del  v.  50  y 
el  51,  y  están  reemplazados  el  52  y  53  por  los  tres  vs. 
40-42,  que  se  leen  en  la  columna  de  la  derecha,  que  ante- 
cede. Como  Salomón,  según  se  afirma,  pronunció  una 
sola  oración  en  la  dedicación  del  templo,  resulta  claro  que 
uno  de  los  dos  escritores  sagrados  que  relatan  esa  ple- 
garia, se  equivocó  o  nos  da  a  sabiendas,  como  de  Salomón, 
palabras  que  éste  no  pronunció.  Los  ortodoxos  se  inclinan 
a  creer  que  la  forma  original  de  la  plegaria  es  la  que 
trae  I  Reyes,  no  sólo  porque  este  libro  es  mucho  más 
antiguo  que  el  de  Crónicas,  sino  porque  además  los  men- 
cionados vs.  41  y  42,  están  tomados  casi  literalmente  del 
salmo  132,  vs.  8-10  (§  1387).  Esta  última  observación 
muestra  con  toda  evidencia  que  el  escritor  del  libro  de 
Crónicas,  al  reproducir  tres  versículos  de  un  salmo  de  épo- 
ca muy  posterior  a  Salomón  y  darlos  como  la  terminación 
de  ía  plegaria  de  éste  al  inaugurar  el  templo,  estaba  cons- 
cientemente faltando  a  la  verdad.  Y  sin  embargo,  para  la 
ortodoxia,  tanto  el  de  Reyes  como  el  de  Crónicas  son  es- 
critores divinamente  inspirados,  y  cuyas  palabras  debe- 
mos acatar  sin  discusión! 

RESUMEN.  —  1415.  Resumiendo,  pues,  lo  expuesto 
al  examinar  esta  célebre  plegaria,  que  según  la  ortodoxia, 
revela  la  piedad  y  el  genio  religioso  de  Salomón,  podemos 
afirmar  sin  temor  de  equivocarnos,  que  tanto  por  su  fondo 
como  por  su  forma,  nos  hallamos  aquí  ante  uno  de  los 
tantísimos  fraudes  literarios  de  que  están  llenas  las  pá- 
ginas de  la  Biblia,  según  así  lo  hemos  visto  al  estudiar, 
p.  ej.,  la  bendición  de  Moisés  (§  327),  el  cántico  de  Ana 
(§  657-9),  la  profecía  contra  la  casa  de  Eli  (§  670),  y  el 
discurso  de  Samuel  (§  814).  Hasta  el  mismo  abate  Des- 
noyers  se  ve  obligado  a  confesar  que  las  partes  de  esta 
plegaria  posteriores  al  v.  13,  "se  presentan  como  ampli- 
ficaciones, en  que,  sin  dificultad,  se  reconocen  ideas  y  ex- 
presiones deuteronómicas.  Lo  que  se  dice  de  los  extran- 
jeros en  los  vs.  41-43,  y  de  la  cautividad  en  los  vs.  46-53, 
lleva  particularmente  el  sello  de  una  fecha  bastante  lar- 


142 


tJN  FRAUDE  LITERARIO  MAS 


día"  (III,  114).  Gautier  manifiesta  que  "la  parte  del  libro 
I  de  Reyes,  8  a  9,  5,  en  la  que  se  trata  de  la  dedicación 
del  templo,  está  tomada  en  cuanto  a  sus  primeros  mate- 
riales, de  las  antiguas  fuentes,  Actos  de  Salomón  y  Archi- 
vos del  templo;  pero  que  el  redactor  deuteronómico  re- 
tocó y  recompuso  los  datos  primitivos.  Éstos  no  subsisten 
intactos  sino  en  8,  12-22,  62-66.'Er\  todo  lo  demás  se  reco- 
noce la  nota  característica  y  los  acostumbrados  desarro- 
llos de  la  escuela  de  D"  (I,  p.  289). 


CAPITULO  XI 


£1  final  de  la  dedicación  del 
templo. 


4'  LA  BENDICIÓN  DE  SALOMÓN.  —  1416.  Ter- 
minada su  plegaria,  Salomón  se  puso  de  pie,  según  nos 
informa  el  escritor  sagrado  en  el  v.  54  (§  1395),  y  con 
las  palabras  que  se  leen  en  los  vs.  56  al  61  de  I  Rey.  8, 
bendijo  a  la  Asamblea  de  Israel,  como  David  había  tam- 
bién impartido  su  bendición  al  pueblo,  después  que  ins- 
taló el  arca  de  Kiryat-Jearim,  en  la  tienda  que  él  le  había 
preparado  en  Jerusalem  (II  Sam.  6,  18',  §  1114*).  Esta 
bendición  que  se  pone  en  boca  de  Salomón,  está  revelando 
a  las  claras  su  origen  exílico,  pues  no  sólo  alude  al  Deute- 
ronomio,  sino  que  además  reproduce  el  lenguaje  de  este 
libro,  como  cuando  dice:  "andemos  en  todos  los  caminos 
de  Yahvé  y  guardemos  sus  mandamientos  y  sus  estatutos 
y  sus  leyes,  que  prescribió  a  nuestros  padres"  {vs.  58,  61; 
cf.  Deut.  4,  40,  45;  h,  31;  6,  1,  2;  7,  11,  etc.).  Igualmente 
se  encuentra  en  ella  esta  rotunda  declaración  de  fe  mo- 
noteísta impropia  de  la  época  de  Salomón:  "a  fin  de  que 
sepan  todos  los  pueblos  de  la  tierra  que  Yahvé  sólo  es  Dios; 
no  hay  otro  alguno"  (v.  60),  semejante  a  las  de  las  partes 
recientes  del  Deuteronomio  como:  "Sólo  Yahvé  es  Dios 
arriba  en  los  cielos  y  abajo  en  la  tierra;  no  hay  otro  alguno" 
(Deut.  4,  39).  Al  escritor  sacerdotal  de  Crónicas  no  le  pa- 
reció bien  esta  bendición  salomónica,  y  más  amigo  de  lo 


144 


EL  FUEGO  DEL  CIELO 


maravilloso  que  el  redactor  de  Reyes,  nos  cuenta  en  vez 
de  aquélla,  una  nueva  manifestación  divina  por  medio  de 
la  cual  Yahvé  habría  consagrado  especialmente  el  altar 
de  los  holocaustos,  como  la  aparición  de  la  nube  habría 
consagrado  el  templo.  He  aquí  el  relato  de  ese  nuevo 
milagro:  "1  Y  cuando  Salomón  hubo  ac-ahado  de  orar,  el 
fuego  descendió  del  cielo,  y  consumió  el  holocausto  y  los  sa- 
crificios; y  la  gloria  de  Yahvé  llenó  la  casa.  2  Y  no  podí-an 
los  sacerdotes  entrar  en  la  casa  de  Yahvé,  porque  l-a  gloria 
de  Yahvé  la  había  henchido.  3  Y  todos  los  hijos  de  Israel 
estaban  mirando  cuando  descendió  el  fuego  y  cuando  la  glo- 
ria de  Yahvé  llenó  la  casa;  y  con  el  rostro  a  tierra  se  pos- 
traron sobre  el  pavimento  enlosado,  y  alabaron  diciendo: 
Dad  gracias  a  Yahvé,  porque  él  es  bueno. 
Porque  para  siempre  es  su  misericordia  (II  Oón.  7). 

1417.  Este  dístico  es  una  forma  litúrgica  del  culto 
judío,  con  la  que  comienzan  muchos  salmos  postexílicos 
(véanse,  p.  ej.,  el  106,  107,  118  y  136),  y  que  el  escritor 
sacerdotal  del  siglo  III,  por  singular  anacronismo,  la  su- 
pone cantada  por  los  oyentes  de  Salomón.  Recordemos 
después  lo  ya  dicho  (§  225,  460),  de  que  es  un  rasgo 
clásico  en  los  relatos  de  fundación  de  santuarios,  la  inau- 
guración del  culto  por  un  fuego  divino.  En  cuanto  a  que  el 
pueblo  congregado  allí  vió  descender  del  cielo  el  fuego  que 
consumió  los  holocaustos,  y  que  vió  igualmente  la  gloria 
de  Yahvé  (¿luz  fulgurante  o  negra  nube?)  que  llenó  el 
templo,  podían  escribirse  tranquilamente  tales  afirmacio- 
nes a  los  seis  siglos  de  ocurridos  los  hechos,  sin  temor  de 
ser  desmentido  por  los  testigos  presenciales  de  los  mis- 
mos. Del  caso  es  recordar  la  copla  española  que  dice: 

El  mentir  de  las  estrellas 
Es  un  bonito  mentir. 
Puesto  que  nadie  ha  de  ir 
A  preguntárselo  a  ellas. 

5'  LOS  SACRIFICIOS  Y  LA  GRAN  FIESTA  NA- 
CIONAL. —  1418,     62  En  seguida  el  rey  y  todos  los 


EL  FINAL  DE  LA  DEDICACION  DEL  TEMPLO 


145 


is'^aeUtas  con  él,  ofrecieron  sacrificios  delante  de  Tahvé.  63 
Y  Salomón  hizo  inmolar,  para  el  sacrificio  de  acción  de  gra- 
cias (o  sacrificios  pacíficos),  22.000  toros  y  120.00Ú  ovejas, 
dedicando  así  el  rey  y  todos  los  hijos  de  Israel,  la  casa  de 
Yahvé.  64  En  aquel  día,  el  rey  consagró  la  parte  media  del 
patio  que  se  encuentra  delante  de  la  casa  de  Yahvé,  porque 
ofreció  allí  los  holocaustos,  las  ohlaciones  y  la  grasa  de 
los  sacrificios  de  acción  de  gracias,  por  cuanto  el  altar  de 
tronce  que  estaba  delante  de  Yahvé  era  demasiado  pequeño 
para  que  cupiesen  en  él  los  holocaustos,  las  ohlaciones  y  la 
grasa  de  los  sacrificios  de  acción  de  gracias.  65  En  aquel 
tiempo,  pues,  Salomón  celebró  la  fiesta  y  todo  Israel  con  él, 
congregado  en  gran  número  desde  la  entrada  de  Hamat  hasta 
el  torrente  de  Egipto  (el  uadí  Mizraim),  delante  de  Yahvé 
nuestro  dios,  por  siete  días  y  otros  siete  días,  esto  es,  catorce 
días.  66  Y  al  octavo  día  despidió  al  priehlo.  Y  ellos  llenando 
de  bendiciones  al  rey,  regresaron  alegres  a  sus  casas,  con  el 
corazón  contento,  por  todos  los  beneficios  que  había  hecho 
Yahvé  a  David  su  siervo,  y  a  Israel  su  pueblo  (I  "Rey.  8). 

1419.  De  este  relato  del  fin  de  la  dedicación  del 
templo,  — en  el  que  se  ve  claramente  que  el  v.  65  no  es 
de  la  misma  mano  que  escribió  lo  demás  transcrito, — 
resulta:  1"  que  la  inauguración  del  templo  causó  una  ver- 
dadera hecatombe  de  animales;  2"  la  intervención  ex- 
clusiva de  Salomón  como  dirigente  de  aquel  acto  reli- 
gioso; y  3'  que  el  pueblo  israelita,  congregado  en  Jeru- 
salem,  desde  los  puntos  extremos  del  país  (desde  Hamat 
al  Norte,  hasta  el  uadí  Mizraim  al  Sur,  véase  el  mapa 
en  el  t'  I)  se  retiró  lleno  de  gozo,  colmando  de  bendicio- 
nes al  rey.  En  cuanto  a  la  hecatombe  de  animales,  el 
autor  sagrado  nos  informa  de  que  Salomón  hizo  inmolar 
para  el  sacrificio  de  acción  de  gracias  con  motivo  de  la 
dedicación  de  la  casa  de  Yahvé,  22.000  vacunos  y  120.000 
ovejas.  Fuera  de  la  enormidad  de  estas  cifras,  su  ca- 
rácter de  números  redondos,  de  millares  completos,  está 
mostrando  a  las  claras,  que  se  trata  de  cantidades  de 
fantasía.  Lo  probable  es  que  siendo  grande  la  muche- 
dumbre, y  habiendo  durado  las  fiestas  muchos  días  (v. 
65),  fuera  también  muy  numerosa  la  cantidad  de  ani- 


146  SAliOMON,  JEFE  DE  LA  RELIGION  YAHVISTA 

males  ofrecidos  en  sacrificios  pacíficos  o  de  acción  de 
gracias,  pues  en  éstos,  sólo  se  reservaba  para  Yahvé  la 
grasa,  que  se  quemaba  en  el  altar,  y  lo  restante  de  las 
víctimas  era  comido  por  los  sacerdotes  y  los  oferentes 
de  las  mismas.  Sabemos  que  el  sacrificio  se  llamata 
holocausto,  cuando  la  víctima  era  totalmente  quemada 
en  el  altar  (§  664).  Las  oblaciones  u  ofrendas  vegetales 
consistían  en  quemar  en  el  altar  de  Yahvé  otros  objetos 
distintos  de  la  carne,  como  harina,  aceite,  tortas  y  pas- 
teles ácimos,  espigas  de  trigo,  etc.  (Lev.  2).  De  modo 
que  la  mayor  parte  de  los  animales  sacrificados  cuando 
la  dedicación  del  templo,  fueron  destinados  para  los  fes- 
tines populares,  a  que  dió  lugar  dicho  acontecimiento. 

EXCLUSIVA  INTERVENCIÓN  DEL  REY  COMO 
DIRIGENTE  DE  AQUEL  ACTO  RELIGIOSO.  —  1420. 

Para  convencernos  de  lo  expuesto  en  este  epígrafe,  nó- 
tese en  efecto  el  papel  preponderante  que  desempeña  el 
monarca  en  todo  el  desarrollo  de  la  dedicación.  Así  como 
fué  él  quien  hizo  construir  el  templo,  así  también  fué  él 
quien  ordenó  el  traslado  del  arca,  quien  pronunció  el  discur- 
so inaugural,  quien  oró  en  público  a  Yahvé,  quien  bendijo 
al  pueblo  (aun  cuando  las  palabras  que  se  nos  dan  como 
suyas  en  tales  ocasiones,  sean  meras  composiciones  lite- 
rarias muy  posteriores  a  él),  quien  ofreció  sacrificios  a 
aquel  dios,  quien  hizo  erigir  para  ese  acto  cierto  número 
de  altares  suplementarios,  pues  el  altar  de  los  holocaus- 
tos resultó  insuficiente  para  tantos  sacrificios,  y  final- 
mente quien  después  de  terminada  la  fiesta,  despidió  al 
pueblo. 

1421.  Los  ortodoxos  que  aun  siguen  creyendo  que 
el  Pentateuco  es  obra  de  Moisés,  y  que,  en  consecuencia, 
lo  consideran  conocido  por  Salomón,  se  desesperan  ante 
este  cúmulo  de  pruebas  que  echan  por  tierra  tales  tesis, 
y  sostienen  lo  que  expresa  Scío  al  anotar  el  v.  64,  a  saber, 
que  "Salomón  hizo  consagrar  el  patio  por  medio  de  los 
sacerdotes,  y  lo  mismo  se  ha  de  entender  cuando  se  dice 
que  dedicó  el  templo,  que  sacrificó,  etc."  De  modo  en- 
tonces que  cuando  leemos  que  "Salomón  convocó  al  pue- 


SALOMON   JEFE  DE  LA  RELIGION  YAVISTA  l4? 

b!o,  que  bendijo  a  la  asamblea,  que  se  arrodilló  delante 
del  altar  y  oró,  etc.",  todos  estos  actos  debemos  enten- 
derlos que  él  no  los  ejecutó,  pues  no  podía  hacerlos  según 
la  legislación  mosaica,  sino  que  fueron  realizados  por  los 
sacerdotes.  Siempre,  nos  encontramos,  pues,  con  la  misma 
clase  de  interesada  exégesis,  que  tuerce  los  textos  o  des- 
figura los  hechos  o  apela  al  simbolismo  para  que  la  Bi- 
blia diga  lo  contrario  de  lo  que  dice,  a  fin  de  ponerla  así 
de  acuerdo  con  la  teología  o  con  los  prejuicios  de  la  or- 
todoxia. Lo  que  en  realidad  ve  en  este  cap.  8  de  I  Reyes, 
todo  aquel  que  tenga  los  ojos  abiertos  y  quiera  ver,  es 
que  ni  Sadoc,  el  jefe  de  los  sacerdotes,  ni  ninguno  de 
éstos  se  mencionan  para  nada  en  las  escenas  de  ese  im- 
portante acontecimiento  (lo  que  así  no  ocurre  en  el  re- 
lato paralelo  del  reciente  libro  de  Crónicas,  escrito,  como 
sabemos,  para  ensalzar  la  casta  sacerdotal  —  II  Crón,  5, 
11-13;  7,  6),  — salvo  en  el  traslado  del  arca,  (vs.  3,  4, 
6,  10,  11), —  lo  que  nada  tiene  de  sorprendente  puesto 
que  el  rey,  a  la  vez  de  ser  el  jefe  absoluto  del  país,  era  el  * 
jefe  supremo  de  la  religión  de  Yahvé.  Los  sacerdotes  no 
eran  entonces  sino  simples  funcionarios  del  monarca, 
que  obedecían  ciegamente  sus  órdenes  (§  1116).  Y  en 
cuanto  a  la  intervención  personal  de  Salomón  en  los  ac- 
tos del  culto,  como  jefe  de  la  religión  Yavhista,  además 
de  todo  lo  que  nos  expone  el  citado  cap.  8,  la  revela  in- 
cuestionablemente este  pasaje  del  capítulo  siguiente: 
"Tres  veces  al  año  ofrecía  Salomón  holocaustos  y  sacrí' 
fictos  de  acción  de  gracias  sobre  el  altar  que  había  edi- 
ficado a  Yahvé,  y  quemaba  incienso  sobre  el  altar  que 
estaba  delante  de  Tahvé"  {l  Rey.  9,  25).  Reuss,  después 
de  la  palabra  "incienso",  trae:  "él  mismo",  manifestando 
que  el  empleo  de  ese  pronombre  se  justifica  por  los  Se- 
tenta y  por  Gén.  39,  6,  y  agrega:  "Este  pasaje  comprue- 
ba que  el  rey  ejecutaba  personalmente  actos  sacerdota- 
les, lo  que  a  la  vez  que  concuerda  muy  bien  con  la  narra- 
ción del  cap.  8,  prueba  igualmente  que  los  privilegios  de 
la  casta  levítica  datan  de  época  más  reciente.  La  pun- 
tuación de  esta  frase  es  irregular,  y  el  texto  actual  po- 
dría ser  un  ensayo  para  hacer  que  desapareciera  lo  que 


148 


ORBCrENtE  IMPORTANCIA  DEL  CLERO 


había  de  extra-legal  en  ese  hecho".  Esas  tres  veces  al 
año  en  que  oficiaba  Salomón  en  la  casa  de  Yahvé,  es 
probable  que  fueran  en  tres  grandes  fiestas  nacionales, 
dos  de  las  cuales  deben  haber  sido  la  de  las  Semanas  o 
de  Pentecostés,  y  la  de  los  Tabernáculos.  La  otra  íiesta 
es  poco  probable  que  fuera  la  de  Pascua,  porque  aunque 
era  una  antigua  fiesta  de  primavera,  había  caído  en  des- 
uso, y  sólo  se  la  celebró  nuevamente  después  de  la  apa- 
rición del  Deuteronomio  (Deut.  16,  1-8),  en  época  del  rey 
reformador  Josías  (II  Rey.  23,  21-23),  habiendo  luego 
legislado  sobre  ella  el  profeta  Ezequiel  (Ez.  45,  21-24). 
En  el  pasaje  reciente  de  II  Crón.  8,  12,  13,  se  dice  que: 
"Salomón  ofreció  a  Yáhvé  holocaustos,  sobre  el  aliar  que 
había  erigido  en  frente  del  pórtico.  Ofrecía  los  sacrificios 
que  prescribe  Moisés  para  cada  día,  para  los  sábados,  pa- 
ra los  novilunios  y  para  las  tres  fiestas  del  año:  la  fiesta 
de  las  Semanas,  la  de  los  Tabernáculos  o  de  las  Enrama- 
das, y  la  de  los  Panes  sin  levadura  o  de  los  Ázimos". 
Esta  última,  la  de  Massoth,  era  la  fiesta  agraria  que 
marcaba  el  comienzo  de  la  cosecha  de  la  cebada  (Deut. 
16,  9;  Lev.  23,  8-14),  unida  en  el  antiguo  Israel  a  la  ce- 
remonia pastoril  de  la  Pascua  (Ex.  12,  33-39;  23,  15)  y 
de  las  cuales  más  tarde  el  Código  Sacerdotal,  combinán- 
dolas, hizo  una  sola  fiesta  (Deut.  16,  3,  4,  8). 

1422.  Pero  aún  cuando  el  rey  era  y  continuó  siendo 
el  pontífice  o  jefe  de  la  religión  de  Israel  mientras  duró 
la  monarquía  de  carácter  teocrático  (§  1112-1117),  no 
es  menos  cierto  que  la  construcción  del  templo  contribu- 
yó a  aumentar  la  importancia  de  los  sacerdotes  encar- 
gados ahora  de  sacrificar  en  el  santuario  real,  desarro- 
llándose a  la  vez  entre  ellos,  un  principio  de  jerarquía, 
desde  que  se  requirieron  muchos  sacerdotes  y  múltiples 
auxiliares  para  ofrecer  al  dios  nacional  las  numerosas 
víctimas  que  allí  se  inmolaban.  Uno  de  esos  sacerdotes 
tenía  que  ser  el  jefe  o  director  de  los  demás,  pues  el 
rey-pontífice  oficiaba  sólo  eventualmente  — tres  veces 
al  año  lo  hacía  Salomón,  según  acabamos  de  ver, —  y  no 
podía  por  sus  tareas  de  Estado,  ocuparse  en  los  detalles 
del  culto.  Además,  téngase  también  presente  que  Salo- 


DURACION  DE  LOS  f^STEJOS 


149 


món,  después  que  destituyó  y  desterró  a  Abiatar  (§  1294), 
designó  a  Sadoc  como  su  sacerdote  principal,  especie  de 
Ministro  de  Culto,  concediéndole  la  prerrogativa  de  que 
ese  cargo  fuera  hereditario  en  su  familia.  "No  existía 
entonces,  escribe  Renán,  el  sumo  sacerdote  con  preemi- 
nencia sobre  sus  colegas.  Había  un  alto  funcionario  lla- 
mado echen  (1) ;  pero  sin  pontificado  ni  título  jerár- 
quico. Era  el  suyo  un  cargo  palatino.  Sadoc  fué  el  primer 
cohén  del  templo,  y  su  posteridad  desempeñó  el  cargo 
hasta  el  año  167  a.  C.  Todavía  después  de  dicha  fecha, 
la  aristocracia  sacerdotal  siguió  llamándose  sadoquita, 
origen  de  la  palabra  saduceos,  que  tanto  sonó  en  las  lu- 
chas del  cristianismo  naciente"  (II,  142).  Salomón,  pues, 
aún  cuando  no  fué  teólogo,  sino  un  monarca  que  perse- 
guía sólo  fines  políticos,  influyó  considerablemente  sin 
él  saberlo  ni  quererlo,  sobre  la  religión  yahvista,  orien- 
tándola en  la  vía  del  clericalismo  y  manteniéndola  en  el 
plano  inferior  del  rituaUsmo  y  de  religión  de  carnicería, 
hasta  que  los  romanos  destruyeron  definitivamente  el 
templo  de  Herodes,  que  era  el  existente  en  aquel  enton- 
ces, obligando  así  a  los  judíos  a  modificar  su  religión, 
suprimiendo  los  sacrificios  de  animales,  y  dando  paso  al 
culto  más  elevado  de  la  Sinagoga. 

DURACIÓN  DE  LOS  FESTEJOS.  —  1423.  Con 

respecto  a  la  duración  de  aquellos  festejos,  no  concuer- 
dan  los  datos  bíblicos.  Según  el  v.  65,  — manifiestamente 
interpolado  aquí, —  los  israelitas  celebraron  la  fiesta  de- 
lante de  Yahvé  por  siete  días  y  otros  siete,  esto  es  ca- 
torce días.  Pero  a  renglón  seguido  se  dice  que  Salomón 
despidió  al  pueblo  el  octavo  día.  ¿Cómo  pudo  la  fiesta  du- 
rar catorce  días  y  haber  concluido  al  octavo?  La  orto- 
doxia ha  encontrado  fácilmente  la  solución  de  este  pro- 
blema. Hubo,  se  nos  dice,  dos  fiestas  sucesivas:  la  de  la 
Dedicación  del  templo  y  la  de  los  Tabernáculos  o  Enra- 
madas, que  duraron  cada  una,  una  semana;  de  ahí  la 
expresión  enigmática  que  los  festejos  fueron  celebrados 

(1)    En  realidad,  cohén  o  kohen,  en  hebreo,  significa  sacer- 
dote (§  1118). 


150 


ÜO  HUBO  DOS  FIESTAS;  SINO  UNA 


por  siete  días  y  otros  siete.  Salomón,  se  agrega,  despidió 
al  pueblo,  el  octavo  día,  es  decir,  el  que  siguió  a  la  se- 
gunda semana  de  fiestas.  Sin  embargo  esta  explicación, 
que  ya  la  daba  el  Cronista  (II  Crón.  7,  9),  está  muy  lejos 
de  ser  satisfactoria.  En  efecto,  léanse  con  detención  los 
vs.  1  y  2  de  I  Rey.  8,  y  se  verá  que  allí  se  dice  que  Salo- 
món hizo  congregar  a  los  principales  de  Israel  para  tras- 
ladar el  arca  desde  la  ciudad  de  David,  y  que  "concu- 
rrieron a  esa  convocatoria  de  Salomón"  o  "se  reunieron 
junto  al  rey  Salomón",  todos  los  varones  de  Israel,  du- 
rante la  fiesta,  en  el  mes  de  Etanim,  que  es  el  mes  sép- 
timo. Esa  fiesta,  según  todos  los  exégetas,  sean  o  no 
ortodoxos,  era  la  fiesta  de  los  Tabernáculos,  de  las  En- 
ramadas o  de  la  vendimia,  que  se  celebraba  del  15  al  21 
del  séptimo  mes.  Quiere  decir,  pues,  que  aprovechando 
la  aglomeración  de  gente  que  se  reunía  en  Jerusalem  con 
motivo  de  la  citada  fiesta,  Salomón  hizo  transportar  el 
arca  al  templo,  y  procedió  a  la  inauguración  de  este  edi- 
ficio. No  hubo  dos  fiestas,  una  de  la  Dedicación  del  tem- 
plo y  otra  de  los  Tabernáculos,  sino  tan  sólo  una:  ésta 
última,  dentro  de  la  cual  se  efectuó  aquélla.  Así  resulta 
claramente  explicado,  el  porqué  en  el  v.  66  se  lee  que 
en  el  octavo  día  Salomón  despidió  al  pueblo,  es  decir, 
qui'  terminada  la  fiesta  de  los  Tabernáculos,  que  aquel 
año  coincidió  con  la  consagración  de  la  nueva  casa  de 
Yahvé,  el  rey  ordena  al  día  siguiente,  o  sea,  el  octavo, 
que  cada  uno  vuelva  a  su  hogar.  Siglos  más  tarde  el  Cro- 
nista para  darle  más  brillo  al  relato  de  la  dedicación  del 
templo,  supuso  que  este  suceso  había  originado  una  fies- 
ta especial  que  había  durado  una  semana,  fiesta  celebra- 
da a  continuación  de  la  de  los  Tabernáculos,  de  modo 
que  ésta  prolongada  por  aquélla  había  venido  a  durar 
catorce  días.  Algún  copista  o  escriba  introdujo  después 
esa  enmienda  en  el  v.  65  de  I  Rey.  8,  y  de  ahí  salió  el 
texto  curioso  sobre  el  tiempo  de  duración  de  esa  fiesta, 
que  en  el  original  se  expresa  así:  "siete  días  y  siete  días, 
catorce  días".  Reuss  observa  igualmente  que  "no  sería 
imposible  que  nuestro  texto  (el  del  v.  65)  haya  sido  re- 
tocado según  el  de  Crónicas". 


fTN  TEMPLO  PALATINO 


151 


EL  REGOCT.TO  POPULAR  POR  LA  INAUGURA- 
CIÓN DEL  TEMPLO,  Y  FECHA  DE  ESTE  ACTO.  — 

1424.  Escribiendo  a  cuatro  siglos  de  los  sucesos,  el  re- 
dactor deuteronómico  del  libro  de  Reyes  manifiesta  que 
la  multitud  reunida  en  Jerusalem  para  presenciar  la  inau- 
guración del  templo  salomónico,  después  de  los  festejos 
se  retiró  llena  de  gozo,  colmando  de  bendiciones  al  rey. 
Indudablemente  oue  no  es  fácil,  a  la  distancia  en  que  nos 
hallamos  de  aquellos  sucesos,  el  poder  comprobar  cual  era 
el  verdadero  estado  de  ánimo  de  los  concurrentes  a  las 
referidas  fiestas;  ñero  todo  nos  induce  a  suponer  aue 
no  deben  haber  sido  muv  sinceras  las  bendiciones  diri- 
gidas al  monarca,  ni  muy  intenso  el  regociio  üOüular, 
como  pretende  hacérnoslo  creer  el  relato  del  citado  es- 
critor. En  efecto,  así  como  son  meras  ficciones,  desnro- 
vistfls  de  todo  valor  histórico,  las  manifestaciones  ya  es- 
tudiadas del  Cronista  1101-1110")  relativas  a  aue  Da- 
vid no  vivió  sino  pensando  en  la  construcción  del  templo 
para  Vahvé  así  también  se  puede  asec^nrar  sin  gran  te- 
mor de  eotiivorarse.  aue  fueron  muv  distintos  de  lo  oue  se 
nos  describe,  los  sentimientos  experimentados  por  el  pue- 
blo en  la  inauguración  de  aquel  edificio,  que  tan  célebre 
fué  posteriormente. 

1425.  Ante  todo  conviene  recordar  que  Salomón  no 
pensó  hacer  un  templo  nacional,  sino  uno  principalmente 
para  su  uso  particular,  para  tener  al  dios  iunto  a  sí.  a  fin 
de  aue  de  él  dependieran  el  arca  y  el  oráculo.  Esa  casa 
para  Yahvé  formaba  parte  de  las  vastas  construcciones 
oue  realizó  Salomón  en  la  cima  de  la  colina  de  Moriah, 
las  nue  de  Sur  a  Norte  comprendían:  la  casa  del  bosaue 
del  Líbano  o  arsenal  sobre  una  sala  hipóstila  de  45  colum- 
nas de  cedro,  el  pórtico  de  las  columnas,  la  sala  del  trono 
en  la  que  administraba  justicia,  el  palacio  donde  moraba, 
y  el  harem  real  con  el  pabellón  de  la  hiia  del  Faraón,  en 
un  recinto  especial  separado  por  un  simple  muro  de  la 
befh  Yahvé,  o  casa  de  Yahvé  que  ocupaba  la  parte  su- 
perior de  la  colina  (véase  la  Fig.  3).  Se  asevera  que  en 
todas  esas  construcciones  invirtió  Salomón  casi  el  doble 
del  tiempo  empleado  en  la  edificación  del  templo  (I  Rey, 


152 


EPOCA  DE  LA  INAUGURACION  DEL  TEMPLO 


6,  3S;  7,  1),  el  cual  venía  a  estar  encerrado  dentro  del  cer- 
co nue  rodeaba  el  coniunto  de  esos  edificios.  J.  Marty,  en 
el  Dic.  Encv.  de  Westphal,  declara  que  "esa  casa,  tan 
Querida  más  tarde  por  los  judíos,  no  fué  en  su  orieen 
sino  la  canilla  particular  del  soberano,  como  la  "Sainte  - 
Cbapelle"  lo  fué  para  el  rev  de  Francia,  Luis  IX".  Es 
curioso  notar  que  el  temnlo  de  Salomón,  como  el  pa- 
lacio de  Sarerón  en  Korsabad.  confinaba  con  el  harem:  por 
eso,  Ezeouiel  en  el  sielo  VI.  en  su  proyecto  del  futuro 
templo,  trató  de  que  éste  fuera  completamente  indepen- 
diente del  palacio  real  (Ez.  43,  7,  8). 

1426.  Estas  consideraciones  nos  conducen  lóerica- 
mente  a  la  preerunta:  ;,  cuándo  fué  que  Salomón  inaueuró 
el  temnlo:  luepro  oue  éste  hubo  sido  construido,  o  cuando 
hubieron  sido  terminados  todos  los  edificios  referidos? 
Dicho  temnlo  fué  concluido  el  mes  octavo,  en  el  año  un- 
décimo del  reinado  de  aouel  monarca  (I  Rey.  6.  .^8) ; 
pero  de  su  inaue-nración  sólo  se  nos  dice  que  ocurrió  en 
el  mes  séptimo  (Ib.  8,  2),  sin  indicársenos  el  año  de  ese 
suceso.  Para  la  ortodoxia  no  hay  duda  alp^una  de  oue  esa 
consasrración  acaeció  a  los  once  meses  de  concluido  el 
temnlo  dos  oue  van  del  mes  de  Rui  de  un  año.  al  mes 
de  Etanim  del  año  siguiente,  §  1382) ;  pero  hay  fundadas 
razones  para  sostener  oue  el  acto  inauerural  en  cuestión 
ocurrió  mucho  más  tarde,  o  sea.  después  de  terminadas 
las  antedichas  construcciones  salomónicas  en  Jerusalem. 
Éstas,  según  el  redactor,  demoraron  trece  años  en  ser 
concluidas,  a  partir,  de  la  terminación  del  templo  (I  Rey. 
6,  38 :7.  1;  9,  JO) ;  pero  el  texto  de  1  Rey.  3,  t  proveniente 
quizás  de  un  documento  más  antiguo,  nos  hace  compren- 
der oue  todas  las  construcciones:  temnlo,  palacio  y  mura- 
llas de  Jerusalem,  fueron  obras  simultáneas  y  no  sucesi- 
vas. Ese  texto  dice  así:  "Salomón  emparentó  con  Faraón, 
rey  de  Egipto,  porque  se  casó  con  vna  hiia  de  éste,  v  la 
tra.jo  a  la  ciudad  de  David,  mientras  acababa  de  edificar 
su  prooia  casa,  y  la  casa  de  Yahvé,  y  el  muro  de  en  de- 
rredor de  Jerusalem".  Resulta  claro  de  este  pasaje  que  las 
obras  que  se  mencionan  en  él  se  hacían  a  la  vez,  y  no, 
una  después  de  otra,  y  nótese  igualmente  que  en  primer 


EPOCA  DE  lA  INAÜGtTRAClON  DEL  TEM3PLO 


153 


término  se  nombra  la  edificación  del  palacio  real  antes 
de  la  casa  de  Yahvé. 

1427.    Además,  el  cap.  9  de  I  Rey.,  que  viene  en  se- 
guida del  relato  de  la  consagración  del  templo,  comienza 
diciendo  que  "cuando  Salomón  hubo  acabaao  de  edificar 
la  casa  de  Yahvé,  y  la  casa  real  y  todo  lo  que  había  de- 
seado y  querido  hacer,  Yakvé  se  le  apareció  por  segunda 
vez,  como  se  le  había  aparecido  en  Gabaón"  (§  1315,  ss.). 
Y  Yahvé  inició  su  discurso  (porque  él  fué  el  único  que 
habló  en  esa  entrevista)  con  estas  palabras:  "He  oído 
tu  oración  y  la  súplica  que  me  has  hecho:  ke  santificado 
esta  casa  que  has  edificado  a  fin  de  establecer  en  ella  mi 
nombre  para  siempre,  y  mis  ojos  y  mi  corazón  estarán  allí 
de  continuo"  (v.  3).  Ahora  bien,  estas  palabras  son,  co- 
mo en  ese  versículo  mismo  se  dice,  la  respuesta  a  la  plega- 
ria de  Salomón  al  inaugurar  el  templo,  y  especialmente  a  lo 
pedido  por  dicho  monarca  en  los  vs.  28  y  29.  ¿Puede  sensa- 
tamente admitirse  que  el  autor  de  aquella  plegaria  y  del 
relato  de  esta  aparición  divina,  hubiera  supuesto  que  la 
contestación  de  Yahvé  se  hizo  esperar  trece  años,  lapso 
de  tiempo  empleado  por  Salomón  en  sus  demás  construc- 
ciones, después  de  terminado  el  templo,  según  I  Rey.  7,  J  ? 
¿No  es  más  lógico  suponer  que  esa  respuesta  del  dios  na- 
cional vino  a  Salomón  en  seguida  de  acabadas  las  fiestas 
de  la  dedicación?  Y  si  esto  es  lo  que  naturalmente  se  des- 
prende del  relato,  y  si  es  lo  que  estaba  en  la  "mente  del 
escritor,  tenemos  entonces  que  de  acuerdo  con  el  trans- 
crito V.  1,  la  inauguración  del  templo  ocurrió  después 
que  Salomón  hubo  acabado  esa  casa  de  Yahvé,  el  palacio 
real  y  sus  demás  construcciones.  Contribuye  a  corroborar 
estas  lógicas  deducciones,  lo  que  se  expresa  al  final  del 
V.  25  de  este  mismo  cap,  9,  (transcrito  en  §  1421),  en  el 
que  después  de  expresarse  que  Salomón  ofrecía  tres  ve- 
ces al  año  sacrificios  y  quemaba  incienso  o  perfumes  en 
el  altar  del  templo,  se  agrega:    "después  que  la  casa  fué 
acabada"  (Valera) ;  o  "Y  el  templo  fué  acabado"  (La  Vul- 
gata,  Pratt)  ;  o     "Y  consagró  así  el  templo  definitivamen- 
te" (Reuss),  o  "Y  la  casa  fué  definitivamente  constitui- 
da" (L.  B.  A.);  o  "Así  fué  definitivamente  organizado  el 


154  SALOMON  OROANIZA  EL  OÜLÍO 

servicio  del  templo"  (Versión  sinodal).  Acéptese  la  que 
se  quiera  de  estas  distintas  traducciones,  lo  que  se  des- 
prende de  esa  frase  final,  es  que  luego  de  inaugurado  el 
templo,  Salomón  organizó  definitivamente  el  culto,  ofician- 
do él  mismo  en  la  casa  de  Yahvé,  como  rey-sacerdote,  tres 
veces  al  año.  Esto  ocurrió,  después  de  terminadas  las 
construcciones  salomónicas  referidas,  pues  en  el  versícu- 
lo anterior  a  éste  que  comentamos,  o  sea,  en  el  v.  24,  se 
dice  que  "luego  que  la  hija  de  Faraón  se  trasladó  de  la 
ciudad  de  David  a  la  casa  que  le  haMa  edificado  Salomón,  (1) 
éste  se  puso  a  construir  la  ciudadela  o  fortaleza  de  Millo". 
De  modo  que  dados  estos  antecedentes,  no  creemos  equi- 
vocarnos al  afirmar  que  la  inauguración  del  templo  la 
efectuó  aquel  monarca  a  la  terminación  del  grupo  de  edi- 
ficios que  rodeados  por  un  mismo  cerco  hizo  construir  en 
la  plataforma  de  la  colina  de  Moriah  o  Morija,  y  antes  de 
edificada  la  fortaleza  de  Millo.  Reuss  opina  también  que 
"concluidas  las  construcciones,  organizó  Salomón  el  culto 
de  modo  regular",  y  al  anotar  I  Rey.  8,  2,  manifiesta  lo 
siguiente:  "No  se  determina  el  año  de  la  inauguración; 
pero  debe  suponerse,  sin  duda,  que  se  trata  de  la  época 
de  la  terminación  de  todas  las  construcciones". 

1428.  Si  estas  conclusiones  son  exactas,  como  lo  ha- 
cen suponer  las  razones  expuestas,  tendremos  un  argu- 
mento más,  y  de  gran  valor,  para  comprobar  que  Salomón 
no  le  dió  a  la  casa  de  Yahvé  por  él  construida,  la  tras- 
cendencia y  la  importancia  que  adquirió  más  tarde  por 
la  marcha  de  los  sucesos,  pues  para  él  aquel  edificio  vino 

(1)  El  Cronista  del  eiglo  líl  da  de  ese  traslado  la  siguiente 
explicación:  "Salomón  hizo  subir  a  la  hija  de  Faraón  de  la  du- 
dad de  David  a  la  casa  que  para  ella  había  edificado,  pues  ded»: 
M;  mujer  no  morará  en  la  casa  de  David^  rey  de  Israel,  porque 
es  sagrada,  por  haber  entrado  en  ella  el  arca  de  Yahvé"  (II  Crón. 
8,  11).  Eeta  explicación  del  Cronista  es  de  lo  más  original  que 
pedirse  pudiera,  porque,  como  nota  Reuss,  sabemos  que  la  princesa 
egipcia  había*  habitado  durante  mucho  tiempo  en  la  casa  de 
David,  donde  se  encontraba  el  arca,  antes  de  la  construcción 
del  templo. 


«POSICION  AL  TEMPLO 


155 


a  ser  tan  sólo  un  complemento  de  las  demás  construccio- 
nes suyas  destinadas  a  su  comodidad  personal  y  a  dar 
brillo  y  magnificencia  a  su  corte.  Para  el  pueblo  de  la 
época,  pues,  la  beth  Yahvé  de  Jerusalem  era  sólo  una  par- 
te de  las  construcciones  reales,  debidas  a  la  vanidad  y  al 
amor  del  fausto  del  monarca.  Lo  probable,  en  consecuen- 
cia, es  que  el  pueblo  al  ver  esos  lujosos  edificios,  pensara 
en  las  corveas  y  en  las  exacciones  que  le  costaban,  y  ante 
el  recuerdo  del  duro  yugo,  de  la  pesada  servidumbre  que 
por  causa  de  ellos  les  había  impuesto  Salomón,  los  mira- 
ran con  muy  escasa  simpatía.  Por  eso,  cuando  muerto 
este  rey  se  produjo  la  secesión  de  Israel,  la  gran  mayoría 
del  pueblo,  que  pasó  a  formar  el  reino  del  Norte,  aceptó 
gustosa  la  reforma  de  Jeroboam,  y  prescindiendo  de  Je- 
rusalem y  de  su  templo,  acudieron  presurosos  a  los  san- 
tuarios de  Dan  y  de  Bethel,  a  adorar  a  Yahvé  en  la  for- 
ma plástica  que  le  impuso  el  reformador  y  de  acuerdo 
con  los  antiguos  hábitos  populares.  Además,  el  partido 
yahvista,  que  se  caracterizaba  por  su  intransigencia  y 
por  su  apego  a  las  costumbres  tradicionales  de  su  antigua 
vida  nómade,  consideraba  una  profanación  que  en  una 
casa  hecha  por  extranjeros  y  con  materiales  extranjeros, 
se  encerrara  a  su  dios,  al  que  consideraban  enemigo  de 
la  vida  sedentaria.  En  lugar  del  templo  hubieran  prefe- 
rido la  antigua  tienda  de  David  que  albergaba  el  arca; 
por  eso,  desdeñando  las  pomposas  ceremonias  de  aquel 
santuario  real,  continuaron  adorando  a  Yahvé  en  los  de- 
más santuarios  del  país,  que  aunque  sencillos,  tenían,  sin 
embargo,  más  largo  arraigo  en  el  culto  popular,  y  los  en- 
contraban más  de  acuerdo  con  la  índole  propia  de  aquel 
dios,  que  con  ellos  había  venido  del  desierto.  "Para  mu- 
chos israelitas,  escribe  Piepenbring,  la  vida  nómade  y  pas- 
toril de  los  antepasados  tenía  un  carácter  sagrado  y  les 
parecía  la  única  agradable  a  Yahvé.  La  vida  sedentaria  y 
agrícola  ya  la  consideraban  como  una  innovación  peligro- 
sa, contaminada  de  infidelidad  hacia  su  dios.  Con  mayor 
razón  el  comercio  y  las  artes,  imitados  de  los  fenicios, 
debían  ser  bien  poco  de  su  gusto.  El  pomposo  culto  del 
templo  no  podía  serles  de  su  agrado,  pues  tenía  también 


156 


OPOSICION  AL  TEMPLO 


un  carácter  exótico  o  pagano,  que  en  nada  cuadraba  con 
el  culto  rústico  que  se  había  ofrecido  hasta  entonces  a 
Yahvé,  ya  en  los  altos,  ya  junto  al  arca  santa  albergada 
en  una  simple  tienda.  Durante  mucho  tiempo  aún  pa- 
recía que  este  culto  fuese  el  único  conforme  a  los  princi- 
pios del  verdadero  yahvismo  (Ex.  20,  24-26).  Además  los 
israelitas  puritanos  tendían  a  abajar  toda  grandeza  hu- 
mana, para  atribuir  toda  gloria  a  Dios  (Is.  2,  12-17),  lo 
que  formaba  el  más  evidente  contraste  con  la  tendencia 
mundana  y  fastuosa  del  reino  de  Salomón,  en  el  que  la 
gloria,  el  arte  y  el  saber  humanos  fueron  altamente  apre- 
ciados y  muy  cultivados"  (p.  178). 

1429.  Los  profetas,  amantes  de  un  culto  más  espi- 
ritual, no  fueron  partidarios,  en  un  principio,  del  templo, 
y  así  hemos  visto  que  Natán  se  opuso  a  que  David  le 
construyera  Yahvé.  Si  algunos  siglos  más  tarde 

cambiaron  ellos  de  opinión,  fué  cuando  encararon  la  cen- 
tralización del  culto  en  él,  como  medio  de  evitar  los  abu- 
sos e  inmoralidades  que  se  cometían  en  los  altos  o  san- 
tuarios libres,  diseminados  en  todo  el  país.  El  abate  Des- 
noyers  dice  al  respecto:  "En  los  pensamientos  religiosos 
de  la  mayor  parte  de  los  profetas  anteriores  al  destierro, 
no  tuvo  el  Templo  el  lugar  prominente  que  ocupó  en  el 
espíritu  de  los  sacerdotes  de  la  restauración  judía.  Elias, 
Elíseo,  Amós  y  Oseas  no  lo  mencionan;  Miqueas  trata  a 
Jerusalem  de  alto  (Miq.  1,  5) ;  Jeremías  previene  contra 
la  confianza  engañosa  de  los  que  van  clamando:  "¡El 
templo  de  Yahvé!  ¡El  templo  de  Yahvé!  ¡El  templo  de 
Yahvé!"  como  si  la  reforma  de  la  conducta  no  fuera  me- 
jor garantía  de  salvación  (Jer.  7,  4,  5) ;  y  este  mismo 
profeta  considera  un  porvenir  en  que  los  hebreos  conver- 
tidos ni  aún  pensarían  más  en  el  arca  de  la  alianza  de 
Yahvé,  (Jer.  3,  16),  que  era  la  razón  de  ser  del  Templo" 
(III,  146).  Sólo  mucho  más  tarde,  cuando  predominó  la 
influencia  sacerdotal,  y  en  las  tristezas  del  destierro  o 
en  las  amarguras  de  la  restauración,  se  recordó  con  pla- 
cer la  época  de  la  fundación  del  primer  templo,  se  embe- 
lleció su  memoria,  y  la  fantasía  febriciente  de  aquellos 
hebreos  que  pensaban  en  las  pasadas  glorias  de  su  pue- 


EL  TEMPLO  IDEALIZADO 


157 


blo,  les  hizo  concebir  que  Salomón  había  tenido  varias  en- 
trevistas con  Yahvé,  que  éste  había  ideado  el  templo  y 
había  hecho  de  él  su  morada  y  que,  por  lo  tanto,  ese  era 
un  edificio  maravilloso  en  cuya  construcción  se  habían 
empleado  sumas  fantásticas,  y  del  cual  estaban  orgullo- 
sos todos  los  israelitas.  En  realidad,  nada  sospecharon 
de  todo  esto,  los  contemporáneos  de  Salomón.  Claro  es, 
nota  Renán,  que  esa  construcción  de  arte  mundano,  al 
ser  consagrada  por  el  paso  del  tiempo,  llegó  a  tener  su 
poesía,  sus  devotos  y  sus  fanáticos;  pero  tuvo  que  sufrir 
muchas  vergüenzas  antes  que  sus  mancillas  se  deshicie- 
ran en  aureola  de  santidad  (II,  141). 


CAPITULO  XII 


Algunas  observaciones  sobre  el 
Templo  de  Salomón 


1'  EL  PLANO  DEL  EDIFICIO.  —  1430.  ¿Quién 
hizo  ese  plano?  Oigamos  lo  que  al  respecto  nos  informa  el 
Cronista:  "11  David  dió  a  Salomón,  su  hijo,  el  plano  del 
'pórtico,  y  del  templo,  y  de  sus  edificios,  y  de  sus  depósitos, 
y  de  sus  cámaras  altas,  y  de  sus  cámaras  interiores,  y  de  la 
cámara  del  arca  (el  debir).  12  Le  dió  también  el  plano  de  todo 
lo  que  había  proyectado  tocante  a  los  atrios  o  patios  de  la 
casa  de  Yahvé  y  a  todas  las  cámaras  de  alrededor  destinadas 
para  los  tesoros  de  ¡a  casa  de  Dios  y  para  los  tesoros  de 
las  cosas  santificadas;  13  y  tocante  a  la  clasificación  de  los 
sacerdotes  y  de  los  levitas,  y  a  la  organización  del  servicio 
de  la  casa  de  Yahvé  y  de  todos  los  litensilios  para  dicho  ser- 
vicio. 19  TODOS  LOS  DETALLES  DE  ESTE  PLANO, 
TODO  ESTO,  dijo  David,  ESTA  AEÍ  CONSIGNADO  EN 
UN  ESCRITO  POR  LA  MANO  DE  YAHVÉ,  QUIEN  ME 
LO  HA  HECHO  CONOCER"  (I  Crón.  28). 

1431.  Según  lo  que  antecede,  el  plano  del  templo  y 
sus  dependencias,  así  como  la  organización  del  culto,  fue- 
ron la  obra  del  propio  Yahvé,  quien  no  sólo  se  los  reveló 
a  David,  sino  algo  más  maravilloso  aún:  el  mismo  Yahvé 
puso  todo  eso  por  escrito  y  se  lo  dió  a  dicho  rey,  algo  así 
como  lo  que  hizo  aquel  dios  con  el  Decálogo,  que  lo  escri- 
bió con  un  dedo  suyo  en  dos  tablas  de  piedra,  y  luego  se 
las  entregó  a  Moisés  (Ex.  31,  18).  L.B.A.,  caracterizada 


YAHVE,  ARQUITECTÓ 


159 


representante  de  la  ortodoxia,  comprendiendo  lo  absurdo 
de  la  aludida  afirmación  del  Cronista,  trata  de  alterar  el 
texto  dándole  una  forma  en  la  que  no  se  vea  el  antropo- 
morfismo pueril  en  que  incurre  el  escritor  sagrado,  y  en 
consecuencia,  traduce  así  el  citado  v.  19:  "Todo  esto,  dijo 
David,  todo  el  modelo  a  ejecutar,  está  ahí  por  escrito:  Dios 
me  lo  ha  hecho  conocer  por  la  nwio  del  Eterno  sobre  mi". 
Según  esta  traducción,  pues,  los  planos  que  dió  David  a 
Salomón,  los  había  obtenido  aquél  por  una  revelación  es- 
pecial, lo  que  ya  requiere  un  alto  grado  de  credulidad; 
pero  el  texto  hebreo  dice  concretamente  que  lo  que  re- 
cibió David  y  luego  trasmitió  éste  a  su  hijo  Salomón, 
fueron  los  planos  del  edificio  santo  y  sus  anexos,  con  los 
detalles  de  la  organización  del  culto,  todo  escrito  de  puño 
y  letra  del  mismo  Yahvé.  Y  en  comprobación  de  ello,  véa- 
se cómo  traduce  Jerónimo  ese  versículo  en  la  Vulgata: 
"Omnia,  inquit,  venerunt  SCRIPTA  MANU  DÓMINI  AD 
ME,  ut  intelügerem  universa  opera  exemplaris",  lo  que 
Scío  vierte  asi  al  castellano:  "Todas  estas  cosas,  dijo,  me 
vinieron  a  mí  ESCRITAS  DE  LA  MANO  DEL  SEÑOR, 
para  que  entendiese  todas  las  obras  del  diseño".  Así  como 
para  el  escritor  sacerdotal,  Moisés  había  construido  el  ta- 
bernáculo del  desierto  copiando  el  tabernáculo  celeste  que 
le  mostró  Yahvé  (Ex.  25,  9,  40;  26,  30;  27,  8;  Act.  7,  44; 
Heb.  8,  5),  así  también  para  el  Cronista  del  siglo  III 
el  templo  de  Salomón  fué  construido  de  acuerdo  con  el 
plano  del  templo  que  de  su  propia  mano  trazó  Yahvé,  y 
luego  se  lo  dió  a  David.  Realmente  en  esto,  Yahvé  no  ha- 
bía sido  superior  a  los  antiguos  dioses  egipcios  Ptah  y 
Seshat,  quienes  no  habían  tenido  inconveniente  en  bajar 
a  la  tierra  a  clavar  las  estacas  y  tender  el  cordel  para 
señalar  el   plano  de  sus    respectivos  santuarios  ('erman, 
p.  198-9).  Scío  comentando  el  citado  v.  19,  escribe:  "Dios 
reveló  a  David  la  figura  y  forma  del  templo  que  había 
de  edificar  su  hijo  Salomón,  y  de  todo  lo  que  había  de 
servir  para  su  culto  y  servicio;  y  así  todas  y  cada  una 
de  las  partes  del  templo,  del  mismo  modo  que  el  antiguo 
tabernáculo,  estaban  llenos  de  misterios.  Algunos  dicen 
que  fué  éste  el  modelo  mostrado  en  el  monte  a  Moisés; 


160 


ARQUETIPOS  CELESTIAI/ES 


de  quien  lo  recibió  Josué,  y  así  de  mano  en  mano  pasó 
por  la  tradición  hasta  Samuel,  que  fué  el  que  lo  dió  a  Da- 
vid; pero  sea  lo  que  quiera  de  semejante  tradición,  es 
justo  tomar  a  la  letra  el  texto,  tanto  de  la  Vulgata  como 
del  Hebreo,  sin  desviarse  un  ápice".  A  este  comentario, 
que  muestra  cómo  la  fe  es  capaz  de  comulgar  con  ruedas 
de  molino,  sólo  agregaremos:  ¡Oh  sancta  simplícitas! 

1431*.  Tanto  lo  que  nos  expresa  el  Cronista  sobre 
el  plano  del  templo  (I  Crón.  28,  19)  como  lo  que  nos  re- 
fiere el  escritor  sacerdotal  sobre  el  tabernáculo  mosaico, 
mera  copia  del  que  tenía  Yahvé  en  el  cielo,  está  de  acuer- 
do con  creencias  judías  de  baja  época,  muy  utilizadas 
por  los  autores  apocalípticos,  y  según  las  cuales,  ciertas 
cosas  terrestres  son  copias  de  arquetipos  celestiales.  Es- 
tas extrañas  concepciones  eran  corrientes  en  autores  ale- 
jandrinos, com.o  Filón  y  otros,  quienes  se  habían  inspi- 
rado al  respecto  en  Platón.  Sabido  es  que  este  filósofo 
enseñaba  que  existe  un  mundo  trascendente  de  ideas 
puras  o  formas-modelos  que  limitan  y  definen  la  subs- 
tancia. En  ese  mundo  superior  y  distinto  del  nuestro, 
nosotros  hemos  vivido  antes  de  nacer  en  éste  en  que  ac- 
tualmente nos  encontramos,  y  como  nuestra  alma  estuvo 
en  contacto  inmediato  con  esos  tipos  o  modelos  divinos 
de  las  cosas  y  de  los  seres,  de  ahí  que  conservemos  el 
recuerdo  de  los  mismos  y  que  los  reconozcamos  y  los  apli- 
quemos a  los  individuos.  Por  eso,  por  ejemplo,  aun  cuan- 
do vemos  muchos  perros  diferentes,  sin  embargo  pode- 
mos hablar  del  perro  en  general,  lo  que  proviene  de  la 
idea-forma  de  perro  que  traemos  de  la  referida  otra  exis- 
tencia. Estas  concepciones  platónicas,  nuevas  en  Grecia, 
cuando  el  fundador  de  la  Academia  las  expuso  allí  por 
vez  primera,  eran  ya  conocidas  y  sustentadas  por  los 
caldeos.  Al  efecto,  escribe  Roberto  Eppel:  "La  noción  de 
arquetipos  preexistentes  de  las  cosas  terrestres  estaba 
muy  extendida  en  el  mundo  semítico,  desde  la  más  alta 
antigüedad.  Aparece  con  gran  relieve  en  la  mitología 
babilónica,  y  hasta  en  la  sumeria  o  sumeriana:  los  países, 
ríos,  ciudades,  templos,  no  son  sino  copias,  generalmente 
disminuidas  y  aminoradas  de  los  modelos  divinos.  El  pía- 


LA  XENOFOBIA  DE  YAHVE 


161 


no  de  Nínive,  p.  ej.,  ya  estaba  trazado  en  caracteres  ce- 
lestialeS;  desde  el  comienzo  de  los  tiempos"  (R.  H.  Ph.  R., 
t'  17,  p.  405).  No  debe  extrañarnos,  pues,  que  los  hebreos 
postexiiicos  se  hayan  asimilado  esas  ideas  de  babilonios 
y  griegos,  y  que  no  se  contentasen  con  el  autógrafo  de 
Yanvé  (Ex.  31,  Ití),  sino  que  consignaran  en  la  3*  parte 
de  la  Mischna  (traiaüo  de  Gittin)  que  Yahvé  entregó  a 
Moisés  la  Tüora  completamente  escrita,  rollo  por  rollo, 
y  que  el  plano  del  templo  salomónico  fué  obra  del  mismo 
dios. 

2'  RECURSOS  PARA  LA  CONSTRUCCIÓN  DEL 
TEMPLO.  —  1432.  Indudablemente  que  a  un  templo,  cu- 
yo plano  había  sido  hecho  por  el  propio  dios  nacional, 
que  iba  después  a  habitarlo,  tenía  que  corresponder  la 
asombrosa  liberalidad  del  rey  y  de  los  magnates  de  Israel, 
que  nos  relata  la  desorbitada  fantasía  del  Cronista;  pero 
como  este  punto  ya  lo  hemos  tratado  ampliamente  en 
nuestro  tercer  tomo,  remitimos  al  lector  a  lo  expuesto 
en  §  1105  a  1110. 

3'  LOS  CONSTRUCTORES  DEL  TFMPLO.  — 
1433.  Según  numerosos  textos  bíbhcos  atribLiídos  a  Moi- 
sés, pero  que  en  realidad  son  preceptos  de  escritores  re- 
cientes, ya  de  la  escuela  deuteronómica,  ya  de  la  sacer- 
dotal, Yahvé  estaba  animado  de  intensa  xenofobia,  al 
punto  que  no  cesaba  de  anatematizar  los  casamientos  de 
hebreos  con  mujeres  de  otros  pueblos,  (1)  en  su  afán 
de  transformar  a  Israel  en  una  comunidad  completamente 
aislada,  a  fin  de  que  las  relaciones  con  los  habitantes  de 
los  países  vecinos  no  influyeran  para  que  los  israelitas 

(1)  ¡iLas  ironías  que  suele  tener  la  historia!  Los  sacer- 
dotes hebreos,  que  en  su  orgullo  creían  pertenecer  a  una  nación 
privilegiada  del  globo,  que  se  consideraba  el  pueblo  escogido 
de  Yahvé,  formularon  preceptos,  en  nombre  de  este  dios,  pro- 
hibiendo los  matrimonios  mixtos  entre  israelitas  y  extranjeros, 
para  conservar  la  pureza  de  eu  raza  y  la  pureza  de  su  religión. 
Han  transcurrido  de  esto  veinticinco  siglos,  y  hoy,  otro  país 


162 


Eli  TEMPLO,  OBRA  DE  EXTRANJEROS 


cesaran  de  adorarlo  (§  421).  Pues  bien,  ese  dios  tan  in- 
tolerante depuso  su  hostilidad  contra  los  extranjeros,  en 
cuanto  se  trató  de  la  construcción  del  templo  salomónico. 
En  efecto,  tanto  el  plan,  la  orientación,  la  arquitectura,  la 
madera  y  otros  materiales  empleados  en  ese  edificio,  las 
columnas  de  la  entrada  del  mismo,  los  arquitectos  y  los 
artistas,  en  fin,  casi  todo  lo  que  había  contribuido  a  su 
formación,  adorno  y  alhajamiento*,  era  fenicio,  es  decir, 
proveniente  de  uno  de  los  odiados  pueblos  cananeos,  que 
los  israelitas  debieran  de  haber  exterminado  al  estable- 
cerse en  la  Tierra  Prometida,  de  acuerdo  con  las  termi- 
nantes e  inhumanas  órdenes  de  Yahvé.  "Los  arquitectos 
fenicios,  escribe  Marty,  reprodujeron  el  plano  de  un  tem- 
plo destinado  a  un  dios-sol  y  orientado  hacia  el  Este" 
(Dic.  Eney.  Art.  Salomón).  Otras  influencias  extranjeras 
se  manifestaron  también  en  ese  templo;  así,  p.  ej.,  el 
mar  de  bronce  y  las  fuentes  rodantes  del  patio  interior  y 
otros  objetos  del  mobihario  fueron  copiados  de  modelos 
de  Babilonia,  Asiría,  Chipre  y  Creta;  y  las  esculturas  re- 
producían figuras  egipcias  y  babilónicas.  Pero  predomi- 
naba en  él  la  influencia  de  los  subditos  del  rey  de  Tiro, 
'^e  modo  que  venía  a  ser,  como  se  ha  dicho,  un  artículo 
i  importación  fenicia.  Sin  embargo,  a  pesar  de  ello,  fué 
plenamente  aceptado  por  el  dios  israelita,  quien  bajó  en 
m  nube  a  instalarse  en  el  debir  (§  1385),  con  el  propó- 

contemporáneo  ensoberbecido  igualmente  con  sus  cualidades  ét- 
nicas, quiere  a  toda  costa  conservar  incontaminada  su  raza  aria, 
y  para  ello  dicta  las  más  anacrónicas  e  inhumanas  leyes,  prohi- 
biendo también,  eo  pena  de  las  más  severas  sanciones,  los  casa- 
mientos y  las  uniones  ilegales  con  semitas,  y  hasta  el  trato  con 
ellos,  como  si  fueran  leprosos  cuyo  contacto  hubiese  (ju©  evitar. 
Lae  órdenes  intolerantes  que  se  dan  como  dictadas  por  Yahvé, 
tienen  a  lo  menos  la  atenuante  de  la  atrasada  época  en  que  se 
formularon;  pero  ¿qué  diremos  de  los  que  hoy,  en  pleno  siglo 
XX,  los  imitan,  devolviéndoles  con  mayor  vigor  la  pelota,  y  que, 
Bin  embargo,  pretenden  ser  el  pueblo  de  más  adelantada  cultura 
de  la  Tierra?  ¡Cuan  poco  ha  progresado  la  humanidad  del  punto 
de  vista  moral! 


DIMENSIONES  DEL  TEMPLO 


163 


sito  de  morar  allí  eternamente.  Este  propósito,  según  ya 
lo  hemos  adelantado,  se  frustró,  porque  a  la  inversa  del 
refrán  que  dice:  "El  hombre  propone  y  Dios  dispone", 
aquí,  en  este  caso,  Yahvé  propuso  y  los  caldeos  dispusie- 
ron otra  cosa. 

4^   LAS  DIMENSIONES  DEL  TEMPLO.  —  1434. 

El  Cronista  pone  en  boca  de  David  estas  palabras:  "La 
cas-'  que  se  ha  de  edificar  para  Yahvé,  Jia  de  ser  GRANDE 
(Pratt,  Reuss),  o  MAGNÍFICA  (Valera,  L.B.A..  Versión 
Sinodal)  SOBRE  TODA  PONDERACIÓN,  para  que  sea  cé- 
lebre y  renombrada  en  todos  los  países"  (I  Crón.  22,  5)  ;  y 
en  igual  sentido  le  hace  decir  a  Salomón  escribiendo  al 
rey  de  Tiro  (1) :  "La  casa  que  voy  a  edificar  será  GRANDE, 
porque  grande  es  nuestro  dios  sobre  todos  los  dioses. . .  Hazme 
preparar  madera  en  abundancia,  porque  la  casa  que  deseo 
edificar  será  MUY  GRANDE  Y  MAGNÍFICA"  (II  Crón.  2, 
5,  9).  Para  el  escritor  sagrado,  pues,  el  templo  de  Salo- 
món no  sólo  fué  espléndido  y  suntuoso,  sino  extraordina- 

(1)  "Loe  falsarios,  en  la  antigüedad,  redactaban  corrien- 
temente sus  documentos  según  el  formulario  de  su  tiempo.  El 
autor  del  libro  III  de  Macabeos,  que  escribía  en  Egipto  bajo  los 
Tolomeos,  al  forjar  pretendidas  ordenanzas  de  Tolomeo  IV,  no 
pensó  en  imitar  el  cuadro  protocolar  de  los  decretos  de  «ete 
rey,  sino  que  empleó  la  forma  usual  en  el  año  100  a.  C.,  vinien- 
do así  a  hacernos  conocer  la  fecha  de  su  obra.  El  libro  II  de 
Crónicas  cita  la  correspondencia  entre  Salomón  e  Hiram  (cap.  2). 
Al  reproducir  estas  cartas  orientales,  Eupolemo,  y  tras  él,  Jo- 
eefo,  les  dan  el  tono  de  epístolas  griegas.  Eupolemo  le  agregó 
además  un  preámbulo  fantástico.  Los  escritores  judíos  seguían 
en  este  punto  el  ejemplo  de  los  gramáticos  griegos"  (E.  BI- 
KEIRMAN,  en  R-  H.  R.,  t9  115,  p.  201-2).  Con  respecto  a  la 
respuesta  de  Hiram  a  Salomón  (II  Crón.  2,  11-16),  nota  Reuss 
que  es  ella  "'una  amplificación  de  la  que  se  lee  en  I  Rey.  5,  7-9. 
Aquí  el  rey  tirio  habla  absolutamente  como  judío  monoteísta, 
lo  que  no  ocurre  tanto  en  el  otro  texto,  tocante  al  cual  puede 
siempre  decirse  ^qu©  el  politeísmo  no  impedía  reconocer  ¡os 
dioses  de  loe  otros  pueblos". 


164 


EL  TEMPLO,  IGLESITA  DE  ALDEA 


riamente  grrande.  Únicamente  teniendo  en  cuenta  la  rela- 
tividad de  nuestros  conceptos  de  grandeza  material  y  de 
magnificencia,  pueden  aceptarse  esas  expresiones  hiper- 
bób'cas,  pues  cierto  es  que  para  los  israelitas  que  sólo 
habían  conocido  santuarios  al  aire  libre,  sin  construccio- 
nes importantes,  el  templo  de  Salomón  tenía  que  resul- 
tarles algo  en  extremo  imponente  y  maravilloso.  Cierto 
es  también  que  durante  la  monarquía  no  se  vió  en  Israel 
otro  edificio  semejante,  hasta  el  punto  que  muchos  de  los 
que  lo  habían  contemplado  y  alcanzaron  a  ver  los  cimien- 
tos del  segundo  templo,  lloraban  pensando  que  éste  no 
igualaría  al  de  Salomón  (Esd.  3,  12) ;  y  el  profeta  Aggeo, 
abogando  por  la  prosecución  de  las  obras  de  ese  segundo 
edificio,  no  podía  menos  de  exclamar:  "¿Hay  aún  enire 
vosotros  algún  sobreviviente  de  los  que  vieron  este  tem- 
plo en  su  gloria  anterior?  ¡En  qué  estado  lo  veis  ahora! 
Tal  como  es,  ¿no  os  parece  como  la  misma  nada?"  (Ag.  2, 
3).  Pero  el  Cronista  no  hablaba  en  términos  relativos, 
sino  absolutos.  Tomando  la  idea  del  salmista  de  que 
Yahvé  es  grande,  el  mayor  de  todos  los  dioses  (Sal.  135, 
5) ,  le  hacía  decir  a  Salomón  que  de  igual  modo  que  Yahvé 
excede  en  grandeza  a  las  demás  divinidades,  así  la  casa 
que  para  éste  iba  a  edificar  sería  muy  grande,  o  sea.  en 
la  mente  del  escritor,  sobrepasaría  los  demás  edificios  hu- 
manos. Ahora  bien,  la  realidad  histórica  fué  muy  dis- 
tinta de  esa  concepción,  pues  el  templo  de  Salomón  era 
de  reducidas  dimensiones,  a  saber,  de  unos  30  metros 
de  largo,  por  10  ms.  de  ancho,  y  15  ms.  de  altura,  algo 
así  como  una  pequeña  iglesia  de  aldea  (§  1368),  tamaño 
que  resulta  insignificante,  y  hasta  ridículo,  si  se  tiene  en 
cuenta  los  enormes  preparativos  realizados  para  construir 
ese  edificio,  según  los  relatos  de  los  libros  inspirados.  No- 
ta además  el  profesor  de  la  Facultad  de  Teología  de  la 
Iglesia  independiente  de  Neuchatel,  Dr.  Luis  Aubert,  que 
"para  nuestro  gusto,  la  apariencia  exterior  del  templo 
de  Salomón  no  tenía  nada  de  particularmente  artístico,  y 
no  deja  de  asombrarnos  que  haya  parecido  tan  magní- 
fico a  las  generaciones  que  lo  contemplaron"  (Dic.  Eney., 
art.  Temple).  Y  el  ilustre  historiador  Maspero  escribiendo 


TEMPX.O  PEQUEÑO  PARA  PUEBLO  PEQUEÑO 


165 


sobrp  este  tema,  dice  lo  sifiruiente:  "La  inexperiencia  de 
los  hebreos  en  materia  arouitectónica  les  hacía  considerar 
este  templo  como  obra  única;  pero  comparado  con  los 
edificios  grandiosos  de  Egipto  y  Caldea,  era  como  el  reino 
judío  respecto  a  los  otros  imperios  del  mundo  antiguo: 
un  templo  pequeño  para  un  pueblo  peaueño'*  (I,  p.  174). 
Recordemos  en  efecto  que  los  templos  de  los  faraones  del 
Nuevo  Imperio,  como  los  de  Karnak  y  de  Luxor,  cuyas 
ruinas  nos  causan  todavía  admiración,  eran  tan  grandes 
y  magníficos,  que  los  egipcios  los  comparaban  con  el  pa- 
lacio celeste  del  dios  del  sol  (erman,  p.  231-2), 

59  LA  CONSTRUCCIÓN  DEL  TEMPLO  Y  LA 
LLAMADA  LEGISLACIÓN  MOSAICA.  —  1435.    En  su 

Introducción  al  libro  de  Reyes,  Reuss  escribe  lo  siguiente: 
"Ni  el  redactor  de  ese  libro,  ni  el  autor  del  documento 
que  él  ha  seguido  aquí,  no  se  han  colocado  en  el  punto 
de  vista  de  la  legislación  del  Pentateuco.  Doquiera  se 
trate  de  sacrificios  y  de  otros  actos  del  culto  propiamente 
dicho,  siempre  es  el  rey,  y  él  tan  sólo,  quien  obra  y  quien 
habla  (3,  4;  S,  5,  14,  22,  55,  64;  9,  25;  10,  5) ;  nunca  se 
mencionan  sacerdotes  ni  levitas,  salvo  una  vez  única- 
mente (8,  4)  en  la  que  aparecen  desempeñando  un  papel 
muv  secundario.  Más  aún:  el  mismo  rey.  en  cuyo  palacio 
se  encuentra  un  santuario  consagrado  por  David,  va  a 
celebrar  en  otra  parte,  en  una  ciudad  cananea  (11  Sam. 
21.  2),  una  gran  fiesta  religiosa  (3.  4).  porque  según  nos 
lo  dice  el  propio  autor,  allí  era  desde  época  muy  antigua, 
el  principal  lugar  de  peregrinación  de  la  comarca.  El  pue- 
blo poseía  siempre  gran  número  de  locales  de  culto  (3,  2), 
y  Yahvé  no  tiene  reparos  que  oponer  a  este  estado  de  co- 
sas que  él  mismo  consagra  por  su  intervención  directa 
(3,  5)",  (Hist.  des  Isr.,  p.  141).  De  estos  hechos  que  des- 
taca Reuss.  y  que  nosotros  también  hemos  puesto  en  evi- 
dencia (§  1114*,  ss,  1420,  1421).  se  ve  claramente  que  no 
existía  entonces  el  cargo  postexílico  de  sumo  sacerdote,  y 
que  el  único  jefe  de  la  religión  yahvista  era  el  propio  mo- 
narca. Todo  esto  no  concuerda  con  lo  que  aseveran  los 
primeros  libros  bíblicos;  y  ahora  el  relato  de  la  construc- 


166 


LAS  PIEDRAS  LABRADAS 


ción  del  templo  salomónico  nos  da  la  oportunidad  de  com- 
probar una  vez  más  la  inexistencia,  en  aquella  época,  del 
Pentateuco  con  su  profusa  legislación,  que  pretende  tener 
un  origen  divino  y  remontar  al  tiempo  de  Moisés.  Véanse 
estas  breves  observaciones  al  respecto: 

1436.  A.  El  escritor  inspirado  nos  informa  que  el 
referido  templo  se  construyó  "con  grandes  piedras  que  el 
rey  mandó  cortar,  las  cuales  labraron  los  obreros  de  Salomón  y 
los  obreros  de  Hiram  con  los  giblaítas  (oriundos  de  Biblos) . . . 
Para  construir  el  templo  se  emplearon  piedras  completa- 
mente labradas  en  las  canteras,  de  modo  que  no  se  oyó  en 
el  templo,  durante  su  construcción,  ruido  alguno  de  marti- 
llo, ni  de  hacha,  ni  de  ningún  otro  instrumento  de  hierro" 
(I  Rey.  5,  17,  18;  6,  7).  Este  último  versículo  ha  servido 
para  que  los  antiguos  exégetas  dieran  rienda  suelta  a  su 
imaginación,  y  supusieran  que  los  ángeles  habían  inter- 
venido en  el  transporte  y  colocación  de  esas  grandes  pie- 
dras labradas  (1).  "A  propósito  de  lo  que  expresa  ese 
V.  7,  dice  Reuss,  los  rabinos  y  los  Padres  de  la  Iglesia 
inventaron  a  porfía  fábulas  sobre  la  procedencia  sobre- 
natural de  los  materiales  y  la  ciencia  mágica  de  Salomón". 
Pero  prescindiendo  de  esto,  nos  interesa  destacar  que 
aquella  casa  para  Yahvé,  desde  los  cimientos  fué  toda 
hecha  con  piedras  labradas,  de  las  que  era  tan  enemigo 
ese  dios,  que  las  proscribió  en  la  construcción  de  sus  al- 
tares. En  efecto,  en  el  llamado  Libro  de  la  Alianza,  figura 
Yahvé  dándole  a  Moisés  la  orden  siguiente:  "Si  quieres 
hacerme  altar  de  piedras,  no  lo  edifiques  con  piedras  la- 
bradas, porque  aplicándoles  tu  cincel  de  hierro,  las  profa- 
narás" (Ex.  20,  25).  En  las  adiciones  al  Código  deutero- 
nómico,  se  lee  también  este  mandamiento  de  Moisés,  para 

(1)  Este  V.  7  le  da  tema  a  San  G-regorio  Magno  para 
sacar  estas  consecuencias:  "Las  almas  de  los  escogidos  no  son 
trasladadas  ni  colocadas  en  el  edificio  del  cielo,  sino  después 
de  haber  sido  cortadas  y  labradas  acá  abajo  a  golpes  de  mar- 
tillo; ly  que  así  este  mundo  es  el  lugar  del  ruido  y  de  loe  gol- 
pes; pero  que  la  casa  de  Dios,  que  está  en  el  otro,  es  un  lugar 
de  paz  ly  de  reposo  eterno"  (citado  por  SCÍO), 


ALTAR  DE  PIEDRAS  BRUTAS 


cuando  el  pueblo  israelita  atravesara  el  río  Jordán  y  en- 
trase en  tierra  de  Csinsián:'' Edificarás  allí  un  altar  a  Yah- 
vé,  tu  dios,  altar  de  piedras  sobre  las  que  no  se  haya  al- 
zado instrumento  de  hierro;  de  piedras  brutas  edificarás 
el  altar  de  Yahvé,  tu  dios,  y  en  él  le  ofrecerás  holocaus- 
tos" (Deut.  27,  5,  6).  Según  el  escritor  elohista,  Josué 
cumplió  con  esa  disposición,  edificando  a  Yahvé,  en  el 
monte  Ebal,  un  altar  hecho  de  piedras  brutas,  no  tocadas 
por  el  hierro  (Jos.  8,  30,  31).  El  fundamento  de  todas  esas 
seudo-prescripciones  mosaicas  era  la  antigua  creencia  de 
que  las  piedras  sagradas,  — y  lo  eran  en  primer  término 
las  del  altar, —  no  debían  ser  labradas,  pues  trabajarlas 
o  golpearlas,  sobre  todo  con  herramientas  de  hierro,  me- 
tal éste  recientemente  descubierto  y  empleado,  hubiera 
sido  atacar  o  irritar  a  los  espíritus  o  elohim  que  en  ellas 
moraban  (§  99).  Ahora  bien  si  en  tiempo  de  Salomón 
hubiera  existido  el  Pentateuco,  es  incuestionable  que  un 
monarca  como  él,  — en  tan  excelentes  relaciones  con  Yah- 
vé, quien  no  desdeñaba  visitarlo  para  echar  un  parrafito 
con  él,  o  que  lo  gratificaba  con  revelaciones  especiales 
(I  Rey.  3,  5-14;  6,  11--13;  9,  1-9), —  se  hubiera  ceñido  es- 
trictamente a  lo  ordenado  por  Yahvé,  o  por  lo  menos, 
hubiera  consultado  sus  gustos  al  edificarle  casa  para  que 
allí  morara  eternamente.  Pero  si  alguien  alegara  que  la 
prevención  de  Yahvé  contra  las  piedras  labradas  con  cin- 
celes de  hierro  era  sólo  cuando  se  trataba  de  erigirle  al- 
gún altar  a  aquel  dios,  y  no  en  los  demás  casos,  entonces 
recordaríamos  a  nuestro  interlocutor,  que  ni  aún  cuando 
llegó  el  momento  de  construir  el  altar  de  los  holocaustos, 
frente  al  templo,  se  ajustó  Salomón  a  las  citadas  prescrip- 
ciones del  Pentateuco,  como  se  dice  lo  hizo  Josué,  pues 
dicho  altar  fué  hecho  de  bronce  (II  Crón.  4,  J).  Esta  in- 
novación no  volvió  a  reproducirse  al  edificarse  el  segundo 
templo,  después  del  destierro,  pues  siendo  ya  conocidas 
las  mencionadas  disposiciones,  se  construyó  el  nuevo  al- 
tar con  piedras  blancas,  brutas,  sin  labrar;  y  en  igual 
forma  se  rehizo  más  tarde,  cuando  la  restauración  del 
templo  por  Judas  Macabeo  (desnoyers,  III,  147). 


168 


LOS  OAJLZONCILLOS  SACERDOTAIíES 


1437.  B.  En  la  construcción  del  altar  de  holocaus- 
tos, Salomón  contravino  también  otro  precepto  del  Éxodo, 
según  el  cual  Yahvé  manda  que  además  de  ser  de  piedras 
brutas  ese  altar,  carezca  de  gradas  o  escalones,  por  la 
curiosa  razón  de  evitar  'que  no  se  descubrw  allí  tu  des- 
nudez"  (Ex.  20,  26),  pues  como  los  oficiantes  para  ejer- 
cer su  ministerio,  se  ponían  el  éfod-vestido,  se  exponían 
al  subir  las  gradas  a  dar  un  espectáculo  poco  edificante, 
porque  siendo  el  éfod  un  taparrabo  cortísimo,  resultaba 
una  prenda  de  ropa  muy  comprometedora,  según  lo  sa- 
bemos por  lo  que  le  pasó  a  David  cuando  se  lo  puso  y 
luego  danzó  ante  el  arca  (§  1074-5).  Por  esa  razón  el  es- 
critor sacerdotal  posterior  estableció  expresamente  que 
los  sacerdotes  debían  usar  "calzoncillos  de  lino  blanco  que 
alcanzaran  desde  la  cintura  hasta  los  muslos,  para  cubrir 
su  desnudez"  (Ex.  28,  42),  precepto  en  el  que  se  insiste 
reiteradamente  para  que  los  interesados  no  lo  fueran  a 
echar  en  olvido  (Ex.  39,  28;  Lev.  6,  10;  16,  4;  Ez.  44,  18). 
Ahora  bien,  parece,  a  estar  a  lo  que  nos  dice  Ezequiel 
reproduciendo  en  su  proyecto  de  nuevo  templo  lo  que  exis- 
tía en  el  anterior  destruido  por  los  caldeos,  que  el  altar 
salomónico  de  los  holocaustos  tenía  dos  metros  de  altura, 
y  se  subía  a  él  por  escalones  situados  del  lado  Este  (Ez. 
43,  15-17;  ver  el  grabado  N'  2).  Se  explica  así  se  exigiera 
a  los  sacerdotes  que  llevaran  calzoncillos  por  las  razones 
de  decencia  que  antiguamente  habían  hecho  proscribir  los 
altares  con  gradas, 

1438.  C.  El  decálogo  de  Ex.  20  contiene  este  man- 
damiento: "No  te  harás  imágenes  esculpidas,  ni  represen- 
tación alguna  de  las  cosas  que  están  arriba  en  el  cielo, 
ahajo  en  la  tierra  o  en  las  aguas  debajo  de  la  tierra"  (v.  4). 
Sin  embargo  tanto  el  templo  como  el  trono  de  Salomón 
estaban  decorados  con  profusión  de  imágenes  o  escultu- 
ras contrarias  a  dicho  precepto  (I  Rey.  7,  15-48;  10,  18-20). 
Así  las  fuentes  movibles  o  trasportables  descansaban  en 
unas  bases  de  bronce,  en  cuyos  cuatro  costados  había 
esculpidos  leones,  bueyes,  querubines  y  palmas  con  guir- 
naldas al  rededor  (I  Rey.  7,  29,  36) ;  "  el  mar"  de  bronce 
estaba  asentado  sobre  doce  bueyes  del  mismo  metal  (v. 


TAHVE  T  IjA  OÜLTTTRA  ARTISTICA 


169 


25) ;  todas  las  paredes  y  las  puertas  del  templo  estaban 
esculpidas  con  fisruras  entalladas  de  querubines,  palmas, 
coloQuíntidas  y  flores  abiertas  (I  Bey.  6,  18,  29,  32.  35) ; 
y  finalmente,  el  mismo  invisible  Yahvé  moraba  en  su  ar- 
ca baio  las  alas  extendidas  de  dos  giprantescos  querubines 
(Yb.  6,  23-28;  S.  6,  7;  ^  1370).  Resulta  por  lo  tanto  evi- 
dentísimo que  un  rey  piadoso  yahvista  como  Salomón,  al 
construir  una  casa  a  su  dios,  no  podía  haber  tolerado  tales 
imágenes,  decoraciones  y  estatuas  que  violaban  tan  des- 
caradamente el  citado  mandamiento  del  Decáloofo.  si  en 
su  época  hubiera  existido  el  actual  Pentateuco.  Además, 
a  la  vez  aue  constatamos*  este  hecho,  lletramos  a  esta 
curiosa  conclusión,  a  saber,  que  en  el  sícrlo  X,  cuando  Sa- 
lomón construyó  su  célebre  templo,  Yabvé  era  Dartidario 
de  las  imáffenes  y  esculturas,  pues  no  sólo  no  protestó  por 
ellas  en  sus  entrevistas  con  aquel  monarca,  sino  oue, 
como  hemos  visto,  tomó  en  su  nube  posesión  de  dicho 
edificio,  el  día  de  sa  inauguración,  con  lo  que  deiaba  bien 
sentada  su  conformidad  con  él.  por  lo  que  se  fué  tranqui- 
lamente a  descansar  en  su  arca,  bajo  las  alas  protectoras 
de  los  querubines,  obra  de  manos  cananeas.  Un  par  de 
siglos  más  tarde,  Yahvé  cambió  de  opinión,  y  dictó  en- 
tonces el  mandamiento  arriba  transcrito,  mostrándose  así 
enemigo  acérrimo  de  las  bellas  artes,  con  lo  que  prestó 
un  flaco  servicio  a  la  cultura  de  su  pueblo. 

1439.  Y  D.  El  Deuteronomio  prescribe  reiterada- 
mente la  centralización  del  culto "ew  el  lugar  que  Yahvé 
escogiere",  o  sea,  en  Jerusalem,  (12,  4-7,  11,  14,  18,  etc.). 
No  obstante  esto,  después  de  consagrado  el  templo,  Salo- 
món no  decretó  la  abolición  de  los  "altos"  del  país,  como 
lo  hicieron  Ezequías  y  Josías  (II  Rey.  18,  4,  22;  23,  8,  9), 
sino  que  se  continuó  sacrificando  a  Yahvé  en  Gabaón.  Gil- 
gal,  Bethel  y  demás  santuarios  nacionales,  con  el  bene- 
plácito del  rey  y  de  todo  el  pueblo  (§  696,  729 ;  1311 ;  1312). 
Es,  pues,  altamente  instructiva  esa  conducta  de  Salomón, 
como  la  de  los  demás  monarcas  piadosos  posteriores  que 
hubo  en  Judá,  al  permitir  o  fomentar  el  culto  de  Yahvé 
en  los  altos,  porque  nos  comprueba,  sin  lugar  a  dudas, 
que  no  existía  entonces  la  legislación  deuteronómica  que 
lo  condena. 


CAPITULO  xni 


Los  salmos  de  Salomón  -y  El 
Cantar  de  los  Cfitntares 


LA  OBRA  LITERARIA  DE  SALOMÓN.  —  1440. 

El  autor  sagrado  manifiesta  que  Salomón  "pronunció  tres 
mil  proverbios,  y  sus  cantares  fueron  mil  cinco.  Trató 
también  de  los  árboles,  desde  el  cedro  que  está  en  el  Lí- 
bano hasta  el  hisopo  que  brota  en  los  muros;  y  disertó 
asimismo  sobre  los  cuadrúpedos,  las  aves,  los  reptiles  y 
los  peces"  (I  Rey.  4,  33).  Este  versículo  nos  refiere  otras 
manifestaciones  de  la  sabiduría  que  le  dió  Yahvé  a  Salo- 
món, a  saber:  l'>  la  de  pronunciar  maschales  o  mischlé 
(§  1165  n.),  palabra  hebrea  que,  según  hemos  visto,  sig- 
nifica sentencias,  máximas,  comparaciones  o  proverbios, 
de  los  que  se  asevera  compuso  tres  mil  aquel  monarca; 
2'  talento  poético  para  componer  numerosos  cantares;  y 
3'  especiales  conocimientos  en  botánica  y  zoología.  Va- 
mos a  estudiar,  pues,  ahora,  la  obra  literaria  de  Salomón 
conservada  en  la  Biblia,  pues  la  demás  de  él  se  ha  per- 
dido (si  es  que  alguna  vez  existió),  ya  que  la  ortodoxia 
tiene  que  aceptar  esa  paternidad  que  le  atribuye  el  libro 
divinamente  inspirado,  y  por  lo  tanto,  incapaz  de  sostener 
una  inexactitud. 

LOS  SALMOS  DE  SALOMÓN.  —  1441.  Dos  son  los 
himnos  que  figuran  en  el  Salterio,  con  el  título  *'de  Salo- 


EL  SALMO  72 


171 


món":  el  72  y  el  127.  Poco  nos  detendremos  a  estudiarlos, 
porque  nada  hay  en  ellos  que  revele  que  tengan  tal  ori- 
gen. Recuérdese  lo  que,  sobre  los  títulos  de  los  salmos, 
hemos  dicho  en  1127  a  1129*.  Basta  para  descartarlos  de 
nuestro  estudio,  recordar  lo  siguiente:  1»  en  cuanto  al  72, 
que  este  es  un  salmo  escrito  con  motivo  del  advenimiento 
de  un  nuevo  rey,  al  que  se  le  prodigan  exageradas  hipér- 
boles propias  del  lenguaje  de  las  cortes  orientales.  Ese 
rey  no  puede  ser  el  Mesías,  como  lo  suponen  el  Targum 
y  muchos  exégetas,  pues  el  poeta  anuncia  que  siempre 
se  orará  por  dicho  monarca,  y  después  de  su  muerte  se 
recordará  perpetuamente  su  nombre. 

15  ¡Que  viva  el  rey,  y  que  se  le  dé  oro  de  Sabál 
T  se  orará  por  él  continuamente, 

Y  cada  día  se  le  bendecirá. 

17  ¡Subsista  su  nombre  para  siempre. 
Dure  su  nombre  tanto  como  el  sol! 
¡Qué  todos  se  bendigan  mutuamente  en  su  nombre 

Y  que  todas  las  naciones  proclamen  su  felicidad! 

1442.  Combatiendo  la  interpretación  mesiánica,  ma- 
nifiesta Reuss,  que  a  Yahvé  no  se  le  nombra  para  nada, 
ni  tampoco  se  menciona  la  faz  moral  y  religiosa  del  go- 
bierno del  Mesías,  sino  que  se  trata  aquí  únicamente  de 
una  potencia  mundana  y  política,  de  prosperidad  mate- 
rial, y  que  a  cada  paso  se  habla  de  los  pobres  y  de  los 
oprimidos,  lo  que  hace  pensar  en  una  época  en  que  Israel 
había  perdido  su  independencia^  y  sintiéndose  nación  hu- 
millada y  vejada,  pedía  como  especial  favor  que  su  sobe- 
rano la  gobernara  con  justicia,  según  se  ve  al  comienzo 
de  dicho  salmo: 


1  ¡Da,  oh  Dios,  al  rey  iu  equidad, 
Y  al  hijo  del  rey  (1)  tu  justicia, 


(1)  Hijo  del  rey  es  un  hebraísmo  que  egLuival©  simple- 
mente a  rey,  como  hijo  de  profeta  ee  sinónimo  de  profeta;  hijo 


172 


EL  SALMO  lar 


2  Para  que  juzgue  a  tu  pueblo  justicieramente 
Y  a  tus  pobres  con  rectitud! 

Esta  plegaria  para  que  Dios  bendiga  al  monarca,  es 
indudable  que  no  puede  haber  sido  escrita  por  éste  mismo. 
El  poeta  formula  aquí  votos  por  que  el  nuevo  rey  obre 
según  el  derecho^  y  suponiendo  que  así  lo  hará,  le  pro- 
nostica un  reinado  brillante  y  venturoso.  Como  con  razón 
expresa  L.  B.  d.  C.  este  salmo  no  ha  podido  ser  dedicado 
a  un  rey  israelita  anterior  al  destierro,  — pués  a  ello  se 
opone  el  carácter  reciente  del  lenguaje  y  la  simiütud  de 
ideas  con  el  2»  Isaías  y  oon  Job; —  sino  tan  sólo  a  algún 
rey  de  Persia,  o  a  algún  Tolomeo,  o  quizás  a  un  Asmoneo. 

1443.  En  cuanto  al  salmo  127  forma  parte,  según 
su  título,  del  grupo  de  los  quince  cánticos  de  los  maaloth, 
o  sea,  de  las  subidas  o  de  las  peregrinaciones  a  Jerusa- 
lem,  colección  que  se  encuentra  en  el  quinto  y  último  libro 
del  Salterio  (Sal.  120-134;  §  1129).  Estos  salmos  estaban 
especialmente  destinados  para  ser  cantados  en  las  pere- 
grinaciones anuales  que  los  hebreos  hacían  a  Jerusalem, 
después  del  destierro,  y  con  motivo  de  las  grandes  fies- 
tas religiosas  que  allí  se  celebraban.  "Cuanto  más  disper- 
sos se  veían  los  judíos,  escribe  F.  Bovet  en  sus  Psaumes 
des  Maaloth,  p.  24,  más  amaban  ese  templo  (el  de  Zoro- 
babel),  que  era  el  símbolo  visible  de  su  unidad,  y  esas 
fiestas  que  les  daban  la  oportunidad  de  mantenerla".  To- 
das las  antiguas  versiones,  salvo  la  de  los  LXX,  lo  mismo 
que  todos  los  manuscritos  hebreos,  atribuyen  este  salmo 
a  Salomón,  sin  embargo  la  muy  ortodoxa  L.B.A.  reconoce 
que  "el  género  de  composición  y  de  poesía  del  salmo  es  el 
mismo  de  los  otros  cánticos  de  los  Maaloth,  que  son  pos- 
texíUcos".  ¿A  qué  se  debe  que  se  haya  atribuido  a  Salo- 
món este  cántico?  A  que  ciertas  palabras  del  mismo  su- 
girieron a  algún  escriba  la  idea  de  que  debía  ser  de  aquel 
monarca,  pues  ya  sabemos  (§  1130,  1166),  que  los  que  pu- 
sieron títulos  a  los  salmos,  se  contentaron  con  lejanas 

de  diioses  lo  es  de  dios  o'  eer  divino;  e  hijo  de  pobre  (v.  4)  lo  ©8 
de  pobre  (La.  £.  d.  C). 


LOS  TITULOS  DE  LOS  SALMOS  72  Y  12Í 


analogías  entre  los  acontecimientos  y  una  que  otra  pala- 
bra o  cláusula  de  esas  poesías.  Ahora  bien,  el  salmo  127 
comienza  así: 

Si  Yahvé  no  edifica  la  casa. 
En  vano  trabajan  los  que  la  construyen; 
2  En  vano  os  levantáis  temprano  u  os  acostáis  tarde, 
En  vano  coméis  el  pan  duramente  ganado: 
Yahvé  da  lo  mismo  a  su  amado,  durante  su  sueño. 

1444.  El  autor  del  título  asimiló  la  palabra  casa  con 
el  vocablo  templo,  porque  al  fin  y  al  cabo,  el  templo  se 
llamaba  la  beth  Yahvé,  "la  casa  de  Yahvé".  Además  en 
el  sueño  de  Gabaón  (§  1315)  Yahvé  prometió  a  Salomón 
mientras  dormía  en  el  santuario,  sabiduría,  riqueza,  glo- 
ria y  larga  vida  (I  Rey.  3,  12-14) ^  y  como  a  este  rey  le 
puso  aquel  dios  el  nombre  de  Yedidiá,  que  significa  "ama- 
do de  Yahvé"  (§  1033),  nuestro  escriba  relacionó  estos 
antecedentes  con  el  final  del  citado  v.  2,  donde  se  habla 
de  los  beneficios  que  Yahvé  da  a  su  amado  durante  el 
sueño.  Algo  por  el  estilo  ocurrió  con  el  título  del  salmo 
72.  En  éste  se  pide  a  Dios  que  dé  al  rey  su  justicia  para 
que  juzgue  al  pueblo  justicieramente,  con  rectitud,  lo  que 
podía  corresponder  al  sabio  Salomón  que  había  dictado  la 
célebre  sentencia  de  I  Rey.  3,  16-28  (§  1325).  Además  en 
el  mismo  salmo  se  lee: 

10  Los  reyes  de  Tarsis  y  de  las  islas  le  ofrecieron  presentes; 
Los  reyes  de  Sabá  y  de  Seba  le  traerán  sus  tributos, 

11  Todos  los  reyes  se  postrarán  delante  de  él, 
Todas  las  naciones  le  servirán. 

Conocidas  son  las  expediciones  a  Tarsis  (cap.  Vil)  y 
la  visita  de  la  reina  de  Sabá  (§  1328) ;  pues  bien  todo  esto 
bastaba  y  sobraba  para  que  el  avisado  escriba  que  estaba 
en  tren  de  ponerle  títulos  a  los  salmos,  le  atribuyera  la 
paternidad  de  nuestro  salmo  72  a  Salomón.  Pasemos  aho- 
ra al  estudio  de 


Í74 


feL  qANTAR  DE  LOS  CANTARES 


EL  CANTAR  DE  LOS  CANTARES.  —  1445.  Ante 
todo,  daremos  íntegro  el  texto  de  este  célebre  poema,  tra- 
tando de  ser  lo  más  fieles  posibles  al  original,  a  menudo 
alterado  en  las  corrientes  traducciones,  para  que  ciertas 
frases  no  disuenen  en  extremo,  en  el  libro  sagrado  de  que 
él  forma  parte,  (1) 

1.    1  El  cantar  de  los  cantares,  que  es  de  Salomón. 

2  — ¡Oh,  quién  me  diera  beber  un  beso  de  su  boca! 
— Más  dulces  que  el  vino  son  tus  caricias.  (2) 

3  Esparcen  un  suave  olor  tus  ungüentos, 
Óleo  derramado  es  tu  nombre: 

Por  eso  te  aman  las  doncellas. 

4  — ¡Llévame  contigo;  juntos  correremos! 
— Introdújome  el  rey  en  su  harem. 

— Regocijémonos  y  riamos  juntos, 

Porque  más  dulces  que  el  vino  son  tus  caricias.  (3) 

¡Con  cuánta  razón  te  aman! 

5  — Tostada  tengo  la  piel;  pero  soy  hermosa. 
Oh  hijas  de  Jerusalem, 

Como  las  tiendas  de  Kedar, 
Como  los  pabellones  de  Salomón. 

6  No  me  despreciéis,  porque  soy  morena: 
Me  ha  quemado  el  sol. 

Irritados  contra  mí  los  hijos  de  mi  madre. 
Pusiéronme  a  guardar  viñas; 

Mas  ¡ay!  mi  viña,  la  mía  propia,  no  la  he  guardado. 

(1)  Recuérdese  que  los  guiones  que  van  al  principio  do 
algunos  versos,  indican  cambio  de  la  persona  que  habla  o  canta 
en  el  poema. 

(2)  iSunt  úbera  tua,  "son  tus  pechos",  traduce  Jerónimo 
en  la  Vulgata. 

(3)  Memores  úberum  tuorum  super  vinum,  "acordándo- 
nos de  tus  pechoe  mejores  que  el  vino"  (La  Vulgata). 


Eli  CANTAR  DE  LOS  CANTARES 


175 


7  — Dime  tú,  a  quien  ama  mi  alma. 

Donde  apacientas,  donde  descansas  al  mediodía, 
Para  que  no  sea  como  mujer  extraviada 
Tras  los  rehaños  de  tus  compañeros. 

8  — Si  no  lo  sahes,  oh  tú,  la  más  hermosa  de  las  mujeres. 
Sigue  las  huellas  de  las  ovejas, 

!F  apacienta  tus  cabritos 

Junto  a  las  cabanas  de  los  pastores. 

9  — A  las  yeguas  del  coche  de  Faraón 
Te  comparo,  oh  amiga  mía. 

10  ¡Cuan  hermosa  eres  con  tus  mejillas  ornadas  de  perlas, 
Y  tu  cuello  con  collares  de  coral! 

11  Te  haremos  tamMén  brazaletes  de  oro 
Nielados  de  gusanillo  de  plata. 

12  Mientras  el  rey  en  su  canapé  reposa, 
Exhala  mi  nardo  su  fragancia. 

13  — Hacecito  de  mirra  es  mi  amado  para  mí. 
Que  entre  mis  pechos  reposa. 

14  Mi  amado  es  para  mí,  ramillete  de  alcanforero 
En  las  viñas  de  Engadí. 

15  ■ — ¡Qué  hermosa  eres,  amiga  mía, 
Tus  ojos  son  palomas! 

16  — ¡Qué  hermoso  y  encantador  eres,  amigo  mío! 
Nuestro  tálamo  es  el  florido  césped. 

17  Las  vigas  de  nuestra  casa  son  los  cedros. 
Los  cipreses  nos  sirven  de  techo. 

2.    1  Yo  soy  la  rosa  de  Sarán, 
El  lirio  de  los  valles. 

2  — Semejante  al  lirio  entre  las  espinas 
Así  es  mi  amiga  entre  las  jóvenes. 

3  — Como  el  manzano  entre  los  árboles  del  bosque 
Así  es  mi  amado  entre  los  jóvenes. 


EL  CANTAR  DE  LOS  CANTARES 


Me  agraria  sentarme  a  su  snrnhra 

Y  su  fruto  es  dulce  a  mi  paladar. 

4  Me  ha  arrastrado  hacia  su  hodeqa: 

La  "bandera  que  sohre  mi  ondea,  es  el  amor. 

5  Confórtame  con  vásteles  de  uvas. 
Refréscame  con  hiQo  de  manzanas. 
Porque  estoy  enferma  de  amor. 

6  Su  mano  izquierda  sostiene  mi  odbeza, 

Y  su  derecha  me  tiene  abrazada. 

7  — Yo  os  conjuro,  oh  hiias  de  Jerusalem, 
Por  las  pácelas  y  las  corzas  de  los  campos, 
No  desvertéis  a  mi  amada. 

No  la  despertéis  hasta  que  ella  quiera. 

8  — ¡Es  la  voz  de  mi  amado! 

¡JTe  aquí  que  viene 
Saltando  por  los  montes. 
Atravesando  collados, 

9  Semejante  al  corzo  y  al  cervatillo! 

He  aquí  que  se  detiene 
Detrás  de  nuestro  muro; 
Mira  por  la  ventana. 
Sus  ojos  hrülan 
'A  través  del  enrejado. 

10  Habla  mi  amado  y  me  dice: 

" ¡Levántate,  amiga  mía, 
Ven,  sal,  hermosa  min! 

11  Porque  ha  pasado  ya  el  invierno, 
Las  lluvias  se  han  ido, 

Ya  no  existen  más. 

12  Las  flores  se  muestran 
'En  la  campaña; 


EL  CANTAR  DE  LOS  CAIVTARES 

El  tiemno  de  las  canciones 
Ha  vuelto  ya; 
El  arrullo  de  la  tórtola 
Resuena  en  nuestros  prados. 

13  El  fruto  de  la  higuera 
Comienza  a  madurar; 
Exhalan  su  perfume 
Las  viñas  en  flor. 
¡Levántate,  amiga  mía. 
Ven,  sal,  hermosa  mía! 

14  ¡Palom-a  mía,  tú  que  te  ocultas 
En  las  grietas  de  las  peñas. 
En  los  escondrijos  escarpados, 
Déjame  ver  tu  rostro. 
Hazme  oir  tu  voz. 

Porque  tu  voz  es  tan  dulce 

Y  tu  rostro  tan  hermoso! 

15  Cazadnos  las  zorras, 
Las  pequeñas  raposas 
Que  asuelan  las  viñas. 

Porque  nuestras  viñas  están  en  flor" 

16  — Mi  amado  es  mío, 

Y  yo  soy  de  él. 

Él,  que  entre  los  lirios  se  solaza. 
(o  Qiie  apacienta  su  rebaño 
En  medio  de  los  lirios). 

17  Cuando  comience  a  soplar 
La  hrisa  de  la  noche. 

Cuando  las  sombras  se  alarguen. 
Vuelve,  oh  amado  mío, 
Semejante  al  corzo  o  al  cervatillo 
Sobre  los  montes  que  nos  separan. 

3,    1  Una  noche  en  mi  cama. 

Busqué  a  aquél  que  ama  mi  corazón^ 
Le  busqué  y  no  le  hallé. 


Eli  CHANTAR  DE  LOS  CANTARES 


2  Resolví  entonces  levantarme. 
Dar  una  vuelta  por  la  ciudad, 
Recorrer  calles  y  plazas 

Para  buscar  al  que  ama  mi  corazón. . . 
Le  busqué  y  no  le  hallé. 

3  He  encontrado  las  guardias 
Que  rondan  por  la  ciudad: 

"¿Habéis,  visto,  díjeles,  al  que  ama  mi  corazón?'* 

4  Apenas  los  había  dejado. 
Encontré  al  que  ama  mi  corazón. 
Lo  agarré  y  no  quise  soltarle. 

Hasta  que  lo  introduje  en  casa  de  mi  madre, 
En  la  pieza  de  la  que  me  engendró. 

5  — Yo  os  conjuro,  oh  hijas  de  Jerusalem, 
Por  las  gacelas  y  las  corzas  de  los  campos, 
No  despertéis  a  mi  amor 

No  la  despertéis  hasta  que  ella  quiera. 

6  — ¿Qué  es  aquello  aue  sube  del  desierto, 
Como  cohimna  de  humo. 

Exhalando  olor  de  mirra,  de  incienso, 
Y  demás  aromas  del  perfumista? . . . 

7  Es  la  litera  de  Salomón, 
Rodéanla  sesenta  guerreros. 
De  los  valientes  de  Israel. 

8  Todos  llevan  espada. 
Diestros  son  en  la  guerra. 

Cada  uno  con  su  espada  al  costado, 
Previniendo  nocturnos  ataques. 

9  El  rey  Salomón  se  hizo  construir 

Un  palanquín  de -madera  del  Líbano. 
10  Sus  columnas  hizo  de  plata 
Su  dosel  de  oro. 


ÉL  OANtAB  DE  LOS  CANTARES 


179 


De  púrpura  es  su  asiento^ 
Su  interior  bordado  con  amor. 
Por  las  hijas  de  Jerusalem. 

11  Salid,  oh,  hijas  de  Sión, 
Admirad  al  rey  Salomón, 
Con  la  corona  que  le  puso  su  madre 
El  día  de  sus  bodas  y  del  gozo  de  su  corazón. 

4,    1  — ¡Qué  hermosa  eres,  amiga  mía! 
¡Qué  hermosa  eres! 

Tus  ojos  son  palomas,  a  través  de  tu  velo. 
Tus  cabellos,  una  manada  de  cabras 
Que  descienden  de  las  alturas  de  Galaad; 

2  Tus  dientes,  rebaño  de  ovejas  esquiladas 

Que  salen  del  bañadero, 

Marchando  juntas  en  dos  filas 

Sin  dejar  espacio  alguno  entre  ellas. 

3  Tus  labios,  una  cinta  de  grana 
Y  graciosa  tu  boca. 

Tus  mejillas,  cachos  de  granada 
A  través  de  tu  velo. 

4  Tu  cuello  como  la  torre  de  David, 
Construida  para  servir  de  arsenal. 
De  la  cual  mil  escudos  cuelgan, 
'Escudos  todos  de  valientes. 

5  Tus  dos  pechos,  como  dos  cervatillos 
Mellizos  de  corza. 

Que  pacen  en  medio  de  los  lirios. 

6  Cuando  sople  la  brisa  de  la  noche^ 
Cuando  se  alarguen  las  sombras. 
Iré  al  monte  embalsamado  de  mirra, 
A  la  colina  perfumada  de  incienso. 


m 


Ét  qAÑÍtAR  Í)E  LOS  CANTAjREá 


7  Toda  tú  eres  hermosa,  amiga  mía. 
Ningún  defecto  altera  tu  belleza. 

8  Ven  del  Líbano,  esposa  mía, 
Ven  del  Líbano. 

Mírame  desde  la  cima  del  Amana 
Desde  la  cumbre  del  Senir  y  del  Hermán, 
Desde  las  guaridas  de  los  leones, 
Desde  las  montañas  de  los  leopardos.  (1) 

9  Me  has  arrebatado  el  corazón. 
Oh  hermana,  esposa  mía. 

Me  has  arrebatado  el  corazón 
Con  una  sola  de  tus  miradas, 
Con  uno  solo  de  los  bucles  que  caen  sobre  tu  cuello. 

10  ¡Cuan  hermosos  son  tus  pechos. 

Oh  hermana,  esposa  mía! 
¡Cuan  dulces  son  tus  caricias. 
Más  dulces  son  que  el  vino, 
Y  la  fragancia  de  tus  perfumes 
Es  más  suave  que  todos  los  aromas! 

11  De  tus  labios,  amada  mía. 
Destila  la  miel; 

Miel  y  leche  destila  tu  lengua; 

El  olor  de  tus  vestidos 

Es  como  perfume  del  Líbano. 

12  ¡Oh  hermana,  esposa  mía, 
Eres  jardín  cerrado. 

Manantial  bien  cerrado,  fuente  sellada, 

13  Vergel  donde  crecen  granados 
Con  árboles  de  exquisitas  frutas, 

Donde  juntos  se  desarrollan:  el  jazmín  con  el  nardo, 

(1)  iDuseaud  escribe:  "Justamente  considera  Budde  este 
V.  8  como  una  adición  posterior,  pues  no  tiene  relac  ón  con  lo 
que  precede  ni  con  lo  que  sigue.  Su  topografía  es  en  verdad 
demasiado  fantástica"   (Le  Cantique,  p.  112). 


181 


14  El  nardo  con  el  azafrán,  la  canela,  y  el  cinamomo, 

Y  todos  los  arbustos  odoríferos; 

La  mirra,  el  áloe  y  los  más  excelentes  aromas.  (§  1590). 

15  Fuente  eres  en  medio  del  jardín, 
Pozo  de  aguas  vivas, 

Arroyuelo  que  desciende  del  Líbano. 

16  — ¡Levántate,  brisa  del  Norte, 
Acudid  vientos  del  mediodía. 
Soplad  en  mi  jardín. 

Para  esparcir  sus  perfumes! 

"Entre  mi  amado  en  su  jardín 

Y  coma  de  sus  exquisitos  frutos". 

5,    1  — He  entrado  en  mi  jardín. 
Oh  hermana,  esposa  mía. 
Recojo  mi  mirra  y  mi  bálsamo, 
Como  mi  miel  con  los  panales. 
Bebo  mi  vino  y  mi  leche. ... 
Comed,  amigos,  y  bebed, 
Embriagáos  de  amor. 

2  — Yo  dormía;  pero  mi  corazón  velaba. 
Oigo  la  voz  de  mi  amado 

Que  golpea  a  mi  puerta,  y  dice: 
— ¡Abreme,  hermana,  amiga  mía, 
Paloma  mía,  mi  sin  mancillal 
Mi  cabeza  está  cubierta  de  rocío, 

Y  mi  cabello,  de  las  gotitas  de  la  noche". 

3  — He  respondido:  "Acabo  de  quitarme  la  ropa,  (la  tú- 

nica) 

¿Cómo  ponérmela  de  nuevo? 

Me  he  lavado  los  pies, 

¿Cómo  ensuciármelos  otra  vezt" 


EL  C|ANTAB  DE  LOS  CANTARES 


4  Mi  aniado  metió  su  mano 

Por  la  abertura  de  la  puerta^ 

T  mi  corazón  se  estremeció  de  amor  por  él. 

5  Me  levanté  para  abrir  a  mi  amado, 
Goteaba  mirra  mi  mano; 

Y  mis  dedos,  mirra  líquida 

Al  agarrar  el  pestillo  de  la  cerradura. 

6  Abrí  a  mi  amado; 

Pero  mi  amado  había  partido,  había  desaparecido. 
'  El  sonido  de  su  voz 
Me  hizo  perder  la  razón. 
Partí  en  su  busca;  pero  no  pude  encontrarle. 
Le  llamé  y  no  me  respondió. 

7  Halláronme  las  guardias  que  rondan  la  ciudad, 
Me  golpearon  y  maltrataron. 

Me  quitaron  el  manto 

Los  guardianes  de  las  murallas. 

8  ¡Oh  hijas  de  Jerusalem!  os  conjuro 
Que  si  hallareis  a  mi  amado. . . 
¿Qué  le  diréis? 

Decidle  que  estoy  enferma  de  amor. 

9  — ¿En  qué  es  tu  amado  superior  a  los  otros^ 
Oh  tú,  la  más  hermosa  de  las  mujeres? 
¿En  qué  es  tu  amado  superior  a  los  otros. 
Para  que  nos  dirijas  tales  súplicas? 

10  — Mi  amado  es  blanco  y  rubio, 

Brilla  a  lo  lejos  entre  diez  mil, 

11  Es  su  cabeza  de  oro  puro^ 
Sus  ondulantes  cabellos 
Como  el  cuervo  negros  son. 

12  Sus  ojos  semejan  palomas 

'En  las  orillas  de  un  arroyuelo. 


EL'  CANTAR  DE  LOS  CANTARES  183 

Báñanse  en  leche, 
Incrustados  muy  hien  están: 

13  Plantas  de  bálsamo  son  sus  mejillas 
Macizo  de  flores  de  gran  perfume. 
Sus  laüos  son  lirios 

Que  mirra  destilan. 

14  Sus  manos,  anillos  de  oro 
Guarnecidos  de  rubíes; 
Su  vientre,  blanco  marfil 
Esmaltado  de  zafiros. 

15  Sus  piernas,  columnas  de  mármol 
Descansando  en  basas  de  oro; 

Su  aspecto,  como  el  Líbano, 
Soberbio  como  los  cedros. 

16  No  es  sino  dulzura  su  boca, 
Todo  él  delicias. 

Tal  es  mi  amado,  tal  es  mi  amigo, 
Oh  hijas  de  Jerusalem. 

6,  1  — ¿"A  dónde  se  ha  ido  tu  amado. 

Oh  tú,  la  más  hermosa  de  las  mujeres? 
¿Hacia  qué  lado  se  ha  dirigido? 
Nosotras  contigo  le  buscaremos".  (1) 

2  — Descendió  mi  amado  a  su  jardín, 
A  los  canteros  de  las  aromas 
Para  gozarse  en  su  jardín, 

Para  juntar  lirios  allí. 

3  De  mi  amado  soy,  y  mío  es  mi  amado. 
Él,  que  entre  los  lirios  se  solaza. 

(1)  Este  V.  1  es  el  17,  o  sea,  el  final  del  cap.  5,  en  la  Vul- 
gata,  de  modo  que  en  dicha  traducción  todos  loe  vs.  del  cap.  6 
tienen  un  número  menos  que  en  las  versiones  corrientes  del 
hebreo. 


184 


Eli  CANTAR  DE  LOS  CANTARES 


4  — Bella  eres,  amipa  mía,  como  Tirsa, 

Encantadora  cunl  Jerusalem, 
Temible  como  Nergal. 

5  Avarta  de  mí  tus  ojos. 
Porque  ellos  me  enagenan. 
Tus  cabellos,  manada  de  cabras 

Que  descienden  de  las  alturas  de  Galaad. 

6  Tus  dientes,  rebaño  de  ovejas  esquiladas 
Que  salen  del  bañadero, 
Marchando  juntas  en  dos  filas 

Sin  dejar  ningún  espacio  entre  ellas. 

7  Tus  mejillas,  cachos  de  granada 
A  través  de  tu  velo. 

8  Sesenta  son  las  reinas 

Y  ochenta  las  concubinas;  (1) 

9  Pero  única  es  mi  paloma. 
Mi  perfecta  amiga. 

Unica  es  de  su  madre. 
Preferida  de  la  que  la  engendró. 
Envídianla  las  jóvenes,  proclámanla  feliz. 
Reinas  y  concubinas 
Predíganle  sus  elogios. 

10  — ¿Quién  es,  pues,  aquella 
Que  aparece  como  la  aurora, 
Bella  como  la  luna,  radiosa  como  el  sol, 
Temible  como  Nergal f  (2) 


(1)  Dalman  y  Dussaud  suprimen  el  fin  del  versículo:  "e 
innumerables  sirvientas",  agregado  por  un  inhábil  glosador. 

(2)  ,  Según  la  corrección  de  Winckler,  adoptada  por  Dal- 
man y  Duesaud.  Nergal  representa  el  planeta  Marte,  y  su  culto 
parece  que  fué  introducido  en  Palestina  por  caldeos  de  Cut» 
(II  Rey.  17,  30). 


EL  CANTAR  DE  LOS  CANTARES 


185 


11  — Descendí  al  huerto  de  los  nogales 
Para  contemplar  los  renuevos  del  valle, 
Y  observar  si  la  viña  germinaba, 
Si  los  granados  estaban  en  flor. 

12    (1) 

13  — ¡Vuelve,  vuelve,  oh  Sulamita, 
Vuelve,  vuelve,  para  que  te  veamos! 
¿Por  qué  queréis  mirar  a  la  Sulamita 
Como  en  la  danza  de  los  campamentos? 

1,  1  ¡Cuan  hermosos  son  tus  pies  en  tus  sandalias, 
Oh  hija  de  príncipe! 
Son  los  contornos  de  tus  caderas 
Como  collares  de  hábil  artífice.  (2) 


(1)  Este  versículo  se  halla  tan  alterado  en  el  original, 
que  hebraístas  como  Reuss  y  Dussaud  renuncian  a  traducirlo. 
Lios  IjXX  lo  vierten  literalmente  así:  "No  supe.  Mi  alma  me 
puao.  Carros  de  mi  pueblo.  Noble".  —  La  Vulgata:  "No  lo  supe: 
mi  alma  me  conturbó  por  los  carros  de  Amiuadab".  —  Renán: 
"¡No  lo  supe!  Mi  capricho  me  contuvo  entre  los  carros  del  sé- 
quito de  un  príncipe".  —  Pratt:  "¡Antes  que  lo  supiera,  mi  alma 
me  puso  entre  los  cauros  de  guerra  de  mi  pueblo  voluntario!" 
—  Valera:  "No  sé,  mi  alma  me  ha  tornado  como  los  carros  de 
Aminadab".  —  L.iB.A. :  "No  sé  como  mi  alma  me  empujó  hacia 
los  carros  de  un  pueblo  de  príncipe",  —  Versión  sinodal:  '•'Me 
he  dejado  impirudentemente  arrastrar  en  medio  de  los  carros 
de  un  cortejo  de  príncipe".  Como  ee  ve,  cada  traductor  inter- 
preta a  su  manera  un  texto  viciado,  cuyas  palabras,  por  lo  mis- 
mo, se  han  vuelto  enigmáticae.  Sin  embargo,  a  pesar  de  su  inco- 
herencia, este  versículo  y  el  anterior  son,  para  muchos  exégetas, 
la  llave  de  todo  el  poema,  tanto  en  el  sentido  natural  como  en  »I 
simbólico- 

(2)  '  Recuérdese  que  la  Vulgata  comienza  el  cap.  7  con 
el  v.  13  del  anterior,  de  modo  que  queda  alterada  toda  la  nu- 
meración de  loe  versículos  de  aquel  capítulo.  En  esto  es  seguida 


Éli  OiANTÁR  DE  LOS  CANTARES 


2  Redondo  es  el  cáliz  de  tus  partes  pudendas, 
En  el  que  nunca  falta  embriagante  vino. 
Tu  vientre  es  montón  de  trigo 

De  lirios  circundado.  (1) 

3  Tus  dos  pechos,  como  dos  cervatillos 
Mellizos  de  corza. 

4  Tu  cuello  como  torre  de  marfil, 

Sobre  la  que  se  yergue  tu  cabeza  como  el  Carmelo.  (2) 

Tus  ojos  como  las  piscinas  de  Hesbón 
Junto  a  la  puerta  de  Bath-Rabbim. 
Tu  nariz  como  la  torre  del  Líbano, 
Que  domina  el  llano  de  Damasco. 

5  Tu  cabellera  como  manto  de  púrpura, 
Preso  ha  quedado  un  rey  en  sus  bucles. 

6  ¡Qué  hermosa  eres,  qué  encantadora, 
Amada  mía,  en  la  hora  de  las  delicias! 

7  Tu  aspecto  es  semejante  a  la  palmera 
Y  tus  pechos,  a  los  racimos.  (3) 

la  Vulgata  por  Renán,  Dussaud  y  la  Versión  Sinodal,  por  lo  que 
cuando  transcribimos  palabras  de  esos  autores  en  que  citan  ver- 
sículos de  este  capítulo  7,  nos  hemos  visto  obligados  a  cambiar- 
les la  numeración,  poniéndoles  la  correspondiente  a  la  que  va 
en  el  texto. 

(1)  iReuse  no  se  atrevió  a  traducir  al  francés  este  ver- 
sículo; pero  lo  vertió  en  latín  así:  "Feminal  tuum  calix  est 
rotundus  quem  nunquam  deficiet  viuum  mixtum:  venter  tuus 
est  acervus  trítici  liliis  circumdatus".  Compárese  nuestra  tra- 
ducción con  la  de  Pratt,  que  a  fuerza  de  eufemismos  se  torna 
ridicula.  >  ^ 

(2)  1  Muchos  hebraístas  ponen  aquí  eete  hemistiquio,  con 
el  que  se  comienza  el  v.  5  en  las  traducciones  corrientes- 

(3)  De  dátiles.  —  En  cambio,  en  las  demás  versiones,  la 
comparación  es  con  racimos  de  uvas. 


EL  CANTAR  DE  LOS  CANTARES 


187 


8  Subiré,  dije,  a  la  palmera 

Y  agarraré  stis  racimos. 

¡Tus  pechos  sean  para  mí  los  racimos, 

Y  tu  aliento  como  olor  de  manzanas! 

9  Tu  hoca  es  como  vino  generoso 

Que  fluye  para  responder  a  mis  caricias, 

Y  se  desliza  en  nuestros  labios 
Cumdo  nos  sorprende  el  sueño. 

10  — Yo  soy  de  mi  amado, 

Y  es  a  mi  a  quien  desea  su  corazón. 

11  Ven,  amado  mío,  salgamos  al  campo. 
Pasemos  la  noche  en  las  granjas. 

12  Temprano  de  mañana,  corramos  a  las  viñas, 
Veamos  si  las  cepas  han  brotado. 

Si  han  abierto  sus  flores, 
Si  los  granados  florecen: 
Allí  te  daré  mis  amores.  (1) 

13  Las  mandragoras  exhalan  su  perfume, 

En  mi  puerta  (2)  se  encuentran  toda  clase  de  frutas 

(  exquisitas. 

Tanto  de  la  nueva  como  de  la  anterior  cosecha, 
Las  que  para  ti  tengo  guardadas,  amado  mío. 

8,    1  ¡Oh  si  hubieses  sido  tú  mi  hermano, 

Si  hubieses  mamado  de  los  pechos  de  mi  madre, 

Entonces  encontrándote  afupra. 

Podría  besarte  sin  que  me  despreciaran! 


(1)  iLa  Vulgata  trae  aquí:  "Ibi  dabo  tibi  úbera  mea",  o 
sea,   "allí  te  daré  mis  pechos". 

(2)  De  acuerdo  con  Duseaud,  (p.  119),  que  lee  en  el  ori- 
ginal ve'al-pitchi,  pues  así  lo  impone  el  sentido.  Los  demás  tra- 
ductores traen  "en  nuestra  puerta",  que  altera  la  imagen  que 
desarrolla  el  poeta. 


188 


EL  CANTAR  DE  LOS  CANTARES 


2  Yo  te  conduciria  a  casa  de  mi  madre. 

Te  haría  entrar  en  ella  para  que  me  instruyeras, 
Te  haría  heher  vino  aromatizado 
T  el  zumo  de  mis  granadas. 

3  Su  mano  izquierda  sostiene  mi  cabeza, 

Y  su  derecha  me  tiene  abrazada. 

4  Yo  os  conjuro,  oh  hijas  de  Jerusalem^ 
No  despertéis  a  mi  amada, 

No  la  despertéis  hasta  que  ella  quiera. 

5  — /„  Quién  es  ésta  que  sube  del  desierto 
Recostada  sobre  sw.  amado f 

— Ba  jo  este  manzano  desperté  tu  amor. 
Allí  donde  tu  madre  te  engendró.  (1) 

6  — ¡Ponme  como  un  sello  sobre  tu  corazón, 
Como  un  brazalete  sobre  tu  brazo! 

Porque  fuerte  como  l-a  muerte  es  el  amor, 
Los  celos  son  implacables  como  el  sheol. 
Sus  ascuas  son  ascuas  de  fuego, 
Su  llama,  una  llama  de  Yahvé. 

7  Torrentes  de  aguas  incapaces  son 
Be  extinguir  el  amor. 

Ni  los  ríos  podrían  sumergirlo; 

Y  si  alguien  diera  por  él  sus  riquezas  todas 
No  recogería  sino  desdén. 

8  — Tenemos  una  hermanita 

Cuyos  senos  no  están  aún  formados. 
¿Qué  haremos  de  nuestra  hermana, 
Cuando  la  pidan  en  matrimonio  f 


(1)  Dussaud  omite  el  verso  final:  "Donde  con  dolor  te 
dió  a  luz",  por  considerarlo  una  glosa,  que  repite  inútilmente  el 
y«rso  anterior  y  rompe  el  ritmo  de  la  estrofa- 


Eli  CANTAR  DE  LOS  CANTARES 


189 


9  Si  ella  es  un  muro, 

Sobre  él  edificaremos  almenas  de  plata; 
Si  es  una  puerta, 

La  cerraremos  con  tablas  de  cedro. 

10  Sí,  yo  soy  un  muro, 

Y  mis  senos  son  torres. 
Así  soy  a  sus  ojos 

Una  fuente  de  felicidad. 

11  Tina  viña  tenía  Salomón 
En  Baal-Hamón. 

La  entregó  a  arrendatarios, 

Cada  uno  le  aportaba  por  la  cosecha 

Mil  siclos  de  plata. 

12  Mi  viña,  que  es  mía. 
Está  delante  de  ntí. 

He  aquí  los  mil  siclos  para  ti,  Salomón, 

Y  doscientos  para  los  arrendatarios. 

13  ■ — Oh  tú,  que  moras  en  estos  jardines. 
Mis  compañeros  escuchan  tu  voz. 
Házmela  oir. 

14  — Huye,  amado  mío. 

Con  la  rapidez  del  gamo 

O  de  los  cervatillos, 

A  las  montañas  perfumadas. 

INTERPRETACIÓN  ALEGÓRICA  DEL  CANTAR. 

—  1446.  Tal  es  el  célebre  poema  que  se  atribuye  expre- 
samente a  Salomón,  y  que  hemos  traducido  lo  más  lite- 
ralmente posible,  cotejando  al  efecto  versiones  de  los  más 
reputados  hebraístas.  ¿Qué  es  lo  que  en  esta  obra  en- 
cuentra cualquier  lector  no  prevenido,  y  dándole  a  las  pa- 
labras su  sentido  natural?  Lo  que  se  ve  en  ella,  prescin- 
diendo de  ciertos  detalles  más  o  menos  obscuros,  es  el 
relato  de  la  mutua  pasión  amorosa  de  nn  hombre  y  una 


190 


INTERPRETACION  ALEGORICA  DEL  CANTAR 


mujer,  amor  pintado  con  todo  el  fuego  propio  de  los  poe- 
tas orientales,  utilizando  para  ello  un  lenguaje  eminen- 
temente sensual  e  imágenes  escabrosas  para  nuestro  re- 
finado gusto  de  modernos  civilizados.  La  primera  pre- 
gunta que  a  cualquiera  se  le  ocurre,  es:  ¿cómo  una  obra 
tan  claramente  profana,  tan  exenta  de  todo  sentimiento 
religioso,  que  hasta  el  nombre  de  Dios  o  del  dios  israelita, 
Yahvé.  está  ausente  en  absoluto  de  ella,  cómo,  decimos, 
ha  podido  encontrar  cabida  en  la  colección  de  libros  sa- 
grados del  pueblo  de  Israel,  primero,  y  de  la  iglesia  cris- 
tiana, después?  Sólo  se  pudo  llegar  a  ese  resultado,  des- 
pués de  discusiones  seculares  que  se  continuaron  hasta 
el  siglo  II  n.  e.,  gracias  a  la  alegoría,  o  sea,  a  dar  a  las 
palabras  un  sentido  que  nunca  cruzó  por  la  mente  del 
poeta  que  compuso  esa  obra,  procedimiento  caro  a  todas 
las  ortodoxias,  pues  gracias  a  él  justifican  todas  las  pá- 
ginas inconvenientes  o  inmorales  de  la  Biblia,  y  encuen- 
tran en  ésta  todas  las  doctrinas  y  las  enseñanzas  que 
quieren,  al  paladar  de  los  intérpretes  de  las  distintas 
Iglesias.  Cesó  la  discusión  entre  los  judíos  sobre  si  se 
debía  o  no  aceptar  como  divinamente  inspirada  esta  poe- 
sía, cuando  en  el  siglo  11  n.  e.  el  célebre  Rabí  Aquiba, 
que  gozaba  de  gran  autoridad  entre  sus  compatriotas, 
expresó  que  si  todos  los  libros  bíblicos  eran  santos,  el 
Cantar  de  los  Cantares  era  santísimo.  Los  hebreos  desde 
entonces,  comparando  los  tres  libros  que  en  su  Biblia, 
llevan  el  nombre  de  Salomón,  con  las  tres  partes  del 
templo  edificado  por  este  rey,  dijeron  que  los  Proverbios 
corresponden  al  atrio,  el  Eclesiastés  al  lugar  Santo,  y  el 
Cantar  de  los  Cantares  al  lugar  Santísimo,  dando  a  en- 
tender con  ello,  que  en  este  último  se  esconde  un  tesoro 
de  los  misterios  más  sagrados  y  sublimes  de  las  divinas 
Escrituras. 

1447.  Admitido,  pues,  el  Cantar  de  los  Cantares  en 
el  canon  bíblico,  se  aceptó  sin  discusión  en  el  judaismo, 
que  la  pasión  amorosa  descrita  en  ese  poema,  era  la  que 
sentía  Yahvé  por  su  pueblo  Israel  y  vice-versa.  Los  es- 
critores del  Nuevo  Testamento  al  recibir  como  sagrados 
los  libros  de  la  Biblia  hebrea,  no  encontraron  desrazona- 


INTERPRETACION  ALEGORICA  DEL  CANTAR  1$1 

ble  ese  concepto  de  la  alegoría  aplicada  a  nuestro  Cantar, 
porque  era  ese  el  mismo  principio  que  los  guiaba  en  la 
interpretación  de  aquella  colección  de  libros  santos,  se- 
gún hemos  tenido  ya  más  de  una  oportunidad  de  com- 
probarlo (§  177).  Orígenes,  calificado  por  Reuss,  de 
''oráculo  de  los  exégetas  cristianos  hasta  fines  de  la  Edad 
Media",  consagró  al  Cantar  un  extenso  comentario,  en 
el  que  después  de  descartar  como  inadmisible  e  indigno 
del  Espíritu  Santo  el  sentido  literal  de  esa  obra,  admite 
y  desenvuelve  otros  dos  sentidos,  aceptados  por  el  cris- 
tianismo posterior^  a  saber:  el  moral,  que  representa  el 
amor  del  alma  por  su  celestial  esposo;  y  el  sentido  mís- 
tico, que  describe  la  unión  del  Cristo  con  su  Iglesia.  Cuan- 
do se  desarrolló  el  culto  de  la  Virgen  María,  se  le  apli- 
caron a  ésta  muchas  de  las  imágenes  y  de  las  ardientes 
expresiones  amorosas  dirigidas  a  la  enamorada  del  poe- 
ma; y  esa  obra  gozó  de  gran  prestigio  entre  el  elemento 
monacal,  cuyo  exacerbado  erotismo  vibraba  al  unísono 
con  el  ardoroso  y  sensual  lenguaje  de  la  misma  (véase 
pág.  11  de  nuestro  tomo  I).  Fray  Luis  de  León  verció  en 
poesía  castellana  ese  poema  (1),  del  cual  hizo  San  Juan 
de  la  Cruz  una  paráfrasis  titulada  Cántico  Espiritual;  y 
ellos  al  igual  que  Santa  Teresa  de  Jesús,  Fray  Luis  de 
Granada  y  tantos  otros  místicos  de  los  siglos  XVI  y 
XVII  n.  e.  describieron  el  amor  divino  con  las  apasiona- 
das frases  de  nuestro  Cantar. 

1448.  Scío  en  su  "Advertencia  sobre  El  Cantar  de 
Cantares  de  ¡Salomón"  expresa  con  exactitud  la  opinión 
de  la  ortodoxia  católica  al  respecto,  cuando  escribe:  "En 
verdad  no  habiendo,  como  dice  excelentemente  Fray  Luis 
de  León  en  el  Prólogo  al  Cantar  de  Cantares,  cosa  más 
propia  de  Dios  que  el  amor  hacia  sus  criaturas,  del  cual 
hace  alarde  en  todas  sus  obras;  y  queriendo  manifestar 
por  todos  caminos,  que  ama  infinitamente  a  los  hombres, 

■      '  '  '  -i 

(1)  El  haber  puesto  en  romance  El  Cantar  de  los  Cantares,' 
le  costó  a  Fray  Luis  de  León  más  de  cuatro  años  de  encierro 
en  una  cárcel  inquisitorial  j  y  en  cuanto  a  fían  Juan  de  la  Cruz, 
léase  su  biografía  y  su  Cántico  Espiritual  en  «1  Apéndice- 


192 


INTERPRETAOION  ALEGORICA  DEL  CANTAB 


y  que  desea  que  éstos  según  su  medida  le  correspondan 
y  se  le  muestren  agradecidos:  para  hacerlo  ver  se  aco- 
moda a  nuestros  estilos  y  lenguaje,  imitando  en  sí  pro- 
porcionadamente toda  la  variedad  de  nuestro  ingenio  y 
condiciones,  haciendo  del  alegre  y  del  triste;  mostrán- 
dose airado  y  pesaroso:  amenazando  a  veces,  y  a  veces 
dejándose  vencer  de  blanduras  y  caricias,  sm  que  haya 
afición  ni  cualidad  tan  propia  a  nosotros  y  tan  extraña 
a  él,  en  que  no  se  tranforme;  y  todo  a  fin  de  que  no 
huyamos  de  él,  ni  nos  extrañemos  de  su  gracia;  y  que 
vencidos,  o  bien  por  afición,  o  a  lo  menos  por  vergüenza, 
hagamos  lo  que  nos  manda,  que  es  aquello  en  que  con- 
siste nuestra  mayor  felicidad.  Y  como  entre  los  hombres 
en  ninguna  cosa  se  echa  de  ver  más  la  llama  de  un  amor 
encendido,  perfecto  y  puro,  que  entre  dos  esposos  que 
casta  y  tiernamente  se  aman,  por  eso  el  Señor  para  dar- 
nos a  conocer  el  que  nos  tiene,  y  el  que  quiere  que  le  ten- 
gamos, puso  e  inspiró  en  el  ánimo  de  Salomón,  que  nos 
dejase  un  admirable  bosquejo  de  esto  mismo  en  un  poe- 
ma, que  con  razón  es  llamado  Cantar  de  Cantares,  como 
el  más  excelente  de  todos  los  que  se  conocen,  por  cuanto 
en  él  se  canta  y  celebra  el  más  sublime  sacramento  de 
un  Dios  encarnado  y  de  su  Iglesia;  y  la  mayor  de  las 
virtudes,  y  que  nunca  faltará,  que  es  la  caridad.  Salo- 
món, pues,  inspirado  del  Espíritu  Santo,  en  esta  poesía, 
que  es  como  una  especie  de  égloga  pastoril,  en  la  que  en 
lenguaje  y  palabras  de  pastores  hablan  dos  caros  espo- 
sos en  los  primeros  días  de  sus  bodas,  acompañados  tam- 
bién de  los  jóvenes  que  se  les  daban  para  obsequiarlos, 
y  se  llamaban  sus  amigos;  explica  de  una  manera  la  más 
elevada  y  escondida^  aunque  muy  acomodada,  la  encar- 
nación del  'Verbo  Eterno,  y  el  entrañable  amor  que  siem- 
pre tuvo  a  su  Iglesia,  con  otros  misterios  de  gran  secreto 
y  de  gran  peso". 

1449.  Como  se  ve,  para  la  antigua  ortodoxia  era 
algo  indiscutible  que  Salomón,  divinamente  inspirado,  ha- 
bía escrito  este  poema  con  el  fin  de  expresar  el  amor 
que,  más  de  diez  siglos  después,  sentiría  el  Cristo  por  su 
Iglesia.  Pero  la  ortodoxia  moderna  se  ve  obligada  igual- 


SBmOLISMO  SEGUN  LA  ORTODOXIA 


198 


mente  a  despecho  de  todas  las  evidencias  y  de  todos  los 
razonamientos  de  la  crítica  independiente,  a  seguir  sos- 
teniendo el  carácter  alegórico  o  simbólico  de  este  Cantar, 
porque  de  admitir  su  sentido  literal,  tendría  que  llegar 
a  una  de  estas  dos  conclusiones,  para  ella  inadmisibles,  a 
saber:  1'  que  es  un  libro  profano,  y  que  por  lo  tanto, 
está  indebidamente  en  el  canon  sagrado,  como  sostiene 
Reuss;  o  2P  que  si  se  le  conserva  en  la  Biblia^  hay  que 
aceptar  que  es  divinamente  inspirado,  y  que,  por  lo  tanto, 
el  Espíritu  Santo  no  sabe,  en  su  lenguaje,  tener  el  recato 
y  la  compostura  pertinentes.  Autores  ortodoxos,  como 
Bossuet  y  Dom  Calmet,  trataron  de  conciliar  los  dos  sen- 
tidos, el  literal  y  el  alegórico,  y  así  manifiestan  que,  se- 
gún el  sentido  literal,  el  libro  expresa  el  mutuo  amor  de 
Salomón  y  de  la  hija  del  rey  de  Egipto;  pero  que,  según 
el  sentido  alegórico  o  espiritual,  manifiesta  la  ya  citada 
unión  de  Cristo  y  su  Iglesia.  Otros,  como  Delitzsch,  es- 
timan que  celebra  el  misterio  del  matrimonio,  por  ser 
tipo  de  dicha  unión,  como  si  en  el  matrimonio  hubiera 
arcano  alguno  inaccesible  a  la  razón.  Todos  los  ortodoxos 
están  contestes,  pues,  en  que  el  Cantar  encierra  un  sen- 
tido profundo,  simbólico,  que  sólo  a  ellos,  iluminados  con 
las  luces  de  lo  alto,  les  es  dado  descubrir.  Así  los  jesuítas 
Ccrnely  y  Merk  nos  informan  que  la  opinión  general  de 
casi  todos  los  Doctores  y  los  Santos,  opinión  que  se  basa 
en  el  carácter  del  Cántico  mismo,  concuerda  en  que  éste 
es  meramente  alegórico  y  carece  de  sentido  propio  e  his- 
tórico, como  ocurre  con  las  fábulas  y  las  parábolas,  que 
no  pueden,  ni  deben  ser  explicadas  sino  sólo  en  sentido 
metafórico  (I,  p.  634).  De  igual  modo,  Pelt,  obispo  de 
Metz,  enseña  que  el  amor  cantado  en  este  poema  no  es 
un  amor  humano  y  natural,  sino  un  amor  sobrenatural. 
La  unión  humana  que  describe  en  apariencia,  y  las  des- 
cripciones que  a  ella  se  refieren,  no  son  sino  velos,  sím- 
bolos, imágenes,  destinados  a  expresar  la  unión  mística 
de  Dios  con  la  humanidad  (II,  p.  74). 

1450.  Vamos,  pues,  a  pasar  brevemente  en  revista 
las  explicaciones  espirituales  que  la  ortodoxia  da  de  aque- 
llas expresiones  del  Cántico,  en  las  que  nosotros,  alum- 


194 


LOS  OJOS  DE  LA  AMADA 


brados  únicamente  con  la  pobre  luz  de  la  razón,  sólo  al- 
canzamos a  ver  una  simple  pasión  erótica  de  extraordi- 
naria intensidad.  Examinemos  al  efecto,  las  distintas  par- 
tes del  cuerpo  de  la  amada,  cuya  belleza  ensalza  y  enca- 
rece el  enamorado  de  ella.  Comencemos  por  los  ojos. 

^451.    ¡Qué  hermosa  eres,  amiga  mía! 

Tus  ojos  son  palomas.  (1,  13;  4,  1). 

Nótese  que  el  poeta  no  hace  aquí  una  comparación 
según  figura  en  las  corrientes  versiones:  "Tus  ojos  son 
como  palomas",  sino  que  empleando  imágenes  concretas, 
expresa  una  metáfora.  "Se  habla  aquí,  nos  dice  Scío, 
üe  las  palomas  de  Siria  y  de  África^  que  se  llaman  tripo- 
Imas,  cuyos  ojos  son  grandes  y  llenos  de  resplandor,  y 
de  un  coior  de  fuego  y  viveza  extraordinaria.  Se  significa 
en  esto  el  ojo  espiritual  de  la  recta  intención,  que  es  el 
que  debe  dirigir  todas  las  acciones  del  abna:  Mat.  6,  22, 
23;  Luc.  11,  34.  La  simplicidad  también,  y  singularmente 
la  perspicacia  de  la  Iglesia,  para  discernir  todo  aquello 
que  pertenece  a  la  fe,  al  culto  de  Dios  y  a  las  costumbres". 
De  modo  que  si  al  ponderar  los  ojos  de  la  amada  diciendo 
que  "son  palomas",  se  debe  entender  que  el  poeta  se  re- 
fiere "al  ojo  espiritual  de  la  recta  intención  y  a  la  pers- 
picacia de  la  Iglesia",  vea  el  lector  qué  resultado  con- 
sigue aplicando  esa  interpretación  a  estos  versos: 

Aparta  de  mi  tus  ojos, 

Porque  ellos  me  enagenan  (6,  5'). 

Aquí  lo  probable  es,  como  notan  Budde  y  Dussaud, 
que  el  poeta  aluda  al  poder  mágico  de  los  ojos,  que,  se- 
gún los  antiguoSj  tenían  la  propiedad  de  embrujar  a  las 
personas.  Sabido  es  que  aún  hoy  se  habla,  en  ciertos 
medios  supersticiosos,  del  "mal  de  ojo".  De  acuerdo  con 
este  sentido  dice  nuestro  poeta: 

Me  has  arrebatado  el  corazón 

Con  lina  sola  de  tus  miradas  (4,  9). 


LOS  CABELLOS  Y  LOS  DIENTES  BE  LA  AMADA  195 

Hoy  esta  expresión  ha  perdido  su  significado  má- 
gico de  antes,  para  transformarse  en  una  galantería  ten- 
diente a  expresar  ya  la  belleza  y  vivacidad  de  los  ojos 
de  la  mujer  amada,  ya  el  efecto  causado  por  su  encan- 
tadora presencia.  Y  pasemos  a  los  cabellos. 

1452.  Tus  cabellos,  una  manada  de  cabras, 

Que  descienden  de  las  alturas  de  Galaad  (4,  1^). 

La  Vulgata  traduce  este  último  verso:  ''Que  subie- 
ron del  monte  de  Galaad",  y  anotándolo  Scío,  escribe: 
"Galaad  significa  monte  o  montón  del  testimonio,  y  me- 
tafóricamente se  aplica  a  Cristo,  que  es  monte  puesto  en 
la  cima  de  los  montes,  como  cabeza  de  la  Iglesia,  en  quien 
se  reúnen  todas  las  figuras  y  testimonios  de  la  ley  an- 
tigua, que  miraban  a  él.  Las  cabras  que  se  apacientan  en 
este  monte,  son  los  fieles  que  están  unidos  con  Cristo, 
su  cabeza,  por  medio  de  la  fe  y  de  la  caridad,  recibiendo 
de  él  toda  la  hermosura  que  los  adorna,  y  alimentándose 
con  su  palabra  y  con  sus  sacramentos".  ¡Cuánto  más 
sencillo  y  más  racional  suponer  que  el  poeta  compara 
aquí  el  negro  cabello  que  cae  sobre  los  hombros  de  su 
amada,  con  las  negras  cabras  que  descienden  de  las  al- 
turas de  Galaad,  célebres  por  sus  abundantes  pastos!  Re- 
cuérdese que  en  toda  la  obra  expresa  el  autor  sus  ideas 
por  comparación  o  con  imágenes  de  los  objetos  de  la  na- 
turaleza que  le  son  familiares. 

1453.  2  Tus  dientes,  rebaño  de  ovejas  esquiladas 

Que  salen  del  bañadero, 

Marchando  juntas  en  dos  filas 

Sin  dejar  espacio  alguno  entre  ellas. 

3  Tus  labios,  cinta  de  grana, 
Y  graciosa  tu  boca. 
Tus  mejillas,  cachos  de  granada 
A  través  de  tu  velo. 

El  poeta  nos  describe  aquí  la  boca,  los  labios,  los 
dientes  y  las  mejillas  de  su  amada.  Antes  de  escuchar  la 
explicación  que  de  ellos  nos  da  la  ortodoxia  católica, 


196  liOS  LABIOS  Y  LAS  MEJILLAS  DE  LA  AMADA 

conviene  recordar  que  casi  todas  las  versiones,  traducen 
2b  así: 

Todas  con  crias  mellizas, 
Y  no  hay  estéril  entre  ellas. 

Además  la  Vulgata,  en  3*,  en  vez  de  'T  graciosa  tu 
toca",  trae:  "Y  iu  hablar  dulce".  Valera,  de  acuerdo  en 
esto  con  la  Vulgata,  traduce  aquí:  "Y  tu  habla  hermosa". 
Hechas  estas  salvedades,  veamos  la  interpretación  ale- 
górica que  nos  da  Scío  de  estos  versículos:  "Los  dientes 
de  la  Iglesia  son  los  predicadores  y  doctores,  que  reparten 
el  pan  de  la  doctrina  a  los  pequeñuelos.  Son  semejantes 
a  las  ovejas  lavadas,  por  el  candor  y  pureza  de  su  san- 
tidad y  vida;  trasquiladas,  porque  dando  de  mano  a  los 
cuidados  del  siglo,  solamente  atienden  al  ministerio  de  la 
palabra;  o  también,  como  hacen  los  religiosos  de  las  sa- 
gradas órdenes,  los  que  por  el  voto  de  una  voluntaria 
pobreza  se  despojan  de  los  bienes  temporales;  con  crías 
mellizas,  porque  engendran  en  los  corazones  de  sus  hijos 
espirituales  el  amor  de  Dios  y  del  prójimo;  no  hay  estéril 
entre  ellas,  porque  producen  en  sí  y  en  otros  una  admira- 
ble cosecha  de  buenas  obras ...  En  el  color  carmesí  de 
los  labios  se  figura  la  fe  de  la  pasión  y  de  la  sangre  de 
Jesucristo  y  su  encendida  caridad.  Por  esto  agradan  tan- 
to al  esposo  los  labios  de  la  esposa,  porque  los  ve  teñi- 
dos de  sangre  y  abrasados  de  su  amor,  como  que  le  tie- 
ne siempre  en  ellos  y  en  su  corazón;  y  de  aquí  no  es  tam- 
poco de  maravillar,  que  su  hablar  le  sea  también  tan 
agradable.  Esto  conviene  muy  bien  a  los  predicadores. . . 
En  las  mejillas  de  la  esposa  se  representan  los  santos 
mártires,  soldados  esforzados  de  Jesucristo,  que  derra- 
mando su  sangre  por  la  confesión  de  la  fe,  dieron  pruebas 
de  la  ardentísima  caridad  que  los  abrasaba.  Y  esta  glo- 
ria alcanzó  no  solamente  al  sexo  varonil,  sino  también  al 
más  flaco,  que  por  eso  se  nombran  las  dos  mejillas  de  la 
esposa".  Nótese  que  Scío  no  extiende  su  explicación  a  la 
boca,  porque  no  la  halla  mencionada  en  la  Vulgata,  que  de 
haber  encontrado  referencia  a  ella,  no  hubiera  sido  ex- 
traño que  nos  hubiese  dicho  que  la  boca  de  la  esposa  re- 
presenta el  seminario  teológico  donde  se  forman  los  pre- 


EL  OÜELLO  DE  LA  AMADA 


197 


dicadores  y  doctores,  que  según  su  exégesis,  son  los  dien- 
tes de  la  Iglesia.  La  Vulgata  en  lugar  de  "a  través  de  tu 
velo"  o  "detrás  d0  tu  velo",  que  traen  la  mayor  parte 
de  las  versiones,  traduce  esa  frase  del  final  del  v.  3  por 
"sin  lo  que  por  de  dentro  está  oculto",  lo  mismo  que  des- 
pués de:  "Tus  ojos  son  palomas",  del  v.  1  de  este  capí- 
tulo 4.  De  acuerdo,  pues,  con  esa  traducción,  el  docto 
obispo  de  Segovia  se  expresa  así:  "Con  estas  palabras 
se  insinúa  a  los  cristianos,  que  además  de  la  santidad 
interior  y  de  la  perfección  del  hombre,  que  se  oculta  en 
el  corazón,  que  es  la  que  principalmente  han  de  procurar 
y  pedir  a  Dios  con  vivas  ansias,  también  han  de  tener 
cuenta  de  la  exterior,  atendiendo  a  la  edificación  y  buen 
ejemplo  de  los  prójimos". 

1454.    4  Tu  cuello  como  la  torre  de  David, 
Construida  para  servir  de  arsenal, 
(o  Que  está  fabricada        haluartes  —  La  Vul- 
gata), 

De  la  cual  mil  escudos  cuelgan, 
Escudos  todos  de  valientes. 

El  cuello  de  la  amada  lo  compara  el  poeta  por  su  es- 
beltez y  gallardía,  con  la  torre  de  David  situada  junto  a 
las  murallas  de  Jerusalem,  y  que  se  distinguía  de  las 
dem.ás  torres  que  defendían  la  ciudad,  por  los  escudos  de 
oro  a  ella  suspendidos  como  trofeos  de  la  victoria  de 
aauel  rey  sobre  los  dos  reyes  sirios  del  Norte  (11  Sam. 
8,  7).  Como  el  segundo  verso,  de  acuerdo  con  el  sentido 
del  hebreo,  puede  traducirse  por:  "Edificada  en  lugar 
alto  para  enseñar",  dicha  acepción  le  da  motivo  a  Scío 
para  agregar:  "Esto  es  que  sirve  como  de  atalaya  para 
descubrir  a  los  enemigos  si  vienen,  y  para  mostrar  el  ca- 
mino a  los  que  pasan:  todo  lo  cual  conviene  perfectamen- 
te a  los  prelados,  pastores  y  doctores  de  la  Iglesia,  que 
deben  estar  siempre  en  vela  para  defensa  de  la  piedad  y 
de  la  fe,  armados  de  celo  y  de  toda  la  armadura  de  Dios 
(II  Cor.  10,  4,  5),  que  es  lo  que  se  quiere  significar  con 
las  palabras:  "Toda  armadura  do  valientes"  (o  "Escudos 
todos  de  valientes").   Puede  también  hacerse  aquí  alusión 


198 


liA  CABEZA  DE  LA  AMADA 


a  la  costumbre  antigua  de  consagrar  a  Dios  los  despojos 
que  se  tomaban  a  los  enemigos  y  se  colgaban  en  las  to- 
rres y  otros  lugares  elevados;  y  así  esta  torre  se  veía 
adornada  de  todo  género  de  armas  y  despojos  de  enemi- 
gos. En  lo  que  se  significan  las  repetidas  y  señaladas 
victorias  que  ha  alcanzado  siempre  la  Iglesia  de  todos  sus 
perseguidores". 

T455.  Hay  otro  pasaje  en  que  se  nos  habla  del  cuello 
de  la  amada,  y  es  este: 

7,  4  Tu  cuello  como  torre  de  matfil. 

Sobre  la  que  se  yergue  tu  cabeza  como  el  Carmelo. 

Como  la  Iglesia,  según  el  apóstol  Pablo,  es  un  cuer- 
po, cuya  cabeza  es  Cristo  (Ef.  5,  23),  encuentra  ya  la 
ortodoxia  explicada  la  cabeza  de  la  esposa  o  de  la  amada. 
Anotando  el  transcrito  versículo,  dice  Scío:  *'E1  cuello 
por  donde  se  recibe  el  alimento  y  se  despide  la  palabra, 
son  en  la  Iglesia  los  predicadores  que  reciben  el  alimento 
de  la  Escritura,  y  lo  comunican  por  la  palabra  a  los 
demiás".  Tenemos,  pues,  que  tanto  los  dientes,  el  habla, 
como  el  cuello  de  la  amada,  son  los  predicadores  de  la 
Iglesia.  A  cualquiera  se  le  ocurre  que  con  una  sola  de 
esas  imágenes  bastaba,  si  es  que  se  quiere  con  ellas  sig- 
nificar la  misma  cosa.  El  citado  versículo  se  completa  así: 

Tus  ojos  como  las  piscinas  de  Hesbón 
Junto  a  la  puerta  de  Bath-Rabbim. 
Til  nariz  como  la  torre  del  Líbano 
Que  domina  el  llano  de  Damasco. 

1456.  Habíamos  visto  (§  1451)  que  los  ojos  de  la 
amada  representaban  "la  recta  intención  que  debe  diri- 
gir las  acciones  del  alma,  y  la  perspicacia  de  la  Iglesia 
para  discernir  ío  que  pertenece  a  la  fe,  al  culto  de  Dios 
y  a  las  costumbres" ;  pero  ahora  en  esta  nueva  compa- 
ración de  "Tus  ojos  como  las  piscinas  de  Hesbón",  sin  per- 
juicio de  que  esos  ojos  siguen  significando  "la  perspi- 
cacia y  agudeza  de  la  Iglesia  para  penetrar  en  el  cono- 
cimáento  de  los  divinos  misterios,  lo  que  la  hace  segura 
de  todo  error  en  sus  juicios",  se  nos  manifiesta  que  "los 


íiÁ  NARIZ  DE  LA  AMÁDÁ 


pastores  y  prelados  son  también  como  los  ojos  de  la  Es- 
posa, los  cuales  a  semejanza  de  las  pesqueras  de  Hesebón, 
deben  estar  llenos  de  aguas  puras  y  limpias  de  verda- 
dera sabiduría,  de  aquella  que  viene  de  Dios;  y  de  una 
ciencia  especulativa  y  práctica  de  la  salud,  para  poder 
servir  de  guía  y  de  luz  a  sus  ovejas,  y  darles  a  beber  de 
las  mismas  aguas  puras  y  cristalinas".  No  menos  rica  en 
acepciones  distintas  es  la  nariz  de  la  amada,  pues  nos  in- 
forma Scío,  que  "la  nariz^  en  el  lenguaje  ordinario  de 
aquellos  pueblos  (del  Oriente),  se  toma  por  la  honra,  glo- 
ria, grandeza  y  elevación  de  corazón,  y  aquella  santa  fie- 
reza que  hace  a  la  esposa  inaccesible  a  todo  otro,  que  a 
su  esposo.  Significa  también  la  prudencia  y  discernimien- 
to para  conocer  y  distinguir  las  verdaderas  virtudes  de 
las  falsas,  la  verdad  del  error,  y  para  prever  muy  de  an- 
temano los  males  y  peligros,  y  precaverlos  con  oportunos 
remedios.  Todo  lo  cual  conviene  perfectamente  a  la  Igle- 
sia y  a  los  que  en  ella  están  puestos  como  atalayas  para 
velar  y  guardar  la  casa  de  Dios".  De  lo  que  sacamos  en 
consecuencia,  que  son  idénticos  los  ojos  y  la  nariz  de  la 
amada,  puesto  que  ambos  significan  la  perspicacia  para 
distinguir  la  verdad  del  error.  Pero  examinemos  otro 
texto  de  nuestro  Cantar,  donde  las  citadas  partes  de  la 
cabeza  cambian  de  acepción. 

1457.    4,  9  Me  has  arrebatado  el  corazón, 

(o  Llagaste  mi  corazón  —  La  Vulgata) 
Oh  hermana,  esposa  mía, 
Me  has  arrebatado  el  corazón 
Con  una  sola  de  tus  miradas  (o  de  tus  ojos 

( —  La  Vuilgata), 
Con  un  solo  de  los  bucles  que  cae?i  sobre  tu 

(  cuello 

(o  Con  una  trenza  de  tu  cuello  —  La  Vulgata). 
Aquí,  afirma  Scío,  "los  ojos  de  la  Iglesia  son  sus 
prelados,  que  la  encaminan  a  las  cosas  del  cielo;  los  ca- 
bellos son  los  súbditos;  su  cuello  son  los  perfectos.  Uno 
de  los  ojos,  o  de  los  cabellos,  es  la  unidad  y  conformidad 
de  la  fe,  que  tienen  unos  y  otros,  prelados  y  súbditos,  por 


200 


LOS  VESTIDOS  DE  LA  AMADA 


la  cual  fué  llagado  y  herido  Jesucristo".  Igualmente  el 
piadoso  exégeta  que  nos  sirve  de  guía  en  este  laberinto 
de  misterios,  con  los  cuales  ni  siquiera  habíamos  soñado, 
ya  nos  ilustró  sobre  el  color  de  los  labios  de  la  esposa; 
pero  al  anotar  4,  11,  completa  esa  enseñanza.  En  efecto: 
he  aquí  ese  versículo: 

1458.  üe  tus  labios,  amuela  mía. 
Destila  la  miel; 

(o  Fanal  que  destila. 

Tus  labios,  oh  esposa  —  La  Vulgata)  ; 

Miel  y  leche  destila  tu  lengua, 

(o  Miel  y  leche  debajo  de  tu  lengua  —  La  Vulgata) ; 

El  olor  de  tus  vestidos 

Es  como  perfume  del  Líbano 

(o  Como  olor  de  incienso  —  La  Vulgata). 

"Los  labios  de  la  esposa,  dice  Scío,  son  comparados 
a  la  miel  y  a  la  leche  para  significar  que  la  Iglesia,  cual 
tierna  madre,  alimenta  a  todos  sus  hijos  con  la  palabra 
de  Dios,  que  es  dulce  como  la  miel,  blanca  y  pura  como  la 
leche,  sin  mezcla  de  errores  ni  de  profanas  novedades.  Se 
significa  también  la  sabiduría  de  las  Sagradas  Escritu- 
ras, que  es  de  la  mayor  suavidad  y  dulzura  para  el  pa- 
ladar de  los  santos.  Los  vestidos  de  la  Iglesia  son  las  bue- 
nas obi'as  exteriores;  y  el  olor  de  estos  vestidos  sube  ai 
cielo  por  medio  de  la  oración,  que  se  denota  en  el  incienso 
(Sal.  141,  2)". 

1459.  Hemos  visto  que,  según  Scío,  las  mejillas  de 
la  esposa  son  los  santos  mártires,  y  el  cuello  de  la  misma, 
los  perfectos  o  los  predicadores;  pero  en  otras  ocasiones 
altera  el  mismo  exégeta  ese  simbolismo,  como  se  ve  al 
anotar  el  v.  9  del  capítulo  1,  que  traduce  de  esta  manera: 

Hermosas  son  tus  mejillas  así  como  de  tórtola: 
Tu  cuello  como  collares  de  perlas. 

'En  estas  dos  imágenes  se  representan  la  pureza,  la 
fe  y  sumisión  con  que  deben  servir  las  almas  a  su  Esposo 
Jesucristo".  Esta  explicación  resulta,  pues,  no  estar  muy 
de  acuerdo  con  la  que  antecede. 


LOS  PECHOS  DE  LA  AMADA 


201 


1460.  Pero  prosigamos:  ya  estamos  bien  ilustrados 
sobre  la  cabeza  y  el  cuello  de  la  amada  o  de  la  esposa, 
que  es  la  Iglesia,  según  la  ortodoxia  católica.  El  enamo- 
rado esposo,  o  sea,  Jesucristo,  va  descendiendo  ahora  al 
analizar  la  incomparable  hermosura  del  cuerpo  de  su  es- 
posa, y  le  dice  a  ésta: 

4,  5  Tus  dos  pechos,  como  dos  cervatillos 
Mellizos  de  corza, 
Que  pacen  en  medio  de  los  lirios. 

10  ¡Cuán  hermosos  son  tus  pechos. 
Oh  hermana,  esposa  mía! 
¡Cuán  dulces  son  tus  caricias, 
Más  didces  son  que  el  vino! 

(o  Más  hermosos  son  tus  pechos  que  el  vino  —  La  Vulga- 

(ta). 

Oigamos  al  respecto  a  nuestro  cicerone,  en  esta  es- 
pinosa materia.  "Estos  dos  pechos  de  la  esposa,  dice  Scío, 
son  el  amor  de  Dios  y  del  prójimo.  Éstos  alimentándose 
entre  las  hermosas  y  blancas  azucenas  de  los  divinos  mis- 
terios, procuran  por  todos  los  modos  posibles  dar  a  Dios 
lo  que  es  suyo,  y  no  defraudar  al  prójimo  nada  de  lo  que 
le  corresponde.  Son  semejantes  entre  sí,  cuan  suelen  serlo 
los  mellizos.  Así  lo  declaró  el  Señor  cuando  dijo:  Ama- 
rás el  Señor  tu  Dios,  etc.  El  segundo  es  semejante  a  éste: 
Amarás  a  tu  prójimo.  No  puede  estar  el  uno  sin  el  otro 
(I  Juan.  4,  21).  Y  los  dos  se  reúnen  en  uno,  porque  el  que 
ama  al  prójimo,  cumplió  la  ley  (Rom.  13.  8),  puesto  que 
en  el  amor  consiste  el  cumplimiento  de  la  ley  (Gál.  5,  14)". 

1461.  Bien,  quedamos  enterados  de  lo  que  signifi- 
can los  dos  pechos  de  la  esposa;  pero  en  el  cap.  1,  donde 
con  la  generalidad  de  los  traductores,  nosotros  ponemos: 
"Más  dulces  que  el  vino  son  tus  caricias"  (vs.  2,  4),  la 
Vulgata  traduce:  Meliora  sunt  úbera  tua  vino,  o  sea, 
"Mejores  son  tus  pechos  que  el  vino".  Muchos  exposito- 
res entienden  que  esas  palabras  son  dirigidas  por  las  mu- 
jeres del  harem  a  Salomón,  resultando  así  clara  y  com- 
prensible la  cláusula    "Má3  dulces  que  el  vino  son  tus  ca- 


202 


PECHOS  FEMENINOS  Y  MASCULINOS 


ricias".  Pero  la  cosa  cambia  de  aspecto,  cuando  se  sos- 
tiene por  la  ortodoxia  católica  que  ahí  habla  la  esposa 
(la  Iglesia)  al  esposo  (Jesucristo),  y  que  en  vez  de  loar 
las  caricias  de  éste,  le  pondera  sus  pechos.  Francamente 
que  se  comprenden  las  alabanzas  a  los  pechos  de  una  mu- 
jer; pero  a  los  de  un  hombre,  o  de  un  dios,  vamos,  vamos, 
que  nos  parece  ya  mucho  pedir  a  la  credulidad  humana. 
Pero  la  ortodoxia  católica  no  se  arredra  ante  esta  difi- 
cultad, y  en  la  inagotable  fuente  de  la  alegoría  encuentra 
esta  explicación  a  los  pinchos  raasculinos  o  del  esposo: 
"Por  pechos,  anota  Scío,  los  Padres  entienden  los  dos  Tes- 
tamentos, que  ambos  res-oiran  el  celestial  amor  del  Es- 
poso Cristo,  como  prometido  al  mundo  en  el  Viejo,  v  co- 
mo dado  en  el  Nuevo.  Pueden  también  denotar  aue  la  pa- 
labra de  Dios  en  ambos  forma  como  dos  manantiales,  de 
donde  corren  las  affuas  saludables  que  resurten  hasta  la 
vida  eterna,  más  gustosas  sin  comparación,  que  lo  que 
desea  la  carne,  y  cuantos  placeres  nos  puede  suministrar 
el  siglo". 

1462.    Tenemos,  pues,  que  los  pechos  femeninos  en 

nuestro  Cantar,  representan  el  amor  de  Dios  y  el  del  nró- 
jimo;  y  que  los  pechos  masculinos  son  el  Antiguo  v  Nue- 
vo Testamento,  aun  cuando  no  deia  de  ser  de  lo  más 
curioso  que  pedirse  pueda,  el  comparar  con  manantiales 
de  donde  corren  aguas  saludables,  pechos  masculinos  de 
los  que  no  sale  líquido  alguno,  como  si  dijéramos,  manan- 
tiales secos.  Scío  acentúa  esa  distinción  entre  los  pechos 
masculinos  y  femeninos,  cuando  al  anotar  4,  10.  aue  deja- 
mos trascrito,  expresa  "que  allí,  en  1.  2  se  habla  de  los 
pechos  del  esposo,  y  aquí,  de  los  de  la  esposa.  Allí  se  con- 
sidera la  intrínseca  bondad  del  esposo,  que  siendo  Dios, 
es  esencial  y  únicamente  bueno:  aquí  se  considera  la  ca- 
ridad de  la  esposa,  en  atención  al  bien  que  hace  a  las  al- 
mas, alimentándolas,  instruyéndolas  y  fortificándolas  en 
los  caminos  de  Dios".  Pero  más  adelante,  en  7,  7  se  vuel- 
ven a  mencionar  los  pechos  de  la  esposa,  que  el  esposo 
compara  de  este  modo: 


LA  PALMERA  Y  SUS  RACIMOS 


203 


7  Tu  aspecto  es  semejante  a  la  palmera, 

Y  tus  pechos,  a  los  racimos. 

8  Subiré,  dije,  a  la  palmera 

Y  agarraré  sus  racimos. 

¡Tus  pedios  sean  para  mí  los  racimos, 

(o  Serán  tus  pechos  como  racimos  de  viña  —  La  Vulgata). 

'Y  tu  aliento  como  olor  de  manzanas! 

1463.  Siendo  aquí  la  esposa  comparada  con  una  pal- 
mera, resulta  que  Jesucristo  (el  esposo)  le  dice  a  la  Igle- 
sia (la  esposa),  que  subirá  sobre  ella  y  le  asirá  los  pechos, 
que  son  los  racimos  de  la  palmera.  Realmente  que  no  se 
nos  negará  que  la  alegoría  le  hace  desempeñar  a  Jesucris- 
to un  curioso  papel  subido  sobre  la  Iglesia  y  agarrándole 
los  senos.  Pero  todo  lo  arregla  la  ortodoxia,  pues  como  la 
Vulgata  menciona  racimos  de  viña,  donde  el  original  ha- 
bla sólo  de  racimos  de  palmera,  es  decir,  de  dátiles,  Scío 
combina  aquí  su  doble  exphcación  de  los  pechos  masculi- 
nos y  femeninos,  y  escribe:  "A  los  racimos  de  una  vid 
asida  a  una  palma,  con  quien  acaba  de  comparar  a  la 
esposa,  asemeja  ahora  sus  dos  pechos.  En  éstos  se  repre- 
sentan los  dos  Testamentos,  y  también  los  dos  preceptos 
de  la  caridad  de  Dios  y  del  prójimo;  porque  la  palabra 
de  Dios  encerrada  en  estos  dos  divinos  Testamentos^  y 
los  dos  amores,  que  miran  a  Dios  y  al  prójimo,  tienen  la 
fuerza  de  embriagar  y  de  enagenar  a  las  almas  que  están 
llenas  de  ellos.  Más  así  como  es  necesario  estrujar  y 
apretar  los  racimos  para  sacar  el  vino,  del  mismo  modo 
hemos  de  entender  que  la  verdad  que  se  contiene  en  las 
Escrituras  no  se  adquiere  sino  con  trabajo,  ni  los  dos 
amores  se  cumplen  tampoco  sino  con  las  obras".  Saca- 
mos, pues,  en  consecuencia  de  todo  esto:  1'  que  los  pechos 
femeninos  son  idénticos  a  los  mascuhnos,  porque  simbo- 
lizan las  mismas  cosas:  los  dos  Testamentos  y  el  amor  a 
Dios  y  al  prójimo;  y  2'  que  Jesucristo  subido  sobre  la 
Iglesia  y  estrujando  los  senos  de  ésta,  representa  que  la 
verdad  de  las  Escrituras  no  se  adquiere  sin  trabajo.  ¡  Loa- 
do sea  Dios  que  podemos  contar  con  tan  sabios  comenta- 
riotas  bíblicos,  que  nos  han  aclarado  estos  profundos  mis- 


204 


EL  AMADO,  UN  HACÍECITO  DE  MIRRA 


terios,  pues  humildemente  confesamos  que  a  nosotros, 
simples  profanos,  que  sólo  nos  dejamos  guiar  por  la  misé- 
rrima razón,  nunca,  ni  por  asomo,  se  nos  hubiera  ocu- 
rrido que  los  citados  versículos  encerraban  tan  profundas 
verdades ! 

1464.  De  lo  expuesto  viene  entonces  a  resultar  que 
cuando  la  esposa  manifiesta: 

Hacecito  de  mirra  es  mi  amado  para  mí, 
Que  entre  mis  pechos  reposa  (1,  13), 

tendremos  que  entender  que  Jesucristo  es  un  hacecito 
de  mirra  que  descansa  entre  el  Antiguo  y  el  Nuevo  Tes- 
tamento, o  entre  el  amor  de  Dios  y  el  del  prójimo.  Pero 
como  esta  interpretación  sería  incomprensible,  Scío  bus- 
ca otro  simbolismo  a  los  pechos,  partiendo  de  la  idea  de 
mirra,  líquido  perfumado  que  se  obtiene  por  incisiones 
en  el  arbusto  del  mismo  nombre,  y  que  junto  con  otros 
aromas  y  drogas,  se  empleaba  para  embalsamar  cadáve- 
res. Y  dice  así  aquel  comentarista:  "Esta  es  la  mirra  de 
que  habla  en  este  lugar  la  esposa.  En  la  que  los  Padres 
entienden  la  pasión,  muerte  y  sepultura  de  Jesucristo;  y 
la  esposa  llena  de  amoroso  reconocimiento  protesta  y  dice: 
mi  amado  es  para  mí  como  un  hacecito  de  mirra,  en  el 
que  registro  reunidos  todos  los  oprobios  y  dolores:  no 
quiero  perderle  jamás  de  vista;  tendré  siempre  fijas  en 
mi  corazón  las  amarguras  y  penas  que  sufrió;  y  esta  me- 
moria será  para  mí  un  principio  de  incorrupción  y  de 
inmortalidad".  Nuestro  exégeta  se  escapa  aquí  por  la  tan- 
gente, aprovechando  la  oportunidad  que  le  proporcionó  el 
sentido  místico  de  la  palabra  mirra  que  creyó  descubrir 
en  ella,  y  no  menciona  para  nada  los  pechos  de  la  esposa 
entre  los  cuales  reposa  el  amado  como  hacecito  de  mirra. 
Parece  que  quiere  aquí  darles  el  significado  de  corazón, 
pues  le  hace  decir  a  la  esposa:  "tendré  siempre  fijas  en 
mi  corazón  las  amarguras  y  penas  que  sufrió";  pero  si 
eso  quiso  expresar  el  poeta,  no  se  ve  razón  alguna  por  la 
cual  empleó  el  vocablo  pechos,  en  vez  del  más  poético 
"corazón". 


LOS  PECíHOS  DE  lA  HERMANA  MENOR 


2Ó5 


1465.  Veamos  finalmente  otro  pasaje  del  Cantar, 
en  que  de  nuevo  se  mencionan  los  célebres  pechos  de  la 
esposa. 

8,  8  Tenemos  una  hermanita 

Cuyos  senos  no  están  aún  formados 

(o  Que  aun  no  tiene  pechos.  —  La  Vulgata,  Pratt,  etc.) 

¿Qué  haremos  de  nuestra  hermana, 

C liando  la  pidan  en  matrimonio? 

(o  Cuando  se  le  ha  de  hablar?  —  La  Vulgata). 

10  Sí,  yo  soy  un  muro, 
Y  mis  senos  son  torres, 

(o  Y  mis  pechos  como  torres,  —  La  Vulgata,  Pratt,  etc.). 

Asi  soy  a  sus  ojos 

Una  fuente  de  felicidad. 

(o  Desde  que  delante  de  él  he  sido 

Hecha  como  la  que  halla  paz.  —  La  Vulgata). 

1466.  Aquí  el  poeta  nos  vuelve  a  hablar  de  los  pe- 
chos de  la  esposa,  y  además  de  los  de  una  hermanita  suya 
impúber.  Acudamos  otra  vez  en  demanda  de  luces  sobre 
este  punto  al  erudito  Scío,  pues  no  en  balde  se  lee  en  el 
catecismo  que  "doctores  tiene  la  Santa  Madre  Iglesia  que 
os  sabrán  responder".  He  aquí  como  nos  responde  aquel 
sabio  doctor  eclesiástico:  "La  esposa,  que  se  debe  con- 
siderar aquí  en  la  persona  de  los  antiguos  justos  del  pue- 
blo judío,  manifiesta  una  santa  inquietud  por  la  iglesia 
de  los  gentiles,  que  mira  ya  como  a  su  hermana,  según 
el  eterno  decreto  de  la  divina  elección.  Esta  iglesia  de  los 
gentiles,  considerada  en  su  origen,  o  en  el  tiempo  de  los 
apóstoles,  era  aún  pequeña  en  atención  al  corto  número 
de  aquellos  que  desde  luego  abrazaron  la  fe,  y  esto  mis- 
mo se  significa  en  aquella  expresión  de  que  aún  no  es- 
taba en  la  pubertad.  Fuera  de  esto  ya  dejamos  dicho  que 
los  pechos  de  la  esposa  figuraban  las  divinas  Escrituras 
comprendidas  en  el  Antiguo  y  en  el  Nuevo  Testamento, 
y  estos  pechos  sagrados  propiamente  eran  los  pechos  de 
la  iglesia  de  los  judíos,  porque  con  ellos  fué  contratada  la 
antigua  alianza,  habiéndose  hecho  Hombre  el  Verbo  en- 


206 


LOS  PECSHOS  DE  LAS  DOs  HERMANAS 


tre  los  judíos:  ellos  recibieron  las  primicias  de  la  gracia 
del  Evangelio,  y  solamente  después  que  la  mayor  parte 
de  este  pueblo  se  negó  a  someterse  a  la  fe  de  Jesucristo, 
fué  cuando  los  gentiles,  como  dice  S.  Pablo,  fueron  ad- 
mitidos. Así  cuando  la  iglesia  de  los  gentiles  comenzó  a 
formarse  por  la  predicación  de  los  apóstoles,  era  peque- 
ña y  débil;  y  no  tenía  pechos,  porque  la  Escritura  respec- 
to de  ellos  había  sido  hasta  entonces  extranjera,  y  la  pa- 
labra de  Dios  miraba  primeramente  al  pueblo  judío,  a 
quien  los  profetas  habían  prometido  el  Mesías  muchos 
siglos  antes".  Y  anotando  el  v.  10  transcrito,  lo  comenta 
así  Scío:  "Estas  son  palabras  de  la  esposa,  como  si  dije- 
ra: Así  es,  esposo  mío,  y  yo  misma  puedo  hablar  por  ex- 
periencia: 8i  soy  muro,  y  mis  pechos  son  como  torres,  es 
desde  que  delante  de  él  he  sido  hecha  como  la  que  halla  paz. 
En  lo  que  se  significa,  que  toda  la  fuerza  y  todo  el  amor 
de  la  Esposa  está  fundado  sobre  su  reconciliación  y  sobre 
su  paz  con  Dios,  que  le  mereció  el  Esposo  por  su  cruz. 
Así  que  es  necesario  considerar  la  cruz  del  Salvador,  o 
más  bien  el  amor  infinito  que  le  hizo  morir  sobre  una 
cruz,  como  el  manantial  de  todos  los  bienes,  que  ha  de- 
rramado sobre  nosotros.  La  Iglesia  nunca  hubiera  sido 
un  muro  inaccesible  a  sus  enemigos;  nunca  su  caridad  la 
hubiera  hecho  como  una  torre  terrible  a  todo  el  infierno, 
si  su  Esposo  no  la  hubiera  reconciliado  con  Dios,  entre- 
gándose a  la  muerte  por  ella;  y  si  no  la  hubiera  hecho 
hallar  en  su  presencia  aquella  paz  tan  deseada  desde  la 
caída  de  Adán,  anunciada  por  todos  los  profetas,  y  espe- 
rada después  de  tantos  siglos". 

1467.  De  toda  esta  logomaquia,  lo  que  parece  quie- 
re hacernos  comprender  el  docto  exégeta  católico  es  que 
la  hermanita  de  la  esposa,  o  sea,  la  primitiva  iglesia  de 
los  gentiles,  carecía  de  pechos,  porque  no  tenía  las  Escri- 
turas, o  porque  éstas  no  se  referían  a  ellos,  sino  primera- 
mente al  pueblo  judío  al  que  le  había  sido  prometido  el 
Mesías.  Especiosas  son  estas  razones,  pues  los  primeros 
gentiles  que  abrazaron  la  doctrina  cristiana,  adoptaron 
los  libros  sagrados  del  judaismo,  o  sea,  la  Biblia  hebrea, 
que  fué  el  único  libro  inspirado  que  admitían  como  regla 


EL  VIENTRE  DE  LA  ARLADA 


207 


de  fe,  mientras  no  se  le  completó  en  la  segunda  mitad  del 
siglo  II  n.  e.  con  los  escritos  que  después  formaron  el 
Nuevo  Testamento.  Discusiones  hubo  con  los  nuevos  pro- 
sélitos respecto  a  cómo  debían  interpretarse  muchos  de 
los  preceptos  de  esa  Biblia ;  pero  ésta  fué  indiscutiblemen- 
te su  libro  sagrado;  luego  tenía  pechos  esa  Iglesia  de  los 
gentiles,  como  los  tenía  la  de  los  judíos  conversos.  Des- 
pués, las  promesas  mesiánicas  de  muchos  de  los  profe- 
tas eran  de  carácter  universalista:  todas  las  naciones 
vendrían  a  adorar  a  Yahvé  en  Jerusalem;  de  modo  que 
por  ese  lado  tampoco  resulta  aceptable  la  explicación  que 
nos  da  Scío  de  la  carencia  de  pechos  de  la  hermanita  en 
cuestión.  Ahora  en  cuanto  a  "mis  peritos  son  torres", 
del  V.  10,  ya  no  tienen  cabida  aquí  ninguna  de  las  expli- 
caciones que  sobre  esa  parte  del  cuerpo  de  la  esposa  nos 
había  dado  aquel  exégeta.  sino  que  parece  que  con  esa 
frase  se  quiere  significar  "toda  la  fuerza  y  todo  el  amor 
de  la  Esposa".  Como  se  ve  la  alegoría  es  elástica  y  se 
adapta  a  todas  las  situaciones  imaginables,  viniendo  a 
expresar  las  palabras  todo  lo  que  se  le  ocurra  al  intér- 
prete ortodoxo  que  quiera  que  ellas  signifiquen. 

1468.  Pero  continuemos  con  la  apasionada  descrip- 
ción que  de  la  mujer  amada  hace  nuestro  poeta. 

7,  2^  Tu  vientre  es  montón  de  trigo, 
De  lirios  circundado. 

"En  estas  dos  comparaciones  se  significa,  según  San 
Jerónimo,  ,1a  admirable  fecundidad  de  la  Esposa,  acompa- 
ñada de  la  más  rara  pureza,  simbolizada  por  el  montón 
de  trigo  cercado  de  hermosas  y  blancas  azucenas.  Esta 
prodigiosa  fecundidad  fué  anunciada  muchos  siglos  an- 
tes por  los  profetas,  que  llenos  de  asombro  vaticinaron 
esta  rápida  y  prodigiosa  fecundidad  de  la  Iglesia  (Sal. 
87,  5;  Is.  52,  1-3'  56,  7,  8)  particularmente  en  sus  prime- 
ros felices  siglos.  Es  espiritual  madre  de  un  crecidísimo 
número  de  hijos,  que  todos  forman  un  solo  y  mismo 
cuerpo,  cercado  de  lirios  o  azucenas,  lo  que  significa  la 
divina  providencia  y  omnipotente  protección  para  poner 
a  cubierto  y  defender  este  montón  de  granos  de  trigo, 


208 


LAS  PARTES  PUDENDAS  DE  LA  AMADA 


que  están  en  la  santa  era  del  divino  Esposo,  el  cual  se 
llama  la  Azucena  de  los  valles  (2,  1;  scio)".  Hallar  a 
la  divina  Providencia  en  el  cerco  de  lirios  que  rodean 
el  vientre  de  la  amada,  no  se  nos  negará  que  es  un  pro- 
digio de  imaginación.  Mas,  prosigamos. 

,1469.    7,      Son  los  contornos  de  tus  caderas 
Como  collares  de  hábil  artífice. 

La  Vulgata  traduce  esta  parte  de  7,  1,  por:  "Los 
juegos  de  tus  muslos,  como  ajorcas  que  han  sido  labra- 
das de  mano  de  artífice",  y  como  a  todo  la  ortodoxia  en- 
cuentra explicación,  — basta  que  se  encuentre  en  el  Libro 
sagrado, —  resulta,  según  nos  enseña  Scío,  que  esto  "sig- 
nifica la  facilidad  y  actividad  con  que  la  Esposa  caminó 
y  siguió  a  su  Esposo  en  la  carrera  de  la  predicación  del 
Evangelio.  San  Gregorio  por  esta  juntura  o  juego  del 
muslo  con  la  pierna,  entiende  la  unión  de  los  dos  pueblos 
de  los  Judíos  y  de  los  Gentiles,  con  la  que  abrazaron  y 
profesaron  una  misma  fe:  obra  ejecutada  por  la  mano 
omnipotente  del  Altísimo". 

1470.  El  poeta,  impertérrito,  continúa  describien- 
do la  belleza  de  las  restantes  partes  del  cuerpo  de  la  Su- 
lamita,  que  parece  conocía  en  sus  menores  detalles,  y  sin 
temor  de  causarnos  esco.zor  en  nuestra  sensibilidad  mo- 
ral de  occidentales.  — en  quienes  nunca  pensó  al  compo- 
ner su  poema, —  escribe: 

7,  5*  Redondo  es  el  cáliz  de  tus  partes  pudendas, 
En  el  que  nunca  falta  embriagante  vino. 

La  Vulgata,  con  los  demás  traductores  ortodoxos 
(salvo  ligeras  variantes)  traduce  esa  parte  del  v.  2%  así: 
"Tu  ombligo  es  taza  torneada,  que  nunca  está  falta  de 
bebida".  Pratt,  alterando  más  aún  el  original,  trae:  "Tu 
cintura  (y  en  nota,  o  talle)^  como  un  tazón  elegantemen- 
te torneado,  donde  nunca  falta  vino  bien  sazonado".  Scío, 
de  este  incómodo  versículo,  nos  da  la  siguiente  explica- 
ción: "Esta  parte  del  cuerpo  humano  es  el  conducto  por 
donde  el  niño  es  alimentado  en  el  vientre  de  su  madre. 
Y  con  esta  comparación  se  da  aquí  a  entender  el  grande 


EL  GRITO  INDIGNADO  DE  LA  RAZON 


209 


cuidado  que  tenía  la  Iglesia  de  dar  a  sus  hijos  el  nece- 
sario alimento.  Para  alimentarse  es  necesario  beber  y 
comer;  y  esto  es  lo  que  aquí  se  declara.  Acabamos  de 
decir  que  la  conversión  y  la  unión  de  los  dos  pueblos  se 
representa  en  la  figura  precedente.  Y  por  esto  la  Esposa 
no  es  bien  que  deje  sin  alimento  a  los  que  ha  dado  la 
vida  de  la  fe.  Esto  explica  admirablemente  San  Pablo, 
diciendo  a  los  de  Corinto  (I  Cor.  3,  2),  que  primeramente 
les  había  dado  a  beber  leche,  como  a  niños  que  no  tienen 
aún  fuerza  para  tomar  y  digerir  alimento  sólido,  que  es 
el  que  pertenece  a  los  perfectos.  Y  tal  es  la  copa  o  taza, 
dice  San  Ambrosio,  hecha  como  a  torno  por  el  Autor  mis- 
mo de  nuestra  fe,  esto  es.  de  la  mayor  perfección,  y  siem- 
pre llena  de  un  licor  espiritual  y  divino", 

1471.  Hasta  aquí  hemos  seguido  bastante  dócil  y 
pacientemente  a  los  ortodoxos  partidarios  del  sistema 
alegórico  en  la  interpretación  que  entienden  dar  del  poe- 
ma que  estamos  estudiando;  pero  ya  se  ha  colmado  la 
medida,  e  irguiéndonos.  protestamos  indignados  contra 
esa  pretensión  de  que  se  nos  tome  por  niñitos  sin  dis- 
cernimiento alguno,  a  los  cuales  se  les  hace  creer  los 
cuentos  más  fantásticos  y  pueriles.  Ha  llegado  el  mo- 
mento de  proclamar  bien  alto  lo  absurdo  e  inverosímil 
de  ese  afán  de  alterar  los  textos,  torturando  las  imá- 
genes y  las  palabras  para  que  creamos  todo  lo  contrario 
de  lo  que  en  ellas  salta  a  la  vista  y  ve  todo  aquel  que  no 
está  cegado  por  el  prejuicio  o  por  el  desvarío  de  la  fe. 
No,  y  mil  veces  no,  este  no  es  un  libro  lleno  de  misterios, 
no  es  un  local  cerrado  con  múltiples  llaves  que  sólo  esta- 
rían a  disposición  de  la  ortodoxia;  no  encierra  profundas 
verdades,  no  está  fuera  del  alcance  de  cualquier  mortal. 
No,  y  mil  veces  no:  no  estamos  aquí  ante  una  obra  reli- 
giosa, sino  ante  una  obra  nítida  y  claramente  profana, 
y  así  lo  reconocerían  hasta  los  mismos  fieles,  si  no  es- 
tuvieran sometidos  al  doble  despotismo  de  la  tradición  y 
de  la  fe.  ¿No  ve,  el  que  quiera  ver,  que  es  el  colmo  del 
ridículo  y  del  absurdo  que  para  describir  el  amor  que 
Yahvé  pueda  sentir  por  Israel,  o  el  que  Jesús  pueda  ex' 
perimentar  hacia  su  Iglesia,  haya  que  ponderar  los  en» 


210 


EL  GRITO  INDIGNADO  DE  LA  RAZON 


cantos  de  los  ojos,  los  cabellos,  las  mejillas,  los  dientes, 
el  cuello,  los  pechos,  el  vientre,  las  caderas  y  las  partes 
pudendas  de  una  mujer?  Ni  al  que  asó  la  manteca  se  le 
ocurre  disparate  más  fenomenal,  ni  irreverencia  mayor 
hacia  el  Espíritu  divino,  que  se  supone  inspirador  de  todas 
las  páginas  bíblicas.  Preguntaríamos  a  todos  los  ortodo- 
xos que  sostienen  aún  hoy  tamaños  dislates,  si  interpre- 
tarían en  forma  tan  irracional  este  poema,  en  el  caso 
de  que  en  vez  de  encontrarlo  en  la  Biblia  lo  leyeran  en 
el  Corán  o  en  los  Vedas.  Hasta  los  jesuítas  Cornely  y 
Merk,  partidarios  decididos  de  que  el  tem^,  único  del 
Cantar  es  la  unión  de  Yahvé  con  los  hijos  de  Israel  como 
tipo  de  la  unión  mística  de  Jesucristo  con  la  Iglesia,  se 
ven  obligados  a  confesar  que  "sería  superfluo,  y  aún  muy 
peligroso,  buscar  misterios  en  todas  sus  frases  y  en  todas 
sus  descripciones"  (I  p.  637). 

1472.  Pero  los  mismos  citados  jesuítas,  tratando  de 
tapar  el  cielo  con  un  arnero,  manifiestan  que  "los  senti- 
mientos humanos  que  expresan  el  esposo  y  la  esposa,  re- 
presentan imperfectamente  las  afecciones  más  elevadas, 
más  sublimes  del  Cristo  y  de  la  Iglesia;  y  si  en  las  des- 
cripciones de  esta  hermosura  meramente  exterior,  des- 
ciende el  discurso  hasta  los  menores  detalles,  es  para  dar 
una  imagen  más  clara  de  él,  y  para  expresar  así  más 
perfectamente  la  belleza  interior  y  espiritual  que  el  au- 
tor sagrado  quiere  si.gnificar".  Palabrería  pura  toda  esta, 
que  no  resiste  al  menor  análisis  imparcial  del  asunto, 
pues  a  nadie  que  tenga  un  poco  de  sentido  común,  se  le 
va  a  hacer  creer  que  Dios  para  expresar  con  más  cla- 
ridad y  más  perfectamente  el  afecto  que  siente  el  Cristo 
por  su  Iglesia,  tenga  que  encarecer  la  gracia  y  los  encan- 
tos de  los  pechos,  del  vientre,  de  las  caderas,  del  ombli- 
go y  de  las  partes  pudendas  de  una  mujer  identificada 
con  la  congregación  de  los  fieles  cristianos!  ¿Han  pensa- 
do los  lectores  en  la  extraordinaria  ridiculez  que  supone 
el  pretender  describir  esas  partes  del  cuerpo  humano  fe- 
menil como  si  correspondieran  a  un  pueblo,  el  pueblo  ju- 
dío, o  a  una  entidad  religiosa,  la  Iglesia  cristiana?  ¿Y 
han  pensado  también  en  el  absurdo  que  supone  Cristian!- 


VARiAOIÓNES  EN  EL  SENTIDO  ALÉkSORICO 


211 


zar  una  antigua  obra  de  la  literatura  de  Israel?  Bien  es 
cierto  que  este  absurdo,  que  hoy  lo  vemos  claro,  porque 
tenemos  desarrollado  el  sentido  histórico,  era  el  mismo 
absurdo  en  que  incurrieron  los  autores  del  N.  T.  y  los 
apologistas  de  los  primeros  siglos  del  cristianismo,  quie- 
nes influenciados  por  Filón  y  demás  escritores  judeo-ale- 
jandrinos,  aplicaron  el  método  alegórico  a  todos  los  libros 
de  la  Biblia  hebrea.  Y  después,  recuérdese  que  con  el 
método  alegórico  se  puede  descubrir  en  nuestro  Cantar 
los  amores  de  Abelardo  y  Eloísa,  de  Julieta  y  Romeo, 
de  Napoleón  y  Josefina,  o  cualquier  otra  cosa  en  que 
tenga  interés  el  intérprete;  y  así  tenemos  que  para  los 
judíos  sólo  hay  oculto  en  esa  obra  el  amor  mutuo  de 
Yahvé  e  Israel;  Scío  y  la  ortodoxia  católica  y  protestante 
en  general  ven  en  el  poema  la  descripción  del  amor  de 
Cristo  y  su  Iglesia ;  los  místicos  consideraban  que  se  trata 
en  él  de  las  relaciones  del  alma  con  Dios ;  en  el  siglo  II,  n.  e. 
Teófilo  de  Antioquía  interpretaba  los  bosques  del  Líbano 
por  Rut  que  encerraba  en  su  seno  toda  la  raza  de  David; 
la  Iglesia  de  la  Edad  Media,  cuando  se  desarrolló  el  culto 
de  la  Virgen  María,  identificó  a  ésta  con  la  Sulamita; 
los  exégetas  judíos  de  la  misma  época,  en  que  estuvo 
en  auge  la  filosofía  árabe,  enseñaron  que  la  pasión  des- 
crita por  nuestro  Cantar  era  la  del  alma  individual  que 
aspira  a  unirse  con  el  intelecto  activo;  y  hasta  no  han 
faltado  más  tarde  partidarios  de  la  alegoría  política  que 
han  descubierto  en  ese  libro  bíblico,  alusiones  a  la  histo- 
ria de  Israel,  y  así  para  algunos  el  rey  y  la  pastora  figu- 
rarían a  Ezequías  y  al  reino  de  las  Diez  Tribus,  o  al  rey 
de  Etiopía  Tirhaca  (II  Rey.  19,  9)  y  la  ciudad  de  Sama- 
ría respectivamente;  y  otros,  como  Gessner,  aguzando 
más  aún  el  ingenio,  ven  en  el  amado,  el  Espíritu  de  Dios ; 
en  la  Sulamita,  el  templo;  y  en  sus  hermanas,  el  taber- 
náculo mosaico. 

1473.  Teólogos  hay  que  para  mantener  este  libro  en 
el  canon  bíblico,  y  comprendiendo  cuan  inaceptable  es  la 
alegoría,  acuden  a  la  interpretación  típica  o  tipológica;  y 
así,  p.  ej.,  Delitzsch  sostiene  que  la  finalidad  de  la  obra 
es  proclamar  las  excelencias  del  amor  humano,  y  según 


212 


liA  INTERPRETAOION  De  GODET 


Schlater  el  poema  celebra  la  dulzura  y  felicidad  del  ma- 
trimonio. No  se  adelanta  nada  con  estos  desesperados 
esfuerzos  para  defender  lo  indefendible^  pues  conspira 
contra  la  idea  de  cantar  la  pureza  del  amor  humano  o  la 
dicha  matrimonial,  el  descender  a  describir  un  erotismo 
desenfrenado,  o  un  sensualismo  que  se  halla  en  las  antí- 
podas del  fin  moralizador  que  imaginan  aquellos  exégetas. 

LA  INTERPRETACIÓN  DE  F.  GODET.  —  1474. 

Conviene  estudiar  aquí  algo  más  extensamente  la  expli- 
cación del  teólogo  F.  Godet,  oráculo  de  la  ortodoxia  pro- 
testante francesa  y  suiza  en  el  último  cuarto  del  siglo 
XIX  n.  e.,  y  colaborador  de  L.B.A.,  quien  a  pesar  de  re- 
conocer que  "el  sentido  alegórico,  tai  como  lo  presentaron 
los  antiguos,  causa  el  efecto  de  una  planta  sin  raíces  y 
como  suspendida  en  el  aire"^  sin  embargo,  concluye  em- 
pleando ese  mismo  sistema,  cuya  imperfección  reconoce. 
Godet  acepta  como  histórica  la  siguiente  anécdota  ex- 
puesta por  Ewald  la  que  daría  la  clave  del  poema  que 
estudiamos:  se  trata  en  el  Cantar  de  una  joven  que  llevada 
por  la  gente  de  Salomón,  se  halla  expuesta  en  el  harem 
de  éste  a  todas  las  seducciones  del  monarca;  pero  ella  se 
conserva  fiel  al  pastor  pobre  que  la  ama  con  un  amor 
puro,  concluyendo  el  rey  por  devolverle  su  libertad,  la 
que  ella  aprovecha  para  regresar  a  Sulem,  de  su 

madre,  en  cuya  vecindad  habita  su  amado  pastor.  El  au- 
tor del  poema  es,  según  ese  exégeta,  el  mismo  Salomón, 
quien  ha  idealizado  esa  acción,  viendo  en  ella  las  tres 
grandes  potencias  de  la  vida  humana:  el  amor  divino 
por  el  pueblo  escogido,  la  libertad  humana  en  su  pleno 
ejercicio,  y  la  seducción  mundana  en  lo  que  tiene  de  más 
atrayente.  Partiendo  de  esta  base,  trata  Godet  de  deter- 
minar el  sentido  de  los  personajes  del  poema,  y  llega  a 
estas  conclusiones:  El  pastor  es  Yahvé  (él  le  llama  Jeho- 
váh),  quien  ha  descendido  para  realizar  aquí  en  el  mun- 
do el  bien  absoluto,  apareciendo  bajo  forma  humana  en 
la  escena  de  la  historia.  Él  es  el  amado  de  Sulamith  (la 
Sulamita)j  el  ser  perfecto  que  apacienta  su  rebaño  en  las 
regiones  etéreas,  por  encima  de  las  groseras  realidades 


SULAMITH  Y  SALOMON 


213 


de  la  existencia  terrestre,  donde  vive  aún  su  amada;  es 
quien  desciende  de  tiempo  en  tiempo,  como  por  sorpresa, 
de  esas  alturas,  y  que,  en  las  visiones  proféticas  aparece 
a  aquélla  que  le  ha  dado  su  corazón;  es  él  quien  la  ama 
con  un  amor  santo  y  austero,  dándose  a  ella  con  la  más 
absoluta  abnegación,  y  que  por  precio  de  su  condescen- 
dencia infinita,  sólo  le  reclama  el  sonido  de  su  voz,  el 
culto  del  corazón  inspirado  por  el  amor.  Las  montañas 
perfumadas  en  las  cuales  apacienta  su  rebaño  el  pastor, 
son  no  sólo  el  símbolo  de  la  morada  celestial,  sino  también 
una  alusión  al  templo  de  Jerusalem,  la  representación 
terrestre  del  santuario  invisible.  Los  encuentros  de  Sula- 
mith  con  su  amado,  por  la  mañana  y  por  la  noche  (2,  8, 
17;  4,  6)  quieren  significar  la  ofrenda  del  perfume  y  la 
asamblea  del  pueblo  al  rededor  del  santuario  de  Yahvé, 
cada  mañana  y  cada  tarde.  En  cuanto  al  principal  perso- 
naje del  poema,  íiulamith,  su  nombre  está  en  íntima  re- 
lación con  el  de  Salomón,  pues  ambos  vocablos  provienen 
del  mismo  substantivo  hebreo,  schalom,  que  significa  paz, 
buen  estado  de  las  cosas,  prosperidad.  Salomón  significa 
el  pacífico,  y  Sulamith  la  pacífica.  Así  como  el  pastor  re- 
presenta al  Dios  vivo,  el  ideal  al  que  tiende  la  aspiración 
israelita,  así  también  Sulamith  es  el  símbolo  de  esta  mis- 
ma aspiración,  que  es  la  característica  normal  del  pue- 
blo judío.  Es  el  instinto  israelita  en  toda  su  pureza... 
es  el  amor  por  el  Dios  de  la  alianza  personificado  en  un 
ser  que  por  esto  mismo  viene  a  ser  el  Israel  ideal. . .  En 
cuanto  a  Salomón  es  la  personificación  de  la  monarquía 
terrestre  israelita,  como  tipo  de  esa  forma  de  gobierno 
concedida  a  Israel  en  oposición  a  la  soberanía  de  Yahvé, 
el  invisible  rey  del  pueblo  elegido.  Además  de  esos  tres 
personajes  principales,  hay  los  secundarios,  tales  como: 
las  hijas  de  Jerusalem,  que  forman  una  especie  de  coro 
en  el  drama  y  representan  al  pueblo  real,  al  Israel  carnal 
fascinado  por  el  brillo  de  Salomón,  en  contraste  con  Su- 
lamith, el  Israel  normal  o  según  el  Espíritu.  Los  herma- 
nos de  Sulamith  son  los  jefes  de  las  tribus,  que  subleva- 
dos contra  Samuel  y  contra  Dios,  pidieron  a  gritos  el  es- 
tablecimiento de  la  monarquía  y  causaron  así  la  fatal 


214 


LOS  ANTECEDENTES  DE  LA  ACCION 


transformación  que  se  operó  en  su  estado  social  y  reli- 
gioso. 

1475.  El  tema  del  drama  es  el  cambio  decisivo  ope- 
rado en  las  relaciones  de  Israel  con  Yahvé  por  la  nueva 
institución  de  la  monarquía,  así  como  la  previsión  de  los 
peligros  que  arrastraba  ese  cambio  para  el  porvenir  es- 
piritual de  la  nación.  En  la  acción  que  desarrolla  el  au- 
tor, distínguense  tres  cosas:  los  antecedentes,  la  prueba 
y  el  desenlace.  Los  antecedentes  son  estos:  los  hermanos 
de  Sulamith,  descontentos  de  ella,  la  han  empleado  en 
guardar  las  viñas  (7,  1;  1,  6).  Además  la  viña  que  ella 
poseía,  como  patrimonio  suyo,  no  la  guardó  (1,  6;  8,  12). 
Finalmente  tuvo  ella  la  imprudencia  de  dejarse  llevar 
por  un  capricho  de  su  alma  en  medio  de  los  carros  de  un 
cortejo  de  príncipe  (6,  12).  El  autor  parece  aludir  aquí 
al  vano  capricho  que  impulsó  a  Israel^  ese  pueblo  libre, 
el  primogénito  de  Yahvé,  a  darse  un  soberano  terrestre, 
como  todas  las  otras  naciones  vecinas.  La  pompa  de  una 
corte  brillante,  el  poder  de  un  soberano  visible  sedujeron 
su  corazón.  Cedió  a  esa  carnal  inclinación;  locamente 
cambió  su  nobleza  originaria  y  su  independencia  primi- 
tiva por  la  servidumbre  a  la  cual  se  ve  ahora  reducido 
frente  a  su  rey  terrenal.  La  viña  de  Sulamith,  que  ella 
no  supo  guardar,  es  la  tierra  de  Canaán,  ese  dominio  que 
Israel  recibió  de  manos  de  su  Dios  y  Padre,  y  que  tonta- 
mente enajenó,  cuando  se  dió  él  mismo,  con  todo  lo  que 
le  pertenecía,  a  un  soberano  terrestre.  Entonces  fué  sa- 
crificada Sulamith  por  efecto  de  la  cólera  de  sus  herma- 
nos, y  quedó  reducida  a  desempeñar  el  papel  de  guardia- 
na  de  viñas,  es  decir,  fué  obligada  a  guardar  territorios 
extranjeros  (II  Sam.  8^  13 ,  14). 

1476.  Esos  son  los  antecedentes  de  la  acción.  Co- 
mienza ahora  la  prueba,  que  es  a  dos  grados,  pues  cada 
vez  se  inicia  por  un  encuentro  entre  Sulamith  y  Salomón, 
en  el  cual  éste  pone  en  juego  sus  diversos  medios  de  se- 
ducción, y  concluye  en  un  éxtasis  de  aquélla,  durante  el 
cual  busca  o  saborea,  aunque  sólo  en  espíritu,  la  presen- 
cia de  su  amado.  Esos  encuentros  entre  Salomón  y  Su- 
lamith representan  el  atractivo  ejercido  sobre  el  corazón 


LA  PRUEBA  Y  EL  DESENLACE 


215 


israelita  por  el  ideal  de  riqueza  y  de  magnificencia  te- 
rrestre, del  que  fué  Salomón  la  más  perfecta  realización 
histórica,  y  del  que  continúa  siendo  el  tipo  permanente. 
Por  el  espectáculo  de  la  prueba  a  la  cual  está  expuesta 
Sulamith,  quiere  el  poeta  hacer  comprender  al  pueblo 
que  Israel  con  el  establecimiento  de  la  monarquía  se  en- 
cuentra en  posición  crítica.  Está  colocado,  como  la  joven 
que  lo  representa,  entre  dos  atractivos  contrarios:  por  un 
lado,  la  pompa  real  que  deslumhra  sus  miradas  y  lison- 
jea sus  sentidos;  por  el  otro,  el  austero  amor  de  un  Dios 
que  desdeña  el  empleo  de  todo  medio  carnal  para  atraerse 
a  su  pueblo.  Hasta  el  fin,  la  temible  posición  de  Israel  es 
y  será  ésta:  Salomón,  de  un  lado,  Yahvé  del  otro,  de- 
biendo aquél  optar  entre  estos  dos  rivales  que  se  dispu- 
tan su  corazón. 

1477.  Tal  es  el  sentido  de  la  prueba.  El  desenlace 
consiste  en  la  llegada  a  la  escena,  de  Sulamith  y  del  ama- 
do, ahora  reunidos,  y  en  la  solución  dada,  por  algunas 
palabras  enigmáticas  de  la  heroína,  a  todos  los  proble- 
mas que  resultan  de  las  diversas  relaciones  en  las  cuales 
en  adelante  está  empeñado  Israel.  Ese  pastor  que  Sula- 
mith ha  contemplado  en  sus  éxtasis,  está  ahora  ahí,  en 
realidad.  Ella  lo  posee,  nada  podrá  ya  separarlo  de  él. 
Si  las  apariciones  del  amado  en  los  sueños  de  Sulamith 
aluden  a  las  visiones  proféticas,  su  llegada  final  sobre 
la  escena  propiamente  dicha,  figura  la  aparición  real  de 
Yahvé  en  el  teatro  de  la  historia,  es  decir,  su  advenimien- 
to mesiánico,  coronamiento  de  las  apariciones  patriarca- 
les y  de  'las  revelaciones  proféticas.  En  este  advenimiento 
supremo,  como  en  muchas  profecías,  no  se  distinguen 
la  primera  y  la  segunda  aparición  del  Mesías,  su  primera 
venida  y  su  glorioso  retorno.  La  causa  de  la  aparición 
final  de  Yahvé  venimos  a  conocerla  por  el  primer  enig- 
ma, el  del  pastor  que  la  Sulamita  despertó  bajo  el  man- 
zano. El  amado  dormía  en  el  huerto  de  la  casa  de  su 
miadre  y  parecía  haber  olvidado  a  Sulamith,  mientras 
que  ésta  luchaba  por  él  en  las  doradas  habitaciones  de 
Salomón.  Luego  de  recobrada  su  libertad,  allá  se  dirige 
ella,  encontrándolo  bajo  el  manzano  en  que  su  madre  lo 


216 


LíOS  miMtíKOS  ENIGMAS 


había  dado  a  luz  con  dolor.  La  solución  de  este  enigma, 
es  la  siguiente:  A  la  vez  en  el  paraíso  y  en  el  dolor  es 
que  fué  engendrado  el  Mesías,  el  esposo  de  Israel.  En 
efecto,  bajo  el  árbol  de  la  caída,  en  medio  de  las  angus- 
tias de  un  merecido  castigo,  fué  pronunciada  la  promesa 
que.  desde  entonces,  se  cierne,  como  benéfica  nube,  so- 
bre toda  la  historia  de  Israel  y  de  la  humanidad:  "La 
posteridad  de  la  mujer  aplastará  la  cabeza  de  la  ser- 
piente". Estas  palabras  fueron  el  primer  paso  hacia  la 
encarnación.  Por  largo  tiempo  durmió  el  salvador  de  la 
humanidad,  a  la  sombra  del  árbol  bajo  el  cual  había 
sido  engendrado.  Aun  después  que  se  hubo  escogido  una 
novia  (une  fiancée)  sobre  la  tierra,  en  la  persona  de  la 
Iglesia  israelita,  durante  largos  días  pareció  no  preocu- 
parse de  ella,  y  abandonar  Sulamith  cautiva  al  yugo  de 
Salomón.  No  se  presentaba  a  los  suyos  sino  en  los  mo- 
mentos de  la  adoración  y  del  culto,  en  las  horas  proféti- 
cas  del  éxtasis  y  de  las  visiones.  En  posesión  de  su  ama- 
do. Sulamith  celebra  ahora  el  poder  del  lazo  que  los  une 
mutuamente,  el  amor  en  toda  su  sublimidad,  que  no  es 
un  sentimiento  de  origen  humano,  sino  una  llama  de 
Yahvé,  encendida  por  él. 

1478.  Pasemos  al  segundo  enigma,  el  de  la  herma- 
na menor  de  la  Sulamith.  Si  la  Sulamith  representa  a 
Israel,  el  pueblo  escogido  de  Dios,  su  hermana  impúber 
tiene  que  figurar  la  humanidad  pagana,  es  decir,  la  por- 
ción de  la  humanidad  que  no  habiendo  recibido  aún  la 
revelación  de  Yahvé.  es  incapaz  de  sufrir  la  prueba  a  la 
que  fué  sometido  primero  el  pueblo  escogido.  Los  gentiles 
tendrán,  pues,  un  día  que  decidir  de  su  suerte,  así  como 
Israel  está  llamado  desde  ahora  a  hacerlo  de  la  suya. 
Ellos  tendrán  que  optar,  cuando  les  llegue  su  hora,  entre 
los  sueños  de  la  falsa  gloria  y  la  dicha  saboreada  en  el 
amor  de  Yahvé;  entre  el  Mesías  coronado  de  oro  y  el 
Mesías  de  los  cabellos  húmedos,  destilando  las  gotas  del 
rocío  de  la  noche,  o  aún,  con  la  cabeza  coronada  de  espinas. 

1479.  El  tercer  enigma,  el  de  la  viña  (8,  11,  12) 
tiene  esta  solución:  Salomón  posee  vastos  territorios  en 
Baal  Hamón,  nombre  simbólico  que  significa  "dueño  de 


LOS  DOS  ULTIMOS  ENIGMAS 


217 


una  multitud"  de  naciones:  edomitas,  moabitas,  ammoni- 
tas,  sirios  y  filisteos.  Los  tributos  que  pagaban  estos  paí- 
ses, pertenecían  sólo  al  soberano  israelita  y  no  al  pueblo 
de  Israel.  Ese  tributo  es  lo  que  Sulamith  figura  por  los 
mil  sidos  que  los  arrendatarios  de  la  viña  deben  pagar 
al  rey-propietario.  Esos  arrendatarios  son  los  recaudado- 
res reales  en  cada  comarca  sometida.  Israel  debería  es- 
tar exenta  de  esas  contribuciones,  porque  Canaán  es  el 
patririonio  propio  del  pueblo,  y  pagar  tributo  sería  degra- 
darse al  nivel  del  pueblo  conquistado.  Pero  Israel  cometió 
la  locura  de  darse  un  rey,  y  ahora  no  puede  sustraerse  a 
sus  consecuencias;  por  eso  dice  por  boca  de  Sulamith 
que  pagará  a  Salomón  los  mil  sidos,  o  sea,  el  mismo  tri- 
buto que  pagan  los  demás  pueblos.  Al  tomar  sobre  sí 
ese  compromiso  que  resulta  de  la  falta  que  ha  cometido 
de  no  haber  guardado  su  viña,  Israel  establece  como 
condición  que  la  quinta  parte  de  ese  tributo^  esto  es, 
doscientos  sidos,  sean  para  los  guardianes  de  la  viña, 
que  son  los  sacerdotes  y  los  levitas. 

1480.  Y  llegamos,  por  fin,  al  último  enigma,  el  de 
la  huida  del  amado.  El  pastor,  en  la  única  frase  que  el 
poeta  le  hace  pronunciar  (v.  13)  sólo  le  pide  a  su  amiga 
un  canto  suyo,  goce  que  reclama  más  para  sus  compa- 
ñeros, que  para  él  mismo.  Esto  significa  que  lo  que  re- 
gocija el  corazón  de  Yahvé  en  la  tierra,  es  el  canto  que 
sale  del  corazón  de  su  pueblo,  es  el  culto  del  amor.  Pero 
si  quiere  que  se  hagan  oír  los  acentos  de  esta  adoración, 
no  es  por  él,  que  ninguna  necesidad  tiene  de  esos  testi- 
monios exteriores,  sino  por  los  espíritus  celestiales  que  le 
rodean,  que  consideran  como  su  gloria  esas  alabanzas  que 
se  elevan  de  la  tierra.  Son,  pues,  los  ángeles,  "los  compa- 
ñeros que  escuchan  tu  voz".  La  Sulamith  canta  entonces; 
pero  para  incitar  a  su  amado  que  huya  rápidamente  y  se 
vuelva  a  las  montañas  de  donde  ha  descendido.  Con  esto 
Sulamith  quiere  decir  que  el  palacio  real  en  Jerusalem 
está  actualmente  ocupado,  por  lo  que  su  amado  no  en- 
contraría allí  lugar;  ante  Salomón  que  ahora  gobierna 
allí,  debe  aquél  retirarse  por  un  tiempo  más  o  menos  lar- 


218 


LÁ  AUEGORIÁ 


go.  Su  retiro  será  en  la  montaña  de  los  aromas  (1),  es 
decir,  en  el  santuario  elevado  sobre  la  colina  de  Sión, 
donde  mañana  y  tarde  humea  sobre  el  altar  de  oro,  el 
perfume  que  le  ofrece  Israel.  Sólo  después  de  terminada 
la  monarquía  terrestre  de  Salomón,  podrá  venir  Yahvé 
y  cumplir  la  promesa  que  hizo  por  boca  de  Oseas:  "Te 
desposaré  conmigo  para  siempre;  te  uniré  a  mí  en  justi- 
cia y  en  rectitud,  en  misericordia  y  en  compasión.  Te  des- 
posaré, fielmente,  y  conocerás  a  Yahvé"  (2,  19).  Fin 
doloroso,  pero  solemne  de  este  extraño  poema. 

1481.  Tal  es  la  interpretación  que  del  Cantar  de  los 
Cantares,  da  Godet  en  sus  Etudes  Bibliques,  obra  que  ha 
tenido  tanta  aceptación  entre  la  ortodoxia  protestante, 
que  en  el  año  1900  estaba  ya  en  su  5*  edición,  habiendo 
sido  anteriormente  traducida  al  inglés,  al  alemán,  al  sue- 
co, y  hasta  en  parte,  al  español;  siendo  además  esa  ex- 
plicación la  que  también  admite  y  defiende  la  Bible  Anno- 
tée.  Esto  hará  comprender  el  porqué  hemos  expuesto  con 
relativa  extensión  esa  teoría  explicativa,  tratando,  al  ex- 
ponerla, de  emplear  las  mismas  palabras  de  su  autor, 
para  que  nuestros  lectores  la  conozcan  perfectamente.  Al 
leerla  notará  cualquier  desapasionado  lector,  lo  siguiente: 

1482.  1»  La  interpretación  que  se  nos  ofrece  como 
típica,  porque  se  nos  dice  que  tal  personaje  es  el  tipo  de 
tal  cosa,  no  es  sino  una  de  las  varias  clases  de  alegoría 
que  ha  inventado  la  ortodoxia  para  explicar  nuestro  Can- 
tar. En  efecto,  alegoría  es  una  ficción  en  virtud  de  la 
cual  una  cosa  representa  o  significa  otra  diferente.  Poco 
importa  que  lo  que  se  toma  en  sentido  figurado  haya  o 
no  existido,  pues  lo  que  le  da  al  relato  el  carácter  ale- 
górico es  la  sucesión  de  metáforas  consecutivas  que  nos 
presentan  un  cuadro  distinto  del  que  expresan  las  pala- 
bras en  su  sentido  natural  y  obvio.  Alegoría  hay  en  las 
parábolas  de  Jesús,  pues  tras  del  significado,  por  ejem- 
plo, de  dos  vocablos  sembrador_,  semilla,  aves,  siembra  en 

(1)  Recuérdese  que  el  original  no  emplea  el  singular,  co- 
mo pretende  Godet,  sino  que  dice:  "las  montañas  perfumadas" 
o  "de  los  aromas". 


AKBITRAIÍIEDAD  DE  LA  AIíEGORIA  219 

pedregales,  entre  espinas  o  en  tierra  buena,  se  encierra 
un  sentido  oculto,  que  el  Maestro  se  veía  obligado  a  ex- 
plicar para  que  sus  oyentes  comprendiesen  la  enseñanza 
que  con  la  descripción  de  una  siembra  él  quería  dar  (Mat. 
13,  3-23).  Y  alegoría  hay  cuando  Godet  nos  dice  que  en 
nuestro  Cantar  el  pastor  es  Yahvé;  la  amada,  Israel;  Sa- 
lomón, la  monarquía ;  la  hermana  menor,  los  gentiles,  etc. 
Gautier  considera  a  Godet  entre  los  intérpretes  de  la  ale- 
goría teocrática,  según  los  cuales  el  Cantar  pinta  el  amor 
recíproco  de  Yahvé  y  de  Israel,  lo  que  es  también,  según 
hemos  dicho,  la  interpretación  judía,  y  por  eso  era  leída 
esta  obra  en  la  fiesta  de  la  Pascua  (§  28),  puesto  que  en- 
tendían que  la  salida  de  Egipto  indicaba  la  celebración 
del  pacto  íntimo  entre  aquel  dios  y  su  pueblo. 

1483.  2"  Esa  interpretación  alegórica  tiene  todos 
los  inconvenientes  y  se  llega  con  ella  a  todas  las  conclu- 
siones inadmisibles  que  ya  hemos  indicado  (§  1354,  1472). 
No  es  extraño,  pues,  el  desacuerdo  que  se  nota  en  la  sig- 
nificación que  se  le  da  a  cada  uno  de  los  distintos  perso- 
najes; y  así  mientras  para  unos,  Salomón  es  la  monar- 
quía terrestre  o  el  atractivo  mundano,  para  otros  perso- 
nifica a  Dios,  y  para  muchos  representa  el  seductor  o  el 
espíritu  maléfico.  Este  sistema,  en  sus  diversas  formas, 
como  lo  recuerda  Gautier,  es  el  aceptado  por  el  Targum, 
los  midraschim,  Agustín,  los  rabinos  de  la  Edad  Media, 
Lutero  y  muchos  autores  modernos.  La  arbitrariedad  de 
esa  clase  de  interpretación  se  descubre  a  veces  en  las 
explicaciones  que  nos  da  un  mismo  escritor;  y  así  ve- 
mos, por  ejemplo,  que  Godet  en  unas  ocasiones  considera 
a  la  Sulamita  como  el  Israel  ideal,  y  en  otras,  como  el 
simple  pueblo  de  Israel. 

1484.  3''  Prescindiendo  de  las  anteriores  observa- 
ciones, tenemos  que  la  interpretación  de  Godet  descansa 
sobre  una  base  completamente  falsa.  El  autor  tiene  el 
mismo  concepto  teocrático  que  animaba  a  los  antiguos 
profetas  sobre  el  gobierno  de  Israel,  a  saber:  la  edad 
de  oro  de  este  pueblo  fué  la  época  de  los  Jueces,  cuando 
el  único  soberano  era  Yahvé;  el  advenimiento  de  la  mo- 
narquía israelita  fué  un  retroceso;  los  que  implantaron 


220 


BASE  FAlíSA  DE  GODET 


esa  forma  de  gobierno  cometieron  una  locura,  pues  des- 
tronaron a  Yahvé  para  reemplazarlo  por  hombres  imper- 
fectos y  tiránicos.  Esta  es  la  utópica  teoría  antirrealista 
de  I  Sam.  8,  que  hemos  estudiado  en  nuestro  tomo  II, 
§  775-784.  párrafos  a  los  cuales  remitimos  al  lector,  para 
no  repetirnos  inútilmente.  En  cuanto  a  considerar  la  épo- 
ca anárquica  de  los  Jueces,  — en  la  cual  cada  uno  hacía  lo 
que  le  parecía,  en  la  que  no  había  autoridad  central  para 
reprimir  las  luchas  tribales,  ni  para  castigar  a  los  delin- 
cuentes, ni  para  combatir  las  incursiones  depredatorias 
de  las  tribus  enemigas  fronterizas,  que  vivían  del  pilla- 
je,—  considerar,  decimos,  esa  época  como  la  edad  de  oro 
de  Israel,  es  otro  absurdo  histórico,  que  sólo  lo  puede 
aceptar  y  defender  la  ortodoxia  empeñada  en  hacernos 
creer  que  entonces  Israel  estaba  gobernado  directamente 
por  Yahvé.  Ya  hemos  discutido  esa  opinión  sustentada 
en  L.B.A.,  donde  quizás  la  desarrolló  el  propio  Godet, 
colaborador  de  esa  obra,  y  puede  el  lector  enterarse  de 
nuestra  respuesta  en  §  718-721. 

1485.  4'  Godet  para  sostener  su  tesis,  altera  deli- 
beradamente los  datos  de  la  historia,  como  cuando  mani- 
fiesta que  "la  pompa  de  una  corte  brillante  y  el  poder 
de  un  soberano  visible  sedu.i'eron  el  corazón  de  Israel; 
cedió  a  esa  carnal  inclinación  y  locamente  cambió  su  in- 
idependencia  primitiva  por  la  servidumbre  de  un  rey 
terrenal".  Ahora  bien,  lo  que  indujo  a  los  hebreos  a  acep- 
tar un  monarca  que  los  gobernara,  fué  la  suprema  ley 
de  la  necesidad,  no  sólo  para  salir  del  estado  anárquico 
reinante  que  impedía  todo  progreso,  sino  para  no  ser  ex- 
poliados y  esclavizados  principalmente  por  los  ammoni- 
tas,  amalecitas  y  filisteos.  Léase  en  comprobación  nues- 
tro caüítulo  XIV,  en  el  tomo  II.  Hubieran  los  israelitas 
procedido  locamente,  si  no  hubieran  escogido  un  rey  que 
los  gobernara  y  los  defendiera  de  los  enemigos  que  les 
hacían  imposible  la  vida  tranquila  y  pacífica,  impidién- 
doles disfrutar  de  los  productos  de  su  trabajo,,  Otro  ab- 
surdo es  sostener  que  "la  viña  de  Sulamith,  que  ella  no 
supo  guardar,  es  la  tierra  de  Canaán  ese  dominio  que  Is- 
rael recibió  de  Yahvé  y  que  tontamente  enagenó  cuando 


ALTERACION  DE  LA  HISTORIA 


221 


se  dió  él  mismo,  con  todo  lo  que  le  pertenecía,  a  un  sobe- 
rano terrestre".  Si  Canaán  antes  de  la  monarquía,  era  la 
heredad  de  Yahvé  (§  620),  es  indudable  que  siguió  sién- 
dolo después  de  instituida  allí  esa  forma  de  gobierno, 
porque  él  continuó  siendo  el  dios  nacional  como  anterior- 
mente. Por  lo  tanto  no  hubo  tal  enagenación  del  patrimo- 
nio israelita;  lo  hubiera  habido  en  sentido  metafórico,  y 
sería  admisible  la  alegoría,  si  Israel  después  de  haber 
tenido  a  Yahvé  como  dios,  lo  hubiera  sustituido  por  cual- 
quier otra  divinidad  de  los  países  vecinos;  entonces,  sí, 
que  cabría  decir  que  Yahvé  había  perdido  su  heredad,  y 
que  Israel  a  quien  dicho  dios  nacional  se  la  había  con- 
fiado, no  había  sabido  guardarla, 

1486.  5«  Continúa  Godet  dando  libre  curso  a  su  ima- 
ginación cuando  escribe  que  "el  poeta  quiere  hacer  com- 
prender que  Israel  con  el  establecimiento  de  la  monar- 
quía se  encuentra  colocado  entre  dos  atractivos  contra- 
rios: por  un  lado,  la  pompa  real  que  deslumhra  sus  mira- 
das y  lisonjea  sus  sentidos;  por  el  otro,  el  austero  amor 
de  un  dios  que  desdeña  el  empleo  de  todo  medio  carnal 
para  atraerse  a  su  pueblo".  He  aquí  dos  afirmaciones 
que  encierran  dos  falsedades.  En  efecto,  nunca  hubo  opo- 
sición en  Israel  entre  el  acatamiento  a  la  monarquía  y  la 
devoción  a  su  dios  nacional.  Ni  siquiera  el  deslumbrador 
brillo  de  la  pompa  de  la  corte  salomónica  fué  un  obstácu- 
lo para  que  las  cuatro  quintas  partes  del  pueblo  israelita 
abandonaran  al  sucesor  de  Salomón  y  a  Jerusalem  con 
todos  sus  atractivos  mundanos,  y  constituyeran  un  Es- 
tado aparte  con  una  capital  y  un  soberano  más  modestos, 
como  hemos  dicho  (pág.  6  y  §  1346-7)  y  como  más  ade- 
lante veremos.  Y  en  cuanto  a  aue  Yahvé  fuera  durante 
la  monarquía  un  dios  que  desdeñaba  el  empleo  de  medios 
materiales  para  atraerse  a  su  pueblo,  es  otra  aseveración 
desprovista  de  todo  fundamento  histórico;  más  aún,  es 
un  verdadero  anacronism.o,  pues  la  religión  de  Yahvé  fué 
siempre  una  religión  de  carnicería^  con  un  ceremonial 
que  se  fué  haciendo  cada  vez  más  complicado  para  cauti- 
var al  pueblo,  a  despecho  de  las  prédicas  de  los  profetas 
de  los  siglos  VIII  y  VII,  que  combatieron  sin  éxito  esos 


222 


LOS  DESPOSORIOS  DE  YAHVE  CON  ISRAEL 


sacrificios  y  esas  prácticas  formalistas.  En  tales  ense- 
ñanzas proféticas  fué  que  más  tarde  se  inspiró  Jesús  para 
exponer  su  doctrina  de  que  a  Dios  se  le  debe  adorar  tan 
sólo  en  espíritu  y  en  verdad. 

1487.  6'  Godet,  como  buen  ortodoxo,  juzga  verda- 
deros el  relato  del  paraíso  y  de  la  caída,  que  nos  relatan 
los  primeros  capítulos  del  Génesis.  En  tomos  posteriores 
mostraremos  que  tal  creencia  carece  de  realidad  histó- 
rica. Nótese  también  que  carece  de  todo  sentido  la  afir- 
mación final  de  que  Yahvé  tuvo  que  retirarse  al  templo, 
(§  1391)  mientras  duró  la  monarquía  terrestre,  y  que 
sólo  después  estuvo  en  condiciones  de  poder  cumplir  su 
promesa  de  desposarse  con  Israel  para  siempre  (§  1480). 
Ignoramos  qué  es  lo  que  pretendió  expresar  Godet  con 
esto,  pues  terminada  la  monarquía,  al  comienzo  del  siglo 
VI,  Yahvé  tuvo  que  escaparse  del  templo,  lugar  de  su 
retiro,  según  así  lo  vió  Ezequiel  (10,  11) ;  luego  vino  el 
período  del  destierro,  y  finalmente  la  restauración,  o  sea, 
la  vuelta  al  terruño  de  los  deportados,  bajo  el  yugo  de 
dominadores  extranjeros,  que  se  sucedieron  en  este  or- 
den: persas,  griegos  y  romanos  (véase  la  Introducción). 
¿Cuando  fué,  pues,  que  ocurrieron,  en  esos  cinco  siglos, 
los  eternos  desposorios  de  Yahvé  con  Israel  anunciados 
por  Oseas?  ¿O  lo  que  quiso  manifestar  Godet  es  que  to- 
davía están  por  realizarse  esos  desposorios  celestiales? 
Es  muy  fácil  formar  bonitas  frases;  pero  resultan  con- 
traproducentes y  muestran  la  carencia  de  razones  para 
apuntalar  la  tesis  que  se  defiende,  cuando  al  comprimir- 
las buscándoseles  sentido,  resultan  sólo  brillantes  pom- 
pas de  jabón  desprovistas  de  contenido  real,  como  en  es- 
te caso. 

1488.  7'  Obsérvese  igualmente  que  con  su  explica- 
ción alegórica,  — como  ocurre  siempre  que  se  emplea 
ese  sistema  de  interpretación, —  Godet  nos  ha  escamo- 
teado todas  las  más  bellas  e  interesantes  descripciones 
del  poema.  Leyendo  la  explicación  de  ese  exégeta,  sin 
haber  leído  el  Cantar,  ¿podría  alguien  jamás  suponer, 
que  éste,  en  su  mayor  parte,  no  es  otra  cosa  que  una  su- 
cesión de  cuadros  en  los  que  se  ensalza  la  belleza  de  l^g 


ALEGORIA  BIBLICA  DEL  MATRIMONIO 


223 


distintas  partes  del  cuerpo  de  la  mujer  amada,  hasta  la 
de  aquellas  que  el  recato  de  todos  los  pueblos  ha  cubierto 
con  una  prenda  de  ropa,  o  por  lo  menos,  con  un  cinturón 
de  plumas  o  de  hojas?  Ya  mostraremos  en  qué  quedan 
reducidos  los  empeñosos  esfuerzos  de  todos  los  ortodoxos 
para  no  ver  en  todo  el  poema  sino  el  relato  del  más  puro 
y  casto  de  los  amores. 

1489.  Y  8'  Terminamos  nuestras  breves  reflexiones 
sobre  la  explicación  que  del  Cantar  nos  da  Godet,  con 
unas  palabras  de  Gautier  sobre  la  interpretación  típica 
que  pretende  haber  realizado  aquel  autor,  como  la  de 
aquellos  que  entienden  que  dicha  obra  canta  el  amor  hu- 
mano en  su  pureza,  sin  perjuicio  de  agregarle  al  mismo 
un  significado  espiritual  y  religioso.  Dice  así  Gautier: 
"La  interpretación  típica  es  un  método  puramente  sub- 
jetivo, que  el  lector  puede  usar  o  no;  es  de  aphcación  emi- 
nentemente variable,  por  no  decir  arbitraria,  pues  se  mo- 
difica según  las  épocas,  los  medios,  las  necesidades.  La 
interpretación  típica  del  Cantar  levanta  además,  las  mis- 
mas objeciones  que  su  interpretación  alegórica,  por  poca 
repugnancia  que  se  tenga  en  ver  las  cosas  divinas  figu- 
radas bajo  emblemas  excesivamente  terrestres.  Levanta 
todavía  aún  más  objeciones,  puesto  que  no  se  tiene  el  re- 
curso de  invocar,  como  circunstancia  atenuante,  las  pre- 
tendidas costumbres  de  una  antigüedad  poco  refinada. 
Nada  tiene  que  ver  aquí  el  autor  antiguo;  es  en  el  intér- 
prete moderno  en  quien  recae  la  delicada  tarea  de  trans- 
formar pinturas  completamente  humanas,  y  hasta  a  ve- 
ces muy  reahstas,  en  cuadros  puramente  espirituales" 
(11,  p.  132). 

♦■<■  ... 

LA  ALEGORÍA  BÍBLICA  DEL  MATRIMONIO.  — 
1490.  Descartada,  pues,  por  inaceptable  la  explicación 
de  F.  Godet,  se  comprenderá  con  cuanta  razón  suscribi- 
mos a  las  siguientes  sensatas  consideraciones  que  un  sa- 
bio cristiano,  eminente  hebraísta  y  profundo  exégeta 
como  Eduardo  Reuss,  formula  al  comentar  1,  2-10  de 
este  Cántico:  "Cuando  se  leen  estas  estrofas  sin  pre- 
juicio, no  es  posible  dejar  de  admitir  que  expresan  una 


224 


ALEGORIA  BIBLICA  DEL  MATRIMONIO 


cálida  pasión  que  se  siente  segura  de  Rer  compartida... 
El  presente  trozo  excede  los  límites  que  el  lenguaje  del 
amor  parecía  haber  respetado  en  los  otros  anteriores. 
Tan  cierto  es  esto,  que  hemos  tenido  que  omitir  toda 
una  estrofa  (véase  nuestra  nota  2  de  pág.  186),  porque 
no  quisimos  falsear  el  texto  con  circunlocuciones  o  eufe- 
mismos ridículos  que  lo  desnaturalizarían,  como  se  hace 
ordinariamente,  y  que  una  transcripción  literal  nos  está 
prohibida  por  las  más  elementales  conveniencias . . .  Des- 
de el  principio  sabemos  que  el  feliz  amante  nada  más 
tiene  que  desear;  pero  lejos  de  haberse  calmado  por  el 
goce,  su  pasión  se  ha  vuelto  más  ardiente.  La  declara, 
representándose  nuevamente  atractivos  que  antes  ya  ha- 
bía cantado  (4,  5,  6),  y  encareciéndolos  aún  sobre  las  pre- 
cedentes descripciones.  Nos  abstenemos  de  criticar,  en 
nombre  de  las  reglas  de  la  decencia,  las  efusiones  dema- 
siado poco  medidas  de  su  delirio  amoroso.  Reservemos 
más  bien  esta  crítica  para  la  tontería  de  los  que  pusieron 
estos  poemas  en  la  Biblia,  a  pesar  de  la  oposición  de  los 
doctores  sensatos  de  la  Sinagoga,  y  compadezcamos  a 
quienes,  porque  en  ella  los  han  encontrado,  tanto  han 
trabajado  para  alterar  su  sentido". 

1491.  De  igual  modo,  Luciano  Gautier,  otro  hebraís- 
ta distinguido  también,  doctor  en  Teología  y  en  Filoso- 
fía, con  cuya  amistad  nos  hemos  honrado,  después  de 
exponer  en  su  magistral  "Introduction  a  l'A.  T."  los  di- 
versos sistemas  de  aplicación  de  la  alegoría  a  este  Can- 
tar, escribe  lo  siguiente:  "Este  resumen  permite  discer- 
nir sin  esfuerzo  la  mayor  o  menor  verosimilitud  y  valor 
que  se  puede  reconocer  a  esos  sistemas.  Hay  algunos  de 
ellos  cuya  ingeniosidad  excesiva  no  constituye  un  título 
de  recomendación;  y  hay  otros  que  desconociendo  las  re- 
glas de  toda  interpretación  histórica,  se  transportan  sin 
escrúpulos  en  plimo  cristianismo.  Pero  cualesquiera  que 
pudieran  ser  sus  méritos  o  sus  defectos,  todos  vienen  a 
tropezar  con  la  misma  dificultad  fundamental.  Nada  au- 
toriza a  ver  una  alegoría  en  el  Cantar  de  los  Cantares, 
ni  a  atribuir  otro  alcance  a  estos  cantos  de  amor  que  su 
significación  natural  e  inmediata,  pues  no  existe  en  ellos 


ALEGORIA  BIBLICA  DEL  MATRIMONIO 


225 


el  menor  vestigio  de  preocupación  religiosa.  Más  aún,  la 
misma  naturaleza  de  los  temas  tratados,  la  forma  que 
revisten  estas  poesías,  el  lenguaje  que  en  ellas  se  habla, 
todo  descarta  la  idea  que  pueda  tratarse  del  más  augusto 
y  del  más  elevado  de  los  temas:  las  relaciones  de  la  cria- 
tura con  su  Dios"  (II,  p.  131). 

1492.  Pero  los  ortodoxos  partidarios  del  sistema 
alegórico  insisten  en  defender  su  sistema,  pues  de  lo  con- 
trario tendrían  que  aceptar  que  hay  por  lo  menos  un 
libro  bíblico  carente  de  inspiración  divina.  Oigamos  al 
respecto  lo  que  nos  dicen  los  más  autorizados  y  moder- 
nos representantes  de  la  ortodoxia  católica,  los  jesuítas 
Cornely  y  Merk:  "Muy  a  menudo  en  todo  el  A.T.,  la 
unión  contraída  por  Yahvé  con  el  pueblo  de  Israel,  se 
presenta  bajo  la  alegoría  del  matrimonio  (Is.  54,  5;  62,  5; 
Jer.  2,  5;  3,  l,  ss.;  Ezeq.  16,  6,  ss.;  23,  1-49;  Os.  1-2,  3,  etc.) 
y  se  supone  aún  esta  alegoría  cuando  se  compara  la  ido- 
latría con  la  fornicación  (Ex.  34,  55;  Lev,  20,  5,  6,  etc.). 
De  la  misma  alegoría  se  sirvieron  los  Apóstoles  para  de- 
signar la  unión  íntima  del  Cristo  y  de  la  Iglesia  (Ef.  5, 
23,  ss. ;  II  Cor.  11,  2',  Apoc.  19,  7,  etc.) ;  y  siguieron  ellos 
en  esto  a  Nuestro  Señor,  quien  se  había  llamado  a  sí 
mismo  el  esposo,  quien  había  sido  designado  bajo  este 
nombre  por  San  Juan  Bautista,  y  quien  en  sus  parábolas 
se  había  servido  a  menudo  de  la  imagen  de  las  bodas 
(Mat.  9,  15;  Juan  3,  29-,  Mat.  22,  1,  ss.;  25,  1,  ss.).  Ahora 
bien,  la  antigua  Sinagoga  y  la  Iglesia  reconocieron  la 
misma  imagen  en  el  Cántico.  Tan  bien  pensó  la  Sinagoga 
que  en  éste  se  describen  el  mutuo  amor  de  Dios  y  de  su 
pueblo  escogido,  que  toda  la  paráfrasis  caldea  del  libro 
es  una  continua  descripción  de  las  relaciones  que,  desde 
la  salida  de  Egipto,  existieron  entre  Yahvé  y  los  hijos 
de  Israel.  En  cuanto  a  los  Padres,  todos  interpretaron  el 
Cántico  aplicándolo  a  la  unión  mística  del  Cristo  y  de  la 
Iglesia:  "para  ellos  el  Cristo  es  el  esposo;  la  Iglesia  es 
la  esposa  sin  mancha  ni  arrugas"  (orígenes).  Esas  dos 
explicaciones  no  se  excluyen,  sino  que  se  completan,  pues- 
to que  la  Iglesia  es  la  continuación  más  perfecta  de  la 
antigua  Sinagoga,  y  que  el  A.  T.  todo  entero,  con  sus 


226 


LA  MUJER  DE  OSEAS 


privilegios,  es  el  tipo  imperfecto  de  la  nueva  economía 
de  la  gracia"  (I,  p.  635-6). 

1493.  Para  comprobar  la  inconsistencia  de  esta  de- 
fensa, no  hay  más  que  tomar  una  Biblia  y  leer  ios  textos 
citados  por  Cornely  y  Merk,  y  en  seguida  se  verá  que  en 
los  casos  en  que  el  escritor  bíblico  emplea  la  citada  ima- 
gen de  la  unión  conyugal  de  Yahvé  con  su  pueblo,  lo 
hace  con  un  fin  clara  y  expresamente  religioso.  Conviene 
recordar,  al  efecto,  el  origen  de  esa  imagen.  En  los  tiem- 
pos antiguos,  el  dios  madianita  Yahvé  convertido  gra- 
cias a  Moisés  en  el  dios  de  las  tribus  israelitas,  tuvo  los 
caracteres  que  hemos  expuesto  detalladamente  en  el  ca- 
pítulo IX  del  tomo  I,  a  saber,  era  un  dios  de  la  tempestad 
y  del  fuego,  violento,  colérico,  vengativo  y  celosamente 
exclusivista  (§  396),  aun  cuando  en  ciertos  períodos  no 
demostró  este  último  carácter.  Según  veremos  en  tomos 
posteriores,  fué  el  profeta  Oseas,  a  mediados  del  siglo 
VIII,  quien  descubrió  en  Yahvé  un  dios  cariñoso,  como 
poco  antes  el  profeta  Amós  hizo  también  el  descubri- 
miento de  que  Yahvé  era  ante  todo  un  dios  justo.  Oseas, 
temperamento  sentimental,  que  adoraba  a  su  mujer  a 
pesar  de  sus  infidelidades,  fué  el  primero  que  transportó 
al  terreno  de  la  religión  aquel  conflicto  doméstico  que 
tanto  lo  hacía  sufrir.  E  imaginó  entonces  que  la  ahanza 
de  Yahvé  con  Israel  debería  ser  como  la  unión  que  él 
había  celebrado  con  una  prostituta,  la  que  a  despecho  de 
su  ternura,  seguía  adulterando  con  distintos  amantes. 
Así,  decía  él,  Israel  continúa  adorando  a  los  baales,  en 
vez  de  ser  fiel  a  su  dios  nacional  con  el  cual  celebró 
alianza,  la  que,  en  su  imaginación,  convirtió  él  en  alianza 
matrimonial.  De  ahí  su  prédica  para  que  el  pueblo  ado- 
rara únicamente  a  Yahvé,  y  de  ahí  que  empleara  los  vo- 
cablos prostitución  o  adulterio  aplicándolos  a  Israel  para 
significar  que  había  éste  abandonado  la  fidelidad  debida 
a  su  legítimo  esposo,  imágenes  que  después  tuvieron  for- 
tuna en  la  terminología  de  los  escritores  que  le  sucedie- 
ron (§  601).  Reconocido  desde  entonces  que  Yahvé  era 
un  dios  de  amor,  los  profetas  posteriores,  como  Jeremías, 
Ezequiel  y  el  2?  Isaías,  continuaron  usando  de  la  ale- 


LA  LITERATURA  MISTICA  Y  lA  PROFANA 


227 


goría  del  matrimonio  de  Yahvé  con  su  pueblo,  para  inci- 
tar a  éste  a  que  sólo  adorara  su  dios  nacional.  Pero  nó- 
tese bien,  y  esto  es  capital,  que  en  todos  esos  casos  no 
se  trata  de  ningún  misterio,  ni  de  lenguaje  encubierto, 
sino  de  una  imagen  que  el  mismo  escritor,  en  cada  caso, 
se  encargaba  de  aclarar  diciendo  que  el  fin  perseguido 
era  que  el  pueblo  amara  a  su  dios  y  únicamente  a  él  le 
rindiera  culto.  Compárese  ahora  cualesquiera  de  los  pa- 
sajes de  esos  profetas  con  los  de  nuestro  Cantar,  y  sal- 
tará de  inmediato  a  la  vista  la  diferencia  entre  unos  y 
otros :  con  aquéllos  se  busca  una  finalidad  religiosa,  mien- 
tras que  en  éstos  la  religión  está  excluida  por  completo, 
como  ya  lo  hemos  hecho  notar.  Aquéllos  constituyen  una 
literatura  mística;  éstos,  una  completamente  profana, 
con  un  lenguaje  tan  escabroso,  que  constituye  verdadera 
irreverencia  pretender  dar  a  sus  términos  realistas  un 
sentido  espiritual.  Y  lo  que  decimos  del  A.T.,  con  igual 
o  mayor  razón  es  aplicable  al  Nuevo. 

1494.  Corroborando  lo  expuesto,  escribe  Reuss:  "Sin 
duda  los  profetas  emplearon  más  de  una  vez  la  alegoría 
de  la  relación  conyugal,  cuando  querían  hablar  de  la 
unión  de  Yahvé  y  de  Israel;  pero  por  una  parte,  sus  dis- 
cursos no  dejan  subsistir  la  menor  duda  respecto  de  su 
intención,  y  por  la  otra,  no  debe  olvidarse  que  aún  aquel 
que  se  aventura  a  levantar  el  velo  más  de  lo  que  la  de- 
cencia lo  permitiría  (clara  alusión  a  Ezequiel,  como  lo 
veremos  al  estudiarlo)  ,  no  lo  hace  sino  para  expresar  la  re- 
pugnancia que  le  inspira  la  corrupción  religiosa  y  moral  de 
sus  contemporáneos,  y  en  manera  alguna  para  halagar  los 
sentidos,  ni  para  hacer  descarriar  los  corazones  inexper- 
tos" (Le  Cantique,  p.  8).  Gautier  confirma  igualmente  lo 
que  dejamos  dicho,  cuando  expresa:  "Quizás  se  objete  que 
los  profetas  Oseas,  Jeremías  y  Ezequiel  pintaron  la  rela- 
ción de  Yahvé  con  su  pueblo  bajo  la  imagen  de  la  unión 
conyugal,  y  que  prepararon  así  el  camino  al  apóstol  Pablo, 
usando  de  la  misma  comparación  a  propósito  de  Cristo  y 
de  la  Iglesia  (véase  también  el  Apocalipsis).  Esta  obje- 
ción no  nos  detiene;  por  el  contrario,  basta  observar  la 
actitud  tomada  por  los  profetas,  los  términos  que  em- 


228 


DOBIiE  SENTTOO  DEL  CANTAR 


plean,  el  papel  que  prestan  a  Dios,  y  luego  constatar  los 
resultados  a  los  cuales  conduce  la  interpretación  alegórica 
del  Cantar,  para  comprender  cuan  grande  es  el  abismo 
que  separa  estos  dos  órdenes  de  hechos.  Los  menciona- 
dos textos  proféticos  hablan  del  amor  que  siente  Dios 
por  Israel;  pero  sin  perder  la  dignidad  que  requiere  se- 
mejante tema.  La  interpretación  alegórica  del  Cantar 
llega  a  muy  distintas  representaciones.  No  es  aquí  el 
caso  de  citar  el  omnia  pura  puris  (al  puro,  todas  las  cosas 
le  son  puras),  porque  es  legítimo  sin  faltar  al  sentido  de 
la  pureza,  el  pedir  alguna  reverencia  en  la  manera  como 
se  hace  hablar  a  Dios,  y  como  se  habla  de  él.  No  supone 
estar  desprovisto  de  sentido  histórico  el  hecho  de  rehu- 
sarse uno  a  admitir  el  empleo  de  imágenes  tan  escabro- 
sas, aun  cuando  se  trate  de  un  poeta  oriental  y  de  la 
antigüedad.  Por  otra  parte  poseemos  la  literatura  reli- 
giosa de  su  pueblo,  y  nada  nos  autoriza  a  creer  que  haya 
podido  un  israelita  expresarse  de  ese  modo,  pretendien- 
do hacer  una  obra  piadosa"  (II,  p.  131). 

PALABRAS  DE  DOBLE  SENTIDO  EN  EL  CAN- 
TAR. —  1495.  Después  de  lo  expuesto,  se  comprenderá 
fácilmente  con  cuanta  razón  la  ciencia  bíblica  indepen- 
diente ha  abandonado  por  completo  el  sistema  alegórico 
aplicado  al  Cantar  de  los  Cantares,  que  primó  casi  sin 
contradictores  hasta  el  siglo  XIX  n.  e.  Sólo  voces  aisla- 
das se  oyeron  contra  ese  irracional  modo  de  explicarlo, 
y  de  entre  ellas  únicamente  citaremos  las  de  tres  escri- 
tores de  las  distintas  ortodoxias,  a  saber:  un  católico, 
un  judío  y  un  protestante.  1"  Teodoro,  obispo  de  Mop- 
suesto.  en  Cilicia,  a  fines  del  siglo  IV  y  principio  del  V 
n.  e.,  se  atuvo  al  sentido  literal  de  ese  libro  bíblico,  por 
lo  que  fué  anatematizado,  cien  años  después  de  su  muer- 
te, por  el  segundo  concilio  de  Constantinopla  (año  553). 
2'  El  judío  Aben-Esra,  en  el  siglo  XII  n.  e.,  aunque  ad- 
mitiendo la  interpretación  alegórica,  sostenía  que  el  fon- 
do del  Cantar  es  el  amor  que  se  profesan  y  manifiestan 
un  pastor  y  una  pastora.  Y  3'  En  el  siglo  XVI  n.  e.,  el 
distinguido  humanista  saboyano,  Sebastián  Castellión, 


DOBLE  SENTroO  EN  EL  CAJVTAJR 


229 


piadoso  predicador  evangélico,  se  vió  atacado  y  persegui- 
do por  Calvino,  quien  le  reprochaba  el  haber  aceptado 
sólo  la  interpretación  literal  y  en  consecuencia  haber  ne- 
gado la  inspiración  del  Cantar,  lo  que  para  este  refor- 
mador constituía  un  gravísimo  peligro,  porque  quebran- 
taba la  autoridad  absoluta  de  la  Biblia,  piedra  angular, 
para  él,  de  la  fe  y  de  la  vida. 

1496.  La  exégesis  antidogmática  sostiene  hoy,  de 
acuerdo  con  lo  que  hace  más  de  quince  lustros  exponía 
Renán,  que  "no  solamente  no  se  descubre  en  el  libro 
profano  de  El  Cantar  de  los  Cantares  ninguna  segunda 
intención  mística,  sino  que  la  contextura  y  el  plan  del 
poema  excluyen  completamente  la  idea  de  una  alegoría. 
El  tono  y  las  imágenes  de  los  trozos  apasionados,  son  los 
que  se  emplean  en  los  cantos  de  amor  árabes,  en  los  cua- 
les jamás  se  ha  pretendido  encontrar  el  menor  vestigio  de 
simbolismo  religioso"  (El  Cantar,  p.  130-1).  El  hecho  de 
que  nos  atengamos  a  la  interpretación  literal  del  poema, 
no  excluye  que  reconozcamos  que  el  poeta,  en  ciertos  ca- 
sos, empleó  imágenes  o  vocablos  en  sentido  figurado ;  pero 
ese  doble  sentido,  que  él,  o  un  glosador,  se  encarga  de 
explicar,  no  sólo  nada  tiene  de  místico,  sino  por  el  con- 
trario, encierra  mucho  de  sensual,  picaresco  y  malicioso. 
Y  en  prueba  de  ello  recordemos  aquellos  versos  del  final 
del  cap.  4,  y  principio  del  5,  en  que  se  identifica  a  la 
amada  con  un  .iardín,  con  sus  árboles  y  flores,  y  con  la 
fuente  que  lo  riega: 

¡Oh  hermana,  esposa  mía. 

Eres  jardín  cerrado,  fuente  sellado,, 

Vergel  donde  crecen  granados 

Con  árholes  de  exquisitas  frutas, 

Donde  juntos  se  desarrollan 

•El  jazmín  con  el  nardo. 

El  azafrán,  la  canela  y  el  cinamono, 

Y  todos  los  arbustos  odoríferos. 

La  mirra,  el  áloe  y  los  más  excelentes  aromas, 

Fuente  eres  en  medio  del  jardín 

Pozo  de  aguas  vivas, 


230 


LA  AMADA  ES  \TS  JARDIN 


Arroyuelo  que  desciende  del  Líbano. 
— "Entre  mi  amado  en  su  jardín, 
Y  coma  de  sus  exquisitos  frutos". 
— He  entrado  en  mi  jardín, 
Oh  hermana,  esposa  mía, 
Recojo  mi  mirra  y  mi  bálsamo. 
Como  mi  miel  con  los  panales, 
Bebo  mi  vino  y  mi  leche..,. 

1497.  Nótese  que  en  estos  versos  se  figuran  a  dos 
personas  que  hablan  o  cantan:  el  amado  y  la  amada,  o 
el  esposo  y  la  esposa.  El  primero  lisonjea  o  requiebra  a 
la  segunda,  llamándola  un  jardín  cerrado,  lleno  de  plan- 
tas olorosas  que  sirven  para  la  fabricación  de  perfumes 
artificiales,  con  lo  que  indudablemente  quiere  referirse 
a  sus  encantos  físicos.  La  esposa  halagada  con  estos  re- 
quiebros le  contesta:  "ENTRE  mi  amado  en  su  jardín,  y 
COMA  de  sus  exquisitos  frutos".  Los  piropos  del  hom- 
bre explican  sin  lugar  a  dudas,  el  sentido  de  la  respues- 
ta de  la  mujer;  y  alguno,  que  poco  lince,  no  lo  compren- 
diera, le  diremos  que  "entrar  al  jardín  o  descender  a  él,  y 
comer  de  sus  frutos,  o  recoger  las  flores  o  los  perfumes 
de  las  plantas  del  mismo",  son  aquí  otras  tantas  perífra- 
sis o  circunlocuciones  con  las  cuales  el  autor  quiere  cla- 
ramente dar  a  entender  el  abandono  amoroso  de  la  pro- 
tagonista en  brazos  de  su  amante.  Obsérvese  el  uso  de 
los  posesivos  que  confirman  lo  expuesto:  "Entre  mi  ama- 
do en  SU  jardín",  dice  ella:  y  responde  él:  "He  entrado 
en  MI  jardín,  recojo  MI  mirra  y  MI  bálsamo,  como  MI 
miel,  bebo  MI  vino  y  MI  leche".  Esos  posesivos  mues- 
tran evidentemente  la  completa  posesión  que  ha  tomado 
el  esposo  o  amante  de  todos  los  encantos  femeniles  de  su 
amada.  Corroborando  esto,  escribe  Dussaud:  "La  joven 
es  el  jardín  del  amado,  quien  penetra  en  el  jardín  y  come 
sus  exquisitos  frutos:  esta  fórmula  indica  el  final  de  los 
transportes  amorosos"  (Lí>  Cantique,  p.  76).  Ahora,  pues, 
ya  no  nos  sorprenderá,  — lo  que  tanto  escándalo  nos  cau- 
saba en  la  interpretación  alegórica, —  que  el  esposo  en- 
salce y  pondere  la  más  íntimas  partes  del  cuerpo  de  su 


LA  AMAliA^  FUENTE  SELLABA 


231 


esposa,  ocultas  o  ignoradas  para  todo  el  mundo,  menos 
para  él.  que  "ha  entrado  en  su  jardín".  Esa  posesión  to- 
tal de  la  esposa  por  el  esposo  resulta  igualmente  expre- 
sada con  claridad  en  estos  versos: 

DESCENDIÓ  mi  amado  a  Sü  jardín, 
Para  juntar  lirios  allí. 
De  mi  amado  soy  y  mío  es  nii  amado, 
ÉL,  QUE  ENTRE  LOS  LIRIOS  SE  SOLAZA  (1) 

(6,  2,  3). 

1498.  Idéntico  significado  tienen  las  metáforas  se- 
gún las  cuales  la  amada  es  manantial  bien  cerrado,  fuen- 
te sellada,  pozo  de  aguas  vivas  en  medio  del  jardín.  Nota 
Reuss  que  una  fuente  de  aguas  vivas  y  frescas  es  un 
bien  inapreciable  y  el  más  hermoso  ornato  de  un  jardín, 
sobre  todo  en  país  cálido  y  mal  regado.  Esto  explica  el 
interés  que  tiene  su  propietario  en  guardarla  y  explotar- 
la para  sí  únicamente,  por  lo  que  la  posesión  de  un  pozo 
podía  originar  querellas  entre  vecinos,  como  las  que  nos 
refiere  el  Génesis  entre  Abraham  y  Abimelec  (21,  25). 
Al  identificar,  pues,  a  la  esposa  con  manantial  bien  ce- 
rrado y  fuente  sellada,  quiere  significar  el  esposo  que 
aquélla  es  toda  suya,  que  a  él  sólo  le  pertenece,  por  eso 
tres  veces  se  pone  en  boca  de  la  enamorada,  la  frase: 
"Mi  amado  es  mío  y  yo  soy  de  él"  (2^  16;  6,  3;  7,  10). 
Siendo  por  lo  tanto  su  esposa  un  manantial  bien  cerrado, 
únicamente  él,  como  dueño  de  esa  fuente  es  quien  puede 
beber  del  agua  de  la  misma,  o  sea,  gozar  de  ella,  como 
así  se  expresa  sin  rodeos,  cuando  el  moralista  de  los 
Proverbios,  que  aconseja  al  hombre  casado  que  huya  de 
la  mujer  adúltera,  emplea  la  misma  metáfora  de  que 
éste  se  contente  con  beber  tan  sólo  las  aguas  de  su  pro- 
pio aljibe,  indicando  así  que  no  busque  otros  goces  que 
los  que  le  brinda  su  mujer  legítima,  según  se  ve  a  con- 
tinuación : 


(1)    Véase  en  la  Biblia  de  iPratt,  la  nota  b,  en  6,  3. 


232 


ANTIGUOS  CONSEJOS  EGIPCIOS 


15  Bebe  las  aguas  de  tu  misma  cisterna^ 

Y  los  raudales  de  tu  pozo. 

16  ¿Acaso  deben  tus  fuentes  derramarse  afuera 

Y  tus  corrientes  de  aguas  en  las  plazas  públicasf 

17  Sean  tuyas  solamente,  ~^ 

Y  no  tengan  parte  en  ellas  los  extraños. 

18  Sea  para  ti  sólo  tu  fuente,    (trad.  üus¿aud,  Le  Cant.,  75) 

Y  gózate  con  la  mujer  de  tu  juventud- 

19  ¡Amable  cierva,  graciosa  gacela. 

Que  sus  pechos  siempre  te  embriaguen! 
¡Embriágate  sin  cesar  con  su  amor! 

20  ¿Por  qué  te  has  de  enloquecer  por  la  ajena, 

Y  has  de  abrazar  el  seno  de  la  extraña?  (cap.  5). 

1499.  Es  digno  de  notarse  que  en  las  Máximas  de 
Ptahhotep,  visir  ae  uno  de  los  reyes  egipcios  de  la  5*  di- 
nastía, unos  27  siglos  antes  de  nuestra  era  (§  1605),  ya 
se  ñacian  idénticas  recomendaciones  que  las  citadas  de 
proverbios,  como  se  ve  en  estos  consejos:  "Si  eres  razo- 
nable^ cásate  y  ama  a  tu  mujer  en  tu  ñogar^  como  con- 
viene. Satisface  su  cuerpo,  vístela.  Kemedio  para  sus 
miembros  es  el  aceite.  Regocija  su  corazón  durante  toda 
tu  vida,  porque  es  ella  un  buen  campo  para  su  marido" 
(H  u  M  B  E  R  1 ,  Recherches,  p.  4ü ;  t  r  ai  a  n  ,  192) .  Aquí  en- 
contramos aplicada  a  la  mujer  la  imagen  del  campo,  se- 
mejante y  en  igual  sentido  que  la  del  jardín^  empleada  en 
el  Cantar,  imagen  que  utiliza  Mahoma  igualmente,  cuan- 
do dice  en  el  Coran:  "Vuestras  mujeres  son  vuestros 
campos:  cultivadlas  todas  las  veces  qué  os  plazca;  coiisa- 
graüles  vuestros  corazones"  (II,  223).  Y  en  cuanto  al  do- 
ble sentido  de  los  vocablos  fuente,  pozo  o  agua,  tenemos 
otros  ejemplos  de  ello  en  el  libro  de  Proverbios,  cuando 
expresa  que:  "La  mujer  ajena  o  adúltera  es  un  pozo 
angosto"  (23,  27) ^  o  cuando  pinta  a  la  mujer  de  conducta 
liviana,  que  se  sienta  a  la  entrada  de  su  casa  llamando  a 
los  transeúntes  y  les  dice:  'AV  agua  hurtada  es  muy  dulce" 
(9,  17),  idea  que  repetimos  aún  hoy,  cuando  manifesta- 
mos que  "no  hay  fruta  como  la  del  cercado  ajeno". 


LA  VIÑA  DE  LA  STJLAMITA 


233 


1500.  Todo  esto  nos  ayudará  a  comprender  el  sen- 
tido que  le  ha  querido  dar  el  poeta  de  nuestro  Cántico 
a  la  siguiente  frase  sobre  la  cual  tanto  se  ha  escrito,  y 
que  aparece  como  pronunciada  por  la  protagonista: 

"¡Ay!  mi  viña,  la  mía  propia,  no  la  he  guardado", 
o  "no  la  he  sabido  gimrdar"    (Versión  Sinodal,  1,  6). 

Para  Scio  esto  significa :  "Cuan  propia  es  de  cada 
uno  su  alma,  y  cuanto  cuidado  debe  tener  de  ella.  Y  tam- 
bién por  esta  viña  se  entiende  la  nación  de  los  judíos, 
ahora  abandonada  y  castigada;  pero  reservada  por  el 
Señor  para  su  futura  conversión  (Rom.  11,  25)".  Otros 
ortodoxos  interpretan  que  esa  viña,  que  tanto  se  enca- 
rece como  de  propiedad  de  la  Sulamita,  es  su  belleza  o 
su  libertad,  y  según  hemos  visto  (  §  1475)  para  Godet 
y  L.B.A.  aquí  se  trata  de  la  tierra  de  Canaán,  cuya  pro- 
piedad enagenó  Israel  al  instituir  la  monarquía.  Pero 
dados  los  antecedentes  expuestos,  y  teniendo  además  en 
cuenta  que  la  imagen  de  la  vid  se  encuentra  en  otros  pa- 
sajes aplicada  a  la  misma  protagonista,  claro  es  que  al 
manifestar  que  ella  no  ha  guardado  su  propia  viña,  em- 
plea una  circunlocución  para  indicar  que  no  ha  sabido 
conservar  su  inocencia  o  su  honor.  Nadie  puede  equivo- 
carse cuando  lee  estas  palabras  del  amante: 

Tu  aspecto  es  semejante  a  la  palmera, 

Y  tus  pechos,  a  los  racimos. 
Subiré,  dije,  a  la  palmera 

Y  agarraré  sus  racimos. 

¡Tus  pechos  sean  para  mí  los  racimos, 

Y  tu  aliento  como  olor  de  manzanas!    (7,  7,  8), 

1501.  Y  con  respecto  a  la  frase  obscura,  después 
de  la  descripción  poética  de  la  primavera,  cuando  el  ama- 
do dice: 

Casadnos  las  zorras. 
Las  pequeñas  raposas 
Que  asuelan  las  viñas, 

Torque  nuestras  viñas  están  en  flor      (2,  15), 

escribe  Reuss:  "El  poeta  repite  varias  veces  la  imagen 
ligeramente  velada  de  la  viña,  fácil  de  comprender.  Las 


234 


LA  SULAMITA,  ENFER>L\  DE  AMOR 


zorras  o  zorros  que  se  trata  de  mantener  lejos,  son  bí- 
pedos, y  nadie  se  extrañará  que  el  amado  quiera  serlo 
solo  y  sin  coparticipación.  Cuanto  más  bella  es  su  Cloe, 
tanto  más  teme  la  concurrencia.  Dada  la  metáfora,  el 
vocablo  cazar  no  es  impropio".  Esta  interpretación,  se- 
gún se  ve,  está  de  acuerdo  con  las  expresiones  "manan- 
tial hien  cerrado  y  fuente  sellada",  que  acabamos  de  es- 
tudiar. De  todo  esto  se  desprende,  como  manifiesta  aquel 
exégeta,  que  entre  los  dos  enamorados  del  poema  "no 
existe  ya  barrera  que  deba  ser  franqueada,  y  que  su 
amor  está  satisfecho",  lo  que  ya  sabíamos  desde  que 
examinamos  los  versos  donde  se  expresa  que  el  amado, 
accediendo  a  la  invitación  de  la  amada,  había  entrado 
en  el  jardín  de  ésta,  y  había  comido  los  exquisitos  frutos 
que  ese  vergel  ofrecía.  Fuera  de  esta  consideración,  hay 
una  serie  de  textos  que  confirman  esas  conclusiones. 
Citaremos  algunos  que  no  dejarán  lugar  a  dudas  en  el 
ánimo  del  lector. 

15'02.    Hacecito  de  mirra  es  mi  amado  para  m,í, 
Que  entre  mis  pechos  reposa  (1,  13). 
¡Qué  hermoso  y  encantador  eres,  amigo  mío! 
Nuestro  tálamo  es  el  florido  césped  (1,  16). 
Como  el  manzano  entre  los  ártoles  del  bosque 
Así  es  mi  amado  entre  los  jóvenes 
Me  agrada  sentarme  a  su  sombra, 

Y  su  fruto  es  dulce  a  mi  paladar. 
Me  ha  arrastrado  hacia  su  bodega: 

La  bandera  que  sobre  mí  ondea,  es  el  amor.  (1) 
Confórtame  con  pasteles  de  uvas, 
Refréscame  con  jugo  de  manzanas, 
Porque  estoy  enferma  de  amor. 
Su  mano  izquierda  sostiene  mi  cabeza, 

Y  su  derecha  me  tiene  abrazada       (2,  3-6). 

(1)  iSegún  los  poetas  árabes,  el  estandarte  o  la  bandera 
colocada  sobre  una  bodega,  indicaba  que,  allí  se  despachaba 
vino.  Esta  costumbre  nos  hará  comprender  lo  que  quiere  decir 
la  protagonista  al  manifestar  que  conducida  por  su  amado  a  sa 
bodega,  la  bandera  que  allí  ondeaba  era  el  amor. 


LAS  MA^RAGORAS  DE  LA  BIBLIA 


235 


Una  noche,  en  mi  cama, 

Busqué  a  aquél  que  ama  mi  corazón; 

Le  busqué  y  no  le  hallé     (3,  1) . . . 
Encontré  al  que  ama  mi  corazóny 
Lo  agarré  y  no  quise  soltarle 
Hasta  que  lo  introduje  en  casa  de  mi  madre. 
En  la  pieza  de  la  que  me  engendró. .  „ 
— No  despertéis  a  mi  amor 

No  la  despertéis  hasta  que  ella  quiera    (3,  4,  5). 

¡Qué  hermosa  eres,  qué  encantadora, 

Amada  mía,  en  la  hora  de  las  delicias!  (7,  6). 

— Ven,  amado  mió,  salgamos  al  campo. 

Pasemos  la  noche  en  las  granjas. 

Temprano  de  mañana,  corramos  a  las  viñas. .... 

Allí  te  daré  mis  amores. 

Las  mandrágoras  exhalan  su  perfume. 
En  mi  puerta  se  encuentran  toda  clase  dé 

(frutas  exquisitas, 
Tanto  de  la  nueva  como  de  la  anterior  cosecha, 
Las  que  para  ti  tengo  guardadas,  amado  mío 

(7, 11-13) . 

1503.  Entre  los  antiguos  gozaba  de  gran  crédito 
la  mandrágora,  como  planta  genésica,  excitante  del  ape- 
tito venéreo,  y  favorecedora  de  la  fecundidad  femenina, 
por  lo  que  la  llamaban  manzana  de  amor  (que  tal  es  el 
significado  de  aquella  palabra  en  hebreo)  y  por  la  mis- 
ma razón  le  dieron  a  Venus  el  sobrenombre  de  Mandra- 
goritis.  Según  el  Génesis,  Raquel,  que  era  infecunda, 
concibió  a  su  hijo  José  gracias  a  las  mandrágoras  que, 
por  un  curioso  trueque,  obtuvo  de  su  hermana  Lea,  a 
quien  se  las  había  dado  Rubén,  hijo  de  ésta  última  (Gen. 
30,  1,  14-24).  La  mención,  pues,  aquí  en  el  Cantar,  de 
las  mandrágoras  no  permite  hesitación  sobre  la  clase  de 
dulzuras  que  la  heroína  había  guardado  para  su  amante. 

1504.  Notemos  finalmente  que  el  enamorado  que 
describe  el  poeta,  da  a  su  querida  no  sólo  las  denomina- 
ciones de  amiga,  amada  y  hermana,  sino  también  la  de 
esposa.  Quizás,  como  más  adelante  veremos,  estos  dis- 
tintos nombres  correspondan  a  diversos  cantos  de  amor 


236 


CASAMIENTOS  CON  HERMANAS 


fusionados  más  tarde  sin  mayor  cuidado  por  el  redactor 
de  la  obra  actual;  pero  si  los  pasajes  donde  aquéllos  se 
encuentran  son  de  un  solo  poema  y  de  un  mismo  autor, 
entonces  nada  de  extraño  serían  las  distintas  expresio- 
nes reseñadas,  que  indican  la  cohabitación  de  los  dos 
principales  personajes  del  poema,  desde  que  ellos  eran 
casados.  El  vocablo  hermana  no  sería  tampoco  un  obs- 
táculo a  esa  conclusión,  porque  entre  los  antiguos  he- 
breos como  entre  los  egipcios,  era  corriente  el  casamiento 
de  hermanos  con  hermanas,  (1)  como  se  asegura  lo  eran 
Abraham  y  su  mujer  Sara  (Gén.  20,  12).  Así  cuando  el 
hijo  de  David,  Amnón  trata  de  violentar  a  su  hermana 
Tamar,  ésta  le  arguye  que  aquello  era  una  villanía,  pues 
podía  llegar  al  mismo  resultado,  legalmente,  solicitán- 
dola a  su  padre,  por  lo  que  le  dice:  "Te  ruego  que  hables 
al  rey,  que  él  no  me  negará  a  tí"  (II  Sam.  13,  13),  Más 
tarde  se  reaccionó  contra  esa  desmoralizadora  costum- 
bre, y  en  el  siglo  V,  el  Levítico  prohibió  en  nombre  de 
Yahvé  tales  uniones  (Lev,  20,  17).  Pero  en  el  caso  de 
nuestro  Cantar,  los  partidarios  de  la  unidad  del  poema 
tienen  que  reconocer  que  el  vocablo  hermana  del  cap  4, 
— "Oh  hermana,  esposa  mía," —  no  está  tomado  ahí  en  su 
significación  natural,  de  hijos  de  los  mismos  padres, 
pues  en  el  cap.  8,  dice  la  protagonista: 

¡Oh  si  hubieses  sido  tú  mi  hermano. 

Si  hubieses  mamado  de  los  pechos  de  mi  madre, 

(1)  A  tal  punto  eran  corrientes  esa  clase  de  uniones  en 
Egipto,  que,  según  Erman,  la  palabra  hermana  servía  allí  para 
designar  a  la  mujer  amada.  Así  en  una  inscripción  fúnebre,  en 
la  cual  aparece  una  esposa  abrazando  la  momia  de  su  marido, 
dice  ella  lamentándose:  "Sin  embargo,  soy  tu  hermana,  no  me 
dejes".  En  los  banquetes  fúnebres,  el  cantor,  dirigiéndose  al 
muerto,  como  si  personalmente  participara  en  el  festín,  lo  ex- 
horta a  gozar,  en  compañía  de  su  mujer,  de  la  existencia  que 
es  breve,  exhortación  que  formula  con  estas  palabras:  "¡Festeja 
el  hermoso  día!  Ungete,  ponte  aceite  fino  en  la  nariz,  y  pon 
coronas  y  flores  de  loto  a  tu  querida  hermana,  sentada  a  tu 
lado"   (p.  280,  3fl4^). 


ÉL  CANTAR  NO  ES  UBBO  OBSCENO 


$37 


Entonces  encontrándote  afuera, 

Podría  besarte  sin  que  me  despreciaran!  (v.  1). 

1505.  Resumiendo,  pues,  lo  expuesto  llegamos  a  es- 
ta conclusión  irrebatible:  que  los  dos  enamorados  del 
poema,  o  eran  esposos,  o  eran  amantes  que  habían  he- 
cho ya  vida  conyugal,  viniendo  así  a  quedar  destruida 
la  tesis  ortodoxa  del  amor  platónico  de  aquéllos. 

¿ES  EL  CANTAR  UN  LIBRO  OBSCENO?.  — •  1506. 

Después  de  las  comprobaciones  que  hemos  hecho  de  las 
descripciones  e  imágenes  escabrosas,  y  de  las  palabras 
de  doble  sentido  sexual  empleadas  por  el  poeta^  corres- 
ponde formularse  la  pregunta  del  epígrafe.  Castellión, 
en  el  siglo  XVI  n.  e.,  la  contestaba  afirmativamente,  y 
por  eso  sostenía  que  el  Cantar  debía  ser  eliminado  de  un 
libro  religioso  como  la  Biblia.  Muchos  son  hoy  los  que 
opinan  como  aquel  humanista,  y  hasta  los  mismos  judíos 
habían  impuesto  la  regla  de  que  no  se  permitiera  a  na- 
die leer  ese  libro  bíblico  antes  de  los  30  años  de  edad. 
Otros  ortodoxos,  como  Rochedieu,  p.  ej.,  manifiestan  que 
no  debe  abordarse  su  estudio  sino  con  el  corazón  purifi- 
cado y  lleno  del  Espíritu  Santo.  Aquí,  dice  este  autor, 
conviene  sobre  todo  aplicarse  las  palabras  de  Dios  a 
Moisés:  "Quítate  las  sandalias  de  los  pies,  porque  el  lu- 
gar donde  estás  es  tierra  santa"  (§  119).  Para  los  que 
nos  atenemos  a  la  interpretación  literal,  y  negamos,  por 
lo  tanto,  el  carácter  sagrado  de  dicho  libro,  esas  reco- 
mendaciones están  por  demás;  pero  aun  así  mismo,  ¿no 
debemos  ver  en  él  un  libro  pornográfico,  cuya  lectura 
debiera  prohibirse? 

1507.  Nuestra  respuesta  es  rotundamente  negativa 
por  las  razones  que  pasamos  a  exponer.  1"?  Ante  todo  de- 
be tenerse  en  cuenta  para  juzgar  de  la  moralidad  de  la 
obra,  la  época  y  el  lugar  en  que  fué  escrita.  A  un  poeta 
de  los  cálidos  países  orientales,  y  sobre  todo  de  25  o  30 
siglos  atrás,  no  podemos  exigirle  que  tenga  los  mismos 
miramientos  y  el  mismo  refinado  lenguaje  que  nosotros. 
Decía  Montet  que  "las  expresiones  e  imágenes  atrevidas 
que  contiene  el  Cantar,  están  de  acuerdo  con  los  procedí- 


Mj  CANÍAB  t  EL  IBBRO  DEL  BÜEN  AMOR 


mientos  literarios  del  Oriente  semítico,  en  materia  de 
cantos  de  amor".  La  época  en  que  se  compusieron  los 
poemas  del  Cantar,  puede  ser  considerada  como  la  in- 
fancia del  arte  literario  hebreo,  ¿qué  de  extraño  enton- 
ces en  que  no  hubiera  mucha  medida  en  las  expresiones 
y  en  los  cuadros  que  se  nos  describen?  ¿Acaso  no  pre- 
senta una  escena  más  repugnante  el  narrador  yah vista 
(J)  que  cuenta  la  leyenda  popular  con  que  los  israelitas 
pretendían  denigrar  el  origen  de  sus  enemigos  los  hijos 
de  Ammón  y  de  Moab?  (Gén.  19,  30-38).  ¿Acaso  es  más 
edificante  la  historieta  de  Tamar  con  su  suegro  Judá, 
que  se  nos  refiere  con  lujo  de  detalles?  (Gén.  38,  12-30). 

1508.  Recordemos  al  efecto,  otra  interesante  obra 
del  comienzo  de  la  literatura  española,  El  Libro  del  Buen 
Amor,  escrito  en  el  siglo  XIV  n.  e.  por  el  Arcipreste  de 
Hita,  Juan  Ruiz,  obra  que  tiene  más  de  un  punto  de  con- 
tacto con  nuestro  Cantar.  Dicho  clérigo,  aunque  perfec- 
tamente ortodoxo,  escribió  su  célebre  libro,  según  dice 
en  el  proemio,  para  contraponer  "el  Buen  Amor,  que  es 
el  de  Dios,  al  loco  amor  del  mundo  que  usan  algunos  para 
pecar. . .  Empero  porque  es  humanal  cosa  el  pecar,  si  al- 
guno (!o  que  non  los  consejo)  quisiesen  usar  del  loco  amor, 
aquí  fallarán  algunas  maneras  para  ello".  En  esa  obra 
nos  cuenta  sin  recato  sus  aventuras  amorosas,  y  las  an- 
danzas de  un  galán,  Don  Melón,  que  seduce  a  una  viuda. 
Doña  Endrina,  con  la  intervención  de  una  comadre,  la 
vieja  Trotaconventos,  casándose  después  aquellos  dos  pro- 
tagonistas. Y  sin  embargo,  un  autor  católico  como  Sal- 
cedo y  Ruiz,  en  su  obra  "La  Literatura  Española",  de- 
fiende a  Juan  Ruiz  de  la  acusación  de  procacidad  que  se 
le  suele  formular,  diciendo:  "La  Edad  Media  fué  un  tiem- 
po de  fe  y  piedad;  pero  no  de  compostura  o  decencia. 
Entonces  todo  se  decía  en  crudo:  al  pan  se  le  llamaba 
pan,  y  al  vino,  vino,  y  nadie  sentía  la  necesidad  de  las 
hojas  de  parra,  ni  de  los  eufemismos  y  circunloquios,  que 
son  las  hojas  de  parra  en  la  literatura.  Creemos  un  pro- 
greso positivo  en  las  costumbres  y  en  el  lenguaje  la  cir- 
cunspección actual,  contra  la  cual  truenan  sin  razón  los 
desvergonzados  del  día,  porque  pretenden  revivir  la  an- 


EL  DESNUDO  ARTISTICO 


239 


tigua  licencia,  sin  el  antiguo  relativo  candor  que  la  hacía 
en  cierto  modo  tolerable.  Pero  reconociendo  que  hemos 
adelantado  en  esto,  sería  injustísimo  juzgar  a  los  escri- 
tores del  siglo  XIV  con  el  criterio  que  predomina  hoy" 

(T?  I,  p.  350).  Nosotros  nos  representamos  al  autor  o 
autores  del  Cantar  como  a  un  chiquillo  de  un  par  de  años, 
que  escapándose  de  los  brazos  de  su  madre  mientras  tra- 
ta de  vestirlo,  se  presenta  de  repente  como  vino  al  mun- 
do, en  medio  de  una  reunión  de  personas  que  están  de 
visita  en  su  casa.  Las  desnudeces  del  chico  a  nadie  son- 
rojan, ni  acusan  malicia,  se  presentan  con  candor,  des- 
envoltura e  imprevisión  infantiles,  de  modo  que  no  su- 
gieren ideas  libidinosas. 

1509.  2'  Después,  resulta  gazmoñería  pura  ^^ro- 
pia  de  aquellos  beatos  que  truenan  contra  la  enay^I.í^nza 
de  la  puericultura  en  las  clases  superiores  para  niñas — 
el  indignarse  contra  algunas  imágenes  demasiado  clara- 
mente expuestas  al  describir  los  encantos  físicos  femeni- 
les, cuando  nuestros  museos  de  arte  y  nuestras  plazas  y 
parques  de  las  ciudades  modernas  están  llenos  de  esta- 
tuas en  las  que  se  hace  gala  de  la  reproducción  lo  más 
fiel  y  exacta  posible  del  cuerpo  humano,  libre  de  vesti- 
mentas, como  lo  comprueban  las  Venus  de  todas  clases 
y  en  todas  las  posiciones,  y  el  David  de  Miguel  Ángel, 
una  de  cuyas  reproducciones  en  bronce  se  exhibe  en  una 
calle  céntrica  de  Montevideo.  ¿A  qué  hacerse  cruces,  por- 
que la  heroína  de  alguno  de  los  poemas  del  Cantar,  pre- 
sa de  irrefrenable  pasión  amorosa,  busca  y  se  entrega  a  su 
amado,  cuando  la  literatura  universal  desde  hace  60  años, 
sobre  todo  en  la  novela  y  en  el  teatro,  pinta  en  todas 
sus  formas  la  pasión  morbosa,  el  amor  exacerbado,  el 
amor  ilícito  puesto  al  mismo  nivel  del  legítimo,  y  donde 
es  de  rigor  la  exhibición  y  defensa  de  la  mujer  adúltera? 
Al  lado  de  los  cuadros  de  la  novela  naturalista  tan  en 
boga  no  ha  mucho  tiempo,  los  que  ofrece  nuestro  Cantar 
resultan  de  una  pureza  angelical.  Y  — sin  referirnos  a 
las  playas  balnearias  rusas  en  las  cuales  es  obligatoria 
actualmente  la  total  desnudez  de  los  bañistas  de  uno  y 
otro  sexo,  aunque  juntos  se  bañen, —  ¿qué  decir  de  los 


240 


EL  VERDADERO  LIBRO  PORNOGRAFIOO 


espectáculos  que  en  la  estación  veraniega  se  ofrecen  a 
diario  en  nuestras  playas  más  en  boga,  donde  el  elemento 
juvenil  femenino  suele  aprovechar  del  pretexto  del  baño 
para  lucir  y  exhibir  sus  encantos  físicos,  apenas  velados 
por  ceñido  traje  de  baño  reducido  al  mínimum  posible 
de  tela?  Todo  esto  que  cualquier  lector  habrá  obser- 
vado, — y  muchísimo  más  que  podría  añadirse  sobre  el 
mismo  tema, —  y  que  comprueba  la  relatividad  de  nues- 
tra moral  en  ese  orden  de  ideas,  nos  hace  comprender  lo 
injusto  de  la  censura  de  procacidad  que  se  le  dirige  a  la 
obra  que  comentamos,  la  que  está  llena  de  bellezas  lite- 
rarias, como  de  ello  da  fe,  entre  múltiples  pasajes  que 
podrían  citarse,  la  descripción  de  la  venida  de  la  prima- 
vera (2,  10-14).  Lo  censurable  es  el  libro  pornográfico, 
que  describe  o  muestra  con  marcada  complacencia,  y 
generalmente  con  propósitos  de  lucro,  el  desnudo  o  el 
ayuntamiento  humanos,  a  fin  de  despertar  imágenes  las- 
civas y  fomentar  los  más  bajos  apetitos  de  la  bestia  atá- 
vica que  llevamos  en  nuestro  interior.  Ese  es  el  libro 
cuya  lectura  debe  prohibirse,  y  no  nuestro  Cantar,  ver- 
dadera joya  de  la  literatura  hebrea,  cuyos  cuadros  sólo 
pueden  haber  perturbado  a  aquellos  que  sujetos  a  irracio- 
nales votos,  se  ven  obligados  a  seguir  un  ascetismo  con- 
trario a  los  naturales  impulsos  de  la  naturaleza  humana. 

CARACTER  LITERARIO  DEL  CANTAR.  —  1510. 

Hasta  el  siglo  XVII  n.  e.  esa  obra  era  considerada,  se- 
gún la  conceptúa  aún  hoy  la  ortodoxia,  como  un  solo 
poema,  suposición  confirmada  por  el  mismo  título  "El 
Cantar  de  los  Cantares",  — modismo  este  peculiar  del  he- 
breo con  el  cual  se  expresa  un  superlativo,  como  vanidad 
de  vanidades,  el  santo  de  los  santos, —  de  manera  que  con 
aquel  título  se  quiere  significar  el  cántico  superior  a 
todo  otro,  o  sea,  el  cántico  por  excelencia.  "En  todo  el  li- 
bro, escriben  Cornely  y  Merk,  se  encuentran  incesante- 
mente las  mismas  maneras  de  hablar,  las  mismas  compa- 
raciones, las  mismas  imágenes  poco  usadas  en  los  otros 
libros  bíblicos;  son  los  mismos  interlocutores  en  todo  el 
poema:  el  mismo  esposo,  que  es  comparado  a  Salomón 


OAHAOTER  LITERARIO  DEL  CANTAR 


241 


o  al  rey;  la  misma  esposa,  cuya  madre,  cuyos  herma- 
nos y  cuya  viña  se  recuerdan  de  tiempo  en  tiempo;  el 
mismo  coro  de  hijas  de  Jerusalem,  etc.  El  carácter  del 
libro  demuestra,  pues,  bastante  su  unidad"  (I,  p.  632). 
En  el  siglo  XVII  n.  e.  Ricardo  Simón  sostuvo  que  el 
Cantar  era  una  colección  de  idilios  de  diversos  autores 
desconocidos.  Poco  antes  el  abate  Carlos  Cotín  publicó 
su  Pastoral  sagrada  o  Paráfrasis  del  Cantar  de  los  Can- 
tares, en  la  que  pretendía  demostrar  que  éste  era  una 
ópera  en  5  actos,  que  quizás  había  sido  representáis  zih 
te  el  mismo  Salomón. 

1511.  En  el  siglo  XVIII  n.  e.  fueron  aumentando 
las  hipótesis  sobre  el  carácter  literario  del  Cantar;  pero 
la  más  aceptada  de  todas  ellas  fué  la  del  pastor  de  Há- 
nover,  J.  F.  Jacobi,  quien  en  un  folleto  que  publicó  en 
1771,  sostuvo  que  el  argumento  de  la  obra  era  éste:  La 
hija  de  un  viñero  de  Jerusalem,  recientemente  casada 
con  un  pastor  de  los  alrededores,  es  conducida  por  la 
fuerza  al  harem  de  Salomón,  donde  resiste  a  todas  las 
solicitudes  del  rey,  concluyendo  al  fin  por  juntarse  con 
su  marido.  De  acuerdo  con  este  argumento  considerado 
ya  como  historia  real,  ya  como  mera  ficción,  unos  co- 
mentaristas han  visto  en  el  Cantar  una  especie  de  epo- 
peya; otros,  una  obra  lírica  compuesta  de  trozos  desti- 
nados al  canto;  y  la  mayoría  de  ellos,  un  verdadero 
drama,  habiéndose  discutido  si  éste  llegó  o  no  a  ser  re- 
presentado. La  hipótesis  del  drama  es  la  que  conquistó 
en  el  pasado  siglo  XIX  mayor  número  de  sufragios,  y  en- 
tre los  partidarios  de  ella  se  cuentan  F.  Godet,  como 
anteriormente  hemos  visto,  y  Renán.  En  todas  esas  hi- 
pótesis, el  argumento  de  Jacobi  es  más  o  menos  modifi- 
cado, según  que  el  intérprete  da  preponderancia  a  tal 
palabra  o  frase,  descuidando  o  torturando  lo  demás  pa- 
ra adaptarlo  a  su  sistema  particular.  Así,  p.  ej..  los  que 
creen  que  la  solución  se  encuentra  en  1,  ^  y  8,  11,  12, 
modifican  el  argumento  en  esta  forma:  Los  hermanos 
de  una  pastora  huérfana,  que  la  tienen  a  su  cargo,  son 
arrendatarios  de  una  viña  que  Salomón  posee  en  el  Lí- 
bano, y  venden  su  hermana  al  rey,  que  por  casualidad 


242 


LOS  ISRAELITAS  NO  CULTIVARON  EL  DRAMA 


la  ha  visto  y  se  ha  enamorado  de  ella.  Los  que  se  fiian 
además  en  2.  15  y  en  6,  11,  12,  lo  imaginan  así:  Los 
hermanos  quieren  impedirle  a  su  hermana  que  ande  so- 
la por  el  campo  con  el  pastor  que  la  busca,  y  la  envían 
entonces  a  cazar  los  zorros  de  las  viñas,  donde  ella  se 
aburre.  Debido  a  esta  circunstancia  se  aleja  hasta  un  ca- 
mino próximo,  en  el  cual  viene  a  encontrarse  en  medio 
del  cortejo  del  rey,  que  pasaba  una  temporada  en  un 
lugar  de  recreo  de  los  alrededores.  Conducida  al  harem 
real,  permanece  fiel  a  su  pastor  y  logra  al  fin  que  el 
rey  le  devuelva  la  libertad.  Todas  estas  interpretaciones 
tan  distintas,  donde  cada  autor  ve  lo  que  él  ha  imagi- 
nado y  no  percibe  lo  imaginado  por  los  demás,  tienden, 
por  lo  general,  a  buscarle  un  fin  moral  a  la  obra,  para 
mantenerla  en  el  canon  bíblico.  Entre  esas  finalidades, 
además  de  las  ya  indicadas  de  exaltar  el  amor  puro  o 
la  dicha  del  matrimonio,  se  cuentan  otras  muy  variadas, 
suponiéndose  que  el  autor  ha  querido  combatir  la  poli- 
gamia, o  elogiar  la  fidelidad  conyugal,  o  hacer  admirar 
la  virtud  vencedora  de  la  seducción,  y  aún  hay  quien 
ha  llegado  a  suponer  que  el  autor  persiguió  el  propósito 
de  censurar  la  corrupción  de  la  corte  real, 

1512.  Vamos  a  pasar  brevemente  en  revista  las 
principales  razones  que  se  formulan  contra  la  difundida 
hipótesis  del  drama: 

1'  El  drama  es  una  forma  literaria  completamente 
ajena  a  la  literatura  hebrea.  Confiesa  el  mismo  Renán, 
gran  partidario  de  la  hipótesis  dramática  que  "en  toda 
la  historia  del  pueblo  judío,  antes  de  Herodes,  no  en- 
contramos un  vestigio  de  teatro  en  Jerusalem,  ni  aún  en 
las  épocas  en  que  la  gran  ciudad  seguía  los  derroteros 
más  profanos;  ni  una  sola  indicación  de  actores  o  có- 
micos, ni  el  menor  recuerdo  de  institución  de  ninguna 
clase  en  relación  con  las  representaciones  escénicas"  (El 
Cantar,  p.  98).  Sin  embargo  Renán  admite  que  "este 
poema  se  representaba  en  las  fiestas  privadas  o  de  fa- 
milia" (Ib,  p.  101),  lo  que  no  pasa  de  ser  sino  una  mera 
suposición  desprovista  de  fundamento. 

1513.  2»  No  hay  drama  sin  intriga,  ni  acción,  co- 


DISCREPANCIAS  EN  EL  ARGUMENTO 


243 


sas  ambas  de  que  carece  este  poema,  como  puede  com- 
probarlo el  lector  leyéndolo  con  detención.  Tampoco  pre- 
senta desenlace,  pues  cuando  regresa  la  Sulamita  con 
el  Pastor,  al  final,  en  vez  de  decirle  ella  de  acuerdo  con 
sus  anteriores  frases  apasionadas:  "Quédate  ahora  con- 
migo", por  el  contrario  lo  incita  a  marcharse  con  estas 
palabras:  "Hwye,  amado  mió,  a  las  montarías  perfumadas". 
Esto  para  la  ortodoxia  es  un  enigma,  y  ya  vimos  cómo 
lo  soluciona  Godet  por  medio  de  la  alegoría  (§  1480). 

1514.  3'  Los  partidarios  de  la  hipótesis  dramática 
no  se  entienden  ni  sobre  el  número  de  actos,  ni  sobre 
las  distintas  escenas,  ni  sobre  los  personajes  que  inter- 
vienen, sin  contar  lo  que  ya  dijimos,  que  tampoco  están 
de  acuerdo  sobre  los  detalles  del  argumento.  Renán  con- 
sidera que  es  un  drama  en  cinco  actos  y  un  epílogo,  y 
que  los  personajes  de  la  obra  son  los  siguientes:  La  Su- 
lamita, doncella  de  la  ciudad  de  Sulem,  en  la  tribu  de 
Ysacar;  el  Pastor,  amante  de  la  Sulamita;  el  rey  Salo- 
món; Mujeres  del  harem  de  Salomón;  Mujeres  de  Jeru- 
salem;  Habitantes  de  Jerusalem;  Servidores  y  acompaña- 
miento de  Salomón;  Paraninfos  del  Pastor  (estos  dos 
últimos  son  personajes  que  no  hablan) ;  el  Coro;  y  final- 
mente, el  Sabio,  que  recita  la  moraleja  del  poema  (Ib. 
p.  87).  Reuss,  en  su  comentario  del  CSntar^  se  entretuvo 
en  poner  en  seis  columnas  paralelas  las  distintas  inter- 
pretaciones del  mismo  dadas  por  seis  exégetas  de  nota, 
entre  los  cuales  está  Renán,  para  que  se  viera  lo  que 
en  el  texto  bíblico  encontraba  la  imaginación  de  cada  uno 
de  ellos. 

1515.  4'  Los  intérpretes  partidarios  del  drama  tie- 
nen que  suponer  una  serie  de  acciones,  como  entradas  y 
salidas  de  los  actores,  apóstrofes  a  un  ausente,  apar- 
tes, etc.  que,  al  lector  desprevenido  jamás  se  le  hubiera 
ocurrido  hallar  en  el  texto.  Para  obviar  la  dificultad  de 
que  el  Pastor  aparezca  en  el  harem  real  conversando  con 
la  Sulamita,  se  ha  supuesto  que  ésta  hablaba  en  éxtasis, 
y  que  en  ese  estado  contestaba  a  sus  interlocutores.  Se 
trataría  pues,  de  una  especie  de  escenas  de  sonambulis- 


2,44  BlpOSmiLtDAI)  DE  LA  HIPOTESIS  DRAMATICA 

mo,  por  lo  que  Gautier  expresa  que  "ese  pretendido  dra- 
ma merecería  ser  llamado  historia  de  dormir  parado". 

1516,  5'?  Recuérdese  la  brevedad  del  Cantar,  que 
sólo  comprende  117  versículos;  que  habría  actos  que  no 
contendrían  más  de  10  versículos,  subdivididos  todavía 
en  distintas  escenas;  y  que  habría  constantes  cambios 
de  lugar,  pues  una  escena  ocurre  en  el  palacio  de  Jeru- 
saiem,  otra  en  la  calle  donde  se  ve  pasar  un  cortejo, 
otra  en  el  campo,  otra  en  Sulem  bajo  un  manzano,  etc., 
cambios  que  debían  pasar  como  un  relámpago  ante  la 
vista  de  los  expectadores.  Todo  esto  y  mucho  más  que 
podría  observarse,  revela  la  imposibilidad  de  la  hipótesis 
dramática.  El  drama  en  realidad  lo  forman  los  comenta- 
ristas con  datos  tomados  del  poema;  pero  esto  no  quiere 
decir  que  éste  sea  una  pieza  teatral.  Las  noticias,  expli- 
caciones y  agregados  que  hay  que  intercalar  en  las  di- 
versas partes  del  texto,  ocupan  en  él  casi  más  lugar  que 
el  texto  mismo,  por  eso  el  drama  de  El  Cantar,  que  ob- 
tiene cada  exégeta,  no  viene  a  ser  sino  una  paráfrasis 
contemporánea  del  mismo. 

1517.  En  la  actualidad,  los  críticos  independientes 
han  vuelto  a  la  opinión  de  Ricardo  Simón,  más  o  menos 
modificada.  Tres  son  las  hipótesis  interpretativas  del  Can- 
tar, hoy  más  en  boga,  a  saber:  1'  la  de  Reuss,  quien 
sostiene  que  este  poema  se  compone  de  16  trozos  poéti- 
cos distintos,  escritos  por  el  mismo  autor;  2"  la  de  Bu- 
dde,  aceptada  por  Gautier,  que  ve  en  ese  iibro,  una  co- 
lección de  poemas  nupciales,  es  decir,  para  ser  cantados 
o  recitados  en  los  matrimonios;  y  3"  la  de  René  Dussaud, 
que  lo  considera  formado  por  cuatro  poemas  distintos 
combinados  más  tarde  por  el  redactor  de  la  obra.  Exa- 
minemos estas  modernas  hipótesis. 

LA  EXPLICACIÓN  DE  REUSS.  1518.  Este  es- 
critor no  reconoce  en  el  Cantar  ningún  pensamiento  oculto. 
No  ve  en  él  sino  la  cálida  expresión  de  una  pasión  que 
no  siente  necesidad  de  ocultarse,  como  si  fuera  censura- 
ble o  criminal.  El  autor  no  pretende  instruir,  ni  ense- 
ñar ninguna  virtud  o  cualidad  moral;  habla,  canta  pri- 


LA  EXPLICACION  DE  IIEUS3  245 

mero  para  sí  mismo  y  luego  para  la  que  ama,  no  intere- 
sándole para  nada  el  resto  del  mundo.  Para  Reuss  todo 
el  libro  es  del  mismo  autor,  y  por  lo  tanto,  no  lo  consi- 
dera como  una  antología  de  poesías  eróticas,  colecciona- 
das de  aquí  y  de  allá  por  un  tercero.  Tampoco  admite 
que  el  poeta  quiera  pintar  objetivamente  el  amor,  crean- 
do para  ello  personajes  ficticios  o  desarrollando  un  tema 
dado.  Él  mismo  es  el  enamorado;  son  sus  propios  senti- 
mientos los  que  lo  inspiran;  es  el  poeta  solo  quien  habla 
del  principio  al  fin  del  libro.  Cuando  hace  hablar  a  su 
amada,  es  pura  cuestión  de  forma  y  nada  más.  Esto  no 
nos  obliga  a  aceptar  que  sea  un  drama,  como  no  lo  es  la 
hermosa  oda  de  Horacio  (libro  III,  9),  "Cuando  tú  me 
amabas";  diálogo  del  poeta  y  de  su  Lidia.  Esta  forma  es 
aquí  tanto  más  natural,  cuanto  que  es  evidente,  desde 
el  principio,  que  el  poeta  no  está  reducido  a  suspirar,  a 
esperar  y  a  hacer  monólogos,  puesto  que  su  amor  es 
compartido,  y  tiene  el  derecho  de  hablar  de  su  dicha,  de 
gozar  de  sus  mismos  recuerdos,  y  por  lo  tanto,  de  ha- 
cerse decir  y  repetir  por  su  amiga  lo  que  le  hace  ventu- 
roso. Nuestro  enamorado  poeta  no  tiene  rival:  Salomón, 
ese  lobo  raptor  de  opereta,  que  atenta  contra  la  cape- 
rucita  encarnada,  sólo  existe  en  la  imaginación  de  al- 
gunos escritores;  el  texto  alude  a  él  dos  o  tres  veces, 
como  a  un  personaje  histórico  (y  ya  casi  legendario) ;  pero 
en  manera  alguna  se  le  asigna  un  papel  activo  en  la 
trama  de  la  narración.  No  hay,  pues,  que  romperse  la 
cabeza  tratando  de  saber  cómo  la  pastorcilla  logró  salir 
del  harem  o  cómo  su  pastor  consiguió  entrar  a  él:  nin- 
guno de  los  dos  estuvo  nunca  allí.  Tampoco  hay  que  exa- 
minar si  avanza  la  acción  o  si  los  actos  son  paralelos: 
no  hay  actos  de  clase  alguna.  Los  ensueños  que,  en  el 
drama,  son  tanto  más  fuera  de  lugar  cuanto  son  más 
numerosos,  y  que  en  todo  caso  se  rehusan  a  la  represen- 
tación, vienen  a  ser  bellos  romances  en  la  pluma  del 
poeta.  En  suma,  el  libro  es  una  colección  de  poemitas 
líricos,  independientes,  como  son  usuales  en  Oriente,  so- 
bre todo  entre  los  árabes,  quienes  los  llaman  divanes  o 
carteras  (Le  Cantique,  p.  50-52).  Tal  es  la  explicación 


246 


LA  EXPIilOAClON  DE  BUDDB 


que  da  Reuss  en  su  magistral  comentario  sobre  el  Can- 
tar, que  como  todo  lo  suyo,  por  su  claridad,  lógica,  na- 
turalidad, y  buen  sentido,  gana  en  seguida  el  asenti- 
miento de  todo  lector  libre  de  prejuicios.  Gautier  esti- 
ma que  sólo  se  le  podría  objetar:  1"  que  ese  libro  pre- 
senta más  bien  el  aspecto  de  colección  de  cantos  popu- 
lares que  el  de  obra  poética  individual;  y  2'?  la  imposi- 
bilidad de  justificar  la  reunión  de  estos  cantos,  y  de 
asignarles  un  lugar  en  la  vida  y  las  costumbres  del  pue- 
blo hebreo  (II,  p.  139). 

LA  EXPLICACIÓN  DE  BUDDE.  —  1519.  Este 
exégeta  basa  su  nueva  concepción  del  Cantar,  en  las 
publicaciones  hechas  en  1868  y  1873  n.  e.  por  Wetzstein, 
cónsul  prusiano  en  Damasco,  sobre  las  costumbres  ma- 
trimoniales de  los  aldeanos  en  Siria.  Wetzstein  comprobó 
que  en  este  país,  los  casamientos  se  efectuaban  gene- 
ralmente en  primavera;  que  los  festejos  duraban  una 
semana  y  se  celebraban  al  aire  libre,  en  la  plaza  de  la 
aldea,  siendo  el  novio  y  la  novia  denominados  el  rey  y 
la  reina,  respectivamente,  y  tratados  como  tales  durante 
todas  las  fiestas.  El  matrimonio  queda  consumado  el  pri- 
mer día,  en  el  cual  la  esposa  con  una  espada  desenvaina- 
da, danza  "el  baile  de  la  espada"  acompañado  por  el 
canto  de  los  asistentes.  Los  días  siguientes  éstos  cantan 
y  bailan  ante  los  esposos,  que  permanecen  sentados  en 
una  especie  de  trono  que  se  les  ha  erigido.  En  esos  cán- 
ticos, llamados  uasf,  se  describen  principalmente  los  en- 
cantos de  la  recién  casada  y  la  belleza  de  su  marido. 

1520.  Partiendo  de  estos  datos,  que  constituían,  a 
su  entender,  reminiscencias  de  los  cuadros  del  Cantar 
de  los  Cantares,  Budde  juzgó  que  este  libro  se  compone 
de  una  colección  de  cantos  populares  recitados  con  mo- 
tivo de  las  fiestas  nupciales  entre  los  israelitas.  El  tí- 
tulo de  rey  o  el  nombre  de  Salomón  vendría  así  a  habér- 
sele dado  al  novio,  como  denominación  honorífica,  en  el 
día  de  sus  bodas.  Esos  cantos  no  serían  una  liturgia 
matrimonial,  sino  manifestaciones  populares  de  regocijo, 
y  como  todas  las  costumbres  de  esta  índole,  se  habrían 


EL  CANTAR  EN  LAS  FIESTAS  NUPCIALES 


247 


perpetuado  hasta  nuestros  días  en  aquellas  apartadas 
poblaciones  de  Siria.  No  siendo  simples  cantos  de  amor, 
sino  cantos  nupciales  que  el  pueblo  cantaba  en  la  se- 
mana de  las  fiestas  del  matrimonio,  quedaría  explicado 
el  porqué  se  conservaron,  pues  respondían  a  una  moda- 
lidad de  la  vida  de  los  hebreos,  hasta  el  día  que  descu- 
briendo en  ellos  un  sentido  alegórico  se  les  incluyó  en 
el  canon  sagrado  como  libro  piadoso,  inspirado  por  la 
divinidad.  Con  la  explicación  de  Budde,  juzga  Gautier 
que  queda  aclarado  el  problema  suscitado  por  el  Cantar. 
Salomón,  no  sería  el  personaje  histórico  de  ese  nombre 
que  conocemos,  sino  el  novio  o  recién  casado;  la  Sulami- 
ta,  que  no  es  un  nombre  propio,  sino  un  gentilicio,  como 
si  dijéramos:  "la  madrileña,  o  la  montevideana",  indica- 
ría que  la  protagonista  es  de  Sulem  (localidad  descono- 
cida), o  de  Sunem,  aldea  de  la  tribu  de  Ysacar  (I  Sam. 
28,  4),  o  más  bien,  probablemente  con  ese  nombre  se 
aluda  a  Abisag  la  sunamita,  joven  muy  agraciada  (I  Rey. 
1,  3),  cuya  fama  de  mujer  extraordinariamente  bella, 
fué  más  tarde  proverbial,  por  lo  que  denominar  Sulamita 
a  la  recién  casada,  sería  una  especie  de  cumplimiento  o 
de  lisonja  de  su  hermosura.  La  danza  nupcial  "de  la 
espada"  sería  aquella  a  que  se  refieren  6,  13  y  los  pri- 
meros versículos  del  cap.  7.  Budde  repartía  el  Cantar  en 
24  cánticos,  número  éste  que  disminuyen  otros  parti- 
darios de  la  misma  teoría. 

1521.  Renán  ya  suponía  que  el  drama  El  Cantar 
fuese  uno  de  los  números  de  los  festejos  nupciales,  pues 
escribía  en  1860:  "El  matrimonio  entre  los  hebreos  no 
iba  acompañado  de  ninguna  ceremonia  religiosa.  Se  ce- 
lebraba en  familia,  o  por  mejor  decir,  en  el  seno  del  lu- 
gar o  de  la  tribu,  y  entre  los  cánticos  y  las  danzas,  acom- 
pañados con  los  coros  de  la  música  que  alegraban  los 
festines,  seguidos  generalmente  de  algunos  juegos  de 
entretenimiento,  como  los  enigmas  en  verso.  Probable 
es,  pues,  que  El  Cantar  de  los  Cantares  fuese  el  más  cé- 
lebre de  estos  juegos  que  se  desarrollarían  todos  sobre 
el  mismo  tema,  a  saber:  que  los  prometidos  se  buscarían 
tratando  de  vencer  todos  los  obstáculos  que  se  Ies  opu- 


248 


OBJEOIONES  DE  DUSSATID 


sieren  hasta  que,  por  fin,  se  reunirían  terminando  la 
obra"  (El  Cantar,  p.  102-3).  Estas  ideas  de  Renán  pa- 
saron desapercibidas  hasta  que  Budde  pubHcó  su  expues- 
ta teoría  de  considerar  aquel  libro  como  una  colección 
de  cantos  nupciales  populares.  Veamos  ahora  algunas  de 
las  objeciones  que  formula  Dussaud  a  dicha  explicación: 

1522.  1'  Si  estos  cantos  fueron  compuestos  para 
fiestas  nupciales,  no  se  concibe  que  no  se  encuentre  en 
ellos  ninguna  alusión  típica  a  esas  ceremonias.  Ese  mis- 
terio nos  obliga  a  imaginar  un  sentido  esotérico,  con  lo 
que  volveríamos  otra  vez  a  la  desacreditada  interpreta- 
ción alegórica.  Se  requiere  mucha  buena  voluntad  para 
reconocer  en  la  litera  real  de  3,  6-11,  el  trono  reservado 
a  la  joven  pareja;  en  los  guerreros  que  la  escoltan  (vs. 
7.  8).  a  los  compañeros  del  esposo;  y  en  las  hijas  de 
Jerusalem  (v.  11),  a  las  acompañantes  de  la  esposa. 

1523.  2'  El  punto  básico  de  la  teoría  de  Budde  es 
considerar  al  pastor  y  al  rey  Salomón  como  un  solo  per- 
sonaje, y  luego  identificarlos  con  el  recién  casado.  Si  este 
último  figurara  en  el  Cantar  con  el  título  de  rey,  a  la 
esposa  se  le  debería  aplicar  el  de  reina,  lo  que  nunca  ocu- 
rre en  el  poema. 

1524.  3"?  El  lenguaje  del  (Cantar  prueba  su  boga  en 
época  reciente,  y  si  fuera  este  libro  una  colección  de 
cantos  nupciales,  no  se  comprendería  que  los  antiguos 
rabinos  hubiesen  perdido  por  completo  el  recuerdo  de 
ello.  Rabí  Aquiba  (muerto  el  año  135  n,  e.)  reprocha  a 
ciertos  judíos  que  talareaban  el  Cantar  en  las  tabernas; 
pero  ignora  su  uso  en  las  ceremonias  nupciales.  Hubiese 
sido  éste  un  excelente  argumento  para  legitimar  su  in- 
troducción en  el  canon  bíblico. 

1525.  4?  Contrariamente  a  la  costumbre  siria  re- 
ferida por  Wetzstein;  pero  de  acuerdo  con  las  prácticas 
más  arcaicas  de  los  árabes  del  país  de  Moab,  entre  los 
hebreos,  los  siete  días  del  festín  no  congregaban  sino  a 
hombres,  según  así  se  nos  cuenta  en  el  casamiento  de 
Sansón  (Jue.  14,  10-18;  §  514).  Si  en  esos  matrimonios 
es  cierto  que  se  proponían  enigmas,  nada  indica  que  el 


LA  EXPLICACION  DE  DUSSAUD 


24^ 


Cantar  sea  uno  de  éstos,  ni  menos  que  haya  sido  com- 
puesto para  este  uso. 

LA  EXPLICACIÓN  DE  DUSSAUD.  —  1526.  En 

virtud  de  las  citadas  objeciones  contra  la  teoría  de  los 
cantos  nupciales,  el  orientalista  René  Dussaud  publicó 
en  1919  n.  e.,  un  nuevo  ensayo  de  reconstitución  de  las 
fuentes  del  Cantar,  en  el  que  sostiene  que  esta  obra  está 
constituida  por  cuatro  cantos  amorosos  entremezclados, 
argumentando  así:  Cualquier  lector  libre  de  prejuicios, 
nota  en  seguida  que  ciertas  partes  del  poema  celebran 
los  amores  de  un  rey,  de  un  Salomón  más  o  menos  legen- 
dario, mientras  que  otras  cantan  los  amores  de  un  pas- 
tor. Esto  ya  lo  había  mostrado  claramente  Jacobi;  pero 
se  equivocaron  los  partidarios  de  la  teoría  dramática, 
cuando  sostuvieron  que  existía  rivalidad  entre  los  dos 
personajes.  No  sólo  no  se  puede  indicar  en  todo  el  libro, 
ni  una  palabra  que  muestre  esa  rivalidad,  sino  que  nin- 
gún versículo  pone  en  presencia  al  rey  y  al  pastor,  con 
•  excepción  quizás  de  los  vs.  8,  11-12,  en  los  que  se  trata 
de  Salomón  y  sus  arrendatarios.  Pero  evidentemente  esos 
versículos,  tanto  por  el  ritmo,  como  por  el  tema,  como 
por  su  redacción  vulgarota  y  prosaica,  no  pertenecen  pro- 
piamente al  texto  del  Cantar.  Constituyen  una  especie 
de  proverbio  o  de  epigrama  que  muy  arbitrariamente 
fué  colocado  al  final  de  la  obra. 

1527.  Los  amores  del  rey  con  una  joven  llevada  a 
su  harem,  no  son  un  tema  extraño  en  la  literatura  he- 
brea, como  lo  prueban  el  epitalamio  del  salmo  45  (§  1351) 
y  el  libro  de  Ester.  Las  características  de  los  versículos 
del  Cantar  que  encierran  el  poema  del  Rey  son  las  si- 
guientes: mención  del  rey  o  de  Salomón,  o  de  la  Sula- 
mita,  intervención  de  las  mujeres  del  harem,  y  osten- 
tación del  lujo  de  la  corte.  Salvo  uno  o  dos  versículos 
que  pueden  ofrecer  duda,  se  obtiene  así  un  poema  muy 
coherente,  que  aunque  se  desarrolla  en  plena  ficción,  lo 
hace  de  manera  lógica  y  clara.  Se  compone  de  los  frag- 
mentos siguientes,  que  aconsejamos  al  lector  los  lea  en 
el  orden  indicado:  1,  4^,  5,  6;  8,  8-10;  1,  il,  12;  2,  1, 


256 


ÍjA  EXPLICACION  DE  DIT9SAÜÍJ 


5,  7;  3,  6-8,  10,  11;  6,  4,  5\  8-12;  7,  1-10;  1,  2-4,  9,  10. 
Se  trata  de  un  poema  dialogado  cuyos  interlocutores  los 
supone  Dussaud,  de  esta  manera:  En  1,  4^,  5,  6;  8,  8-10, 
habla  la  Sulamita  dirigiéndose  a  las  mujeres  del  harem; 
estas  replican  en  1,  11,  12;  vuelve  a  tomar  la  palabra  la 
Sulamita  en  2,  1,  5,  7;  el  poeta  o  el  que  recita,  habla  en 
3,  6-11;  entra  el  rey  y  le  dirige  la  palabra  a  la  Sulamita 
en  6,  4,  5%  8-10;  responde  ésta  en  6,  11,  12;  la  primera 
mitad  de  7,  1  son  palabras  de  las  mujeres  del  harem;  la 
segunda  mitad  es  la  respuesta  de  la  Sulamita;  el  elo- 
gio de  los  encantos  de  ésta  es  hecho  en  7,  2-7  por  las 
mujeres  del  harem;  del  rey  son  los  vs.  siguientes  8-10; 
en  1,  2-4  habla  por  última  vez  la  Sulamita;  y  concluye 
el  rey  con  los  vs.  9  y  10  del  cap.  1. 

1528.  Luego  que  se  ha  eliminado  del  Cantar  el  poe- 
ma del  rey,  quedan  una  serie  de  versículos  que  se  agru- 
pan naturalmente  en  tres  trozos  contmuados,  los  que  de- 
nomina Dussaud:  poema  del  Pastor,  primer  poema  del 
Amado  y  segundo  poema  del  Amado.  El  poema  del  Pas- 
tor, constituido  por  estos  once  versículos:  1,  7,  8,  13-17; 
2,  2-4,  6,  se  reduce  a  un  simple  diálogo  amoroso  entre 
un  pastor  y  una  pastora.  La  conversación  de  los  amantes 
se  desarrolla  a  la  sombra  de  los  cedros  y  de  los  cipreses, 
y  sus  transportes  amorosos  tienen  por  teatro  una  bodega 
en  el  campo,  lejos  del  lujo  de  la  corte  y  de  sus  sutilezas 
de  lenguaje.  Estas  particularidades  distinguen  este  poe- 
ma tanto  del  poema  del  rey  como  de  los  otros  dos  del 
Amado,  con  los  cuales  no  tiene  de  común  más  que  la  ex- 
presión "Tus  ojos  son  palomas"  (1_,  15;  4,  1),  que  es  una 
simple  frase  poética  usual  en  esa  clase  de  composiciones. 

1529.  Pasemos  a  los  dos  poemas  del  Amado.  Después 
del  poema  del  Pastor,  se  cantan  los  amores  de  una  joven 
con  su  novio.  Éste  no  es  pastor^  aunque  así  pudiera  ha- 
cerlo creer  la  frase  "que  apacienta  entre  los  lirios"  (que 
nosotros  hemos  vertido  por  "que  entre  los  lirios  se  solaza" 
2,  16),  pues  esa  frase  es  convencional  y  tiene  el  doble 
sentido  que  ya  hemos  indicado.  La  joven  habita  una  ciu- 
dad fortificada.  Los  dos  poemas  del  Amado  desarrollan 
el  mismo  tema ;  pero  probablemente  son  de  dos  poetas  dis- 


LA  EXPLICACION  DE  DUSSAUD 


251 


tintos,  porque  las  expresiones  que  ambos  tienen  en  co- 
mún parecen  ser  clisés  del  lenguaje  poético.  Ofrecen  en- 
tre sí  notables  diferencias,  pues  mientras  que  el  primero 
detalla  los  encantos  de  la  amada,  el  segundo  exalta  la 
hermosura  del  amado.  De  paso  notaremos  que  mientras 
en  éstos  se  tratan  de  descripciones  descendentes,  en  el 
poema  del  rey  (7.  2-6)  la  descripción  de  los  encantos 
femeniles  de  la  Suíamita  es  ascendente,  pues  parte  de  los 
pies  y  termina  en  los  cabellos.  La  conclusión  es  también 
distinta  en  ambos  poemas,  lo  mismo  que  es  diferente  el 
espíritu  que  los  anima.  El  autor  del  primer  poema  sólo 
canta  la  primavera  y  el  goce  de  amar;  pero  el  del  se- 
gundo considera  la  pasión  de  un  punto  de  vista  dramá- 
tico y  expresa  sus  movimientos  con  arte  superior.  Pinta 
la  pasión  violenta,  irresistible  de  la  joven,  que  está  en- 
ferma de  amor,  como  Amnón  lo  estaba  respecto  de  su 
hermana  Tamar  (II  Sam.  13,  2).  Estas  diferencias  nos 
explican  la  causa  por  la  cual  conservó  el  redactor  ínte- 
gramente los  dos  poemas  en  su  colección.  El  tema  es 
idéntico  en  ambos  poemas,  y  se  divide  en  dos  episodios. 
1"  La  joven  está  acostada;  sobreviene  el  amado  y  la 
llama.  En  el  primer  poema,  ella  se  levanta,  le  abre  y~  se 
entrega  a  él;  después  lo  despide  antes  de  que  termine 
el  día.  En  el  segundo  poema,  ella  coquetea,  tarda  en 
abrir  y  cuando  lo  hace,  el  amado  ya  se  ha  ido.  Este  pri- 
mer episodio  sirve  únicamente  para  marcar  el  sentimien- 
to por  la  separación  de  los  amantes,  y  prepara  la  pes- 
quisa del  amado  por  la  joven.  2'^  Ésta  busca  a  su  ama- 
do a  través  de  la  ciudad  fortificada  en  que  habita,  lo 
encuentra,  y  no  se  separa  más  de  él.  El  segundo  poema 
da  un  desarrollo  dramático  a  esta  pesquisa,  insistiendo 
en  la  brutalidad  de  los  guardas,  y  haciendo  intervenir 
un  coro  de  mujeres,  que  da  pretexto  a  un  elogio  apa- 
sionado del  amante.  El  primer  poema  del  Amado  com- 
prende los  siguientes  versículos:  2,  8-17;  3,  1-4;  4,  1-5, 
7,  9-16;  5,  1.  El  segundo  comprende  éstos:  5,  2-16;  6, 
1-3;  7,  12-14;  8,  1,  2,  5^-7.  En  este  segundo  poema  se 
encuentran  aquellos  versos  célebres  en  que  se  manifiesta 
que  el  amor,  como  la  muerte,  no  suelta  su  presa. 


252 


POEMAS  DE  DIVERSOS  AUTORES 


¡Ponme  como  un  sello  sobre  tu  corazón, 
Como  un  brazalete  sobre  tu  brazo! 
Porque  fuerte  como  la  muerte  es  el  amor. 
Los  celos  son  implacables  como  el  sJieol  (8,  6). 

1530.  Descompuesto  así  el  Cantar  en  cuatro  poe- 
mas, le  restan  a  Dussaud.  cuatro  versículos:  8,  11-14,  a 
los  que  no  ha  podido  ubicar  en  la  reconstitución  de  aque- 
llos poemas.  Los  vs.  11  y  12  no  guardan  relación  alguna 
con  el  cuerpo  de  la  obra;  y  los  vs.  13  y  14  repiten  2,  17, 
con  una  frase  tomada  a  2,  14.  El  redactor  creyó  cerrar 
así  ingeniosamente  su  colección,  tomando  esos  dos  ver- 
sos a  una  de  sus  fuentes. 

1531.  Tal  es  la  explicación  de  Dussaud,  la  que  pa- 
samos brevemente  a  analizar.  1?  Ante  todo,  nos  parece 
exacto  que  el  Cantar  encierra  poemas  o  fragment/^s  poé- 
ticos de  diversos  autores.  La  mujer  amada  de  ciertas 
partes  del  Cantar,  no  es  la  misma  que  la  que  figura  en 
el  resto  de  la  obra.  La  primera  se  jacta  de  su  honestidad, 
de  saber  resistir  a  todas  las  seducciones,  lo  que  sabe 
apreciar  bien  su  amado,  para  quien  es  ella  "una  fuente 
de  felicidad".  En  cambio,  la  segunda  es  una  apasionada 
sexual,  que  sin  rubor  se  entrega  a  su  amante,  como  lo 
hemos  demostrado  anteriormente  (§  1497-1505).  Recor- 
demos en  efecto,  que  hay,  entre  otras,  dos  imágenes  que 
se  usan  en  el  Cantar  en  doble  sentido,  a  saber:  la  del 
muro,  y  contrapuesta  a  ella,  la  de  la  puerta.  Así  los  her- 
manos de  la  joven  impúber,  pensando  en  el  porvenir  de 
ésta,  exclaman: 

Si  ella  es   un  muro, 

Sobre  el  edificaremos  almenas  de  plata; 

Si  es  una  puerta, 

La  cerraremos  con  tablas  de  cedro  (8,  9). 

El  muro,  en  su  sentido  natural,  es  la  pared  o  tapia 
destinada  a  cerrar  un  espacio  determinado;  pero  aquí 
figuradamente  representa  la  virtud  que  opone  insalvable 
obstáculo  a  los  ataques  que  se  le  dirigen.  En  contraste 
con  esa  imagen,  está  la  de  la  puerta,  que,  como  se  cora- 


DIVERSroAD  DE  HEROINAS  EN  EL  CANTAR 

prende,  indica  lo  contrario  del  muro,  es  decir,  la  mujer 
que  se  deja  fácilmente  seducir,  sin  resistencia  alguna 
por  su  parte.  Pues  bien,  a  continuación  del  versículo  ci- 
tado, dice  la  heroína: 

Sí,  yo  soy  un  muro 

Y  mis  senos  son  torres, 
Así  soy  a  sus  ojos 

Una  fuente  de  felicidad  (8,  10;  §  1465). 

Se  comprende,  pues,  fácilmente  que  la  mujer  a  la 
cual  se  le  prestan  esas  palabras,  es  completamente  dis- 
tinta de  la  que  "fué  arrastrada  por  su  amante  a  la  bode- 
ga, donde  ondea  el  estandarte  del  amor"  (2,  4)^  la  que 
probablemente  es  la  misma  que  invita  a  su  amado  a 
entrar  en  su  jardín  y  comer  de  sus  exquisitos  frutos" 
(4,  16),  o  que  recordando  el  perfume  de  las  mandrágo- 
ras,  y  los  frutos  que  tiene  a  su  puerta  reservados  para 
su  amado,  le  dice  a  éste:  "Salgamos  al  campo  y  pasemos 
la  noche  en  las  granjas  o  en  las  viñas"     (7,  11,  14). 

1532.  2'  Otra  prueba  de  la  diversidad  de  heroínas 
en  los  distintos  cantos  amalgamados  en  nuestro  Cantar, 
la  tenemos  en  los  diferentes  vocativos  con  que  se  las 
nombra.  Es  indudable  que  no  es  la  misma  persona  aque- 
lla a  la  que  se  invoca  llamándola:  "¡Oh  amiga  mía!"  (1, 
15;  2, 10),  y  aquella  a  la  que  se  la  llama:  "Oh  hija  de  prín- 
cipe!" (1,1). 

1533.  S''  No  estamos  conformes  con  el  procedimien- 
to de  cirugía  literaria  practicada  por  Dussaud  de  acuer- 
do con  Dalman,  según  el  cual  se  suprimen  frases  o  ver- 
sos por  no  estar  de  acuerdo  con  el  metro  de  éstos,  cuan- 
do aquél  mismo  reconoce  que  las  reglas  métricas  he- 
breas no  nos  son  suficientemente  conocidas.  "Esta  im- 
precisión, dice  él,  procede  de  que  la  vocalización  de  los 
masoretas  es  de  varios  siglos  posterior  a  la  composición 
del  texto,  y  quizás  también  de  que  los  poemas  primitivos 
fueron  trasladados  a  la  lengua  vulgar"  (Le  Cant.  p.  21). 
Basándose  en  que  la  poesía  hebrea  del  Cantar  es  doble- 
mente rítmica :  por  la  cadencia  y  por  el  sentido,  se  ve  obli- 
gado a  considerar  como  glosas,  versos  que  no  se  ajustan  a 


254 


Eli  POEMA  DEL  REY 


SU  preestablecido  criterio  métrico,  como  el  v.  9  del  cap.  3, 
procedimiento  subjetivo  que  aun  cuando  pueda  dar  lugar 
a  resultados  aceptables  en  ciertos  casos,  en  otros  carece 
de  la  rigurosidad  científica  que  se  impone  sin  contesta- 
ción. Prueba  de  ello  lo  tenemos  en  las  numerosas  ocasio- 
nes en  que  discrepa  con  Dalman  y  otros  hebraístas  de 
la  misma  escuela  (Ib.  p.  25). 

1534.  4'  Si  se  examina  "el  poema  del  Rey"  forma- 
do por  Dussaud  salta  a  la  vista  que  está  compuesto  con 
versículos  tomados  de  todos  los  capítulos  del  Cantar, 
menos  del  4"  y  5'.  Ese  proceder  nos  trae  a  la  memoria 
las  juiciosas  observaciones  de  Reuss,  cuando  censuraba 
a  los  intérpretes  que  habían  exagerado  el  método  de 
Herder,  quien  veía  en  aquel  libro  fragmentos  poéticos 
de  distintos  autores  y  de  diversas  épocas.  Dice  así  Reuss: 
"Se  ha  creído  avanzar  en  la  compresión  de  ese  libro,  cu- 
ya obscuridad  se  exageraba,  trastornando  el  orden  actual 
de  sus  elementos  tan  arbitrariamente,  que  no  ha  bastado 
el  cambiar  la  sucesión  de  los  diferentes  idilios,  sino  que 
se  ha  ido  hasta  componerlos  libremente,  formándolos 
por  combinación  de  versículos  sacados  de  diversos  capí- 
tulos. Esto  viene  a  equivaler  a  ensayos  de  redacción  de 
nuevas  poesías  líricas  sobre  motivos  del  Cantar,  y  según 
concepciones  completamente  subjetivas,  como  las  reali- 
zadas por  los  poetas  alemanes  del  siglo  XIII  n.  e."  (Le 
Cantique,  p.  16,  17).  Además,  como  nota  Lods,  no  se  ve 
la  razón  que  haya  impulsado  al  redactor  a  dispersar  el 
poema  del  Rey  entre  las  otras  composiciones  poéticas. 

1535.  5'^  Lo  arbitrario  de  esa  reconstrucción  re- 
sulta evidente  de  hechos  como  este:  Dussaud,  en  su  poe- 
ma del  rey,  incluye  8,  8-10,  pasaje  en  el  cual  según  aca- 
bamos de  ver,  (§  1531)  la  heroína  se  jacta  de  haber  con- 
servado su  pureza,  diciendo:  "Yo  soij  nn  muro,  y  mis  se- 
nos son  torres".  Pero  más  adelante  le  agrega  7,  1-9,  tro- 
zo en  el  que  el  enamorado  al  compararla  con  una  pal- 
mera, y  sus  pechos,  con  los  racimos  de  dátiles  de  la  mis- 
ma, le  dice  descaradamente  que  "subirá  a  esa  palmera  y 
agarrará  sus  racimos"  (§  1500).  Y  a  continuación,  como 
respuesta,  se  pone  1,  2-4  en  el  que  ella  expresa:  "¡Oh, 


LA  MUJER  1>EL  OAPITÜLO  7 


255 


quién  me  diera  heher  un  beso  de  su  hoca!  (frase  que 
Dussaud  traduce  así :  "Prodíáfawe  los  besos  de  tu  hoca"). 
Más  dulces  que  el  vino  son  tus  caricias...  Llévame  con- 
tigo; juntos  correremos .. .  Regocijémonos  y  riamos  juntos". 
Psicológicamente  esta  última  mujer  no  puede  ser  la  que 
habla  en  8,  10. 

1536.  6"  Pero  hay  más  aún:  Según  Dussaud,  el 
pasaje  7,  1-6,  en  el  que  se  elogian  los  encantos  del  cuer- 
po de  la  joven,  corresponde  a  palabras  pronunciadas  por 
mujeres  del  harem,  en  lo  que  concuerda  con  ortodoxos 
como  Godet  y  L.B.A. ;  pero  no  está  de  acuerdo  con  la 
mayoría  de  los  críticos  independientes  que  ven  en  ellas 
frases  del  amante,  lo  que  en  realidad  se  ajusta  mejor 
al  sentido  voluptuoso  que  expresan.  En  efecto,  se  trata, 
según  Dussaud,  de  un  poema  que  refiere  la  entrada  de 
una  joven  en  el  harem  del  rey.  Esa  joven  era  descono- 
cida, o  no  tenía  porqué  ser  conocida  de  las  odaliscas 
del  serrallo,  y  por  lo  tanto  éstas  sólo  podían  alabar  los 
encantos  visibles  de  ella,  y  no  los  ocultos,  como  los  ex- 
presados en  los  vs.  2  y  6,  los  que  únicamente  podían  ser 
(Conocidos  por  quien  hubiera  cohabitado  con  ella.  Por 
eso  Renán  supone  que  los  vs.  7,  1-9  son  palabras  diri- 
gidas por  Salomón  a  una  bayadera,  o  sea,  bailarina  y 
cantora  de  su  harem.  Este  escritor  escribe  al  respecto: 
"¿Cómo  concebir  que  esta  joven  campesina,  tímida  y 
reservada,  que  el  poeta  nos  ha  presentado  como  un  mo- 
delo de  fidelidad,  y  a  la  que  hemos  visto  perdida  en  me- 
dio de  la  corte  de  Salomón,  no  soñando  más  que  en  huir 
y  esconderse,  cambie  de  pronto  su  carácter,  y  enarde- 
cida a  las  primeras  invitaciones,  baile  hasta  el  punto 
de  merecer  las  alabanzas  que  podrían  prodigarse  a  una 
bayadera  ? . . .  Además  el  rey  conoce  de  mucho  tiempo 
antes  a  la  mujer  a  quien  dirige  las  alabanzas,  como  lo 
prueba  la  descripción  que  hace  de  sus  bellezas  más  ín- 
timas. Las  alabanzas  dirigidas  a  la  Sulaniita  en  otras 
partes  del  poema  tienen  un  carácter  muy  distinto  de 
las  que  aquí  se  le  prodigan.  Porque,  en  efecto,  el  pasaje 
que  nos  ocupa  es  el  único  en  el  que  la  sensualidad  orien- 
tal se  desborda  sin  miramientos^  obligando  al  traductor 


25é 


ÉL  ÁÜÍOR  DEL  C^NTAft 


a  hacer  no  pocas  atenuaciones.  Y  es  imposible  admitir 
que  Salomón,  que  ve  por  primera  vez  a  la  joven  campe- 
sina, se  dirija  a  ella  en  un  lenguaje  que  sólo  convendría 
dirigiéndose  a  una  prostituta,  y  que  forma  tal  contraste 
con  el  empleado  en  otros  pasajes  del  poema"  (El  Cantar, 
p.  65-7).  Sin  aceptar  que  quien  habla  aquí  sea  Salomón 
y  que  la  mujer  ensalzada  sea  una  odalisca,  bailarina  del 
harem  real,  como  lo  supone  Renán  para  poder  acomodar 
este  trozo  en  su  pretendido  drama,  lo  que  queremos  po- 
ner en  evidencia  con  esa  cita,  es  lo  inadmisible  de  que 
sean  las  mujeres  del  serrallo  las  que  lo  reciten.  El  mismo 
Dussaud  se  ve  obligado  a  sostener  que,  en  los  vs.  7-9,  es 
el  rey  quien  toma  la  palabra,  cuando  cualquiera  que  lea 
sin  prejuicio  alguno,  reconocerá  que  los  vs.  7,  1-9,  son 
parte  del  poema,  los  que  no  se  pueden  dividir,  porque 
encierran  una  serie  ininterrumpida  de  imágenes  volup- 
tuosas prodigadas  a  su  dama  por  un  apasionado  galán, 
sea  éste  el  que  fuere,  rey  o  plebeyo,  ciudadano  o  pastor. 

EL  AUTOR  DEL  CANTAR.  —  1537.  Para  la  or- 
todoxia no  hay  duda  alguna  que  esa  obra  es  de  Salomón, 
porque  así  lo  dice  el  v.  1,  y  el  libro  divino  no  puede  equi- 
vocarse. Al  efectOj  Cornely  y  Merk  escriben:  "El  libro 
tiene  por  título  El  Cantar  de  los  Cantares  de  Salomón^ 
por  lo  que  todos  los  intérpretes  judíos  lo  han  atribuido 
a  Salomón,  y  en  esto  han  sido  seguidos  por  la  antigüe- 
dad cristiana,  que  parece  no  tuvo  nunca  la  menor  duda 
al  respecto.  El  mismo  Teodoro  de  Mopsuesto,  aunque 
negaba  el  carácter  religioso  del  libro,  nunca  le  negó  la 
paternidad  de  él  a  Salomón,  y  la  mayor  parte  de  los 
intérpretes  católicos  modernos  continúan  siendo  de  la 
misma  opinión"  (I,  p.  638).  El  pastor  W.  H.  Guitón,  en 
su  Introduction  a  la  Bible,  da  las  siguientes  razones  de 
esa  creencia:  "Hay  en  el  Cantar  un  arte  tan  consumado, 
una  poesía  tan  verdadera,  una  psicología  tan  segura,  una 
comprensión  tan  admirable  de  la  naturaleza,  que  parece 
lo  más  natural  ver  en  él  la  obra  de  un  genio  como  el 
de  Salomón"  (p.  133). 


SAIX>MON  NO  FUE  EL  AUTOR  DEL  CANTAR 


257 


1538.  En  contra  de  estas  interesadas  opiniones  de 
la  ortodoxia,  y  después  del  estudio  del  Cantar  que  an- 
tecede, podemos  afirmar  con  todos  los  críticos  indepen- 
dientes sin  excepción,  que  el  autor  de  ese  libro  ni  fué, 
ni  pudo  ser  Salomón.  Basta  para  ello  recordar  que  a 
este  rey  se  le  cita  en  él  como  un  personaje  más  o  menos 
legendario,  lo  que  no  tendría  explicación  plausible  alguna, 
si  él  hubiera  sido  el  autor  de  dicha  obra.  Recuérdense 
en  prueba  de  ello,  pasajes  como  estos:  aquel  en  que  la 
heroína  de  uno  de  los  cantos,  hace  esta  comparación: 
"Morena  soy  como  los  pabellones  de  Salomón'\  (1,  5) ;  o 
cuando  se  describe  un  cortejo  real,  en  el  que  se  dice  que 
"El  rey  Salomón  se  hizo  construir  un  palanquín  de  ma- 
dera del  Líbano",  y  se  invoca  a  las  hijas  de  Sión  para 
que  vayan  a  admirarlo  "con  la  corona  que  le  puso  su 
madre  el  día  de  sus  bodas"  (3,  6-11);  o  donde  se  alude 
al  personal  de  su  harem  (6,  8,  9)  \  o  cuando  se  expresa 
al  final  que  Salomón  tenía  una  viña,  la  arrendó  y  por 
ella  le  pagaban  sus  arrendatarios  tantos  sidos  (8,  11), 
todas  estas  citas  están  mostrando  con  luz  meridiana, 
al  que  no  quiera  cerrar  los  ojos,  que  nada  tiene  que  ver 
el  aludido  monarca  con  la  composición  de  esos  cantos. 
En  cuanto  a  que  en  I  Rey.  4,  32,  se  afirma  que  los 
cantares  de  Salomón  alcanzaron  a  1.005,  fuera  de  que 
esta  noticia,  como  dice  Reuss,  tiene  bastante  apariencia 
de  ser  el  eco  de  una  tradición  que  no  inspira  confianza 
alguna,  y  que  ya  desde  entonces  se  ingeniaba  en  realzar 
la  gloria  del  último  gran  rey  de  Israel,  fuera  de  esto, 
decimos,  obsérvese  que  a  renglón  seguido,  en  el  mismo 
texto,  se  agrega  que  trató  temas  relativos  a  árboles, 
plantas  y  animales,  temas  que  los  antiguos  utilizaban 
para  comparaciones  o  para  formar  proverbios;  pero  que 
nada  tienen  que  ver  con  canciones  eróticas. 

1539.  En  lo  tocante  al  título  del  libro,  observare- 
mos que  no  es  el  de:  "El  Cantar  de  los  Cantares  de  Sa- 
lomón", como  expresan  Cornely  y  Merk,  sino:  "El  Can- 
tar de  los  Cantares,  QUE  es  de  Salomón".  Parece  que 
esta  pequeña  diferencia  no  tuviera  importancia;  pero 
oigamos  lo  que  al  respecto  nos  dice  un  hebraísta  tan 


258 


FEOHA  DEL  CANTAR 


competente  como  Gautier:  "El  pronombre  relativo  que 
o  el  cual  empleado  en  este  título,  es  el  usado  habituai- 
mente  en  los  textos  hebreos,  mientras  que  El  Cantar 
de  los  Cantares  nunca  lo  emplea,  y  lo  reemplaza  por  otro 
pronombre  equivalente,  que  con  muy  raras  excepciones, 
es  propio  de  los  escritos  de  fecha  reciente.  Dado  el  des- 
acuei'üo  existente  en  la  terminología  entre  el  cuerpo  del 
libro  y  su  título,  debe  ser  permitido  considerar  este  úl- 
timo, o  a  lo  menos  su  parte  final,  como  agregada  pos- 
teriormente ...  El  título  propiamente  dicho :  "El  Cantar 
de  los  Cantares"  podría  haber  existido  antes  que  se  le 
añadiera  la  mención:  "que  es  de  Salomón"  (II  p.  126, 
146). 

1540.  Siendo  los  poemas  del  Cantar,  según  así  lo  he- 
mos reconocido,  canciones  populares  que  durante  siglos 
se  trasmitieron  oralmente,  no  es  de  extrañar  que  sean 
cantos  anónimos,  surgidos  del  pueblo,  como  lo  son  to- 
dos los  de  esa  índole,  y  como  de  ello  tenemos  un  claro 
ejemplo  en  El  Romancero  del  Cid.  El  haber  hecho  figu- 
rar en  el  título  de  la  obra  el  nombre  de  Salomón,  es  un 
fraude  literario  muy  corriente  en  la  época  antigua,  del 
que  se  sirvió  el  redactor  para  que  el  libro  fuera  acep- 
tado por  la  Sinagoga  en  el  canon  sagrado,  lo  que,  a  pesar 
de  toao,  no  se  hizo  sin  grandes  protestas  y  discusiones, 
y  gracias  a  la  interpretación  alegórica  que  se  le  dió  al 
poema  (§  1446),  admisión  que  sólo  se  efectuó  después 
de  la  destrucción  del  tercer  templo  por  Tito.  En  reali- 
dad, pues.  El  Cantar  de  los  Cantares  viene  a  ser  un  seu- 
doepigrafo,  como  tantas  obras  que  al  comienzo  de  nues- 
tra era  se  publicaron  atribuyéndolas  a  aquel  célebre  rey, 
como:  los  Salmos  de  Salomón  y  las  Odas  de  Salomón 
(f  III,  p.  421). 

FECHA  DEL  CANTAR.  —  1541.  Sobre  la  fecha 
de  la  composición  de  los  primitivos  cantos  originales,  no 
se  puede  asegurar  nada  con  certeza;  pero  todo  induce  a 
suponer  que  remontan  a  la  época  de  la  monarquía.  Al- 
gunos son  probablemente  del  siglo  X  o  de  principios  del 
IX,  como  aquel  en  que  se  celebra  la  belleza  de  la  ama- 


TERSA,  OAPITAIi  ISRAELITA 


259 


da  comparándola  con  la  de  Tirsa  y  la  de  Jerusalem.  Se- 
gún las  adiciones  recientes  de  un  redactor  de  la  escuela 
sacerdotal,  Tirsa  (ciudad  que  no  ha  logrado  ser  identi- 
ficada) era  la  residencia  de  un  rey  del  Norte  de  Canaán, 
en  la  época  de  Josué  (Jos.  12,  24).  Después  del  cisma, 
en  el  último  tercio  del  siglo  X,  Jeroboam  I  hizo  de  Tirsa 
la  capital  de  su  nuevo  reino,  posición  esa  destacada  que 
conservó  dicha  ciudad  hasta  que  Omrí,  varios  lustros 
más  tarde,  fundó  a  Samaría,  que.  en  adelante,  fué  la 
capital  de  Israel,  o  sea,  del  reino  del  Norte  (I  Rey.  14, 
17;  15.  31,  33;  16,  23,  24).  Es,  pues,  probable  que  en  ese 
corto  período,  de  fin  del  siglo  X  a  comienzos  del  segundo 
cuarto  del  siglo  IX,  haya  sido  compuesto  el  canto  en  que 
se  menciona  la  belleza  de  Tirsa  concomitantemente*  con 
la  de  Jerusalem.  Algunos  autores  ortodoxos  suponen  que 
Tirsa  pudo  haber  sido  citada  por  su  belleza  antes  de 
Jeroboam,  y  en  cambio,  otros,  por  la  misma  razón,  opi- 
nan que  pudo  ser  citada  después  de  la  fundación  de  Sa- 
maría; pero  nos  parece  más  natural  admitir  que  al  esta- 
blecer un  paralelismo  entre  su  hermosura  y  la  de  Jeru- 
salem, debió  ese  hecho  ocurrir  cuando  ambas  eran  res- 
pectivamente capitales  de  Israel  y  de  Judá.  Tirsa  fuá 
bella  cuando  era  la  cabeza  de  un  reino,  cuando  residían 
allí  el  monarca  y  las  autoridades  superiores  del  país;  y 
el  haber  desaparecido  tan  completamente,  después  de  su 
ruina,  que  nadie  ha  conseguido  descubrir  su  emplaza- 
miento hasta  hoy,  comprueba  acabadamente  que  su  her- 
mosura no  dependía  de  sus  atractivos  particulares,  ni 
de  su  posición  geográfica,  sino  tan  sólo  de  la  circuns- 
tancia de  ser  residencia  real.  Pero  sí  admitimos  que  al- 
gunos de  esos  poemas  tengan  tan  remota  antigüedad,  y 
que  eran  cantados  en  banquetes  y  fiestas  nupciales  du- 
rante la  monarquía,  opinamos  que  su  redacción  por  es- 
crito, en  lengua  vulgar,  no  remonta  más  allá  del  siglo  IV 
(§  1545,  N'  6'). 

1542,  Una  prueba  de  la  popularidad  de  esos  an- 
tiguos poemas,  la  tenemos  en  que  un  grave  personaje 
religioso  del  siglo  VIII,  como  el  profeta  Isaías,  creyó 
del  caso,  como  dijera  el  Arcipreste  de  Hita,  contraponer 


260 


TINA  PARABOLA  DE  ISAIAS 


el  amor  de  Dios  al  loco  amor  del  mundo,  que  cantan 
aquellas  producciones  eróticas,  y  al  efecto  escribió  esta 
parábola,  que  quizás  con  la  de  Natán  (§  1024),  le  sir- 
vieron de  modelo  a  Jesús  para  componer  las  suyas: 

1  Quiero  cantar  para  mi  amigo 

El  canto  de  mi  amado  relativo  a  su  viña: 
Mi  amado  tenía  una  viña 
En  un  colina  feraz; 

2  La  cavó  y  la  despedrego, 

T  plantó  en  ella  cepas  seleccionadas. 
En  medio  de  ella  edificó  una  torre, 

Y  también  construyó  un  lagar. 
Esperaba  que  diera  buenas  uvas; 
Pero  las  dió  silvestres. 

3  Ahora,  bien,  moradores  de  Jerusalem, 

Y  vosotros,  varones  de  Judá, 
Sed  jueces  entre  mi  viña  y  yo. 

4  ¿Qué  más  había  de  hacer  a  mi  viña 
Que  ya  no  lo  hubiera  yo  hecho  f 

¿Por  qué  cuando  esperaba  que  produjera  buenas  uvas. 
Las  ha  producido  silvestres? 

5  Ahora,  pues,  os  mostraré 

Lo  que  voy  a  hacer  a  mi  viña: 

Le  quitaré  su  seto  vivo  para  que  allí  paste  el  ganado, 
Derribaré  su  vallado,  para  que  sea  pisoteada, 

6  Y  concluiré  con  ella. 

No  volverá  a  ser  podada,  ni  carpida; 
Crecerán  allí  zarzas  y  espinas, 

Y  ordenaré  a  las  nubes 

Que  no  la  rieguen  con  la  lluvia. 

7  Porque  la  viña  de  Yahvé  de  los  Ejércitos 
Es  la  casa  de  Israel, 

Y  el  pueblo  de  Judá 

Es  la  planta  de  su  deleite. 
Esperaba  de  ella  justicia, 

Y  he  aquí  injusticia; 

Equidad,  y  he  aquí  iniquidad  (Is.  5), 


OBSEE  VACIONES  SOBRE  LA  PARABOLA  DE  ISALA9  261 

1543.  Si  leemos  detenidamente  esta  parábola,  no- 
taremos : 

A.  Que  aquí  se  emplea  la  alegoría  con  un  fin  reli- 
gioso, el  de  mostrar  que  el  pueblo  escogido  no  respondió 
a  los  favores  de  su  dios  Yahvé. 

B.  El  profeta  que  utiliza  esta  alegoría,  tiene  buen 
cuidado  de  explicarnos  sus  vocablos  para  que  todos  la 
comprendan.  Así  en  el  v.  7  nos  da  la  clave  de  ella:  Yahvé 
de  los  Ejércitos  es  el  viñero,  y  la  vifía  es  su  pueblo  Israel. 

C.  Las  dos  observaciones  anteriores,  A  y  B,  no 
pueden  aplicarse  al  Cantar  de  los  Cantares,  que,  según 
lo  hemos  comprobado,  no  es  obra  alegórica,  ni  religiosa. 

D.  El  profeta  Isaías  conocía  los  poemas  que  han 
entrado  en  la  formación  de  nuestro  Cantar,  pues  le  pone 
por  título  a  su  parábola,  (v.  1)  palabras  tomadas  de 
aouél:  "El  Cantar  (o  canto)  de  mi  amado  relativo  a  su 
viña".  Los  vocablos  vid  o  viña  y  el  amado  a  cada  ins- 
tante se  encuentran  en  el  libro  que  estudiamos  y  ahora 
Isaías  los  utiliza,  tomándolos  de  canciones  populares  de 
todos  conocidas,  para  cambiarles  de  sentido  con  la  indi- 
cada finalidad  religiosa. 

E.  No  sólo  el  título  de  la  parábola  está  indicando 
la  existencia  de  los  poemas  del  Cantar  en  época  de  Isaías, 
sino  que  además  supone  Dussaud  (Le  Cantiaue,  p.  32) 
que  este  profeta  tomó  de  dichos  poemas  las  imágenes  de 
la  viña  cercada  con  un  muro  o  vallado,  y  con  una  torre 
en  medio  de  ella;  pero  se  puede  sostener  que  el  muro  y 
la  torre  o  choza  en  su  interior  se  encontraban  en  todas 
las  viñas,  y  que  por  lo  tanto  no  suponen  necesariamente 
que  Isaías  haya  tomado  tales  imágenes  del  citado  Can- 
tar. (Is.  1,  8). 

LOS  "CANTOS  DE  AMOR"  EGIPCIOS.  —  1544. 

Antes  de  concluir  con  el  estudio  del  libro  que  analizamos, 
creemos  del  caso  hacer  notar  la  analogía  que  hay  entre 
El  Cantar  de  los  Cantares  y  los  Cantos  de  amor  que  nos 
ha  conservado  el  antiguo  Egipto.  Según  Moret  (El  Nilo, 
p.  538-541),  erudito  egiptólogo  que  nos  ilustrará  sobre 


262 


liOS  «CANTOS  DE  AMOR"  EGIPCIOS 


esta  materia,  entre  las  piezas  características  del  Impe- 
rio Nuevo  y  del  último  período,  aparecen  escritos  en 
demótico,  poemas  amorosos  llamados  Cantos  para  ale- 
grar el  corazón,  que  se  cantaban  al  son  del  arpa  y  de  las 
flautas.  "La  mayoría  de  estas  piececillas,  escribe  aquel 
autor,  son  diálogos  en  los  oue  alternativamente  *»1  hom- 
bre y  la  mujer  cantan,  se  llaman  hermano  mío  y  her- 
mana mía,  **on  imágenes  y  con  una  sensualidad  aue  es- 
tallarán más  ardientes  en  los  cantos  de  la  Sulamita". 
Además  de  estas  semejanzas  con  nuestro  Cantar,  exis- 
ten otras  no  menos  interesantes  que  dan  a  sospechar 
fundadamente  oue  la  literatura  egipcia  sirvió  en  estas 
composiciones  líricas  de  modelo  a  la  hebrea,  como  así 
ocurrió,  según  luego  lo  veremos,  con  la  literatura  sa- 
piencial o  gnómica.  Obsérvense,  en  efecto,  estas  otras 
circunstancias  de  los  Cantos  de  amor  del  Egipto,  y  véase 
cómo  son  las  mismas  oue  hemos  encontrado  en  el  estu- 
dio del  Cantar  de  los  Cantares. 

1'?  El  amante  juega  en  ellos  un  papel  bastante  se- 
cundario; la  mujer  amada  es  la  que  casi  siempre  toma 
la  palabra. 

2''  El  amante  dice  que  espera  encontrar  a  su  her- 
mana en  un  jardín  perfumado,  bajo  un  pabellón.  Sabe 
por  anticipado  que  junto  a  ella  es  como  el  pájaro  que  va 
a  dejarse  prender  en  la  red  del  amor  (cf.  Prov.  6.  ^''^) ; 
pero,  sin  embargo,  el  placer  de  amar  es  grande;  cede  a 
él;  su  atracción  es  más  fuerte  que  el  vino  y  las  bebidas 
fermentadas  (Cant.  1,  2;  4,  10). 

3'  El  amor  de  la  mujer  amada  es  más  fino,  más 
elegiaco  en  la  espera,  más  ardiente  en  la  satisfacción. 
Dice  que  es  una  cazadora  de  pájaros,  y  trata  de  atrapar 
en  la  trampa  a  su  amante,  que  es  para  ella  un  pájaro 
perfumado  de  mirra  (Cant.  1,  13;  5,  5.  13). 

4'  La  amada  se  pasea  por  el  jardín.  Una  planta  o 
un  fruto  despierta  en  el  poeta  una  comparación  con  una 
perfección  del  cuerpo  de  aquélla,  o  una  alusión  a  su  cre- 
ciente felicidad.  Hablan  los  árboles:  ellos  son  los  que  cu- 
bren á  los  amantes  bajo  sus  ramas  y  esconden  sus  ca- 
ricias (Cant.  1,  17;  4,  12-16), 


RESUMEíí 


5'  Rasgos  de  la  belleza  femenina:  una  cabellera 
más  negra  que  las  tinieblas,  dientes  más  brillantes  que 
lascas  de  sílex,  un  talle  esbelto,  un  pecho  firme  y  bien 
plantado  (Cant.  4,  1-5;  Q,  5,  6',  7,  1-7). 

Estas  analogías  hacen  suponer,  con  toda  razón,  que 
los  poetas  hebreos  que  compusieron  los  poemas  de  nues- 
tro Cantar,  conocieron  los  Cantos  de  amor  egipcios,  y  se 
inspiraron  en  ellos. 

RESUMEN.  —  1545.  Resumiendo  lo  expuesto,  po- 
demos arribar  a  estas  conclusiones: 

1'  El  sistema  de  interpretación  alegórica  del  Can- 
tar es  inadmisible  por  irracional,  absurdo  e  irreverente. 
Sólo  ha  tenido  una  ventaja,  y  es  el  que,  gracias  a  él,  se 
nos  ha  conservado  esta  joya  de  la  literatura  hebrea  en 
el  canon  bíblico,  al  hacerla  pasar  por  obra  mística. 

2'  Por  idénticas  razones  a  las  expuestas  contra  el 
sistema  alegórico,  debe  desecharse  el  típico  o  tipológico. 

3'  Hay  en  el  Cantar  muchas  palabras  e  imágenes 
tomadas  figuradamente;  pero  no  en  sentido  místico,  sino 
en  sentido  sensual  y  voluptuoso. 

4'  El  Cantar  no  es  una  obra  religiosa,  ni  moral, 
sino  meramente  profana.  No  es  un  libro  obsceno,  sino 
amoral,  donde  se  describe  la  violencia  de  la  pasión  amo- 
rosa humana,  con  vocablos  e  imágenes  propios  de  una 
sociedad  semítica  oriental  de  25  o  30  siglos  atrás,  que 
no  tenia  la  sensibilidad  moral,  ni  los  refinamientos  de 
la  nuestra. 

5"  El  Cantar  no  es  un  drama,  aunque  contiene  par- 
tes dialogadas;  ni  en  su  composición  intervino  para  na- 
da Salomón. 

6''  Es  el  Cantar  una  colección  de  antiguos  cantos 
populares  de  amor,  que  probablemente  se  fueron  trasmi- 
tiendo en  forma  oral,  hasta  que  en  época  reciente,  quizás 
a  fines  del  siglo  IV,  o  a  principios  del  III,  antes  de  la 
versión  de  los  LXX,  un  redactor  los  compiló  sin  mayor 
orden  ni  concierto,  incluyendo  fragmentos  de  algunas  de 
esas  composiciones  poéticas,  como  el  cortejo  nupcial  de 
3,  6-11,  y  los  trozos  de  8,  8-10  y  8,  11,  12,  que  no  tienen 


RESUMEÑ 


mayor  relación  con  el  resto  del  libro.  Así  se  explica  que 
el  conjunto  carezca  de  unidad,  — pese  a  los  esfuerzos 
desesperados  de  los  que  a  todo  trance  pretenden  encon- 
trársela,—  a  lo  menos  de  aquella  unidad  que  tendría  si 
fuera  producción  de  un  solo  poeta,  aunque  todos  los  va- 
tes anónimos  que  contribuyeron  a  formar  esa  obra,  tra- 
taron el  mismo  tema  del  amor  mutuo  apasionado  de  un 
hombre  por  una  mujer,  pintando  a  ambos  protasronistas, 
cada  autor  a  su  manera.  Por  esto  no  es  extraño  que  el 
lenguaje  actual  del  Cantar  encierre  vocablos  árameos, 
persas  y  hasta  alguno  griego. 

Y  7"  Muchas  de  esas  poesías  eróticas  muy  probable- 
mente se  cantaban  en  los  festejos  a  que  daban  lugar  los 
matrimonios  israelitas,  sin  que  esto  implique  aceptar 
que  forzosamente  fueran  compuestas  desde  un  principio 
como  cantos  nupciales. 


APENDICE 


la  Cruz,  según  una  antigua  estampa 

JUAN  DE  YEPES  (1542-1591),  hijo  del  tejedor 
Gonzalo  de  Yepes  y  de  su  esposa  Catalina  Álvarez,  de 
naturaleza  endeble  y  enfermiza,  profesó  a  los  22  años 
en  un  monasterio  carmelita  de  la  ciudad  de  Medina,  (Es- 
paña) tomando  el  nombre  de  Fray  Juan  de  Santa  María. 
Se  distinguió  desde  un  principio  por  su  afán  de  morti- 
ficación y  de  sacrificio.  Colaboró  con  Santa  Teresa  de 
Jesús  en  la  reforma  y  fundación  de  monasterios  de  mon- 
jes descalzos,  — en  oposición  con  los  antirreformistas,  o 
sea  con  los  monjes  calzados  o  de  la  orden  de  la  obser- 


266 


SAN  JUAN  DE  LA  CRUZ 


vancia. —  adoptando  en  1568  el  nombre  de  Fray  Juan 
de  la  Cruz.  Según  su  ingenuo  biógrafo  A.  Alvarez  de  la 
Villa,  en  la  ciudad  de  Ávila  Fray  Juan  de  la  Cruz  "libra 
endemoniados  y  sufre  y  vence  agobios  a  su  castidad  y 
tentaciones  múltiples  del  enemigo  malo.  Las  diferencias 
que  existían  entre  los  religiosos  de  la  observancia  y  los 
descalzos,  fueron  aumentando  y  agriándose.  Resultado 
de  estas  discordias  fué  la  prisión  de  San  Juan  de  la  Cruz 
y  de  su  compañero  Fray  Germán  de  Santa  María,  sien- 
do golpeados  y  azotados  con  grande  saña.  Temiendo  que 
no  hubiera  algún  levantamiento  de  los  religiosos  de  am- 
bos sexos,  de  la  ciudad  de  Ávila  fué  trasladado  Fray 
Juan  a  Toledo,  y  encerrado  en  una  celdilla  angosta  y 
malsana  del  convento  de  observantes  de  Toledo,  con 
unas  tablas  por  cama  y  unas  mantas  viejas  por  todo 
cobertor.  Además  de  lo  insalubre  de  la  habitación  tuvo 
Fray  Juan  que  sufrir  los  malos  tratos  de  los  frailes, 
hasta  el  punto  que  muchos  años  después,  aun  guarda- 
ban sus  espaldas  contraídas  las  cicatrices  de  los  disci- 
plinazos con  que  se  ensañaba  la  bárbara  incomprensión  de 
los  calzados.  Con  tanto  sufrimiento,  su  salud,  ya  muy 
quebrantada,  decaeció". 

Según  Teresa  de  Jesús,  Fray  Juan  "estuvo  nueve 
meses  en  una  carcelilla  que  no  cabía  bien,  con  cuan  chi- 
co es",  prisión  tan  obscura  que  apenas  si  tenía  un  es- 
trecho tragaluz  en  el  techo,  dándosele  a  lo  sumo  una 
vela  para  que  pudiera  leer  el  libro  de  las  Horas.  Se  le 
hacía  baiar  al  refectorio  y  "su  comida  era  pan  y  agua 
en  el  suelo",  y  luego  de  acabada,  todos  los  religiosos  en 
rueda  le  daban  sin  compasión  disciplinazos,  por  lo  que 
él  decía  que  le  habían  azotado  más  veces  que  a  San  Pa- 
blo. Tratábanlo  como  a  empedernido  criminal,  pues  se- 
gún los  manuscritos  de  la  Biblioteca  Nacional  de  Ma- 
drid, "la  cama  y  comida  era  como  de  delinquente  qual 
no  morir  parecía  milagro".  Y  todas  estas  torturas  se 
debían  a  que  había  acompañado  a  Teresa  de  Jesús  en 
su  reforma  de  la  orden  de  los  Carmelitas,  torturas  que 
iban  acompañadas  con  tentativas  de  seducción,  pues  el 
P.  Inocencio  de  San  Andrés,  testigo  de  aquellos  hechos, 


SAN  JUAN  DE  LA  CJRUZ 


267 


declara  que  estando  Fray  Juan  en  el  refectorio  "le  ofre- 
cieron muchas  veces  que  se  calzase  y  que  le  harían  Prior 
de  un  convento,  a  lo  que  respondió  que  no  volvería  atrás 
de  lo  comenzado,  aunque  ie  costase  la  vida"  (baruzzi 
p.  181-3). 

Como  se  ve^  los  frailes,  que  por  el  hecho  de  vivir 
alejados  del  mundo  y  consagrados  por  completo  a  prác- 
ticas religiosas,  deberían  de  haber  sido  amables  y  tole- 
rantes con  sus  cofrades  con  cuyas  ideas  discrepaban, 
a  veces  en  cuestiones  de  tarji  poca  monta  como  si  conve- 
nía o  no  que  usaran  calzado,  fueron,  en  cambio,  con 
aquéllos,  los  seres  más  inhumanos  y  bárbaros  que  pe- 
dirse pudiera.  No  es  extraño,  por  lo  tanto,  que  al  saber 
Teresa  de  Jesús  que  Juan  de  la  Cruz  y  su  companero 
habían  sido  encarcelados  por  los  carmelitas  calzados,  aun- 
que Ignorando  donde  los  tenían  en  prisión,  con  fecha  4 
de  diciembre  de  1577  le  escribió  a  Felipe  11  para  que 
intercediera  en  favor  de  dichos  prisioneros,  pues  "tu- 
viera por  mejor  que  estuvieran  entre  moros,  porque  qui- 
zás tuvieran  más  piedad"  (baruzzi,  180).  En  general, 
todos  los  místicos,  que  se  elevaban  a  un  mayor  grado  de 
espiritualidad  y  renunciamiento  mundano,  o  que  se  sen- 
tían iluminados  por  gracias  celestiales,  tuvieron  que  su- 
frir vejaciones,  castigos,  prisiones,  torturas  sin  cuento, 
pues  los  trataban  como  a  herejes,  vale  decir,  como  a  los 
peores  y  más  terribles  criminales.  En  la  España  del  si- 
glo XVI  n.  e.  decía  el  escritor  alemán  Eberhard  Gothein, 
que  "era  entonces  un  simple  juego  de  azar  el  considerar 
a  un  escritor  místico  entre  los  heréticos  o  entre  los  san- 
tos" (Ib,  132).  Y  la  persecución  y  los  sufrimientos  im- 
puestos a  los  más  destacados  de  los  mismos  católicos 
llegó  a  tal  punto,  que  nos  refiere  Francisco  de  Enzinas 
en  sus  Memorias,  que  un  tío  suyo,  el  canónigo  de  Burgos 
Pedro  de  Lerma,  ya  septuagenario,  se  decidió  a  fines  de 
1537,  abandonar  a  España,  buscando  un  país  más  libre 
(Ib.  141).  Y  después  de  estos  ejemplos,  unidos  a  otros 
innumerables  por  el  estilo,  de  que  llena  está  la  historia 
de  la  Iglesia  (véase  t'?  II,  p.  425-432),  ¡qué  se  pretenda 
convencernos  de  que  la  religión  católica  dulcifica  las  eos- 


268 


EL  C^XICO  ESPIRITÜAIj 


tumbres,  trae  consigo  la  paz  y  la  concordia  en  el  seno 
de  la  sociedad,  y  contribuye  al  progreso  de  la  humanidad ! 

En  su  prisión  de  Toledo,  compuso  Fray  Juan  de  la 
Cruz  las  escroias  de  su  Canuco  Espiritual,  las  que  ai  fin 
de  ella  pudo  poner  por  escrito,  gracias  a  que  el  carcelero, 
dolido  ae  su  triste  suerte,  le  proporcionó  papel  y  piuma, 
y  a  ratos  lo  sacaba  a  un  patieciiio  contiguo  a  su  cala- 
bozo, iror  último  pudo  aquel  íraiie  tugarse  üe  tan  innos- 
pita  prisión,  descoiganaose  por  una  ventana  que  aaba 
al  l'ajo,  yendo  a  reiugiarse  en  un  convento  de  monjas 
de  su  oruen,  trasiaaanuose  mas  tarde  a,  un  convento  de 
frailes  carmelitas  descalzos  en  Almodovar.  JKespues  de 
íunuar  monasterios  de  la  nueva  regia,  se  retiro  Fray 
Juan  al  desierto  de  La  Peñueia,  en  íSierra  Morena,  donde 
"vivía  entregado  a  practicas  de  penitencia,  cuando  unas 
úlceras  en  una  pierna  le  oDligaron  a  irse  a  UDeda.  UJn 
medio  de  norriDies  dolores,  que  le  duraron  tres  meses, 
muño",  el  14  de  diciemore  de  1591,  en  olor  de  santidad, 
pues  según  el  citado  Alvarez  de  la  Villa,  "una  suave  fra- 
gancia transcendió  de  su  cuerpo.  En  1674  fué  preconi- 
zado santo",  bus  obras  se  puoiicaron  27  anos  después  de 
su  muerte,  y  según  Üousseiot,  "aunque  autorizadas  con 
la  licencia  de  los  Inquisidores,  se  advirtieron  en  ellas 
concomitancias,  aparentas,  por  lo  menos,  con  varias  here- 
jías". 'IranscriOimos  a  continuación  su  celebre  Cántico 
Espiritual,  apasionada  égloga  religiosa,  que,  como  nota- 
rá el  lector,  no  viene  a  ser  otra  cosa  que  una  paráfrasis 
libre  alegorizada  del  Cantar  de  los  Cantares^  según  lo  in- 
terpretaoan  los  místicos  españoles  del  siglo  XV  l,  n.  e. 

CANCIONES  ENTRE  EL  ALMA  Y  EL  ESPOSO 

Esposa 

1.  ¿Adonde  te  escondiste. 
Amado,  y  me  dejaste  con  gemido? 
Como  el  ciervo  huíste. 
Habiéndome  herido; 


ÉL  OANTIOO  tiSPmiíUAlj 


Salí  tras  ti  clamando,  y  ya  eras  ido. 

2.  Pastores,  los  que  fuerdes 
Allá  por  las  majadas  al  otero, 
Si  por  ventura  vierdes 
Aquel  que  yo  más  quiero, 
Decidle  que  adolezco,  peno  y  muero. 

3.  Buscando  n:\is  amores. 
Iré  por  esos  montes  y  riberas, 
Ni  cogeré  las  flores; 

Ni  temeré  las  fieras, 

Y  pasaré  los  fuertes  y  fronteras. 

4.  Oh  bosques  y  espesuras. 
Plantadas  por  mano  del  Amado, 
Oh  prado  de  verduras, 

De  flores  esmaltado, 

Decid  si  por  vosotros  ha  pasado. 

Respuesta  de  las  criaturas 

5.  Mil  gracias  derramando. 
Pasó  por  estos  sotos  con  presura, 

Y  yéndolos  mirando, 
Con  sola  su  figura 

yestidos  los  dejó  de  su  hermosura. 

Esposa 

6.  ¡Ay,  quién  podrá  sanarme! 
Acaba  de  entregarte  ya  de  vero; 
No  quieras  enviarme 

De  hoy  más  ya  mensajero, 

Que  no  saben  decirme  lo  que  quiero. 

7.  Y  todos  cuantos  vagan. 

De  ti  me  van  mil  gracias  refiriendo, 

Y  todos  más  me  llagan, 

Y  déjame  muriendo 

Un  no  sé  qué  que  quedan  balbuciendo. 

8.  Mas  ¿cómo  perseveras, 

Oh  vida,  no  viviendo  donde  vives, 


270 


ÍEL  CANTICO  ESPIRITUAL 


Y  haciendo  porque  mueras, 
Las  flechas  que  recibes. 

De  lo  que  del  Amado  en  ti  concibes? 

9.  ¿Por  qué,  pues  has  llagado 
A  aqueste  corazón,  no  le  sanaste? 

Y  pues  me  le  has  robado, 
¿Por  qué  así  le  dejaste, 

Y  no  tomas  el  robo  que  robaste? 

10.  Apaga  mis  enojos, 

Pues  que  ninguno  basta  a  deshacellos, 

Y  véante  mis  ojos, 

Pues  eres  lumbre  de  ellos, 

Y  sólo  para  ti  quiero  tenellos. 

11.  Descubre  tu  presencia, 

Y  mátame  tu  vista  y  hermosura; 
Mira  que  la  dolencia 

De  amor,  que  no  se  cura 

Sino  con  la  presencia  y  la  figura. 

12.  ¡Oh  cristalina  fuente, 

Si  en  esos  tus  semblantes  plateados, 
Formases  de  repente 
Los  ojos  deseados. 

Que  tengo  en  mis  entrañas  dibujados! 

13.  Apártalos,  Amado, 
Que  voy  de  vuelo. 

Esposo 

Vuélvete,  paloma, 
Que  el  ciervo  vulnerado 
Por  el  otero  asoma, 
Al  aire  de  tu  vuelo,  y  fresco  toma. 

Esposa 

14.  Mi  Amado,  las  montañas, 
Los  valles  solitarios  nemorosos, 
Las  ínsulas  extrañas, 

Los  ríos  sonorosos, 


EL  CANTICO  ESPIRITUAL 

El  silbo  de  los  aires  amorosos. 

15.  La  noche  sosegada 

En  par  de  los  levantes  de  la  aurora, 

La  música  callada, 

La  soledad  sonora, 

La  cena,  que  recrea  v  enamora. 

16.  Cazadnos  las  raposas, 

Oue  está  ya  florecida  nuestra  viña, 
En  tanto  que  de  rosas 
Hacemos  una  pina, 

Y  no  parezca  nadie  en  la  montiña. 

17.  Detente,  cierzo  muerto, 

Ven  austro,  ou^  recuerdas  los  amores. 
Aspira  por  mi  huerto, 

Y  corran  tus  olores, 

Y  pacerá  el  Amado  entre  las  flores. 

18.  Oh,  ninfas  de  Judea, 

En  tanto  que  en  las  flores  y  rosales 
El  ámbar  perfumea. 
Morá  en  los  arrabales, 

Y  no  Queráis  tocar  nuestros  umbrales. 

19.  Escóndete,  Carillo. 

Y  mira  con  tu  haz  a  las  montañas, 

Y  no  quieras  decillo; 
Mas  mira  las  campañas 

De  la  que  va  por  ínsulas  extrañas. 

Esposo 

20.  A  las  aves  li.oreras. 
Leones,  ciervos,  gamos  saltadores, 
Montes,  valles,  riberas. 

Aguas,  aires,  ardores, 

Y  miedos  de  las  noches  veladores. 

21.  Por  las  amenas  liras 

Y  cantos  de  Sirenas  os  conjuro 
Que  cesen  vuestras  iras, 

Y  no  toquéis  al  muro. 

Porque  la  Esposa  duerma  más  seguro. 


272 


EL  CANTIOO  ESPIRITU AIj 


22.  Entrádose  ha  la  Esposa 
En  el  ameno  huerto  deseado, 

Y  a  su  sabor  reposa, 
El  cuello  reclinado 

Sobre  los  dulces  brazos  del  Amado. 

23.  Debajo  del  manzano 
Allí  conmigo  fuiste  desposada, 
Allí  te  di  la  mano, 

Y  fuiste  reparada 

Donde  tu  madre  fuera  violada. 

Esposa 

24.  Nuestro  lecho  florido, 
De  cuevas  de  leones  enlazado. 
En  púrpura  tendido, 

De  paz  edificado, 

De  mil  escudos  de  oro  coronado. 

25.  A  zaga  de  tu  huella 

Los  jóvenes  discurren  al  camino 

Al  toque  de  centella, 

Al  adobado  vino, 

Emisiones  de  bálsamo  divino. 

26.  En  la  interior  bodega 

De  mi  Amado  bebí,  y  cuando  salía 
Por  toda  aquesta  vega, 
Ya  cosa  no  sabía, 

Y  el  ganado  perdí  que  antes  seguía. 

27.  Allí  me  dió  su  pecho, 

Allí  me  enseñó  ciencia  muy  sabrosa, 

Y  yo  le  di  de  hecho 
A  mí,  sin  dejar  cosa; 

Allí  le  prometí  de  ser  su  esposa. 

28.  Mi  alma  se  ha  empleado, 

Y  todo  mi  caudal,  en  su  servicio, 
Ya  no  guardo  ganado 

Ni  ya  tengo  otro  oficio; 

Que  ya  sólo  en  amar  es  mi  ejercicio. 

29.  Pues  ya  si  en  el  ejido 


Eli  OANTIOO  ESPmrrUAl, 

De  hoy  más  no  fuere  vista  ni  hallada, 

Diréis  que  me  he  perdido^ 

Que,  andando  enamorada, 

Me  hice  perdidiza  y  fui  ganada. 

30.  De  flores  y  esmeraldas 

En  las  frescas  mañanas  escogidas, 
Haremos  las  guirnaldas. 
En  tu  amor  florecidas, 

Y  en  un  cabello  mío  entretejidas. 

31.  En  solo  aquel  cabello 

Que  en  mi  cuello  volar  consideraste. 
Mirástele  en  níi  cuello, 

Y  en  él  preso  quedaste, 

Y  en  uno  de  mis  ojos  te  llagaste. 

32.  Cuando  tú  me  mirabas. 

Su  gracia  en  mí  tus  ojos  imprimían; 
Por  eso  me  adamabas, 

Y  en  eso  merecían 

Los  míos  adorar  lo  que  en  ti  vían. 

33.  No  quieras  despreciarme. 
Que  si  color  moreno  en  mí  hallaste, 
Ya  bien  puedes  mirarme, 
Después  que  me  miraste; 

Que  gracia  y  hermosura  en  mí  dejaste. 

Esposo 

34.  La  blanca  palomica 

Al  arca  con  el  ramo  se  ha  tornado, 

Y  ya  la  tortolica 
Al  socio  deseado 

En  las  riberas  verdes  ha  hallado. 

35.  En  soledad  vivía, 

Y  en  soledad  ha  puesto  ya  su  nido, 

Y  en  soledad  la  guía 
A  solas  su  querido, 

También  en  soledad  de  amor  herido. 


274 


EL  CANTICO  ESPIRITUAL 

Esposa 


36.  Gocémonos,  Amado, 

Y  vémonos  a  ver  en  tu  hermosura 
Al  monte  y  al  collado, 

Do  mana  el  agua  pura; 

Entremos  más  adentro  en  la  espesura. 

37.  Y  luego  a  las  subidas 
Cavernas  de  las  piedras  nos  iremos. 
Que  están  bien  escondidas, 

Y  allí  nos  entraremos, 

Y  el  mosto  de  granadas  gustaremos. 

38.  Allí  me  mostrarías 
Aquello  que  mi  alma  pretendía, 

Y  luego  me  darías 
Allí  tú.  vida  mía, 

Aquello  que  me  diste  el  otro  día. 

39.  El  aspirar  del  aire. 

El  canto  de  la  dulce  Filomena, 

El  soto  y  su  donaire, 

En  la  noche  serena 

Con  llama  que  consume  y  no  da  pena. 

40.  Que  nadie  lo  miraba, 
Aminadab  tampoco  parecía, 

Y  el  cerco  sosegaba, 

Y  la  caballería 

A  vista  de  las  aguas  descendía. 


^FIN  DEL  TOMO  IV 


Fe  de  erratas 


Algunos  errores  tipográficos  que  hemos  notado  en 
los  tomos  anteriores,  y  que  no  fueron  salvados  en  la  FE 
DE  ERRATAS  que  figura  en  el  tomo  III,  págs.  495-6: 


Página-Línea 

111  —  29 

298  —  25 
311  —  1 
337  —  25 


Tomo  II 
Donde  dice 

dijo  Dalila 

Tomo  ni 

buen, 
aquejaban 
tra  Antíoco 


Debe  decir 

dijo  a  Dalila 

bien, 
aquejan 
expresiones 


Conviene  que  cada  lector  haga  en  su  libro  las  correc- 
ciones indicadas. 


VOCABULARIO  Y  BIBLIOGRAFIA  DEL  TOMO  IV 


Irán  al  final  del  tomo  V,  que  aparecerá  al  comienzo 
del  año  1939. 


Indice  de  los  ^riibados 


Página 

Fig.  1  —  Croquis  del  circuito  de  Jerusalem  en 
tiempo  de  Salomón   96  a  97 

Fig.  2  —  Croquis  del  templo  de  Salomón  ...  96  a  97 

Fig.  3  —  Croquis  de  la  ubicación  del  palacio 
de  Salomón  y  de  sus  construcciones  adyacentes  . .  96  a  97 

Fig.  4  —  Cúpula  del  Peñasco  o  Mezquita  de 
Ornar    96  a  97 

Fig.  5  —  La  Sakhrá  o  Roca  Santa,  existente 
en  el  interior  de  la  mezquita  de  Omar   96  a  97 

Fig.  6  —  Juan  de  Yepes,  más  conocido  por  San 
Juan  de  la  Cruz,  según  una  antigua  estampa    265 


Indice  del  tomo  IV 


Página 

Introducción    5 

Capítulo  I.  —  Los  libros  de  los  Reyes,  y  la  historia 

salomónica   12 

Los  libros  de  los  Reyes,  12.  —  Fuentes  de  la 
historia  de  Salomón,  19. 

Capítulo  IL  —  El  advenimiento  de  Salomón  y  el  tes- 
tamento político  de  David    25 

El  advenimiento  de  Salomón,  25.  —  Otro  relato 
del  advenimiento  de  Salomón,  28.  —  El  testamento 
político  de  David,  31. 

Capítulo  IIL  —  El  sueño  de  Gabaón    41 

El  culto  de  los  altos  y  la  pretendida  legislación 
mosaica,  40.  —  El  sueño  de  Gabaón,  46.  —  Los  reve- 
ses guerreros  de  Salomón,  50.  —  Dos  versiones  de 
una  plegaria  de  Salomón,  52. 

Capítulo  IV.  —  La  sabiduría  de  Salomón    55 

La  célebre  sabiduría  salomónica  y  el  cuento 
persa  de  Zadig,  55.  —  La  visita  de  la  reina  de  Sabá, 
58.  —  Admiración  universal  por  Salomón,  62.  —  Los 
enigmas  orientales,  63.  —  La  fama  póstuma  de  Sa- 
lomón, 65. 

Capítulo  V.  —  La  política  de  Salomón   66 

La  sabiduría  política  de  Salomón,  66.  —  1'  Los 
cananeos,  66.  —  2'  Los  israelitas,  68.  —  3'  Nueva 
subdivisión  administrativa  y  los  impuestos  de  Salo- 
món, 69. 

Capítulo  VI.  —  Salomón,  las  mujeres  y  la  tolerancia 

religiosa    73 

El  harem  salomónico,  73.  —  La  tolerancia  reli- 


278 


Página 

giosa  de  Salomón,  75.  —  La  profecía  de  Ahías,  77. 

—  Un  epitalamio  real,  80. 

Capitulo  VII.  —  Expediciones  marítimas  de  Salomón  88 

Buques  de  Tarsis  y  viajes  a  Tarsis,  88.  —  Fal- 
sedad de  los  viajes  a  España,  90. 

Capítulo  VIII.  —  El  templo  de  Salomón   95 

Salomón  decide  construir  casa  a  Yahvé,  95.  — 
El  debir,  97.  —  El  hecal,  99.  —  Construcciones  la- 
terales, 101.  —  El  elam,  101.  —  Los  dos  patios  del 
templo,  103.  —  Reparaciones  y  modificaciones  en 
el  templo,  105.  —  Vicisitudes  del  templo  salomónico, 
106.  —  Templos  que  se  han  sucedido  en  la  colina  de 
Moriah,  107. 

Capítulo  IX.  —  La  dedicación  del  templo  (1*  parte)  108 

Tiempo  que  duró  la  construcción  del  templo, 
108.  —  Distintas  partes  de  la  inauguración  del  tem- 
plo, 108.  —  1'  Traslación  del  arca  y  del  tabernáculo 
de  reunión,  109.  —  El  arca  y  el  salmo  132,  según 
Mowinckel,  112. 

Capítulo  X.  —  El  discurso  y  la  plegaria  de  Salomón  116 

2»  Discurso  de  Salomón  al  pueblo,  116.  —  3»  La 
plegaria  de  Salomón,  118.  —  Evolución  de  la  plega- 
ria israelita,  121.  —  El  nombre  de  Yahvé,  126.  — 
Yahvé,  dios  del  cielo,  126.  —  Pluralidad  de  cielos, 
128.  —  El  templo,  morada  de  Yahvé,  129.  —  1er.  ca- 
so: El  juramento  deferido  a  un  prevenido,  131.  — 
2'  caso:  Derrota  y  cautiverio  de  Israel,  133.  —  3'  y 
4'  casos:  Sequía,  hambre,  peste  y  otras  calamidades 
públicas  enviadas  por  Yahvé  a  su  pueblo,  en  castigo 
de  sus  pecados,  134.  —  5'  caso:  El  del  extranjero 
de  lejanas  tierras  que  viniere  a  adorar  en  el  tem- 
plo, 135.  —  6'='  caso:  Ejército  israelita  que  invocare 
a  Yahvé,  138.  —  7'='  y  último  caso:  Los  israelitas  en 
el  cautiverio,  138.  —  Conclusión  de  la  plegaria,  140. 

—  Resumen,  141. 

Capítulo  XI.  —  El  final  de  la  dedicación  del  templo  143 

4<'  La  bendición  de  Salomón,  143.  —  5'  Los  sa- 
crificios y  la  gran  fiesta  nacional,  144.  —  Exclusiva 


279 


Página 

intervención  del  rey  como  dirigente  de  aquel  acto 
religioso,  146.  —  Duración  de  los  festejos,  149.  — 
El  regocijo  popular  por  la  inauguración  del  templo, 
y  fecha  de  este  acto,  151. 

Capítulo  XII.  —  Algunas  observaciones  sobre  el 

templo  de  Salomón    158 

1'  El  plano  del  edificio,  158.  —  2'  Recursos  pa- 
ra la  construcción  del  templo,  161.  —  3c  Los  cons- 
tructores del  templo,  161.  —  4'  Las  dimensiones 
del  templo,  163.  —  5"  La  construcción  del  templo  y 
la  llamada  legislación  mosaica,  165. 
Capítulo  XIII.  —  Los  Salmos  de  Salomón  y  el  Can- 
tar de  los  Cantares    170 

La  obra  literaria  de  Salomón,  170.  —  Los  Sal- 
mos de  Salomón,  170.  —  El  Cantar  de  los  Cantares, 
174.  —  Interpretación  alegórica  del  Cantar,  189.  — 
La  interpretación  de  F.  Godet,  212.  —  La  alegoría 
bíblica  del  matrimonio,  223.  —  Palabras  de  doble 
sentido  en  el  Cantar.  228.  —  ¿Es  el  Cantar  un  libro 
obsceno?,  237.  —  Carácter  literario  del  Cantar,  240. 

—  La  explicación  de  Reuss,  244.  —  La  explicación 
de  Budde,  246.  —  La  explicación  de  Dussaud,  249. 

—  El  autor  del  Cantar.  256.  —  Fecha  del  Cantar, 
258.  —  Los  "Cantos  de  Amor"  egipcios,  261.  — 


Resumen,  263. 

Apéndice.  —  San  Juan  de  la  Cruz    265 

El  Cántico  Espiritual  de  San  Juan  de  la  Cruz  268 

Fe  de  Erratas.  —  Vocabulario  y  Bibliografía   275 

Indice  de  grabados    276 

Algunas  opiniones  sobre  los  tomos  anteriores  de  es- 
ta obra    280 


Algunas  opiniones  sobre  los 
tomos  anteriores  de  esta  obran) 


Alábete  otro,  y  no  tu  misma  boca. 
El  extraño,  y  no  tus  mismos  labios. 

(Prov.  27.  2) 

DE  REVISTAS: 

Párrafos  del  juicio  crítico  sobre  los  dos  últimos  tomos  de  la  Historia 
de  la  Religión  de  Israel,  publicado  por  el  Dr.  Enrique  Roger,  miembro 
de  la  Academia  de  Medicina  de  París  y  autor  de  notables  obras  cien- 
tíficas: 

"Imposible  es  analizar  un  libro  de  historia.  Digamos  tan  sólo  que 
el  Sr.  Nin  y  Silva  conoce  admirablemente  el  tema  que  trata;  que  su 
documentación  es  muy  completa  y  exactísima;  y  que  los  hechos  están 
expuestos  con  talento  literario  que  hace  fácil  y  agradable  su  lectura. 
El  gran  interés  de  la  obra  consiste  en  la  crítica  detallada  de  los  do- 
cumentos y  en  la  discusión  de  las  opiniones  contradictorias  emitidas  por 
diversas  exégetas,  tanto  tradicionalistas  como  independientes;  lo  mismo 
que  en  la  constante  preocupación  de  poner  en  evidencia  las  relaciones 
entre  los  relatos  bíblicos,  los  mitos  paganos  y  las  leyendas  cristianas. 
Resaltan  netamente  esas  relaciones  en  el  estudio  interesantísimo  que  el 
autor  ha  hecho  de  Sansón,  el  héroe  solar  que,  según  ciertos  escritores 
católicos,  prefigura  al  Cristo. 

"Será  poca  toda  recomendación  que  se  haga  de  la  lectura  de  este 
libro,  modelo  de  sana  erudición  y  de  juiciosa  crítica."  (Les  Cahiers  Ra- 
tlonalistes,        57.  París,  marzo  de  1937). 


De  un  juicio  crítico  publicado  en  el  N"?  311  de  la  revista  "Claridad", 
de  Buenos  Aires,  transcribimos  estos  párrafos  relativos  al  tomo  III,  "El 
Rey  David": 

{  1  )  Esta  obra  fué  premiada  por  el  Ministerio  de  Instrucción  Públi- 
ca del  Uruguay,  en  el  Concurso  de  Remuneraciones  artístico  -  literarias  d» 
los  libros  publicados  en  1936,  en  dicho  país. 


"Ya  en  otra  oportunidad  y  a  propósito  de  la  aparición  de  los  dos 
primeros  tomos  de  esta  obra,  nos  hemos  referido  a  la  magnitud  del 
esfuerzo  que  significa  en  estos  países  la  publicación  de  esta  Historia. 

"El  doctor  Nin  y  Silva,  dueño  de  una  vastísima  cultura  filosófica 
y  provisto  de  una  erudición  notable  por  su  disciplina  y  por  su  actuali- 
dad, había  sido  reconocido  ya  por  los  hombres  más  eminentes  de  Euro- 
pa y  América . . .  Con  "El  Rey  David"  puede  decirse  que  la  ciencia  ame- 
ricana ha  dado  un  gran  paso  en  el  terreno  de  los  estudios  antiguos  y 
religiosos...  I 

"Esta  obra  es,  en  resumen,  digna  de  hacerse  conocer  ampliamente, 
en  la  seguridad  de  que,  como  las  obras  de  los  grandes  investigadores, 
ha  de  dejar  en  cada  espíritu  un  respetable  cúmulo  de  conocimientos 
históricos,  religiosos  y  sociales." 

ALGUNOS  RECORTES  DE  LA  PRENSA  URUGUAYA: 

El  conocido  poeta,  orador  y  parlamentario,  Dr.  Emilio  Frugoni.  al 
acusar  recibo  de  nuestro  tomo  II,  se  expresa  en  su  periódico  "El  Sol", 
respecto  a  ese  volumen,  en  esta  forma: 

"Ya  dijimos  a  propósito  del  tomo  primero,  que  es  esta  una  obra 
excepcional  en  nuestro  medio  por  su  positiva  importancia  y  la  meritoria 
dedicación  que  si  autor  ha  consagrado  a  la  materia.  Libros  de  tanto 
aliento  son  raros  en  nuestra  producción  intelectual  y  aunque  sólo  fuer© 
por  esa  circunstancia,  el  del  doctor  Nin  y  Silva  merecería  una  mención 
detenida  y  seria,  que  no  siempre  ha  encontrado  en  las  columnas  de 
nuestra  prensa,  porque  desgraciadamente  carecemos  de  una  crítica  cien- 
tífica, autorizada  y  regular. 

"El  esfuerzo  del  autor  nos  resulta  particularmente  interesante  y  sim- 
pático, porque  es  el  de  un  hombre  que  está  de  vuelta  de  las  preocupa- 
ciones religiosas  y  hoy  encara  el  tema  de  la  religión  y  sus  orígenes  con 
espíritu  científico  firmemente  orientado  hacia  la  crítica  objetiva.  Notable 
conocimiento  del  tema,  erudición  de  buena  ley,  búsqueda  tesonera  y 
prolija  de  elementos  históricos,  todo  eso  revela  este  segundo  volumen, 
al  que  ha  de  seguir  un  tercero,  y  puede  asegurarse  que  a  medida  que 
avanza  en  su  labor  de  exégesis  el  autor  parece  afirmarse  en  sus  facul- 
tades de  escritor  fácil  y  correcto  y  de  agudo  analista."  (Enero  de  1937  ). 


En  "El  Telégrafo",  de  Paysandú,  del  15  de  mayo  de  1936,  encontra- 
mos estos  conceptos  también  sobre  nuestro  tomo  II: 

"Este  segundo  tomo  es  digno  en  todo  sentido,  del  primero,  "Moisés 
y  su  dios".  El  Dr.  Nin  y  Silva  continúa  desarrollando  en  forma  realmente 
magistral  el  amplio  y  sugestivo  tema  que  se  propuso,  haciéndolo  "según 
la  Biblia,  la  ortodoxia  y  la  ciencia". 


282 


"Llama  en  verdad  la  atención  del  lecior,  la  voluntad  extraordinaria 
del  autor,  demostrada  al  escribir  con  tanto  acierto,  una  obra  de  las 
proporciones  de  la  de  referencia,  tan  detallada  y  completa.  Y  esta  cir- 
cxinstancia  resulta  todavía  más  rara  en  un  medio  como  el  ríoplatense, 
donde  por  lo  general  sólo  se  producen  libros  característicamente  ligeros 
y  sintéticos,  en  especial  manera  sobre  esta  materia. . . 

"La  historia  de  la  religión  hebrea  y  paralelamente  la  del  pueblo 
judío,  ofrecen  perspectivas  vastísimas  para  un  erudito  como  el  Dr.  Nin 
y  Silva,  que  las  estudia  con  un  criterio  muy  acertado  y  objetivo.  Los 
dos  tomos  de  la  obra  que  nos  ocupa  y  que  hemos  tenido  la  oportunidad 
de  conocer,  revelan  numerosos  e  importantes  aspectos  de  un  asunto  tan 
discutido,  hasta  ahora  ignorados  o,  por  lo  menos,  sabidos  únicamente 
por  contados  especialistas.  Y  éste  es  uno  de  los  méritos  no  comunes  del 
trabajo  del  Dr.  Nin  y  Silva :  la  divulgación  de  conocimientos  sumamente 
interesantes  y  que  no  estaban  al  alcance  de  la  mayoría,  relacionados 
con  una  materia  objeto  de  constantes  discusiones  y  que  nunca  pierde 
actualidad. 

"Puede  afirmarse,  pues,  sin  temor  a  pecar  de  exagerados,  que  la 
obra  que  viene  publicando  el  Dr.  Nin  y  Silva  es  indispensable  para 
todos  aquellos  que  deseen  profundizar  en  el  estudio  de  los  múltiples  pro- 
blemas que  presenta,  cmn  en  nuestros  tiempos,  la  religión  israelita  y  el 
pueblo  que  la  practicó,  o  mejor  dicho,  que  practica  ese  culto  y  su  com- 
plejo ceremonial  en  diferentes  partes  del  mundo". 


De  "El  Día",  de  Montevideo,  fecha  enero  13  de  1937: 
"Acaba  de  aparecer  el  tomo  111  de  la  monumental  "Historia  de  la 
religión  de  Israel,  según  la  Biblia,  la  ortodoxia  y  la  ciencia",  de  que 
es  autor  nuestro  ilustrado  compatriota  el  Dr.  Celedonio  Nin  y  Silva... 
Ya  en  otras  ocasiones,  nos  hemos  referido  elogiosamente  a  la  importan- 
cia excepcional  de  esta  obra,  digna  de  un  ambiente  mucho  más  culto 
y  avanzado  que  el  nuestro,  y  que  puede  parangonarse  sin  desmedro  al- 
guno con  las  más  famosas  que  se  han  publicado  sobre  esa  materia. 
Como  no  se  trata  de  una  obra  de  simple  erudición,  de  cronología,  de 
acumulación  de  acontecimientos,  sino  de  un  alegato  histórico,  polémico 
y  con  relación  con  las  ideas  modernas,  la  recomendamos  a  todos  aque- 
llos que  experimentan  interés  o  curiosidad  por  tales  investigaciones  de 
orden  a  la  vez  filosófico  y  sociológico  que  religioso,  especialmente  a  esa 
juventud  a  la  que  el  autor  la  ha  dedicado,  buscando  a  la  vez  que  su 
ilustración,  su  hberación  de  ancestrales  prejuicios." 


"El  Diario",  de  Montevideo,  en  su  número  de  abril  9  de  1937,  publicó 
el  siguiente  artículo : 


283 


LA  "HISTORIA  DE  LA  RELIGION  DE  ISRAEL" 

EXTRAORDINARIO  VALOR  CIENTIFICO  DE  LA  OBRA  DEL 
Dr.  CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 

Después  de  la  obra  de  Francisco  Bauza  "Historia  de  la  Dominación 
Española  en  el  Uruguay";  de  los  trabajos  del  sabio  naturalista  profesor 
Arechavaleta,  puede  decirse  que  no  habría  más  producción  de  orden 
científico  en  nuestro  país,  hasta  que  la  "Historia  de  la  Religión  de  Is- 
rael" del  Dr.  Celedonio  Nin  y  Silva  ha  venido  a  completar  la  trilogía 
de  las  obras  de  más  alta  jerarquía  intelectual  que  se  hayan  producido 
en  nuestro  ambiente. 

Destócase  más  todavía  el  alto  valimiento  de  esa  obra  por  el  hecho 
de  tratarse  de  una  clase  de  disciplinas  a  las  que,  no  solo  se  oponía 
la  mediocridad  del  ambiente,  sino  hasta  la  prevención  creada  en  los  úl- 
timos lustros  contra  todo  lo  que  tuviera  un  carácter  de  exégesis  bíblica  o 
estudios  de  cualquiei  carácter  sobre  las  religiones.  Prevención  y  desconoci- 
miento de  los  verdaderos  valores  en  los  que  se  asientan  los  conocimientos 
humanos,  que  hicieron  desterrar  de  nuestros  programas  universitarios  el  es- 
tudio del  idioma  madre  de  las  lenguas. 

La  serena  exposición  con  que  el  Dr.  Celedonio  Nin  y  Silva  estudia 
la  tan  rica  e  interesante  fuente  de  inspiración  y  sabiduría  como  lo  es 
la  religión  de  Israel,  nos  hace  recordar  a  los  dos  maestros  de  esa  índole 
de  estudios,  Renán  y  Strauss. 

La  dialéctica  diáfana  y  precisa;  la  claridad  de  los  conceptos;  la 
erudición  que  se  transparentó  libre  y  espontánea,  sin  amaneramientos 
ni  excesos,  la  asemejan  a  las  obras  de  aquellos  dos  grandes  pensado- 
res, en  especial  Renán,  con  el  que  encontramos  muchos  puntos  de  con- 
tacto en  el  estilo  y  la  profundidad;  hecha  abstracción,  como  es  natural, 
del  criterio  filosófico  con  que  uno  ve  a  Jesús  y  otro  al  pueblo  de  Israel. 

Dedicada  la  obra  a  la  juventud  hispano  -  americana,  tiene  como  fi- 
nalidad el  generoso  propósito  de  documentarla  acerca  de  un  conocimien- 
to indispensable  para  la  evolución  espiritual  de  las  actuales  generacio- 
nes alejadas  excesivamente  de  estudios  tanto  o  más  necesarios,  cuanto 
que  son  actores  conscientes  o  inconscientes  del  porvenir  que  está  depa- 
rado a  nuestro  continente. 

La  exigencia  del  espacio  nos  limita  a  este  modesto  comentario,  equi- 
valente al  simple  acuse  de  recibo  de  la  valiosa  obra  del  Dr.  Celedonio 
Nin  y  Silva,  que  merec  un  juicio  más  extenso  para  poner  de  relieve  sus 
innumerables  bellezas  de  forma  y  de  fondo. 


284 


De  un  juicio  publicado  en  el  diario  "El  País"  de  Montevideo,  con 
fecha  agosto  3  de  1937,  lomamos  estos  párrafos : 

"Con  una  extraordinaria  documentación,  reveladora  de  un  espíritu 
de  estudioso  de  tipo  europeo,  rarísimo  en  nuestro  medio  de  improvisa- 
dores e  intuitivos,  el  señor  Celedonio  Nin  y  Silva  acaba  de  terminar, 
con  la  publicación  del  tercer  volumen,  una  "Historia  de  la  Religión  d« 
Israel",  según  la  BibMa,  la  ortodoxia  y  la  ciencia. 

"La  obra,  que  el  autor  dedica  a  las  juventudes  de  América  y  Es- 
paña, constituye  uno  de  los  esfuerzos  intelectuales  más  serlos  que  en 
materia  histórica  se  hayan  llevado  a  cabo  en  nuestro  continente.  En  lo 
que  se  refiere  al  Uruguay,  si  reparamos  la  noble  tarea  de  don  Eduardo 
Acevedo,  nadie  ha  intentado  siquiera  un  trabajo  de  conjunto  y  de  gran 
aliento.  Por  eso  es  que  no  ha  podido  menos  de  sorprender  la  realiza- 
ción del  señor  Nin  y  Silva,  que  revela  una  erudición  amplísima  y  mi- 
nuciosa, un  criterio  severo  y  justo  para  justipreciar  las  investigaciones 
y  las  ideas  de  los  demás  y  un  nobilísimo  propósito  inspirador,  infundido 
de  pasión  por  la  verdad  y  el  bien. 

"El  libro  era,  además,  necesario.  Si  no  faltan  en  nuestro  ambienta 
buenas  traducciones  de  excelentes  obras  extranjeras,  sobre  historia  de 
otros  pueblos  y  épocas,  se  hacía  sentir  la  ausencia  de  un  buen  estudio 
completo  sobre  el  pueblo  de  Israel  y  su  religión,  tan  íntimamente  vincu- 
lada a  la  cultura  occidental  y  a  nuestro  espíritu,  una  de  cuyas  radi- 
cales poderosas  es  sin  duda  el  cristianismo  como  doctrina  filosófica  y 
como  fuente  moral." 


El  periódico  montevideano  "España  Moderna",  al  dar  cuenta  de  la 
aparición  de  nuestro  tomo  III,  sintetizó  así  su  juicio  sobre  esta  obra  : 

"Entre  los  libros  aparecidos  en  América,  en  los  últimos  años,  "La  His- 
teria de  la  Religión  de  Israel"  se  destaca  como  obra  profunda  y  recia, 
cuya  ética  prestará  ingentes  servicios  a  la  causa  de  la  cultura  y  eleva- 
ción superior  del  hombre,  y  como  tal  la  recomendamos  a  los  lectores." 


Y  finalmente  "El  Pueblo"  de  Tacuarembó  en  su  número  de  mayo  13 
de  1938,  emite  sobre  los  tres  jomos  aparecidos  de  esta  obra,  el  siguiente 
juicio : 

"Se  trata  de  una  labor  que  sólo  puede  emprender  y  llevar  a  feliz 
término  un  escritor  de  la  capacidad  de  investigación,  de  la  erudición 
en  el  tema  y  de  la  concentración  al  trabajo  propias  del  Dr.  Nin  y  Silva, 
agregado  a  esto,  porque  es  fundamental,  su  honrada  vocación  por  la 
verdad.  El  Dr.  Nin  nos  proporciona  con  su  libro,  no  ya  a  los  estudlosoi 


285 


y  a  los  que  por  exigencias  de  su  carrera  deben  ahondar  en  el  tema, 
sino  que  también  a  los  ansiosos  de  verdad;  pero  sin  tiempo,  base  ni 
posibilidades  para  emprender  por  su  cuenta  el  peregrinaje  intelectual 
que  los  llevara  a  las  mismas  conclusiones,  un  estudio  completo,  que  nos 
abre  con  el  mínimo  esfuerzo  la  historia  razonada  de  la  religión  de  Is- 
rael, con  todas  sus  derivaciones  naturales,  para  juzgar  tantos  y  tantos 
hechos,  actitudes  y  tendencias  de  todos  los  tiempos." 


CARTAS : 

El  eminente  exégeta  francés,  Sr.  Alfredo  Loisy,  tuvo  la  amabilidad 
de  enviarnos  sus  obras:  Le  Mandéisme  et  les  origines  chrétiennes  (  1934  ), 
Remarques  sur  la  litterature  épistolaire  du  Nouveau  Testament  (  1935  )  y 
Les  Origines  du  Nouveau  Testament  (  1936  ),  y  escribiéndonos  desde  su  re- 
sidencia de  Ceffonds  ( Haute  Marne ),  con  fecha  27  de  enero  de  1937,  entre 
otras  cosas,  nos  dice : 

"Sobre  todo  en  este  último  volumen  ( Les  Origines  du  N.  T. ),  apare- 
cido hace  tan  sólo  dos  meses,  encontrará  Ud.  un  análisis  crítico  de  los  Evan- 
gelios, que  le  permitirá  ver  cuales  son  mis  conclusiones  actuales  sobre 
este  importante  tema.  Esas  conclusiones  son  relativamente  originales,  y 
creo  serán  juzgadas  como  atrevidas  por  la  mayor  parte  de  los  exégetas 
confesionales  y  aún  de  los  que  no  lo  son.  Pero  entiendo  que  están  en 
relación  con  el  estado  real  de  los  problemas,  cuya  solución  sugieren." 

Y  refiriéndose  a  nuestro  tomo  III,  "El  Rey  David",  agrega :  "Por  lo 
que  respecta  a  la  personalidad  de  David,  juzgo  que  Ud.  ha  hecho  la 
distinción  debida  entre  la  realidad  histórica  y  la  leyenda.  Me  supongo 
que  la  larga  discusión  de  los  Salmos  atribuidos  a  David  sea  necesaria 
en  vuestro  medio.  Muy  atareado  en  este  momento,  debo  confesarle  que 
no  he  seguido  todo  el  detalle,  y  que  pasé  a  las  conclusiones  que  me 
parecen  muy  juiciosas.  Con  el  tiempo  David  llegó  a  ser  el  tipo  del  rey 
piadoso  según  el  corazón  de  Yahvé.  Pero  el  transcurso  del  tiempo  había 
ensanchado  progresivamente  el  corazón  del  mismo  Yahvé .  . .  Queda  que 
David  seguramente  habrá  sido  en  su  época,  músico  y  poeta  a  sus  ho- 
ras. De  todo  lo  que  se  ha  podido  atribuirle,  lo  que  ofrece  más  garantías 
de  autenticidad  es  la  elegía  sobre  la  muerte  de  Saúl  y  de  Jonatán.  Sin 
duda,  falta  en  ella  la  devoción;  pero  en  ese  momento,  no  era  David 
todavía  el  vicario  del  Dios  de  Israel.  Las  otras  objeciones  que  pueden 
formularse  no  son  decisivas;  la  leyenda  de  David  en  sus  diversas  for- 
mas es  menos  antigua  que  la  elegía;  y  además  debe  tenerse  en  cuenta 
9\  carácter  oriental,  según  el  cual  la  elegía  representa  la  impresión 


286 


del  momento.  El  apostrofe  a  Jonatón  parece  bien  tomado  del  natural 
mismo  y  no  de  la  imaginación  de  un  poeta  cualquiera...  Pero  Ud.  sabo 
todo  esto  tan  bien  como  yo. 

"Dentro  de  algunas  semanas  habré  cumplido  mis  ochenta  años,  y 
mis  dolencias  van  más  bien  en  aumento.  Servios  aceptar  en  recuerdo 
mío,  los  modestos  escritos  que  os  remito. 

"Muy  sinceramente  vuestro,  A.  LOISY." 


Carta  que,  cuando  estuvo  en  Montevideo,  remitió  al  autor,  el  Sr.  Lu- 
ciano Febvre,  Profesor  en  el  Colegio  de  Francia,  historiador  destacado 
y  Director  General  de  L'Encyclopédie  Francaise : 

Montevideo,  octubre  5  de  1937.  —  Estimado  señor: 
"Grata  impresión  me  causó  su  amable  envío.  Llevaré  sus  tres  her- 
mosos volúmenes  como  muy  precioso  recuerdo  de  mi  demasiado  corlo 
pasaje  por  Montevideo.  Naturalmente  que  aún  no  he  tenido  tiempo  de 
leerlos;  pero  he  alcanzado  a  leer,  al  comienzo  de  su  primer  tomo,  su 
Prólogo  tan  interesante,  y  añado,  tan  conmovedor  a  la  vez  por  el  gran 
respeto  de  las  conciencias  y  por  el  profundo  amor  de  la  verdad  que  en 
él  se  manifiestan.  Virtudes  singularmente  preciosas  en  todo  tiempo,  y 
más  aun  en  las  agitadas  y  confusas  horas  por  las  que  atraviesa  nues- 
tra civilización,  amenazada  por  tal  retorno  de  barbarie.  Virtudes  emi- 
mentes  en  ojos  de  un  historiador  que  pone  por  encima  de  todo  el  espí- 
ritu crítico,  esta  virtud  de  las  virtudes  espirituales.  Se  debe,  pues,  esti- 
mado señor,  agradecerle  a  Ud.  profundamente  y  felicitarlo  por  su  her- 
mosa y  fecunda  iniciativa.  Los  progresos  de  la  civilización  se  miden 
por  el  retroceso  del  Miedo  entre  los  hombres,  y  Ud.  así  lo  ha  compren- 
dido. Por  su  parte,  Ud.  se  ha  determinado  a  arrojarlo  de  todo  ese 
dominio,  en  el  que,  desde  hace  tan  largo  tiempo,  reina  como  amo,  razón 
por  la  cual  todos  los  hombres  de  recto  sentido  no  pueden  sino  expresa- 
ros su  gratitud. 

"Os  ruego  que  encontréis  aquí  el  testimonio  de  mi  muy  viva  y  com- 
pleta simpatía  de  historiador.  —  LUCIEN  FEBVRE." 


El  Dr.  Carlos  Martínez  Vigil,  quien  ya  nos  había  honrado  con  un 
juicio  laudatorio  cobre  nuestro  tomo  l,  nos  escribe : 

"Posee  Ud.  una  fuerza  de  voluntad  a  toda  prueba.  Si  el  enorme 
cúmulo  de  trabajo  que  su  libro  representa  no  lo  demostrara  acabada- 
mente, bastaría  paia  comprobar  esta  verdad  que  le  expreso,  la  publi- 
cgción  de  su  hermosa  y  trascendente  obrg  en  un  niedio  hostil  ql  esfuer- 


287 


zo  perseverante  y  carente  de  estímulos  para  la  alta  producción.  El  to- 
mo III  de  la  "Historia  de  la  Religión  de  Israel"  no  desmerece  en  nada 
de  los  anteriores,  sino  que,  por  el  contrario,  acrecienta  su  valioso  cau- 
dal científico." 


Del  Dr.  Víctor  Delfino,  Secretario  de  la  Comisión  Asesora  de  Asilos 
y  Hospitales  Regionales,  de  Buenos  Aires : 

"Su  magnífica  "Historia  de  la  Religión  de  Israel",  verdadero  monu- 
mento de  exégesis,  depurada  de  apriorismos  y  de  todo  preconcepto;  am- 
plio panorama  histórico,  desarrollado  en  maravillosos  y  verídicos  lien- 
zos episódicos,  hace  gran  honor  al  autor  y  a  las  letras  científicas  uru- 
guayas y  americanas."  ( Mayo  26  de  1937 ). 


El  escritor  Sr.  Félix  Waldbott  conde  de  Bassenheim  ( Walbas },  nos 
escribe  sobre  "El  Rey  David"  lo  siguiente : 

"Ud.  podrá  imaginarse  con  qué  vivo  y  siempre  creciente  interés  he 
leído  y  estudiado  su  obra.  Es  acreedora  de  las  más  calurosas  felicita- 
ciones y  sincera  admiración.  Su  tomo  III  completa  su  obra  en  forma  real- 
mente sorprendente  y  magnífica.  El  profundo  saber,  el  análisis  filosófi- 
co y  la  clara  exposición  entusiasman  al  lector  para  acompañarlo  en  el 
desenredo  del  gran  laberinto  que  es  la  Biblia.  Es  al  mismo  tiempo  obra 
eximia  de  consulta  y  de  historia,  cuyo  contenido  ilumina  multitud  da 
puntos  oscuros  con  extraordinaria  claridad." 


El  Dr.  Andrés  de  Piedra  -  Bueno.  Presidente  del  Consejo  Corporativo  de 
Educación,  Sanidad  y  Beneficencia  de  Cuba,  con  fecha  25  de  febrero  de 
1938,  escribe  al  autor,  desde  La  Habana,  entre  otras  cosas  lo  siguiente : 

"La  Historia  de  la  Religión  de  Israel"  cumple  ampliamente  el  fin  pa- 
ra que  ha  sido  escrita.  Su  cuidadosa  visión  crítica,  su  positivo  enfoque, 
su  indiscptible  paisaje  histórico,  su  celoso  y  humano  interés;  todo  pro- 
clama que  ha  realizado  usted  una  obra  de  superior  importancia,  nece- 
saria —  podría  decir  imprescindible —  en  toda  biblioteca  ordenada." 


De  carta  que  desde  su  estancia  en  Molles,  con  fecha  noviembre  18 
de  1937,  nos  dirigió  el  Sr.  L.  A.  López  Vidaur,  transcribimos  los  siguien- 
tes párrafos : 

"La  frecuente  lectura  de  su  libro  me  porporciona  un  bien  espiritual 
siempre  renovado.  Ha  desvanecido  muchas  dudas  y  orientado  mis  reíle- 


^88 


xiones  hacia  un  discernir  de  paz  y  serenidad  que,  en  mis  angustiosas 
circunstancias  del  presente  (  1  ),  consuela  mi  ánimo  atribulado.  Aun  cuan- 
do parezca  paradoja  importuna,  no  vacilo  en  confesarle  c^ue  me  hizo  más 
creyente  al  ayudarme  a  fortalecer  la  libertad  de  mi  conciencia  antes 
torturada  por  las  dudas  que  emanan  de  las  leyendas  fabulosas  que  se 
aceptan  y  trasmiten  en  el  campo  de  las  religiones,  sin  el  derecho  de 
analizarlas. 

"Al  liberar  mi  espíritu  de  prejuicios,  me  hice  más  creyente  y  móa 
tolerante.  Creyente  en  un  Principio  Creador  del  cual  creo  ser  una  ema- 
nación infinitesimal  y  que  mi  yo  pensante  me  obliga  a  cuidar  en  la 
recta  intención  y  la  recta  acción.  Tolerante,  porque  jamás  molesto  ni 
molestaré  las  ajenas  creencias,  reflexionando  que  la  paz  interior  que 
cada  uno  se  forja  al  pretender  interpretar  o  conjeturar  lo  que  ocurre 
al  transponer  el  Arcano,  no  puede  ser  rebatida  sino  falsamente,  si  se 
tiene  en  cuenta  la  imposibilidad  de  oponerle  una  verdad  comprobable 
y  excluyente  de  toda  duda. 

"Amo  mi  libertad  de  pensar,  porque  acepto  la  responsabilidad  de 
mi  propio  discernir.  Por  lo  mismo,  no  puedo  aceptar  que  hombre  algu- 
no, en  un  pasado  más  o  menos  lejano,  haya  dado  opinión  definitiva  que 
limite  esa  libertad  y  aherroje  mi  conciencia,  aun  cuando  se  trate  de 
quien  tenga  prestancia  por  los  calificativos  de  sabio,  profeta  o  santo. 

"Y  en  esa  libertad  de  pensar,  dignifica  y  enaltece  encontrar  la  luz 
inferior  por  la  bondad,  el  amor  y  la  tolerancia,-  que  es  invocar  a  Dios 
en  la  oración  de  la  acción  bien  intfc»ícionada,  más  reconfortadora  que 
la  plegaria  estéril;  que  es  encontrar  la  paz  en  la  tranquilidad  de  la 
propia  conciencia,  sin  hacer  del  vocablo  Dios  escudo  de  la  cobardía  del 
hombre  ante  su  destrucción  material  por  la  muerte. 

"En  la  obra  de  Ud.  se  encuentra  la  orientación  que  conduce  a  esa 
luz  liberadora  encendida  por  su  bondad,  su  ansia  de  bien  y  su  tole- 
rancia, para  alejar  las  tinieblas  de  las  supersticiones  que  la  ignorancia 
del  hombre  hace  perdurar  indefinidamente. 

"...Ud.  disculpará  si  estas  líneas  no  expresan  como  hubiera  de- 
seado poder  hacerlo,  todo  el  bien  que  su  libro  me  proporciona,  su  libro 
bueno." 

(  1  )  El  Sr.  López  Vidour  se  refiere  a  la  gravísima  enfermedad  que 
aquejaba  a  su  esposa,  y  de  la  cual  ésta  pocos  meses  después,  falleció.